Capítulo 9

PARTE 1 – La hermana mayor

Daniela Soto se miró en el espejo roto de su pequeño baño y sonrió con esa sonrisa amarga que ya era habitual en ella.

Tenía 25 años, pero su cuerpo todavía conservaba las curvas generosas que siempre habían llamado la atención. Era alta, casi 1.75 m, con caderas anchas, cintura marcada y tetas llenas que se marcaban bajo cualquier blusa ajustada. Su cabello teñido de rubio tenía raíces oscuras visibles, cayéndole en ondas desordenadas hasta los hombros. El maquillaje era fuerte: pestañas postizas, labios rojos intensos, contouring marcado. Llevaba una blusa escotada de marca (ya un poco desgastada) y jeans ajustados que resaltaban su culo redondo y firme. En las muñecas y el cuello brillaban joyas que parecían caras… aunque la mayoría eran imitaciones baratas que compraba para sentirse poderosa.

Se veía bien. Se veía como alguien que merecía más.

Y sin embargo, todo se estaba derrumbando.

Sentada en el borde de la bañera, Daniela dejó que su mente volviera al pasado, a la mansión de los Vega.

Allí todo era diferente.

Cuando era adolescente y vivía en esa casa enorme, se había acostumbrado rápido a recibir regalos caros. Don Emilio, su padre biológico, permitía a su hija bastarda disfrutar una minúscula parte de su fortuna. Ropa de marca, zapatos de diseñador, maquillaje importado, joyas que brillaban en su cuello y sus muñecas. No era nada comparado con lo que recibían Liam y Luna, los hijos legítimos, pero para Daniela era suficiente para sentirse especial. Se paseaba por los jardines con vestidos nuevos, se probaba perfumes caros en su habitación y soñaba con el día en que todo eso sería suyo por derecho.

Valeria, su hermana menor, siempre fue la sombra. La niña callada que se quedaba en un rincón, la que no recibía nada. Daniela la cuidó al principio, sí. Le daba de comer, la peinaba, la protegía de los gritos de la madre de Liam. Pero con el tiempo esa responsabilidad empezó a pesarle. Valeria era una carga. Una boca más que alimentar. Una recordatorio constante de que ella, Daniela, era solo la hija de la sirvienta, la bastarda que nunca sería realmente parte de la familia.

“Yo merecía más”, pensó Daniela mientras se pintaba los labios frente al espejo roto. “Yo merecía todo lo que ellos tenían. Valeria solo estorbaba.”

Después de que todo se derrumbó —la muerte de su madre, la expulsión de la mansión, las acusaciones falsas—, Daniela se fue por su propio camino. Conoció a gente en su trabajo nocturno que la metió en fiestas, en alcohol, en drogas. Allí encontró a su novio actual: un tipo guapo pero vago, de la misma calaña, que la hacía sentir viva por unas horas. Juntos gastaban el poco dinero en drogas y botellas para compartir con amigos. Daniela se compraba ropa cara y joyas lujosas que estaban muy por encima de sus posibilidades. Se creía con derecho a eso. Después de todo, había sufrido mucho. Se lo merecía.

En su mente, Daniela no había hecho nada malo. Solo quería divertirse, vivir su juventud, disfrutar de lo que la vida le había negado durante años. Valeria era la que siempre había sido una carga. La que le recordaba el pasado que quería olvidar.

Pero ahora la realidad le estaba cayendo encima como un balde de agua fría.

Daniela suspiró, guardó el labial y se miró una última vez en el espejo.

PARTE 2 – El peso que dejé atrás

Daniela se recostó en el viejo sofá de la sala, con una cerveza tibia en la mano, y dejó que los recuerdos la inundaran como siempre lo hacían cuando el alcohol empezaba a hacer efecto.

Todo había empezado tan bonito… o eso se repetía ella para no sentirse tan culpable.

Cuando vivían en la mansión de los Vega, Daniela era la que mandaba en el pequeño mundo de las hijas bastardas.

Tenía 18 años y Valeria apenas 14.

Ella era la que recibía los regalos de don Emilio: vestidos, zapatos, un collar de plata que brillaba en su cuello. Valeria solo miraba desde el rincón, con esos ojos grandes y callados, esperando que su hermana mayor le pasara algo.

Y Daniela lo hacía, al principio. Le daba ropa que ya no quería, le peinaba el cabello corto con mechones blancos que empezaban a salirle como si la genética quisiera marcarlas como las “hijas de la puta”. Esos mechones blancos… cada vez que los veía en la cabeza de Valeria, Daniela sentía un escalofrío.

