Erotismo insurreccional

Hay una verdad incómoda que ningún poder reconoce: el cuerpo humano es ingobernable.

Desea, vibra, tiembla, sangra, se abre, se cierra, se excita, suda y exuda.

Y en esa intensidad que nace bajo la piel —esa intensidad que ningún mercado y ninguna moral pueden domar del todo— florece la literatura erótica.

No es casual que lo erótico, lo que roza o aborda lo pornográfico, haya sido históricamente vigilado, censurado y ridiculizado.

El capitalismo necesita sujetos dóciles, consumidores disciplinados, identidades limpias.

Pero el deseo es sucio, contradictorio, materialista en el sentido más radical: nace en músculos, en nervios, en sudor y en impulsos eléctricos del cerebro.

La literatura que se atreve a narrarlo es una amenaza para cualquier orden moral —generalmente de base religiosa— que pretenda administrarnos incluso en la intimidad.

La tradición literaria dominante ha querido siempre erotismos “decorativos”: rosas marchitas, amantes suaves, metáforas perfumadas.

Es el erotismo burgués, que hace pie en la religión: higiénico, ordenado, sin perturbaciones.

Pero la literatura erótica de verdad —la que defiendo aquí— nace de otra parte:

de los cuerpos reales, imperfectos, tensos, marcados por las relaciones de poder que atraviesan el mundo.

No hay deseo sin condiciones materiales, sin historia, sin conflicto.

Lo pornográfico que piensa, lo erótico que incomoda, desvela la infraestructura libidinal del capitalismo:

qué cuerpos valen, cuáles se ocultan, qué deseos se castigan y cuáles se venden envueltos en plástico.

Escribir erotismo es desarmar esa jerarquía desde dentro.

Es usar el placer como método de análisis.

Es mostrar que incluso lo íntimo está politizado… y liberarlo a golpes de lenguaje.

El buen erotismo no es tibio.

No se disculpa por excitar.

Ni se deben pedir disculpas por excitarse.

Puede ser explícito, directo, húmedo, pulsante.

Puede entrar donde la moral tiembla y la cultura dominante finge no mirar.

Pero lo hace con conciencia, con estilo, con una ética del cuerpo que no reduce nada a producto ni a “contenido para consumir con una sola mano”.

El erotismo literario que reivindico permanece.

No se tira como un kleenex después de “algo” rápido.

Deja huella, deja olor, deja preguntas.

A veces incluso deja culpa.

Y eso es maravilloso: el deseo que persiste es el que nos obliga a interrogarnos.

Lo oscuro no es siempre lo siniestro.

Lo oscuro es lo que todavía no hemos querido nombrar.

Y en el terreno del erotismo, lo oscuro es fértil.

Las fricciones del poder, la sumisión consensuada, la dominación simbólica, los miedos que excitan, la entrega que vacía y llena al mismo tiempo.

Todo eso existe en la vida real, pero la “alta cultura” prefiere ignorarlo.

La literatura erótica lo acoge, lo convierte en relato, le da forma y le da belleza.

El deseo es político porque es material.

Es oscuro porque nos revela.

Es sensual porque nos desordena.

Y la literatura que se atreve a contarlo no es menor: es insurrección estética.

Internet está lleno de pornografía industrial, de algoritmos que fabrican cuerpos sin historia y escenas sin alma.

Eso no es erotismo: es mercancía, un producto más del capital.

La literatura erótica, en cambio, no puede reducirse a mercancía sin perder su propio corazón.

Es demasiado humana, demasiado contradictoria, demasiado carnal para obedecer al mercado.

Escribir erotismo es recuperar la piel como espacio de lucha.

Es desobedecer al pudor que nos imponen.

Es romper la falsa distancia entre “arte serio” y “sexo sucio”.

Es afirmar que la materia —el cuerpo— es bella incluso cuando tiembla, incluso cuando se humedece, incluso cuando se abre y expulsa.

Lo erótico —lo verdadero, lo profundo, lo que es incluso pornografía con conciencia estética— no es una frivolidad.

Es una forma de materialismo.

Una forma de sinceridad.

Una forma de resistencia.

Leer erotismo es dejar que el texto te toque.

Escribir erotismo es tocar a quien lee sin pedir permiso a ningún moralista.

Y en un mundo que quiere cuerpos obedientes, palabras tibias y deseos privatizados…

reivindicar la literatura erótica es un acto político.

Un acto oscuro. Sensual. Liberador.

Y absolutamente necesario.