Las vacaciones que me tomé en Guadalajara, fueron decisivas en mi vida, no sólo por lo calientes recuerdos que me dejaron, sino porque dieron a mi vida un giro de 180 grados.

Ya había tenido algunas experiencias íntimas, pero esa fue la primera vez que lo hice con desconocidos y se los quiero platicar por lo maravilloso que resultó.

El ferrocarril me ha provocado siempre una deliciosa sensación de voluptuosidad, a la mitad entre la lujuria y el romanticismo.

Compré el boleto de pullman, abordé y me dirigí a mi litera alta, como siempre que utilizó ese medio para transportarme.

El vagón estaba lleno y en la litera de abajo descansaba un hombre de unos 40 años.

Era fuerte y atractivo. Se había quitado toda la ropa, quedándose tan sólo con una pequeña trusa que no ocultaba la pujanza de su miembro viril.

Aparte la mirada, sintiendo que aquella sensación de voluptuosidad empezaba a envolverme, provocándome humedad que difícilmente podría apaciguarse, a menos que tuviera a un verdadero macho dispuesto a “aliviarme”.

No pude evitarlo, fue algo superior a mis fuerzas.

Miré al hombre de nuevo y él me sorprendió; vi un fulgor lascivo en sus ojos y en su entrepierna noté una poderosa erección, lo que me estremeció y no supe que hacer.

Hubiera dado cualquier cosa por estar sola en ese momento; sola con el hombre, desde luego.

Cerré los ojos y respiré hondamente, tratando de relajarme, pero eso era imposible, dada mi natural fogosidad.

Al darme cuenta de que mis movimientos y mi nerviosismo empezaban a ser advertidos por los otros pasajeros, decidí ir a cenar al comedor.

Un muchacho se cruzó conmigo en el pasillo y me apreté contra la ventanilla para evitar su cuerpo, pero aún así, sentí en mis nalgas el roce de su maciza verga.

No pude aguantar más. Corrí sin importarme un cacahuate lo que la gente pensara y me metí al baño del vagón, sin preocuparme de cerrar la puerta por dentro.

Lo único que deseaba en esos momentos, era una verga que despedazara el coño o el culo, para apaciguar mi temperamento volcánico.

Me desnudé por completo, mirando mi cuerpo en el espejo mientras me acariciaba el busto.

Siempre he tenido los senos duros y erguidos como frutas listas a ser saboreadas, pero en esos momentos, la dureza en los botones era algo fuera de lo común.

Me abrí de piernas, como si mi propia humedad me lastimara y empecé a restregarme furiosamente la vagina. Disfrutaba, pero eso no era, ni con mucho, lo que deseaba.

Pensé en el hombre de la litera, con su poderosa manguera erguida y dispuesta a satisfacer mis ansias. De pronto, se abrió la puerta, ¡era él!…

Cerró la puerta por dentro.

No se sorprendió al verme desnuda; me abrazó desesperadamente y me besó con mucho erotismo, haciendo que su lengua se frotara con la mía, al mismo tiempo que sus manos llegaban a mis pechos para estrujarlos con frenesí.

Se echó hacia atrás y se quitó los pantalones. Debajo no llevaba nada y ante mí quedó su enorme verga, lista para triturarme.

No me dijo nada, pero yo sabía lo que él quería y, enloquecida, me arrodillé abrazándome a sus caderas y tomé en mi boca su interminable cilindro de carne.

Se lo estuve chupando por varios minutos, gozando al ver que él se retorcía ante la habilidad de mi lengua y labios.

Estaba muy excitado y me obligó a doblarme sobre la cintura, me poseyó con fiereza y se empezó a menear.

Después de que ambos terminamos, sacudidos por los espasmos y el traqueteo del tren, nos sentimos satisfechos momentáneamente y salimos, decididos a dar rienda suelta a nuestra pasión en algún lugar más propio.

Nos bajamos en un pueblito mucho antes de llegar y nos dirigimos a un hotel “Hotel del Marques”, el más próximo a la estación. Después de alquilar una habitación, nos desvestimos para caer uno en brazos del otro.

Me tumbé en la cama y Jaime comenzó a besarme y darme lengua en todo el cuerpo, sin desatender un sólo centímetro de mi piel.

Durante toda la noche estuvimos follando en cuantas posiciones pueda imaginarse, haciéndome gozar como no lo había logrado ninguno de los hombres con quienes me había ido a la cama.