Le recordaban demasiado a su mamá, Elena, cuando la encontraron muerta en esa habitación fría.

El pelo de Elena también tenía esos hilos plateados prematuros por el estrés y el miedo. Verlos en Valeria era como ver un fantasma acusándola.

“¿Por qué tuviste que nacer tú también?”, pensaba Daniela mientras se terminaba la cerveza de un trago. “Si solo hubiera sido yo… todo habría sido más fácil.”

Los años en la mansión se fueron volviendo insoportables después de que doña Isabel muriera envenenada. La culpa cayó sobre su mamá, Elena, y de repente todo fue gritos, acusaciones y golpes. Daniela vio cómo su madre era arrastrada fuera de la casa como una criminal.

Ella intentó proteger a Valeria al principio: la escondía en los armarios cuando los gritos eran demasiado fuertes, le mentía diciéndole que todo iba a estar bien. Pero con el tiempo esa responsabilidad se volvió una cadena. Valeria necesitaba comida, ropa, atención… y Daniela solo quería vivir. Quería salir de noche, conocer chicos, sentir que era joven y hermosa, no la niñera de una hermana que ni siquiera era su responsabilidad real.

La gota que derramó el vaso llegó un año después, cuando Daniela ya tenía 19. Su novio de entonces le ofreció irse con él a una fiesta en la ciudad. Le prometió diversión, alcohol, dinero fácil.

Valeria se quedó llorando en la puerta del departamento barato donde vivían entonces, rogándole que no la dejara sola.

Daniela la miró con asco por primera vez.

Esa cara pálida, el cabello corto con esos malditos mechones blancos que le recordaban la muerte de su mamá, el cuerpo flaco y sin curvas que nunca iba a competir con el suyo. Valeria era fea a sus ojos. Sin tetas, sin culo, sin presencia. Solo una sombra flaca y quejumbrosa que le recordaba todo lo que había perdido.

—Quédate aquí y estudia, Valeria. Yo voy a buscar cómo sacarnos de esta mierda —le dijo esa noche, pero las dos sabían que era mentira.

Nunca volvió esa noche. Ni la siguiente.

Se quedó con su novio, se metió en fiestas, probó polvo blanco por primera vez y descubrió que el mundo podía ser divertido si no cargabas con nadie.

Cada vez que pensaba en Valeria, sentía una mezcla de culpa y rabia.

Culpa porque la había abandonado, rabia porque Valeria seguía existiendo, porque seguía siendo la prueba viva de que su mamá había sido la amante de don Emilio y que las dos eran solo errores caros.

Con los años la envidia se volvió veneno puro. Daniela se miraba al espejo y se veía hermosa: tetas grandes, culo redondo, labios carnosos que los hombres pagaban por besar. Luego imaginaba a Valeria, esa niña flaca que ahora debía ser una universitaria flacucha con mechones blancos en el pelo corto, estudiando derecho como si pudiera cambiar el pasado.

“¿Quién se cree que es?”, murmuraba Daniela. “Yo soy la que sufrió de verdad. Yo soy la que se tuvo que abrir de piernas para sobrevivir mientras tú te quedabas en tu cuarto leyendo libros.”

El novio actual era igual de inútil que los anteriores, pero al menos la dejaba gastar en ropa y joyas. Se compraba blusas escotadas que le marcaban las tetas, jeans que le apretaban el culo, tacones que la hacían sentir poderosa. Todo eso era suyo por derecho. Había pagado con años de humillaciones, con el cuerpo y con la juventud. Valeria, en cambio, seguía siendo la misma niña insignificante.

Daniela estaba segura de que su hermana menor nunca había tenido un hombre de verdad, nunca había sentido lo que era que te deseen de verdad. Solo una virgen flaca y orgullosa que se creía mejor que ella. Por eso, cuando los cobradores empezaron a amenazarla, la rabia se volvió fuego.

Daniela aplastó la lata de cerveza contra la mesa y soltó un suspiro largo.

Todavía no sabía cómo iba a salir de ese hoyo, pero algo dentro de ella ya empezaba a buscar a quién culpar.

PARTE 3 – El golpe que no vi venir

Daniela apenas había terminado de aplastar la lata cuando el ruido estalló en la puerta.

Un golpe seco, fuerte, como si alguien hubiera pateado la madera con una bota de acero. El marco tembló. Otro golpe. Y otro más. La cerradura barata cedió con un crujido metálico y la puerta se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.

