Doble pasión I

Conocí a Dorian de forma totalmente casual y casi sin tiempo para verle apenas durante unos minutos.

Yo estaba en una reunión de un curioso grupo que se dedicaba a organizar diversos actos culturales, deportivos y de otro tipo.

Eran realmente encantadores porque lo hacían desinteresadamente y sin ánimo de lucro.

Me habían invitado a dicho encuentro tras una llamada telefónica en la que les mostraba mi curiosidad por unirme al grupo.

Estábamos reunidos casi media hora cuando alguien llamó al timbre de la calle.

Faltaba un chico, al que todos estaban esperando y del que habían estado hablando en bastantes ocasiones durante ese tiempo, siempre positivamente y con afecto.

Yo estaba realmente expectante ante su llegada.

Mis ilusiones no quedaron defraudadas.

Era un chico muy atractivo físicamente, no muy alto, moreno y con un rostro bonito.

El poco tiempo que coincidimos me pareció simpático y agradable, aunque apenas me dirigió la mirada y algo más su palabra.

Yo tenía cosas que hacer y abandoné la reunión con la idea de volver a encontrarme con ellos muy pronto.

La segunda vez que nos vimos fue en una terraza de un restaurante muy cerca de la playa. Habíamos quedado a hablar de un asunto de organización, pero aprovechamos el buen tiempo del incipiente verano para al mismo tiempo gozar del encuentro.

Lo pasamos realmente bien y en apenas dos días que los había visto me sentía como si los conociese desde hace mucho. Pero el que me tenía totalmente encantada era Dorian.

En esta ocasión sí que me habló más a menudo y me sonrió pícaramente en varias oportunidades. Cuando nos levantamos del bar, estuvimos paseando junto al mar, todos, pero nosotros dos un poco más adelantados, hablando de cosas más personales.

La tercera ocasión que le vi no necesité la excusa de una reunión del grupo. Quedamos los dos para ir a la playa, el día era excelente, caluroso y húmedo, y al ser entre semana, no había demasiada gente, por lo que la sensación de intimidad era mayor y muy sugestiva.

Yo me había puesto un bikini blanco, reconozco que no era demasiado atrevido, me tapaba bastante, pero era muy elegante y hermoso. Creo que le gustó mucho y también creo que prefirió que el bikini no fuera más sexy, porque con el paso del tiempo fui sabiendo que a él le gustan las cosas muy poco a poco, muy despacio, para alargar el deseo y la pasión.

Todavía no nos habíamos besado ni acariciado pero yo regresé a casa tremendamente excitada. Era algo que experimentaba por primera vez, pese a que ya tenía veintimuchos años.

Mis relaciones con los hombres se reducían a un novio que tuve durante bastante tiempo y que no me atraía físicamente ni por su forma de ser.

Dorian era todo lo contrario, me alteraba los nervios cada vez que lo tenía cerca y sabía ser encantador y mágico cuando quería.

En casa, me dispuse a darme una ducha para quitarme la arena de la playa. Me desnudé en el cuarto de baño y noté que mi sexo estaba muy mojado, cálido y ardiente.

Nunca me había sentido así y nunca me había acariciado esa parte de mi cuerpo, de escrupulosa que era, pero esta vez no podía pensar en remilgos, sencillamente no podía ni quería pensar, solamente abandonarme al placer de tocar mi cuerpo imaginando que era su mano quien lo hacía.

Comencé a gemir muy despacio, controlándome porque había más gente en casa, tuve que sentarme en la taza porque mis piernas temblaban de placer y apenas podía mantenerme en pie.

Mis pezones estaban durísimos y erguidos, mis tetas hinchadas y redondas, mi cuerpo era una tea en combustión, su recuerdo me hacía sentir todo el goce que apenas había conseguido en mis anteriores experiencias.

Jugueteaba con el vello púbico, ensortijado, de color castaño, mojado de mis jugos, de mi leche mientras mis gimoteos eran cada vez menos controlables y el temor a ser descubierta se había evaporado entre mis piernas y mi sexo.

Mi sexo estaba dispuesto a ingerirlo todo, miedos, rutinas, aburrimientos del pasado, todo ello con la inestimable ayuda de su polla, que empujaría sin descanso hasta borrar de mi mente todos mis prejuicios.

