Capítulo 7

Dora y sus fieles amigos.

La vuelta desde la oficina era igual a la de todos los días, el mismo camino, el mismo bondi, las mismas veredas rotas, comprar en la panadería de la esquina un cuarto de bizcochos, saludar a Don José el portero de al lado mientras barre la vereda, ver asomarse a la vecina del edificio de enfrente que hace un gesto con la mano desde el balcón saludando.

Veinte años la misma rutina, las mismas cosas, repetitivas hasta el cansancio.

Subió los tres pisos por la escalera gastada, esquivando el ascensor que siempre olía a encierro, al cruzar el umbral de su departamento, el peso de la oficina municipal, ese desfile interminable de expedientes, sellos y reclamos vecinales, pareció quedar del lado de afuera de la puerta.

Dejó la bolsa con los bizcochos sobre la mesa de la cocina y se sirvió un vaso de agua. En el contestador titilaba la luz roja de un mensaje de su amiga Elena, seguramente para insistir, por enésima vez, con que saliera a tomar algo con el primo de su marido.

«Te vas a quedar sola, Dora, la vida se pasa», le repetía siempre.

Dora sonrió para sus adentros sin molestarse en escuchar el audio. No entendían que ella no le temía a la soledad, le temía a la repetición de los noviazgos mediocres, a las discusiones por el control remoto y a las promesas que duraban solo tres meses.

Se encaminó por el pasillo hacia el fondo del departamento directo a su dormitorio donde una vieja cama de elásticos y cabecera metálica, velaba por sus sueños. Al final del pasillo estaban, el baño y a la izquierda, una habitación pequeña, la que en los planos del edificio figuraba como depósito, pero que ella había acondicionado especialmente para perderse del mundo, era su “bunker”, como ella lo llamaba.

A la mañana siguiente, a las siete y media de la mañana, Dora ya estaba sentada frente a su escritorio de la Mesa de Entradas. El olor a café quemado y a humedad del subsuelo municipal era el mismo de los últimos veinte años.

A media mañana llegó el momento del descanso, el comedor de la oficina era el epicentro de las quejas cotidianas. Estaban Marta, que llevaba tres meses sin hablarse con el marido por una discusión sobre el presupuesto familiar, y la joven Romina, que lloraba en silencio frente a la pantalla de su celular porque su novio de turno no le respondía los mensajes de whattsapp.

—“Ay, Dora, de la que te salvás por estar sola “suspiró Marta, mientras revolvía su té con un palito de plástico

—“Pero, por otro lado, ¿no te da miedo que te pase algo en tu casa y no tener a nadie que te alcance un vaso de agua? Un hombre, aunque moleste, a veces acompaña.”Dora la escuchó con una sonrisa educada, la misma que usaba para atender a los contribuyentes enfurecidos.

—“Estoy bien así, Marta. Disfruto de mi tranquilidad” respondió Dora con calma, dando un mordisco al bizcocho de grasa que había sobrado de la tarde anterior.

Romina la miró con una mezcla de lástima y desconcierto, asumiendo que esa respuesta era solo el mecanismo de defensa de una mujer resignada.

No podían ni registrar que la verdadera plenitud de Dora no dependía de la aprobación de nadie.

El resto de la jornada transcurrió entre el sello fechador, las planillas de Excel que andaban lento y el desfile de ciudadanos que protestaban por las tasas municipales.

Dora atendía a cada uno con una paciencia robótica, casi flotando sobre el caos del ambiente. Mientras Marta discutía a los gritos por teléfono con el mecánico y Romina seguía alternando entre el llanto y la furia por su celular, Dora operaba en un plano de absoluta serenidad.

Sabía exactamente qué le esperaba al final del día.

A las tres de la tarde en punto, el reloj de la pared del pasillo central habilitó la retirada. Sonó el zumbido del marcador de tarjetas y el habitual tropel de empleados desesperados por marcar la salida taponó la puerta principal. Dora, fiel a su estilo, no se apuró. Guardó su taza, acomodó el teclado, se puso el saco de lana gris y salió a la calle con paso firme y pausado.

El viaje de vuelta repitió la geometría exacta del día anterior. El colectivo de la línea local iba repleto de caras cansadas, cuerpos vencidos por la jornada y olores de ciudad en hora pico. Dora se apoyó contra la ventanilla, mirando el asfalto gastado y los carteles de los comercios sin verlos realmente.

Su mente ya estaba cruzando el pasillo de su departamento. Al bajar en su esquina, el aire fresco de la tarde la espabiló, pasó por la panadería, repitió el cuarto de bizcochos de grasa de todos los días y saludó con una inclinación de cabeza a Don José, que a esa hora ya guardaba los tachos de basura. La vecina de enfrente volvió a saludar desde el balcón, un calco perfecto de la escena del día anterior.

Para cualquiera que la mirara desde afuera, Dora era el retrato viviente de la resignación y la soledad urbana. Una mujer gris, invisible, atrapada en un bucle infinito de veinte años.

