Soy Andrea y hoy te contaré cómo me convertí en la reina del taller de mi tía Elba.
Esto sucedió hace dos años. Tenía veinte años y estaba completamente en la ruina. Sin trabajo, sin un peso en el bolsillo, estudiando auxiliar contable en el SENA por las noches mientras los días se me iban en buscar oportunidades que nunca llegaban. Vivía en un cuarto alquilado en el barrio, comiendo lo justo para no desmayarme, con la nevera vacía y la desesperación royéndome por dentro como un perro hambriento. Las facturas se acumulaban, el arriendo estaba atrasado ni siquiera tenía plata para salir a. emborracharme y olvidar. Un jueves, con el estómago vacío y la humillación quemándome la garganta, decidí visitar a mi tía Elba. Ella tenía un taller mecánico que heredó de su marido tres meses atrás y era impresionante el cambio que logró no solo en esa empresa sino también en su aspecto. Había oído rumores en la familia: que el taller ahora facturaba el doble, que los mecánicos trabajaban como esclavos felices, que ella lucía más joven, más firme, más radiante que nunca, como si hubiera descubierto la fuente de la eterna juventud. Tal vez ella me revelara su fórmula secreta… y de paso me diera un puesto que me sacara de la mierda en la que estaba.
Llegué al taller poco después del mediodía. El sol del Valle del Cauca pegaba fuerte, el aire olía a aceite de motor, metal caliente y algo más profundo, algo masculino y cargado que me hizo apretar los muslos sin darme cuenta. Subí las escaleras que llevaban a su oficina-dúplex con el corazón latiendo tan fuerte que parecía que me iba a reventar el pecho. Desde la ventana panorámica se dominaba todo el piso inferior: cinco mecánicos trabajando como una máquina perfectamente engrasada. Sus cuerpos sudorosos brillaban bajo las luces del taller, músculos marcados por el esfuerzo diario, monos azules ajustados en los hombros anchos y las caderas estrechas. Se movían con precisión militar, sin peleas, sin gritos, como si alguien les hubiera inyectado disciplina en las venas. Era hipnótico. Hipnótico y peligroso.
Allí estaba ella, mi tía Elba. Una mujer blanca de unos cuarenta y dos años, con el cabello corto en un corte moderno color rojizo intenso que le daba un aire peligroso y sofisticado. Ese cabello corto enmarcaba su rostro afilado, con pómulos altos, labios pintados de rojo oscuro y ojos verdes que parecían leer hasta el alma más oscura. Tenía un culo redondo, firme y prominente que parecía desafiar la gravedad con cada paso, dos nalgas perfectas, duras y suaves al mismo tiempo, que se marcaban bajo cualquier tela como invitando a morderlas. Sus tetas eran pequeñas pero perfectamente redondas, firmes, con pezones que siempre parecían apuntar hacia adelante como dos botones listos para ser chupados. Su cuerpo no era exagerado como el de una modelo de revista, pero irradiaba un erotismo maduro y controlado que hacía que cualquier hombre perdiera la cabeza al instante. Caminaba con la seguridad de quien sabe exactamente el poder que tiene entre las piernas, como si cada movimiento de cadera fuera una promesa de placer absoluto y dominación total.
La oficina era amplia, moderna y peligrosa: escritorio de madera oscura al fondo, una silla ejecutiva imponente donde ella parecía una reina absoluta, y, a un lado, un enorme sillón de cuero negro que parecía diseñado exclusivamente para pecar. El cuero brillaba bajo la luz que entraba por la ventana, suave, frío al tacto pero capaz de calentarse con los cuerpos.
Tía Elba me recibió con un abrazo cálido y una sonrisa cómplice que ya sabía demasiado. Sus brazos me rodearon fuerte y sentí el aroma de su perfume mezclado con algo más dulce, casi animal, como si acabara de tragarse un secreto prohibido. Después de los saludos y chismes de familia —cómo estaba mi mamá, que mi hermano seguía sin rumbo, que la tía Rosa seguía preguntando por mí—, le solté mi situación sin rodeos: necesitaba dinero, trabajo y, sobre todo, entender cómo carajos había construido todo eso. Le conté de mis deudas, de las clases en el SENA. Le hablé con la voz rota, con lágrimas de rabia contenida.