Una voz al otro lado de la puerta interrumpió mi sesión de autogoce, me llamaban al teléfono, yo no podía ponerme y fantaseé que era él, que sabía lo que estaba haciendo y me invitaba a pasar la noche con él.

De momento esta ensoñación se quedó en fantasía pero no tardaría en convertirse en realidad.

Pasaron unos días sin tener noticias suyas, días en los que me era imposible borrarle de mi memoria. Me imaginaba multitud de cosas, de escenas, de lugares donde estar juntos.

Por lo que me había hablado en la playa, le gustaba vivir bien, era muy sensitivo y lo único que le importaba era la búsqueda del placer por encima incluso de la búsqueda de la felicidad.

Para mí, que era más ascética, menos sensual, todo aquello suponía una revelación, un cachetazo a mi forma de pensar y de vivir. Empezaba a tener la sensación de que no había vivido hasta ese momento, y ahora tenía la oportunidad de comenzar a disfrutar de la vida.

Él estaba a punto de llegar, yo estaba nerviosa sin saber todavía qué ponerme. Dudaba entre dos o tres vestidos, entre otros tantos zapatos y hasta la ropa interior se convirtió por primera vez en un dilema. Finalmente elegí un conjunto de tonos pastel, rosado, muy elegante, con parte de encaje muy fino y transparente. Seguro que le iba a encantar.

Sonó el timbre y contesté, estaba agitada y nerviosa. Me dijo que no tardara en bajar. Su voz me pareció fuerte y vibrante… Le hice esperar un poco, mitad adrede mitad porque no podía alejarme del último espejo de la casa intentando estar lo más hermosa posible.

Fuimos a cenar a un restaurante libanés. Nunca había probado la comida árabe y me dispuse a disfrutar de la novedad y del encanto de la noche.

El ambiente del restaurante era cálido y estimulante, con una música suave y envolvente, y el sabor de la comida repleto de especias y aromas altamente sugestivos y afrodisiacos.

Terminamos la cena con unos licores exquisitos, y salimos para tomar una copa en un bar cercano. No llegamos a dicho bar. Por el camino nos abrazamos, nos acariciamos y nos besamos por primera vez.

Ocultos por la oscuridad de la noche, casi metidos en un portal de una casa, juntamos nuestras lenguas, nuestros labios, nos llenamos de saliva y de ardores, sus manos jugaban con mi culo, lo apretaba y lo acariciaba, cogía mi cintura y la manoseaba, me estaba dejando sin aliento, yo quería que me tocase toda, todo mi cuerpo iba a ser para él, podía hacer lo que quisiera con él, estaba dispuesta a entregarme al sexo más puro y salvaje.

Como casi siempre él tenía una sorpresa guardada. Subimos al coche y me dijo que íbamos a un sitio donde podíamos hacer el amor tranquilamente, con total comodidad.

Llegamos a una vivienda del casco antiguo de la ciudad, me dijo que era un apartamento de los que se alquilan por días, más bien por noches, y que al verlo mientras lo contrataba con el propietario, le había parecido un sitio idóneo.

-Ya tendré tiempo de compartir o no tu opinión del apartamento-, pensé para mis adentros, -porque lo único que quiero ahora es verte a ti desnudo-.

Pasamos al dormitorio, no necesitábamos más precalentamientos, ya los habíamos hecho en la calle y a los dos nos apetecía desnudarnos y amarnos.

Me quitó el vestido, me dijo que llevaba una ropa interior muy sexy y que la iba a mantener puesta de momento, porque le excitaba muchísimo así. Yo me dejaba llevar, transportada por un placer inmenso, con un deseo infinito de llegar al clímax, con mi mente en blanco y mi corazón bombeando a mil por hora, al igual que mi coño, que lo notaba palpitante, jadeante, esperándole ansioso y anhelante.

Sacó una de mis endurecidas tetas fuera del sujetador, sin quitármelo, y la chupó con fruición, la llenó de su caliente saliva, pasó su lengua por la aureola de mis pezones y me los puso duros como piedras, incluido el que no me chupaba pero sí palpaba delicadamente primero con la palma de la mano abierta y luego lo pellizcaba haciéndome suspirar de fuego y deseo.

