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Experiencias II: Cleopatra

Experiencias II: Cleopatra

Mi vida ha sido como la de cualquier otra persona normal.

He conocido cantidad de chicas y me he liado con muchas de ellas.

Unas veces mejor, otras peor.

Pero las historias que iré publicando harán referencia a las chicas con las que he tenido una relación muy morbosa, fetichista o «kinky».

Algunas de las chicas con las que he estado no les iban las cosas raras en el sexo, por lo cual todo quedaba en uno o más polvos.

Pero he tenido la suerte de encontrar otras que estaban abiertas a probar cualquier cosa, incluso a veces eran ellas las que proponían prácticas sexuales que a mí nunca se me habían ocurrido.

Este es el caso de la chica de mi historia. No recuerdo su nombre, ya que nuestra relación sólo duró 3 fines de semana, así que la llamaré Cleopatra.

Tal y como quedó reflejado en mi historia anterior, Experiencias I: Sofía, me gustan mucho los pies femeninos. Me excitan.

Pero a raíz de mi relación con las chicas con las que he estado, he descubierto otras cosas que también me excitan.

Los zapatos de tacón, las braguitas de algodón, los azotes en mi culo, montar a mis espaldas a una chica y pasearla por la habitación como si fuera su caballo,…

Hay otras cosas que en un principio me dieron asco, pero luego, a fuerza de probarlas les he tomado el gusto y ahora, cuando la chica con la que estoy me obliga a hacerlas, me excito mucho.

Estas son cosas como tragar mi propio semen o recibir una lluvia dorada de mi ama.

Pero cómo he llegado a esto ha sido un proceso largo, muchas horas de «dormitorio», y creedme, se disfruta mucho con este tipo de mal llamadas «aberraciones».

Probadlo primero y luego decidme si os ha gustado o no.

Volviendo a mi historia con Cleopatra, la conocí una noche en la marcha madrileña.

Yo no soy de Madrid, pero he estado mucho por allí. Y lo que más me gusta es que puedo salir y desinhibirme sin miedo de encontrarme con algún conocido.

La noche que conocí a Cleopatra, estaba bastante desinhibido. Había salido con dos conocidas de Madrid, pero las había perdido hacía una hora.

Cleo resultó ser un poco borde al principio, pero no recuerdo qué fue lo que le dije que conseguí arrancarle una sonrisa. Después de un rato la había invitado a una copa y hablábamos con desparpajo.

Cleo es una de esas chicas que visten con un aire hippie, lo cual, al ser ropa holgada, no deja ver del todo su figura. Pero desde luego tenía un cuerpo de infarto.

Un bonito pelo castaño recogido con una ramita y unas sandalias que dejaban al descubierto unos pies con sus respectivos deditos.

Como no, las unas pintadas de color marrón y el correspondiente anillo en segundo dedo del pie derecho. Mis ojos casi se me caen al suelo. Joder.

En un momento de la conversación le dije que si me dejaba la trataría como a una reina.

-«¿Y como se trata a una reina?»,- me preguntó ella.

-«Pues haciendo todo lo que ella ordene y besando sus pies cada vez que ordene algo»,- respondí yo.

Entonces ella se rió con gracia.

Después de un rato nos dirigíamos a su casa.

Ella tenía 27 años, y vivía sola en un piso a las afueras de Madrid. Creo que a pesar de su pinta hippie sus padres eran de pasta.

Una vez en casa puso música tranquila, creo que era algún grupo entre reggae y hip hop. Luego nos fuimos al sofá y ella comenzó a hacerse un cigarrito de marihuana.

Yo además de probar cosas en el sexo las he probado en otros campos, como el de las drogas. He probado todo lo que se pueda probar por la boca o por la nariz.

Ya lo que sea pincharse no me mola. Y nunca he estado enganchado a nada.

Todo lo que probé, lo volví a consumir alguna que otra vez y ya está. Lo único que si he tomé varias veces fue el costo y la marihuana, pero nunca de forma habitual y ya hace años que no tomo nada.

Aquel cigarrito de marihuana que me fumé con Cleo nos sentó de maravilla. Desde que empezó a hacer efecto comenzamos a reírnos sin motivo. Después de un rato diciendo tonterías y riéndonos como posesos, Cleo fue al grano:

-«¿Así que me vas a tratar como una reina?»,- me preguntó.

-«¿Por supuesto?»-le dije yo.

-«Si te soy sincera, me ha excitado mucho eso que has dicho de besarme los pies. De hecho a mí siempre me ha llamado la atención que los chicos tengan unos pies bonitos. No me gustan los chicos con los pies feos, ya pueden ser mister universo. Así que ya que tú te has ofrecido a tratarme como una reina, quiero que empieces por darme un masaje en los pies.»

Rápidamente accedí a tan agradable petición y fui a descalzarla, pero ella me detuvo.

-«No. No me quites las sandalias con las manos, hazlo con tu boca».

Joder, pensé yo. A esta tía le va el rollo.

Y me puse manos a la obra. Comencé por desabrocharle la hebilla.

Me costó un poco, pero logré pillar la correa de cuero con mis dientes y comencé a tirar de ella hacia atrás. Al mismo tiempo, el olor de su pie inundaba mis pulmones.