Ella sonrió con esa lentitud felina que me puso la piel de gallina al instante. Sus ojos se entrecerraron y recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, evaluándome como si ya estuviera imaginando cómo me vería arrodillada.
—Has venido en el momento perfecto, Andrea —dijo con voz baja y ronca, casi un ronroneo que vibró directo entre mis piernas—. Estoy buscando una asistente. Y como siempre he sido directa contigo, te voy a contar exactamente de qué va el trabajo. Si te gusta… el puesto es tuyo. Si no, nos reímos y listo. Pero te garantizo que vas a descubrir el verdadero secreto de mi éxito… y de mi juventud.
Me hizo un gesto con la mano, elegante y autoritario al mismo tiempo.
—Ven. Acércate a la ventana.
Se levantó de su silla ejecutiva con gracia felina. Caminó hasta el cristal con una mano en la cadera y la otra apoyada en el marco alto, posando como una diosa para mí… y para los cinco hombres de abajo. Llevaba un vestido enterizo color crema tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo. La tela se hundía entre sus nalgas redondas y firmes, marcando cada curva, dejando ver sus piernas blancas, torneadas y sin una sola imperfección. La luz del taller la iluminaba desde abajo, creando sombras que acentuaban su culo y sus muslos. Apostaba mi vida a que no llevaba nada debajo. Desde el piso inferior, los mecánicos debían estar disfrutando de una vista que los mantenía motivados todo el día, con las vergas semi-duras dentro de los monos.
Me coloqué a su lado.
—Desde el primer día que puse un pie aquí —susurró mirando hacia los mecánicos con ojos brillantes de lujuria—, supe que este taller iba a ser mío… de todas las formas posibles.
Señaló a los cinco hombres con la barbilla. Sus nombres los supe después: Raúl el joven de latonería, Luis el de eléctricos, Carlos el de motores, Miguel el de suspensión y Jorge el de pintura. Todos fuertes, todos jóvenes.
—Míralos. Trabajan en perfecta armonía. Fuertes, concentrados, radiantes. Antes de mí esto era un desastre: gritos, empujones, herramientas tiradas y olor a testosterona rancia. Una bomba a punto de explotar. Los clientes se quejaban, los trabajos se atrasaban, y mi difunto marido apenas podía controlarlos. Los hombres llegaban agresivos, insoportables.
Hizo una pausa larga, dejando que el silencio se cargara de tensión sexual. Su voz bajó aún más, cargada de calor y secreto oscuro:
—Entonces entendí el problema: exceso de testosterona. Esos hombres caminaban con los huevos llenos, rebosantes de agresividad y frustración sexual. Caminaban con la verga semi-dura todo el día, pensando en coños que no podían tener, con las bolas pesadas y doloridas. Yo solo tuve que… drenarlos. Vaciarlos hasta dejarlos dóciles, satisfechos y leales como perritos falderos. Y descubrí algo delicioso: la leche de hombre es un cóctel potente de proteínas, vitaminas y testosterona pura. Un elixir de juventud que me mantiene la piel tersa, el culo firme y la energía sexual desbordante. Cada trago me hace sentir más joven, más fuerte, más húmeda, más poderosa. Mi piel brilla, mis tetas se ponen más firmes, mi coño se moja solo con olerla.
Me miró de reojo, disfrutando mi cara de sorpresa absoluta. Mis mejillas ardían y mi coño ya estaba empapado.
—Aquí donde me ves… ya le he chupado la verga a los cinco. Uno por uno, los vacié en mi boca y tragué hasta la última gota espesa y caliente.