Yo deseaba que me comiera el coño, que me lo acariciara, que introdujera sus dedos en mi cueva jugosa, y así lo hizo, aunque poco a poco, como haciéndose rogar, para alargar más si cabe el placer que sentía en esos momentos.

Bajó su cara lengüeteando por mi vientre, rodeando mi ombligo, ensalivando mis pelitos de color castaño, hasta llegar a mi vulva, a mis labios rezumantes de viscoso líquido dulce. Los mojó aún más, separó mis piernas y al mismo tiempo con sus dedos abrió mi sexo para lamer mi interior, luego mi clítoris enrojecido y macizo mientras yo gemía y apenas me aguantaba los gritos de placer que se me escapaban desde el interior de mi alma.

Ahora quería su polla, deseaba apretarla, rodearla con mis manos, colocármela cerca de mi boca, de mi cara, para sentirla dura y potente. Me incorporé y le dije que ahora iba a ser yo quien le diera placer. El no dudó un instante en acercarse a mi rostro con su polla entre sus manos, enhiesta y orgullosa, carnosa y abultada.

La agarré directamente con mi boca al tiempo que le masajeaba sus cojones, me la metía sin tregua dentro de mi cálida boca, entraba y salía con fuerza, cada vez estaba más empapada de mis babas. Yo imaginaba que esas humedades podían ser las de mi coño cuando por fin me la metiera y ya no pude aguantar más.

-Fóllame ya-, le susurré con una voz entrecortada y emocionada. Tumbada boca arriba me abrí de piernas aguardando su dardo imponente. Colocó delicadamente la punta de su polla sobre mi clítoris, lo frotó con su carne y lo preparó para el estallido final.

Finalmente metió su polla dentro de mi coño de un tirón seco y profundo, llegando a mis paredes más interiores, llenando todo mi orificio, la sacó y la volvió a meter, un uauhhhh de gozo recorrió la habitación, le indiqué que ya no la sacara nunca más, que me ensartara una y otra vez hasta el límite de sus fuerzas.

Todo aquello lo enrabietó de tal manera que comenzó a empujar cada vez más fuerte, con más garra, con su rostro enfebrecido y dislocado mientras me levantaba el culo para meterla mejor. Mis gritos ya se confundían con los suyos, los dos estábamos iluminados, deseando no parar de follar y a la vez queriendo llegar al clímax.

Descendió su torso para juntarse con el mío, nuestros sudores se entremezclaron y le abracé con todas mis fuerzas para sentir todo su cuerpo unido al mío. El siguió dando impulsos y empujones, su culo se movía rítmicamente, sus manos apretaban mi culo para poder entrar con toda facilidad, me mojaba el cuello y la oreja, mis tetas se apretaban con sus duros pezones, se enredaban los pelos de su pecho con mis pezones, su magnífica polla abría mi coño de par en par hasta que un rugido de bestia indómita se conjuntó con una doble salida, la de su polla de mi coño y la de su tórrida leche de su polla, inundando mi vientre y mis tetas de una viscosidad excitante hasta el punto que restregué mi cuerpo con su líquido de vida y de pasión.

Permanecimos abrazados uno sobre el otro durante un buen rato, resoplando de felicidad y de satisfacción carnal.

Durante meses tuvimos una relación sin sobresaltos, buscando y encontrando placer en cada pequeña cosa que ofrece la vida.

Comer, beber, ir al cine, al teatro, a un concierto, salir de excursión o hacer un viaje extraordinario, contemplar la naturaleza, tumbarnos en la playa, sobre la arena desnudos, descubiertos dentro del agua para notar el gusto que dan las olas chocando en nuestros sexos, cualquier detalle nos parecía digno de disfrute.

Yo estaba totalmente enloquecida por él, su personalidad me arrebataba, sus ideas sobre la vida y sobre el hedonismo me hacían pensar que había perdido demasiado el tiempo y que iba a recuperarlo sin demora.

Nuestro sexo fue haciéndose cada vez más placentero, alternando los polvos más sutiles y delicados con las escenas más guarras y salvajes.

Nadie más me excitaba ni me interesaba, solo suspiraba por su cuerpo, por su pene, por su culo respingón, por su cara y por sus labios. Se podía decir que estaba en un gran momento de mi vida y que si la felicidad era algo concreto se tenía que parecer a lo que yo estaba viviendo en aquellos momentos.

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