Dos hombres entraron. Grandes, tatuados, con caras de pocos amigos y miradas que no prometían nada bueno. El primero llevaba una cadena gruesa colgando del cuello y un bate de béisbol en la mano. El segundo, más bajo pero más ancho, traía una pistola visible en la cintura. Olían a cigarro barato y sudor.

—¿Daniela Soto? —gruñó el del bate, mirando alrededor con asco—. Qué chiquito y asqueroso está esto. Pensé que las putas Vega vivían mejor.

Daniela se levantó de un salto, el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho. La cerveza se le cayó de la mano y rodó por el piso sucio.

—¿Qué… qué quieren? ¡Salgan de mi casa! —gritó, pero la voz le salió temblorosa, débil.

El más bajo soltó una risa corta y cruel.

—Tu casa… ja. Debes tres meses de “préstamos” más intereses. Y el jefe ya se cansó de esperar. Dijo que si no pagas hoy, te vamos a cobrar con algo más… personal.

Antes de que pudiera reaccionar, el del bate la empujó contra la pared. El golpe en la espalda le sacó el aire. Daniela jadeó, los ojos muy abiertos por el terror. Intentó empujarlo, pero era como mover una pared de concreto.

—Por favor… no tengo el dinero ahora, pero… pero puedo conseguirlo —balbuceó, las lágrimas ya empezando a quemarle los ojos—. Solo denme un poco más de tiempo…

El hombre del bate levantó la mano y le dio una cachetada fuerte, la mejilla le ardía como fuego. La cabeza le giró y sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.

—¿Tiempo? Ya te dimos demasiado tiempo, puta. Tu novio apostó, tú gastaste en ropa y joyas que no te pertenecen, y ahora lloras. Qué bonito.

El otro hombre empezó a caminar por la sala, rompiendo cosas con calma: tiró el televisor viejo al piso, pateó la mesa, rompió un jarrón barato que Daniela había comprado para sentirse “en casa”. Cada ruido era como un golpe en su pecho.

—Tenemos órdenes claras —continuó el del bate, acercando su cara a la de ella. Su aliento olía a tabaco y alcohol—. Un mes. Tienes exactamente un mes para pagar todo… con intereses. Si no, te vamos a vender pieza por pieza. Primero las tetas, luego ese culo que tanto te gusta enseñar, y al final… lo que quede de ti.

Daniela sintió que las piernas le fallaban. Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el piso, temblando sin control. El terror era tan grande que no podía ni llorar como quería. Solo jadeaba, con los ojos muy abiertos, viendo cómo su mundo se derrumbaba en segundos.

Todo lo que había construido en su cabeza —que merecía los lujos, que Valeria era la carga, que ella era la fuerte— se rompió como el jarrón en el piso. Era real. No era una pesadilla. Esos hombres podían tocarla, lastimarla, venderla. Y nadie iba a venir a salvarla.

El del bate se agachó frente a ella, le agarró la cara con una mano sucia y la obligó a mirarlo.

—Un mes, Daniela. Ni un día más. Y si intentas huir… te encontramos. Siempre encontramos a las putas que deben.

Se levantó, escupió al piso cerca de sus pies y los dos hombres salieron tan rápido como entraron, dejando la puerta colgando de una sola bisagra.

El silencio que quedó fue peor que los golpes.

Daniela se quedó ahí, sentada entre los pedazos rotos de su vida, con la mejilla hinchada y el cuerpo temblando. Las lágrimas por fin salieron, calientes y silenciosas. No podía escapar. No tenía a dónde ir. Todo lo que había hecho —las fiestas, las compras, el abandono de Valeria— la había llevado exactamente a este momento.

Y por primera vez en años, el peso de lo que había dejado atrás le cayó encima como una losa.

Se abrazó las rodillas y sollozó bajito, destrozada, rota, sabiendo que ya no podía seguir fingiendo que todo estaba bien.

PARTE 4 – La foto que lo cambió todo

Daniela seguía sentada en el piso, abrazada a sus rodillas, cuando su teléfono vibró sobre la mesa rota. El sonido la hizo saltar. Con las manos temblando todavía por el miedo, lo agarró y abrió el mensaje de un número desconocido.

No había texto. Solo fotos.

La primera: el edificio viejo y sucio donde vivía Valeria, con la fachada descascarada y las rejas oxidadas.

La segunda: un Mercedes negro brillante estacionado justo enfrente, reluciente como si se burlara de la pobreza del barrio.