Pero al meter la llave en la cerradura de su puerta de madera, Dora sintió una corriente de aire cálido y familiar.

Estaba en su reino.

El mundo exterior y sus exigencias quedaban clausurados hasta el día siguiente.

El departamento se sentía fresco, con ese silencio reconfortante que solo pertenece a los que viven solos. Dora dejó la cartera en el perchero y se movió de memoria hacia la cocina. El sonido de la pava llenándose con agua de la canilla cortó la quietud de la tarde, armó el mate con paciencia, acomodando la yerba en diagonal y dejando que el primer chorro de agua tibia la hinchara despacio, sin apuro. Se tomó tres mates de pie, mirando por la ventana del pulmón de manzana. No pensaba en el balance de la oficina ni en las quejas de Marta, su cabeza estaba apagando las frecuencias del día, sintonizando el cuerpo con el espacio propio.

Con la pava ya apagada, caminó hacia el baño. Dejó correr el agua caliente hasta que el espejo se empañó por completo, borrando las líneas de expresión de sus 45 años y el cansancio de la jornada municipal.

Se desvistió sin mirarse demasiado y se metió bajo la ducha. El golpe del agua caliente en la espalda le aflojó los hombros, tensos por las horas frente a la computadora. Se lavó el pelo, se enjabonó con un jabón de lavanda que solo usaba para las tardes y dejó que el vapor limpiara cualquier rastro del olor a encierro del subsuelo público.

Al salir, se envolvió en su bata de toalla blanca, se calzó las pantuflas de paño gastadas que tanto conocían el piso flotante de la casa y se secó el pelo con la toalla, dejándolo apenas húmedo sobre los hombros.

Cruzó el pasillo en silencio, sus pasos ni siquiera sonaban en la madera, al llegar a la puerta del fondo, sacó la llave pequeña del bolsillo de la bata y la hizo girar dos veces en la cerradura reforzada, empujó la hoja de madera pesada y entró a su búnker.

El ambiente la recibió con su temperatura perfecta y ese aroma sutil a vainilla que ella misma mantenía. Encendió la lámpara de sal de la esquina, que bañó el cuarto con una luz naranja, cálida y baja, ideal para descansar los ojos de los tubos fluorescentes de la municipalidad.

Frente a ella, el mueble de estantes guardaba en su colección secreta, a sus «fieles amigos» silenciosos, listos para la sesión de la tarde.

Allí la esperaban “ellos”, sus verdaderos compañeros de ruta, impecables. Dildos, juguetes, consoladores, o como quieran llamarlos.

Todos ordenados por tamaño y textura en un mueble de diseño exclusivo. Sin reclamos, sin exigencias, listos para darle exactamente lo que ella necesitaba, cuando ella lo quería.

Los había de todas las formas, cilíndricos, peneanos, con forma de verga de perro o de caballo, hasta unos multicolores que simulaban porongas de aliens con formas y aletas raras. Desde los más chiquitos hasta algunos enormes que daban miedo con solo verlos.

Incluso hasta tenía una máquina de movimiento de vaivén con arnés para colocarlos ahí y sentir el placer en su máxima expresión.

Recordó una noche de las tantas, la luz tenue y cálida del cuarto del fondo, la música suave de fondo, y a «Hércules», el imponente modelo de silicona médica color negro que había elegido para cerrar el día. Pensó en la precisión de su anatomía, en que jamás le pediría explicaciones, jamás dejaría la toalla mojada en el suelo y, sobre todo, jamás la haría sentir tan miserable como se veía Marta en ese momento de hoy a la tarde.

Dora deslizó la yema de los dedos por el estante superior. Sus ojos, acostumbrados a los códigos de barra y las carpetas de cartón prensado de la municipalidad, se deleitaban ahora con el brillo pulcro de las siliconas, los vidrios templados y el PVC flexible.

Cada pieza tenía un propósito, un estado de ánimo asignado. Al lado de «Hércules», cuya imponente presencia negra dominaba el centro, descansaba una pieza cilíndrica de vidrio borosilicato, helada al tacto, pero lista para encenderse con el calor de su propio cuerpo.

Más allá, en el sector de las formas exóticas, se alineaban los modelos de fantasía, texturas anilladas, sutiles aletas que prometían sensaciones que ningún hombre de carne y hueso sabría cómo replicar, y gradaciones de colores que iban del violeta cósmico al verde traslúcido.

Eran obras de ingeniería dedicadas exclusivamente a su bienestar. Se desprendió el lazo de la bata de toalla, el aire templado del búnker acarició su piel limpia, todavía perfumada a lavanda. El contraste entre la rigidez de su ropa de oficina y la libertad absoluta de este espacio la hizo respirar hondo, un suspiro largo que terminó de aflojarle el cuello.

No había apuro, la tarde y la noche entera le pertenecían.

