RELATO REAL
José Gardia
Para mí
Hola, ¿cómo estás? Cuéntame cómo fue.
¿Qué tal tu experiencia como perra?
Saludos
Yoset Char San
Para José
Hola amigo, buenos días.
Primero te diré, amigo, soy un hombre ya de cierta edad, casado, con una familia adorable. Amo a mi esposa por encima de cualquier cosa en el mundo. Para los que no conocen mi debilidad, pues siempre he cuidado de eso: soy un macho a toda, conquistador, mujeriego. Pero para mí se lleva dentro también una mujer ávida de deseos, mujer que empezó a despertar en mí desde mi niñez.
Mi experiencia fue maravillosa, amigo, de verdad. Servirle de perra, de mujer a aquel animal, fue algo muy especial para mí en mi vida. Ya yo había tenido algunas experiencias homosexuales de cuando niño, sin penetración, y en el transcurso de mi vida de joven y hasta mis 57 años, esa mujer que llevo dentro seguía sintiendo ese deseo de ser penetrado por una verga. Para aplacarla, cuidar mi imagen y mi estatus, muy en secreto y a escondidas, desde siempre metía cosas en mi culo: plátanos, pepinos, zanahorias, cualquier cosa que fuera similar a una verga, para aplacar mis deseos y darme placer.
En la vida real, la verga de aquel animal fue la primera que, de un ser viviente, yo me metí. Era un perro raza Dóberman alemán, lindo, grande, saludable, y tenía una verga envidiable como muchos hombres desearían tener en tamaño y grosor. Desde que yo tuve la oportunidad de cuidar aquel animal, al primer roce con él me di cuenta de que entre nosotros existía química de verdad, mi amigo. Y pensarás cómo es posible sentir eso en y por un animal y creer que él siente lo mismo… pues sí, mi amigo, así fue.
La primera vez que yo bañé aquel animal y al pasar mi mano por el forro de piel que guarda su verga y sentir aquel trozo de carne que se le ponía duro, mi corazón latió con fuerza y desde ese momento aquella sensación que experimenté no se salía de mi cabeza. Imaginaba lo rico que sería sentir a aquel animal cabalgando en mi espalda, encima de mí, con aquel trozo de carne enterrado en lo más profundo de mis entrañas, y me propuse que eso sucediera. Además, tenía la bondad de que aquella casa donde yo trabajaba como empleado de mantenimiento general, su dueña, por cuestiones de trabajo, casi nunca (por no decir nunca) estaba. Yo tenía aquel animal todo el tiempo para mí solito.
Lo primero que logré hacerle fue mamársela. Yo lo bañaba todos los días solo para sentir cómo aquella cosota que guardaba en su funda se le ponía dura, sus bolas empezaban a crecer y la cabeza puntuda de su verga color rojo púrpura asomaba en su entrada. Un día no aguanté más y metí mi cabeza entre sus piernas y con mi boca se la succioné hasta sentirla dentro de mi boca. Se la mamé rico y, mientras se la mamaba, lo pajeaba por encima de la funda que guarda su verga. Percibí que a él le gustó, pues se movía como si me follara por la boca y echó parte de sus líquidos (leche) dentro de ella. No me atreví a más por lo que se dice, además sé cómo es y lo he visto: ellos anudan a las perras y las dejan pegadas a ellos por largo rato, hasta a las personas cuando sus bolas crecen dentro. Pero yo sentía que él deseaba más que eso, que esas mamadas que yo le daba casi todos los días. Después de pensarlo e imaginar muchas veces cómo sería y si de verdad me dejaría abotonado a él, me decidí a pasar esa línea. Un día en la mañana, al llegar a aquella casa donde trabajaba y saber que tendría aquel animal para mí solito todo el día sin temor a interrupciones o ser descubierto, pues la dueña estaba de viaje de trabajo, me dije: “Hoy es el día, me entregaré por completo a él”.
Ese día, al llegar, él me recibió como siempre con mucha alegría, me saltaba encima e imagino que pensaba en su mente animal: “Llegó mi novia, tengo la mamada de hoy asegurada”. Y yo en la mía me decía: “Si supieras que hoy vas a tener más que eso… si supieras que hoy me voy a entregar a ti para que me hagas tu perra”. De solo pensar todo aquello yo estaba a mil y mi corazón quería estallar en mi pecho. Le pasé mi mano por la cabeza y le dije: “No te desesperes, hoy me vas a hacer tu mujer”.