Sonrió con malicia y continuó, su voz cada vez más ronca y cachonda:
Les dreno los huevos a cada uno todos los días en las mañanas y quedo bien desayunada
Bajó la voz todavía más, casi un susurro caliente contra mi oído:
—Pero nunca, jamás les permito que me follen. Sus vergas solo entran en mi boca o en mis manos. La penetración… esa gloria se la reservo exclusivamente a los mejores clientes y proveedores he inspectores de ley . Solo ellos tienen el privilegio de metérmela duro, profundo y sin límites, follándome en este mismo sillón o contra la ventana mientras los mecánicos trabajan abajo, oyendo mis gemidos. Los mecánicos se quedan con la boca y con la promesa. Eso los mantiene motivados, obedientes y con las bolas siempre llenas para mí.
Mi respiración se había acelerado tanto que casi jadeaba. Sentía humedad corriendo por mis muslos solo de escucharla. La imagen de mi tía arrodillada o sentada, chupando vergas mientras controlaba todo el imperio, me tenía la mente girando y el clítoris palpitando.
El primer experimento fue con Raúl, el más joven y atractivo, de veinticinco años, el de latonería y pintura. Atlético, con un cuerpo marcado por el trabajo duro, piel morena por el sol del taller, brazos fuertes y venosos, una cara que todavía tenía algo de niño travieso pero con mirada de hombre que ya había sido ordeñado.
—Un lunes a las siete de la mañana lo llamé por el intercomunicador: «Raúl, sube a mi oficina. Ahora».
Cuando entró, yo ya estaba sentada en mi silla ejecutiva, elegante y fría como el hielo. Le ordené cerrar la puerta y sentarse. Luego me levanté despacio, contoneando las caderas como una puta de lujo, y me acomodé en el gran sillón de cuero negro. Abrí las piernas con lentitud deliberada, dejando que la tela del vestido se subiera un poco y que el aire fresco rozara mi coño ya mojado.
—Tu producción es una mierda, Raúl —le dije con voz cortante, mirándolo fijamente a los ojos—. Eres lento, llegas tarde y andas de mal genio. ¿Sabes qué pasa cuando un empleado me hace perder dinero?
Tragó saliva visiblemente. Su nuez de Adán subió y bajó. Me incliné hacia adelante, dejando que viera el escote donde mis tetas pequeñas pero redondas se marcaban.
—He descubierto de dónde viene toda esa agresividad… y pienso solucionarlo.
Me senté en el borde del sillón, con las piernas bien abiertas, exponiendo mis muslos blancos y el borde de mi coño depilado.
—Ven aquí. Párate justo frente a mí.
Raúl obedeció, temblando de pies a cabeza. Sus botas de trabajo crujieron en el piso de madera.
—Esto queda entre tú y yo. Un trato especial. Si te portas bien y me das todo… mañana rendirás el doble. Serás el mejor. Si te niegas… mañana estás en la calle. ¿Entendido?
Él solo asintió, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
—Bájate el cierre.
Sus manos temblaron al obedecer. La cremallera bajó con un sonido metálico que resonó en la oficina como una sentencia. Su polla saltó al aire: gruesa, venosa, pesada, con la cabeza brillante y ya medio dura. Olía a hombre joven, a sudor limpio del trabajo matutino, a deseo acumulado durante días. La piel era suave y caliente, el glande hinchado y de un rosa oscuro que brillaba con una gota de precum.
Sin levantarme del sillón, me incliné hacia adelante como una depredadora estudiando su presa. La tomé con una mano, la sopesé, sintiendo su peso caliente y palpitante en mi palma. Apreté suavemente sus huevos pesados, llenos, redondos y calientes. Retiré el prepucio con lentitud, revelando la cabeza brillante y sensible. La olí profundamente, inhalando ese aroma masculino intenso que me hizo mojar más y gemir bajito.