Oh, su aroma era celestial.

Cuando conseguí sacar la tirilla de cuero de la hebilla, Cleo levantó la pierna y la cruzó por encima de la otra, ya que si dejaba el pie en el suelo era imposible sacarle la sandalia.

Yo entonces me acerque al pie que ahora estaba en el aire y comencé a meter mi lengua por el talón, entre el pie y la sandalia. Y con mi lengua fui empujando la sandalia desde el talón hacia los dedos del pie.

Mi lengua detectó un sabor salado, fruto de la mezcla de mi saliva con el sudor del pie de Cleo y el sudor acumulado en la sandalia. Aquello era tan sabroso para mí como un buen cocido.

La sandalia se fue deslizando con el empujón de mi lengua hasta caer al suelo.

Luego repetí el proceso con la otra sandalia.

Una vez ella descalza me indicó donde estaba el baño y me dijo que trajera aceite que allí había.

Yo estaba sentado en el suelo, pues era la posición desde la cual le había quitado las sandalias con mi boca.

Al intentar levantarme para ir al baño ella me dijo que no lo hiciera, que fuera al baño a cuatro patas.

Joder, pensé yo, a esta tía le va el rollo más de lo que imaginaba.

Gateé hasta el baño y volví gateando con la botella de aceite en la boca, lo cual le complació mucho.

A continuación me puse manos a la obra, unté sus pies con el aceite aromático que había traído y comencé un suave y sensual masaje.

Ella cerró los ojos y comenzó a gemir de placer.

Yo alternaba el masaje con suaves besos.

El anillo que llevaba en el dedo de su pie me molestaba para dar el masaje, así que me metí el dedito en la boca y con la ayuda de mi lengua y mis labios le fui sacando el anillo poco a poco.

Ella al sentir su dedo en mi boca dio un respingo y luego siguió gimiendo de placer. Le gustó tanto que me ordenó que le pusiera el anillo en el siguiente dedito.

Yo sin sacarme el anillo de la boca se lo puse en el siguiente dedito, con ayuda de mi lengua y mis labios.

Una vez hecho esto me ordenó nuevamente que se lo volviera a sacar muy despacio y lo volviera a meter en el siguiente dedito.

El anillo entró y salió de todos los dedos de sus pies excepto de los dedos gordos. Para ello hice uso siempre de mi boca y además con mis manos no dejaba de masajear la planta de sus pies.

En cuanto a sus dedos gordos me ordenó chuparlos «como chupan las pollas las putas» me dijo literalmente.

Ella para ese entonces hacía rato que tenía la mano bajo su braga y se acariciaba mientras yo estaba a sus pies trabajando con mis manos y mi boca.

Cuando ya no pudo más se tiró sobre mí, me arrancó los pantalones y la ropa interior y comenzó a cabalgarme.

Yo estaba en el suelo boca arriba, y ella mientras me cabalgaba cogió una de sus sandalias que estaban en el suelo y me obligó a lamer la parte interior de la sandalia, donde ella apoyaba su pie.

Tenía un sabor salado, pero yo estaba cargado de lujuria y lamía como un muerto de hambre.

Comenzó a golpearme con la parte interior de la sandalia en la mejilla. Me gritaba que sacara más la lengua y lamiera mejor, y alternaba mis lametones en su sandalia con golpecitos en mi cara.

Entonces saqué mi lengua todo lo que pude, y ella apretó su sandalia contra mi cara. Los envites de su cintura cada vez eran más fuertes y mi polla iba a explotar de un momento a otro.

Con su sandalia contra mi cara, mi nariz sufría la presión que ejercía Cleo al apoyarse con su mano en dicha sandalia.

Además el olor me inundaba, un olor fuerte a sudor acumulado en la piel del calzado.

Y encima, al tener la lengua fuera de mi boca como nunca la había tenido, todas mis papilas gustativas estaban presionadas donde hacía un rato estaba la planta del pie de Cleo.

Con lo cual estaba saboreando al máximo el sudor de su pie.

De repente ella, a punto de correrse me dio unos golpes en mi pene con su cadera que pensé que me lo iba a arrancar.

Empezó a correrse y con el nivel de excitación que ya traía yo, empecé a correrme yo también. Ella daba unos gritos ahogados, y yo no hacía más que un «Agghhnn», que era lo único que me permitía decir su sandalia sobre mi lengua.

Después del orgasmo ella se dejó caer sobre mí. Su mano con su sandalia cayó de mi cara, y permanecimos varios minutos inmóviles recuperándonos.

Finalmente me dio un profundo beso en la boca, y me dijo:

-«Ha sido espectacular. De cine».

Yo asentí, nos fuimos a la cama y dormimos juntos.

Al día siguiente, pasamos el Domingo juntos.

Dimos un paseo por el retiro, almorzamos en un pequeño pero acogedor restaurante y por la tarde nos despedimos, ya que tenía que regresar a mi ciudad, y trabajar al día siguiente.

Volvimos a vernos un par de veces más. Pero eso ya lo contaré en otra historia.

Continúa la serie << Experiencias I: Sofia

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