La tercera: un chico alto, guapo, con cabello blanco y ropa cara entrando al edificio con una sonrisa confiada. Y la última… ahí estaba Valeria, en el fondo de la imagen, parada en la puerta de su departamento con cara de sorpresa, el cabello corto con esos malditos mechones blancos visibles incluso en la foto borrosa.

Daniela sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Sus dedos apretaron el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La furia subió como lava desde el estómago hasta la garganta. Esa niña… esa maldita niña flaca que ella había abandonado años atrás estaba viviendo la buena vida. Un departamento propio, un hombre rico que iba a verla, un auto de lujo estacionado como si nada. Mientras ella, Daniela, acababa de ser amenazada con que la venderían “pieza por pieza”, mientras tenía la mejilla hinchada y la puerta rota, mientras su vida se caía a pedazos.

No era justo.

No era justo en absoluto.

—¿Cómo te atreves? —murmuró entre dientes, la voz rota pero llena de veneno—. ¿Cómo te atreves a vivir así mientras yo me hundo?

Se levantó tambaleándose, el dolor de la cachetada todavía latiéndole en la cara. Las lágrimas de terror de hace unos minutos se mezclaron ahora con lágrimas de rabia pura. Miró las fotos otra vez, ampliando la imagen de Valeria. Ese cuerpo delgado, sin curvas, con esos mechones blancos que le recordaban a su mamá muerta… y aun así alguien como ese chico rico iba a visitarla. La envidia le quemaba el pecho como ácido.

Ella, Daniela, había tenido que abrirse de piernas, drogarse, aguantar novios inútiles y ahora recibir golpes de cobradores solo para sobrevivir. Valeria, en cambio, seguía siendo la princesita. La que estudiaba derecho, la que tenía un techo decente, la que recibía visitas de hombres con dinero mientras su hermana mayor se pudría en este agujero.

La furia creció tanto que Daniela soltó un grito ahogado y lanzó el teléfono contra la pared. El aparato rebotó y cayó al piso, pero la pantalla seguía encendida mostrando la foto de Liam entrando al edificio.

—Hija de puta… —susurró, la voz temblando de odio—. Tú me abandonaste primero. Me dejaste sola con todo el peso y ahora vives como una reina. No es justo. No es justo.

Se pasó las manos por el cabello teñido, respirando agitada. El terror de los cobradores seguía ahí, latiendo debajo de la rabia, pero ahora tenía un objetivo claro. No iba a seguir sufriendo sola. Valeria tenía que ver lo que había causado. Tenía que enfrentar a la hermana mayor que abandonó años atrás.

Decidió ir a darle una visita a esa “hermana hermosa” que había dejado atrás.

Daniela se miró en el pedazo de espejo que quedaba en la pared. La mejilla roja, los ojos hinchados, el maquillaje corrido. Se veía destruida. Pero debajo de eso ardía algo más fuerte que el miedo: la necesidad de hacer que Valeria pagara, aunque fuera solo con palabras, aunque fuera solo con la verdad que llevaba años guardando.

Se limpió la cara con el dorso de la mano, agarró su bolso y salió del departamento sin cerrar la puerta rota. El Mercedes ya no estaba en la foto, pero el recuerdo de ese lujo seguía clavado en su mente como un cuchillo.

Valeria iba a enterarse hoy mismo de lo que significaba sufrir de verdad.

PARTE 5 – La visita que nadie pidió

El edificio seguía igual de feo que siempre. Daniela bajó del taxi con las piernas todavía temblando por la rabia y el miedo que no se le quitaba del pecho. El mismo pasillo oscuro, el mismo olor a humedad y comida rancia, las mismas luces parpadeantes. Conocía cada escalón, cada grieta en la pared. Aquí era donde había dejado a Valeria aquella noche, llorando en la puerta, rogándole que no se fuera.

Se paró frente a la puerta del departamento que había sido suyo y de su hermana. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Por un segundo dudó. La mano se le quedó suspendida en el aire. “¿Y si no abres? ¿Y si sigues viviendo tu vida perfecta mientras yo me hundo?” Pero el odio, la furia y el terror de los cobradores la empujaron más fuerte. Levantó la mano y tocó la puerta con fuerza, tres golpes secos.

La puerta se abrió apenas una rendija. Valeria asomó un ojo, el cabello corto con esos mechones blancos visibles incluso en la poca luz. Sus ojos se abrieron grandes al reconocerla.

—¿Daniela…? —susurró, la voz sorprendida y un poco asustada.

