Capítulo 1
- La provocación interrumpida I
- La provocación interrumpida II
- La provocación interrumpida III
- La provocación interrumpida IV
- La provocación interrumpida V
La provocación interrumpida
Cada vez que mis papás salían, Javier se ponía insoportable.
Era mi mejor amigo desde la secundaria: alto, piel bien negra y brillante, cuerpo de gimnasio y esa sonrisa arrogante que sabía que me ponía loco. Vivía cerca y venía a casa casi todos los días después del colegio
Esa tarde estábamos solos en mi habitación. Era un viernes en la tarde Yo estaba sentado en la cama jugando en el celular cuando él se paró frente a mí, sin camiseta, solo con un short gris de algodón que marcaba todo.
tenía el pecho bien marchado y no solo era si no también los brazos Se tocó despacio por encima de la tela, apretando ese bulto grueso que ya empezaba a endurecerse.
—me pregunto si quería chupársela —dijo con voz baja y ronca, mirándome fijamente—. Llevas semanas mirándome la verga cuando estamos solos. No te hagas el difícil.
Se bajó un poco el short y la sacó. Era grande, oscura, venosa y pesada. La movió frente a mi cara de arriba a abajo entonces después de sacudirla como 5 veces se acercó a mi casi rozándome los labios. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo. Me agarró suavemente la nuca y se acercó a mi boca.
su verga era enorme como de unos 24 o quiza 25 cm
—Ábrela… sólo la cabeza primero. Chúpamela rico.
Yo ya estaba duro como piedra. Me incliné, sacando la lengua, y se la alcance a pasar por la cabeza de la verga pero solo una ves cuando escuchamos el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose.
—¡Hijo! ¡Ya llegué! —gritó mi mamá desde la sala.
Javier soltó una maldición baja
mientras movía la verga frente a mi
y yo respondí sí mamá estoy en mi cuarto mientras mi amigo se metió la verga dura de nuevo en el short a toda prisa.
El bulto seguía siendo más que evidente. Yo me acomodé la erección como pude y salimos de la habitación fingiendo normalidad.
Mi mamá estaba en la cocina sacando cosas de la bolsa del mercado.
—Hola chicos, ¿qué hacían? —preguntó sonriendo.
—Nada, mamá… viendo videos —respondí, con la voz un poco temblorosa.
Javier se sentó en el sofá cruzando las piernas para disimular, pero yo podía ver cómo su verga seguía palpitando bajo el short. Me miró de reojo con una mezcla de frustración y lujuria.
—Tranquila, señora —dijo él con esa voz grave que me erizaba la piel—. Solo estábamos… pasando el rato.
Mi mamá se fue a su cuarto un momento y Javier se acercó rápido a mi oído, susurrando:
—Esto no se queda así. Apenas se vuelva a ir, te voy a meter toda la verga en la garganta hasta que te ahogues, maricón.
Me apretó el culo por encima del pantalón y se sentó de nuevo justo antes de que mi mamá regresara.
El resto de la tarde fue una tortura deliciosa: miradas, roces disimulados y esa verga negra todavía medio dura esperando su momento.