Tenía veintidós años, cuerpo marcado en el gimnasio y una sonrisa que me abría puertas (y bragas) en toda la facultad de Arquitectura. Siempre había una chica dispuesta a chupármela en los baños del campus o a montárselo en el asiento trasero de mi Jeep. Pero nunca imaginé que un profesor me iba a proponer el polvo más sucio y prohibido de mi vida.
El profesor Ramírez, cincuenta y dos años, jefe de departamento, el típico tipo serio y respetado, me citó en su despacho un viernes por la tarde. Cerró la puerta con llave y fue al grano sin rodeos:
—Raúl, mi esposa Carla quiere un hijo más que nada. Yo soy estéril. Cero esperma. Hemos probado todo. Ella no quiere adopción ni donante anónimo. Quiere a alguien de confianza. Alguien joven, sano, guapo… alguien como t
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