Daniela sonrió con esa sonrisa falsa de hermana mayor preocupada.

—Hermanita… cuánto tiempo. ¿Puedo pasar? Solo quería saber cómo te va. Hace mucho que no hablamos.

Valeria dudó, pero terminó abriendo un poco más. Daniela entró sin esperar invitación, empujando la puerta con el hombro. Cerró detrás de ella y miró alrededor. El departamento era pequeño, pero limpio, con libros de derecho apilados y una ventana que daba a la calle. Mucho mejor que el agujero donde ella vivía ahora.

Al principio habló suave, como si realmente le importara.

—¿Cómo estás, Vale? ¿La universidad? ¿Sigues estudiando derecho como la niña buena que siempre fuiste?

Valeria intentó sonreír, nerviosa.

—Bien… estoy bien. ¿Y tú? Te ves… diferente.

Daniela soltó una risa corta.

—Diferente. Claro. Porque mientras tú vivías aquí tranquila, yo estaba en la calle sobreviviendo. Pero bueno, eso no importa ahora. Cuéntame… ¿quién es ese hombre tan guapo que viene a visitarte? El del Mercedes negro que estaba estacionado abajo hace rato. Se veía muy cómodo entrando a tu departamento.

Valeria palideció. Abrió la boca pero no salió nada.

Daniela dio un paso más cerca, la voz todavía calmada pero ya con filo.

—¿No me vas a presentar a tu noviecito rico? ¿O es que te da vergüenza que tu hermana mayor sepa que estás chupando verga de viejo para pagar el alquiler?

Valeria retrocedió un paso.

—Daniela, no es así… por favor, baja la voz.

Pero Daniela ya no podía parar. La furia salió como un río.

—¡Bajar la voz! ¿Por qué? ¿Para que nadie sepa la verdad? ¡Mírate! Flaca, sin tetas, sin culo, con esos mechones blancos de muerta que te hacen ver como un fantasma. Y aun así tienes a un rico viniendo a follarte. ¿Cuánto te paga? ¿Te deja dinero en la mesita de noche después de correrse?

Los gritos empezaron a subir. Valeria intentaba defenderse, la voz temblorosa.

—No es lo que piensas… él solo… nosotros solo…

—¡Cállate! —Daniela la señaló con el dedo, la cara roja de rabia—. Tú me abandonaste primero. Me dejaste sola con todo el peso mientras te quedabas aquí estudiando como si fueras mejor que yo. Yo tuve que abrirme de piernas, drogarme, aguantar golpes para comer. Y tú… tú vives aquí como una princesita, recibiendo visitas de hombres con dinero. ¡Eres una puta barata, Valeria! Una puta con libros y cara de virgen que se cree superior.

Los vecinos empezaron a salir. Puertas que se abrían, cabezas asomándose en el pasillo. Una señora mayor con bata, un chico joven con el celular en la mano, una pareja que murmuraba. A Daniela no le importó. Siguió gritando más fuerte.

—¡Miren todos! Esta es mi hermanita. La que se cree tan lista estudiando derecho. La que abandonó a su familia para chupar vergas ricas. ¿Ven esos mechones blancos? Son la marca de la puta que era nuestra mamá. Y ella siguió el mismo camino. ¡Diles, Valeria! Diles cómo te gusta que te paguen por abrir las piernas. Diles que mientras yo me muero de hambre tú estás aquí follando por lujos.

Valeria estaba pálida, las lágrimas corriendo por su cara. Intentaba cerrar la puerta pero Daniela la empujaba, la voz ronca de tanto gritar.

—Por favor, Daniela… basta…

Pero los murmullos de los vecinos ya llenaban el pasillo.

—Pobre muchacha… parece tan decente.

—Quién lo diría… con esa carita de santa.

—Siempre supe que algo raro pasaba con tanto lujo en este barrio.

Daniela sonrió con triunfo cruel, aunque por dentro el terror de los cobradores seguía latiendo. Se acercó a Valeria hasta casi tocarle la cara y le susurró lo suficientemente fuerte para que todos oyeran:

—Eres una vergüenza. Una puta flaca y mentirosa. Y de ahora en adelante vas a pagar todo lo que yo debo. Porque es lo mínimo que puedes hacer después de abandonarme. ¿Entendiste, hermanita?

Valeria solo pudo llorar en silencio, acorralada contra la pared, mientras los vecinos seguían murmurando y mirando. La humillación era total.

No había defensa posible. Todos ahora sabían exactamente cómo la veía su propia hermana.