—Mmm… se nota —ronroneé, mi voz temblando de excitación pura—. Esta verga tan pesada y esos huevos tan llenos son los que te tienen así de cabrón. Toda esa testosterona a punto de reventar te hace lento y agresivo. Pero hoy… hoy te voy a drenar hasta la última gota.
Raúl respiraba agitado, su pecho subiendo y bajando rápido. Su polla empezó a palpitar en mi mano, endureciéndose completamente hasta quedar como una barra de acero caliente.
Me incliné y envolví la cabeza caliente con mis labios rojos. El sabor fuerte, salado, ligeramente amargo y delicioso me inundó la boca al instante. Empecé a chupar con lentitud tortuosa, recorriendo con la lengua toda la vena gruesa de abajo, succionando fuerte mientras mi mano bombeaba la base con ritmo perfecto. Saliva espesa chorreaba por su verga y caía hasta sus huevos pesados, haciendo sonidos húmedos y obscenos. Gemí alrededor de su polla, vibrando con la garganta, tragándola más profundo, abriendo la garganta como un tubo hecho para ordeñarlo.
Raúl gruñía, las piernas temblando. Sus manos se cerraban en puños a los lados, conteniéndose para no tocarme. Yo aceleré, succionando sin piedad, mirándolo a los ojos. Pero me detuve de repente, sacando su verga de mi boca con un pop húmedo y obsceno, solo para torturarlo. Lo miré con malicia mientras su polla palpitaba en el aire, brillando con mi saliva espesa.
—Quiero que tus bolas generen más leche —susurré, soplando aire caliente sobre la cabeza hinchada—. Quiero que tu descarga sea abundante, que casi se te estalle el corazón de lo rico que te voy a ordeñar.
Lo dejé sufrir unos segundos eternos, lamiendo solo la punta con la lengua plana, torturándolo. Luego empecé de nuevo, esta vez más rápido, más profundo, tragando hasta que mi nariz rozaba su. Los sonidos húmedos y obscenos llenaban la oficina: gluck-gluck-gluck, slurp, el chapoteo de mi saliva cayendo al piso. Mi cabeza subía y bajaba con ritmo feroz, mis tetas pequeñas rebotando ligeramente.
—Déjalo salir… —ordené con su verga aún dentro de mi boca, la voz ahogada y vibrante—. Hasta la última gota.
Raúl no aguantó más. Explotó con un rugido ahogado, casi animal. Chorros y chorros calientes, espesos y abundantes me golpearon la garganta con fuerza. Aceleré mientras lo vaciaba, tragando con deleite, sintiendo cómo ese semen cremoso, cargado de testosterona pura, se deslizaba dentro de mí en oleadas gruesas y calientes. Sabía a juventud, a vigor, a poder concentrado. Cada trago me hacía sentir un calor delicioso extendiéndose por mi estómago, subiendo a mis pechos, bajando a mi coño que palpitaba de necesidad. No desperdicié ni una sola gota. Lamí la cabeza hasta dejarla limpia, chupando los últimos restos con devoción.
Cuando terminé, me pasé la lengua por los labios con lentitud lasciva, saboreando el residuo salado y espeso.
—Mañana vendrás a tu inspección diaria con la polla impecablemente limpia y completamente depilada. Ni un solo vello. Y no te hagas la paja en casa. Todo esto lo guardas para mí. Solo para mí. ¿Entendido?
—Sí, doña Elba… —jadeó, aún temblando, las rodillas débiles y la cara roja de placer.
Ese mismo día llamé a los otros cuatro, uno por uno con el mismo cuento. Primero a Luis, el de treinta y cinco, experto en eléctricos, un hombre alto y fornido con una verga larga y curva que me llenó la boca hasta la garganta. Lo ordeñé despacio, saboreando cada vena. Luego Carlos, más grueso, con huevos enormes que pesaban como dos limones maduros; tragué su carga mientras él gemía mi nombre. Miguel tenía una polla con una cabeza enorme que me estiraba los labios, y Jorge, el más callado, eyaculó tanto que casi me ahoga con su leche espesa y dulce. Los ordeñé con la misma hambre, tragando su elixir hasta dejarlos vacíos y felices. Cada uno tenía su sabor único, su grosor, su forma de gemir y de temblar. Y cada trago me hacía sentir más poderosa, más viva, más adicta.