Como acostumbraba, fui hasta el cuartico donde yo cambiaba mis ropas y se la había mamado muchas veces, y él detrás de mí. Ese día empecé de la misma manera: a acariciar su verga, pasarle mi lengua por la punta de su cabeza, sentir el sabor de sus líquidos preseminales hasta sentir que su verga quería estallar. Me paré, quité todas mis ropas y quedé desnudo frente a él. Al parecer él entendió que había llegado el momento que tanto había esperado y comenzó a hociquear, a pasar su lengua entre mis nalgas, me brincaba encima y con sus patas me hacía como fuerzas para que yo me pusiera en cuatro para él. Así lo hice y aquel animal se volvió como loco, se subió encima de mí y empezó a lancetear con su vergota dura contra mis nalgas buscando mi ano, pero no acertaba. Yo, viendo su desesperación por metérmela y yo por sentirla dentro de mí, cogí su verga (aún dentro de su funda, solo un pedazo afuera por detrás de las bolas que ya se sentían empezaban a crecer) y le guie su punta a la entrada de mi ano. Solo fue sentir aquel calorcito en la punta de la cabeza de su verga y aquel animal dio un empujón y me la clavó toda de una sola vez. Sentí cómo con ella llenaba mis entrañas. Yo no di ese grito de dolor que dicen todos dan, será porque mi culo no era virgen. Como te dije, yo nunca me había metido una verga real, pero sí había metido muchas otras cosas en mi culo. Mi grito y mis palabras fueron de placer:
—¡Ahhhhhh, qué rico, cojones! ¡Hazme tuya! ¡Hazme tu mujer! ¡Hazme tu perra! ¡Sígueme rico, coño! ¡Preñame con tu leche! ¡Seré tu perra toda la vida! ¡Jau jau jau!
Le decía y le ladraba, y aquel animal parecía entender lo que yo le decía y pedía, amigo. Él empezó a lancetear dentro de mí con fuerza y con cada empujón yo sentía cómo su verga crecía más, me llegaba más profundo y cómo su leche caliente empezaba a inundar mis entrañas. Hasta que empecé a sentir cómo algo se empezaba a inflar dentro de mí, de la parte adentro del esfínter de mi culo: eran sus bolas. Me quise quitar pero ya era tarde, me tenía preso a él, me había abotonado. Después de él inundar mis entrañas con su leche, quedó así encima de mí un rato, jadeando sofocado, hasta que quiso quitarse pero no pudo, estaba pegado a mí. Ahí sí sentí algo de dolor cuando él intentó hacerlo y lo sujeté por sus patas traseras, pegado culo con culo. Así estuvimos otro rato hasta que sentí que sus bolas se desinflaban. Lo solté, él jaló con fuerza y sacó su vergota de dentro de mí. Rápido miré para su verga que le colgaba y ¡qué verga, amigo mío! Yo no sabía cómo había podido aguantar todo aquello dentro de mí. Instintivamente llevé mi mano a mi culo, pues sentí cómo toda su leche empezó a salir de lo más profundo de mí y mojaba mis nalgas y mis piernas. Mi sorpresa fue enorme: qué hueco, mi mano casi entró completa en mi culo. Aquel animal sí de verdad me había hecho su mujer, me había desfondado, fue lo que pensé. Él vino atento y empezó a lamer y lenguetear la entrada de mi culo, mis nalgas, mis piernas. Yo, mi amigo, de verdad todavía estaba caliente: aseguraba mi verga con una mano y con la otra agarré su vergota, me acosté bajo él, me la metí en la boca y se la mamé rico, ahora con el sabor de mi culo y su leche.
A partir de ese día, amigo, nuestro sexo era casi a diario. Cada vez que había una oportunidad yo me le entregaba como su mujer, como su perra, y él como que me lo exigía saltándome arriba, haciéndome fuerzas con sus patas como pidiéndome que me pusiera en cuatro para él. Cuando la dueña estaba en casa yo siempre tomaba cuidado y lo dejaba con la collera puesta y sujeto al cuarto donde yo me cambiaba, por precaución.
De verdad, amigo, nuestro romance fue muy lindo. Yo me apasioné por él como sentía y sé que él también se apasionó por mí. Entre aquel animal y yo había tremenda conexión. Yo llegué a apasionarme por él casi al punto de tener problemas en mi matrimonio. Él y su verga no se salían de mi mente. Me hice adicto a su verga, a chupársela, a metérmela. Eso era lo único que quería y pensaba. Cambié en mi forma de ser en la cama y el sexo, y eso hizo sospechar a mi esposa que había otra mujer. Y yo solo pensaba a mis adentros: “Si tú supieras…”.
Aquella linda experiencia duró hasta un día que, por una imprudencia mía, fui descubierto por el empleado de otra casa de ahí de aquel lugar.
Bien, mi amigo, disculpa si me excedí en mi respuesta a tu pregunta, pero quería darte detalles.
Un abrazo
Yoset