PARTE 6 – La firma que la condenó

Los murmullos de los vecinos seguían flotando en el pasillo como un enjambre de abejas. Valeria tenía la espalda pegada a la pared, las lágrimas cayéndole sin control, las manos temblando tanto que apenas podía sostenerse.

Daniela, todavía con la mejilla roja por la cachetada de los cobradores, sacó del bolso un papel arrugado y un bolígrafo barato. Lo empujó contra el pecho de su hermana.

—Firma —dijo con voz baja pero cortante, casi un gruñido—. Ahora.

Valeria miró el documento improvisado. Era una hoja de cuaderno con letras torcidas escritas a mano: “Yo, Valeria Soto, me comprometo a pagar todas las deudas actuales y futuras de mi hermana Daniela Soto, sin importar la cantidad ni el origen. Acepto que si no cumplo, ella podrá hacer lo que quiera conmigo y con mi vida.”

—No… Daniela, por favor… esto no es justo —susurró Valeria, la voz rota.

Daniela soltó una risa seca y cruel. Se acercó más, hasta que su cara quedó a centímetros de la de su hermana. Los vecinos seguían asomados, algunos grabando con el celular.

—¿Justo? ¿Ahora hablas de justicia, puta flaca? Tú viviste aquí cómoda mientras yo me comía mierda. Tú tienes a tu noviecito rico con su Mercedes y yo tengo cobradores que quieren venderme como carne. Firma. O les cuento a todos cómo te gusta que te paguen por abrir las piernas.

Valeria intentó retroceder pero no había espacio. Las lágrimas le nublaban la vista.

—Yo… yo no tengo tanto dinero… no puedo…

—¡Claro que puedes! —gritó Daniela, empujando el papel más fuerte contra su pecho—. Tú eres la lista, la que estudia derecho, la que se cree mejor que todos. Pues ahora vas a usar esa inteligencia para pagarme todo. Cada peso que debo, cada interés que se acumule, cada puta botella que me tome para olvidar que tengo una hermana como tú. Firma, Valeria. Firma o sigo gritando hasta que todo el edificio sepa que eres una puta mantenida.

Los murmullos subieron. “Pobre niña…”, “Qué vergüenza…”, “Debería llamar a la policía…”. Pero nadie se movía. Nadie ayudaba.

Valeria miró el papel, luego a su hermana mayor. El odio en los ojos de Daniela era tan denso que casi se podía tocar. Recordó la noche en que Daniela la abandonó llorando en esa misma puerta. Recordó los mechones blancos que siempre le habían dado asco a su hermana. Y supo que no tenía salida. No tenía derecho a negarse. No después de todo lo que había pasado.

Con las manos temblando tanto que apenas podía sostener el bolígrafo, Valeria firmó. La tinta salió torcida, manchada por una lágrima que cayó encima.

Daniela le arrancó el papel de las manos en cuanto terminó, lo dobló con cuidado y lo guardó en su bolso como si fuera un tesoro.

—Buena niña —dijo con una sonrisa falsa y venenosa—. Ahora sí eres útil para algo. Cada mes me vas a mandar lo que pida. Y si no… volveré. Y esta vez no seré tan cariñosa.

Valeria se quedó ahí, apoyada en la pared, sollozando en silencio. El pecho le dolía tanto que sentía que se iba a romper. Los vecinos empezaron a cerrar sus puertas poco a poco, pero los murmullos seguían. “Qué triste…”, “Pobre muchacha… tan joven y ya metida en eso…”.

Daniela se dio la vuelta, abrió la puerta y salió al pasillo sin mirar atrás. Antes de bajar las escaleras se detuvo un segundo y lanzó una última frase lo suficientemente fuerte para que Valeria la oyera:

—Gracias por el apoyo, hermanita. Que duermas bien sabiendo que estás pagando mis deudas… como la buena puta que eres.

La puerta del edificio se cerró con un golpe seco. Daniela caminó hacia la calle con el papel guardado en el bolso y una sensación de triunfo amargo en el pecho. Había conseguido lo que necesitaba.

Valeria ahora cargaría con todo. Pero por dentro, muy dentro, Daniela seguía sintiendo el terror de los cobradores latiendo como un tambor.

Valeria, sola en su departamento, se deslizó hasta el piso y se abrazó las rodillas. Los sollozos eran mudos ahora, pero el peso era más grande que nunca. Su hermana mayor acababa de condenarla. Y ella había firmado su propia sentencia.

Contrato con mi enemigo

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