Cuando al día siguiente regresamos a la estación a tomar el siguiente tren rumbo a Guadalajara, de lo que más me acordaba, era de lo que sucedió en el baño del vagón.

El recorrido se me hizo interminable y cuando llegamos a Guadalajara, lo primero que hice fue dirigirme a un hotel céntrico. Me recibió un joven exageradamente bajito.

Un enano. Tomó mis datos personales y me ayudó con mi maleta y demás pertenencias.

Por la noche sentí frío y me levanté a pedir otro cobertor en la administración. Segura de que encontraría en la oficina al enano, no me preocupé por la ropa que cubría mi cuerpo.

El camisón era transparente y yo no llevaba nada debajo, a excepción de las pantaletas; pero a pesar, se me adivinaba el cuerpazo me cargo.

Vi la puerta de la oficina abierta y llamé:

Adelante-, me dijo la voz chillona del enano.

El tipo estaba echado en un catre, con la ropa puesta pues tenía que recibir a quienes llegaran a solicitar hospedaje.

Lentamente se incorporó y me miró como pocas veces me habían mirado.

Había en él, algo extraño, casi maligno que me obligó, involuntariamente, a dar un paso hacia atrás. Sus ojos ardían con un fuego que exteriorizaba su urgente necesidad de hembra.

Tragué en seco y traté de recuperar la compostura.

Tengo frío y vengo a ver si me puede dar otro cobertor-, dije con voz temblorosa.

Sí, señorita; estoy para servirle-, me respondió con un tono de voz que justificó mi alarma.

Se levantó y abrió un armario. El mueble estaba lleno de cobertores, sábanas y colchas. Fue entonces cuando descubrí “aquello”, su miembro viril.

No podía creer lo que estaba viendo; era algo enorme, monstruoso, pues parecía que le había salido una joroba en la entrepierna. Dándose vuelta, me preguntó:

¿Qué le parece ésta?-

Cualquiera-, respondí sin poder salir de mi estupor.

Con manos temblorosas tomé el cobertor, asustada tanto por lo que había visto, como por mis propios pensamientos.

¿Te gusta la habitación?-, me preguntó, tuteándome, cuando me disponía a salir.

Es acogedora-, respondí molesta por que él me había tuteado.

Me volví y lo miré, tratando de que mis ojos no fueran hacia el enorme bulto que el tipo traía abajo del pantalón.

Si quieres puedes quedarte y comer en el hotel todo el tiempo que estés en Guadalajara, sin pagar un sólo centavo. Yo puedo arreglar todo-, dijo.

Mi cerebro se fue aclarando y comprendí lo que enano me estaba proponiendo.

Sentí miedo. Un miedo que heló mis entrañas ante la posibilidad de cualquier contacto con aquello que había visto y estaba fuera de toda proporción.

Ni siquiera pensé en la conveniencia de lo que me estaba ofreciendo a pesar de que representaba un buen ahorro.

Hasta mañana-, respondí secamente.

Salí al pasillo, pero me detuve repentinamente y volví sobre mis pasos.

¿A cambio de qué?-, le pregunté.

De esto-, respondió.

Se bajó el pantalón y ante mis ojos hizo su aparición aquella vergota hambrienta de mujer. Eran por lo menos 25 centímetros de largo y gruesa como un brazo.

No contesté, ni dije nada, sólo sé que unos segundos después, estaba montada sobre de él, recibiendo en mi interior aquella monstruosidad que iba penetrando en mí, arrasando con todo, y provocándome un intenso dolor paralelo a la excitación que se apoderaba de todo mi ser.

El tipo no sabía hacerlo, era torpe y actuaba con mucho nerviosismo.

Sus besos eran tímidos e inexpertos, pero pasado el dolor, el placer que me proporcionaba su cañón era indescriptible, enajenante…

Además, tenía una resistencia sobrehumana, como si toda su vida hubiera estado esperando ese momento.

Al día siguiente, para alejarme de aquella obsesión que me esclavizaba, me acosté con un hombre que conocí en un bar, sin conseguir otra cosa que impacientarme por la necesidad que sentía de estar con el enano.

Desde entonces, vivo en Guadalajara y no me interesa conocer otros hombres.

Permanezco en el hotel día y noche, encerrada en mi habitación, en espera de mi enano esposo, que me somete a todos sus caprichos y me proporciona todos los placeres que necesita una hembra.