Al viernes por la tarde, el taller había roto todos los récords de producción. Los mecánicos trabajaban en perfecta armonía, concentrados y con una sonrisa permanente en la cara.
Había creado el sistema perfecto.
—Además, creé un sistema de premios por productividad. El mecánico que más produzca, que termine más rápido o que traiga más clientes, recibe aparte de su drenaje diario… algo extra. Cuando la calentura me consume, les ordeno que se arrodillen y me coman el coño hasta que me corra en sus bocas. Me encanta sentir sus lenguas ásperas y calientes devorándome mientras sigo vestida como una reina, con el vestido subido solo lo necesario, con mis jugos chorreando por sus barbillas.
Pero ya no quiero hacerlo sola.
—Necesito una asistente que me ayude a mantenerlos bien drenados, que haga la revisión diaria de como traen ese pene —me dijo tía Elba con voz ronca, todavía con el sabor de los hombres en el ambiente de la oficina—. Voy a construir una sala especial de desleche: un espacio privado y lujoso donde los hombres vengan solos o en grupo para que los ordeñemos con calma. Además, el taller está creciendo. Pienso contratar más trabajadores, pero solo aceptaré a los que cumplan con los requisitos físicos que necesito. Esa será tu primera tarea, Andrea: ayudarme a evaluar a los nuevos “miembros”. Tendrás que inspeccionarlos, revisar que lleguen limpios, depilados y con las bolas llenas, que sean capaces de producir bastante leche a diario… y participar en su ordeñe. Si demuestras que eres buena… este imperio será nuestro.
Mañana al final de la jornada vendrán 4 candidatas al puesto, todas son del barrio, todas están enteradas de cual será su trabajo, son mujeres necesitadas no solo de dinero y con mucho potencial que podrán desarrollarlo aquí, mañana será una competencia.
Yo te enseñare algunos trucos que te darán algo de ventaja
No lo pensé dos veces.
Al día siguiente — la competencia
Llegué puntual a las seis de la tarde. El taller ya estaba cerrado al público pero el ambiente estaba cargado de electricidad sexual. Las otras cuatro candidatas ya esperaban sentadas en el gran sillón de cuero negro: dos chicas jóvenes y bonitas de piel clara, una de pelo negro y ojos azules que vendía empanadas en un canasto en la misma esquina desde hace unos años, se llamaba Daniela, tenía veintidós años, cuerpo delgado pero con tetas pequeñas y firmes y un culo respingón que se notaba incluso sentada; la otra de pelo rubio ojos verdes quien vivía solo con su madre, se llamaba Valentina, veintitrés años, curvas suaves y una boca grande y carnosa que parecía hecha para chupar. Una pelirroja de treinta con curvas peligrosas y mirada desafiante, llamada Camila, con tetas grandes, cintura estrecha y caderas anchas que gritaban “fóllame”. Y una señora de cuarenta y cinco, tetona, de cabello negro en cola alta, con un cuerpo maduro que exudaba experiencia y confianza, se llamaba Rosa, tetas enormes y pesadas, culo ancho y una mirada de quien ya ha tragado mucha leche en su vida. La competencia estaba dura, todas eran bellas o con experiencia, y todas necesitadas de dinero y de una oportunidad como esta.
Yo me había puesto un vestido negro corto y ceñido, sin nada debajo. La tela rozaba mi coño mojado con cada paso. Tía Elba entró con minifalda negra, tacones de aguja y una blusa que apenas contenía sus tetas pequeñas pero redondas, los pezones marcados como dos puntos duros.
Llamó a los mecánicos por el intercomunicador:
—Señores… suban todos.
Luego nos miró con una sonrisa perversa, disfrutando del nerviosismo en el aire.
—Cada uno elegirá a la que más le guste. Ustedes los van a chupar sin usar las manos y sin que ellos las toquen. La que logre que su hombre se corra primero… se queda con el puesto y el hombre que logre llegar de ultimo recibirá un premio al final. Aquí no hay segundas oportunidades, chicas.
Los cinco hombres entraron como animales en celo. Sus monos ya tenían bultos evidentes. Luis, el de treinta y cinco, experto en eléctricos, me eligió a mí con mirada hambrienta. Raúl, para mi sorpresa y con un nudo de celos en el estómago, eligió a la señora tetona Rosa de cuarenta y cinco. Los demás se repartieron entre Daniela, Valentina y Camila.
Sentí rabia al ver a Raúl escoger a la madura. “¿A ella? ¿Después de que yo quería ordeñarlo yo misma?”, pensé, mordiéndome el labio.
—Desabróchense los monos —ordenó tía Elba.
Cinco cremalleras bajaron al unísono. Cinco vergas enormes, venosas, brillantes y completamente depiladas saltaron al aire, duras como acero y oliendo a hombre excitado, a sudor y a precum.
Tía Elba se sentó en su trono, abrió las piernas y empezó a acariciarse el coño empapado con dos dedos mientras observaba el espectáculo con ojos brillantes de placer.
Yo me arrodillé frente a Luis. Su polla era gruesa, con una cabeza grande y brillante. La envolví completamente con mis labios sin usar las manos. Empecé a chupar con hambre salvaje: lamía la corona hinchada, recorría la vena gruesa con la lengua, succionaba profundo hasta que mi garganta lo apretaba como mi tía me enseñó. Babeaba sin control, haciendo ruidos húmedos —gluck, gluck, slurp— mientras mi cabeza subía y bajaba con ritmo feroz. Mi coño chorreaba por mis muslos.
La rivalidad era brutal. Rosa, la señora tetona, chupaba a Raúl con movimientos lentos y expertos, mirándome con arrogancia, sus tetas grandes rebotando. Camila la pelirroja succionaba con furia, la cabeza moviéndose rápido y salvaje. Daniela y Valentina gemían exageradamente, compitiendo en volumen y desesperación.
Yo aceleré, chupando más fuerte, apretando la garganta, decidida a ganar. La polla de Luis se hinchó aún más. El sabor del precum se volvió más intenso, salado y adictivo.
—Dámela toda… —gemí sin sacarla de mi boca.
Luis explotó primero con un gruñido salvaje. Chorros potentes y espesos me golpearon la garganta. Tragué con avidez, gimiendo fuerte alrededor de su polla mientras su semen cremoso y caliente bajaba por mi garganta en oleadas gruesas. Sentí el calor extendiéndose por todo mi cuerpo, mi coño palpitando, mis pezones duros como piedras. Me sentía más viva, más poderosa, más cachonda que nunca.
Tía Elba gimió fuerte desde su sillón, corriéndose con los dedos mientras nos miraba, sus jugos chorreando por el cuero.
—Felicidades, Andrea —dijo con voz ronca—. La chica se queda. Las demás… seguiremos evaluando.
La pelirroja Camila me guiñó el ojo mientras seguía chupando a su mecánico. Rosa, la señora tetona, me lanzó una mirada de sorpresa sin soltar la verga de Raúl. Yo me recliné en el sofá, lamiéndome los labios con deleite, todavía con el sabor denso de Luis en la boca. A los pocos segundos todos estallaron en su correspondiente candidata, quienes tragaron con placer, gimiendo y tragando ruidosamente.
Este taller ya no era solo un negocio.
Era un imperio.
Y yo acababa de convertirme en su nueva reina.
Tres meses después…
Han pasado tres meses y el imperio ha crecido más allá de lo que imaginaba. Ya somos seis: tía Elba eventualmente contrato a las demás las cinco chicas (incluyéndome a mí, Daniela, Valentina, Camila y Rosa). La sala de ordeño es exactamente como la soñó mi tía: lujosa, con luces tenues rojas y doradas, sillones cómodos de cuero negro, espejos en las paredes para ver cada ángulo, una música suave de fondo y un ambiente que invita a tomarse el tiempo necesario para drenar cada gota.
Ahora tenemos un ritual diario cada mañana, antes de abrir el taller. A las 6:00 en punto, los ocho mecánicos entran a la sala de desleche. Nosotros seis mujeres los esperamos ya arrodilladas o sentadas en los sillones, vestidas solo con tacones altos y lencería mínima: tangas transparentes y brasieres que apenas cubren las tetas. El aire huele a perfume femenino, a coño mojado y a anticipación.
Al unísono, como una orquesta perfectamente coordinada, comenzamos a drenarles las vergas. Seis bocas calientes, seis lenguas expertas y seis gargantas ansiosas trabajando al mismo tiempo. La sala se llena de sonidos húmedos y obscenos: glucks, slurps, gemidos ahogados, respiraciones agitadas y el chapoteo de saliva cayendo al piso. Cada chica tiene su mecánico asignado, pero a veces intercambiamos para mantener la competencia viva y la rivalidad encendida.
Tía Elba siempre va al centro, con su cabello rojizo brillando bajo las luces tenues, su culo redondo en pompa y sus tetas pequeñas balanceándose mientras chupa con maestría absoluta. Yo suelo quedarme con Raúl cuando puedo, disfrutando de su verga joven y pesada, tragando su semen espeso con verdadera devoción, mirándolo a los ojos mientras lo vacío. Daniela chupa a Luis con entusiasmo joven, Valentina usa su boca grande para tragársela entera, Camila la pelirroja es agresiva y profunda, y Rosa, la madura, usa sus tetas grandes para masturbar mientras lame.
Cuando todos los mecánicos explotan casi al mismo tiempo, la sala se convierte en un coro de gruñidos masculinos y gemidos femeninos. Chorros calientes, abundantes y cremosos llenan nuestras bocas al unísono. Tragamos con hambre, sin desperdiciar ni una gota, sintiendo cómo ese elixir matutino de testosterona pura nos recarga de energía, nos pone la piel radiante, el cuerpo firme y el coño mojado para todo el día. Yo siento el semen bajar caliente por mi garganta, calentándome el estómago, haciendo que mis pezones se endurezcan y que mi clítoris palpite. Tía Elba gime fuerte mientras traga, su culo temblando de placer. Las chicas se miran entre sí con labios brillantes, semen chorreando por las barbillas, y sonríen con complicidad.
Al terminar, los mecánicos salen relajados, dóciles y con una sonrisa satisfecha, listos para romper récords. Nosotras seis mujeres nos miramos con los labios brillantes, tragamos la última gota y sonreímos. Estamos llenas de juventud, poder y deseo. A veces nos besamos entre nosotras, compartiendo el sabor de la leche de los hombres, lamiéndonos los labios y riéndonos.
Los premios por productividad siguen vigentes y cada vez son más salvajes: dobles mamadas intensas con dos bocas trabajando al mismo tiempo, penetraciones anales o vaginales para los mejores de la semana (yo ya he dado el culo y el coño varias veces, especialmente a Raúl, sintiendo sus vergas gruesas abriéndome mientras tía Elba mira y se toca), y castigos deliciosos para los que se porten mal (como hacerlos ver cómo nos follan los clientes sin poder tocarse).
Ya hemos incorporado nuevos mecánicos y el proceso de selección es implacable… y delicioso. Yo misma he inspeccionado a quince aspirantes, bajándoles el cierre uno por uno, oliendo, pesando, chupando para probar su calidad. Mi coño estuvo chorreando todo el día.
Este imperio ya no tiene límites.
Y yo, Andrea, ya no soy solo la sobrina de tía Elba.
Soy parte esencial de él… y adicta a su sabor.