Podía optar por la familiaridad anatómica y predecible, o perderse en las formas extrañas de sus piezas de colección, esas que desafiaban cualquier lógica común. Conectó el reproductor de música y los primeros acordes de un jazz instrumental muy suave comenzaron a tapar el rumor lejano del tránsito de la avenida. Dora estiró la mano hacia el estante intermedio, sopesando las opciones de la tarde con el mismo criterio minucioso con el que otros planifican su vida entera.

Ella ya la tenía resuelta.

Pasó de largo los modelos tradicionales. Esa tarde, el cuerpo le pedía romper el molde de la oficina con algo radicalmente opuesto al orden gris de la Mesa de Entradas. Su mano se detuvo en el estante de las piezas de fantasía. Eligió a «Leviatán», una mole de silicona traslúcida que viraba del azul profundo al verde esmeralda. Su diseño era completamente extravagante, una base ancha que exigía respeto, un cuerpo anillado con sutiles aletas concéntricas y un relieve estriado que desafiaba cualquier anatomía humana. Era pesado, imponente y demandaba una entrega absoluta.

Para iniciar usaba siempre uno con formato cilíndrico redondeado de silicona color piel, más modesto en el tamaño y como para ir acostumbrando su cuerpo a lo que vendría más tarde.

Se sentó en el centro del búnker, sobre el espacioso futón cubierto de mantas de terciopelo negro. El aroma a vainilla del ambiente y el pulso bajo del jazz instrumental envolvieron sus sentidos.

Con movimientos lentos y precisos, casi litúrgicos, aplicó una generosa cantidad de lubricante tibio a base de agua, tanto en la pieza como en su propia intimidad. El frío inicial de la silicona contra su piel limpia se transformó de inmediato en una invitación.

Dora cerró los ojos y se recostó, flexionando las piernas.

Apoyó el juguete en su entrada lubricada, sintió un leve escalofrío al recibir la punta tibia del juguete, y lo dejó hundirse en su cuerpo con la facilidad de quien tiene su interior acostumbrado a estos chicos. Un tenue gemido suave se escuchó en la pequeña habitación.

Jugó un rato y se preparó para su otro amigo, se puso en cuatro patas y con la mano, posicionó al gigante directo a su vulva. Al recibir la imponente punta de «Leviatán», dejó salir un gemido hondo que el aislamiento acústico de la habitación absorbió por completo.

La escala de la pieza la obligó a respirar profundo, a relajar cada músculo de la pelvis y a olvidarse del tiempo.

Con cada centímetro que ganaba, las texturas anilladas y las formas exóticas estimulaban zonas que la rutina exterior adormecía.

El placer llegaba en oleadas densas y progresivas. No había torpeza, no había peso ajeno, ni la urgencia egoísta de un tercero, era una coreografía perfecta entre ella y su magnífico objeto.

Dora tomó el control del ritmo, alternando empujes firmes con sutiles giros que hacían que las aletas internas recorrieran sus paredes con una precisión milimétrica. El roce constante encendió una corriente eléctrica que le recorrió la espina dorsal, borrando por completo las planillas de Excel, las quejas de Marta y el olor a encierro municipal.

La textura áspera de sus aletas y granos laterales, raspaba el interior de su conducto vaginal, generando un mar de balbuceos y espasmos, que volvían su cuerpo en movimientos erráticos y desordenados.

Cuando el orgasmo la alcanzó, fue expansivo y liberador. Dora se arqueó sobre el terciopelo, aferrándose a los bordes del futón mientras una serie de estertores intensos la vaciaban de sus tensiones.

Abrió la boca en un grito ronco de pura satisfacción, balbuceaba sollozando cosas inteligibles, saboreando la plenitud de un cuerpo que le pertenecía exclusivamente a ella. El orgasmo fue tan expansivo y liberador que permitió que su ano, en un acto de absoluto descontrol y flojedad, trazara un sonoro pedo que retumbó con fuerzas dentro del pequeño habitáculo.

Se quedó inmóvil unos minutos, con «Leviatán» todavía alojado en su interior, sintiendo el latido tibio de su propio pulso disminuyendo el ritmo y una relajación tan profunda que la hizo flotar en la penumbra naranja del cuarto.

Estaba completa, en paz y en absoluto control de su universo.

Tras esos minutos de flotar en la penumbra naranja, con la respiración ya recuperada y el cuerpo laxo sobre el terciopelo, Dora sintió que el fuego no se había apagado aún, solo se había asentado, volviéndose más denso. La tarde era joven y la libertad de su búnker no tenía horarios ni testigos.

Decidió que la fiesta debía ser completa. Con un movimiento suave y un suspiro de satisfacción, retiró a «Leviatán» de su interior, emitiendo un suspiro prolongado cuando la generosa cabeza de silicona desalojó su orificio. Lo dejó a un costado sobre una toalla limpia y se incorporó lentamente.

El cuerpo, completamente despierto y lubricado, le pedía más. Se acercó nuevamente al mueble de estantes, esta vez con la mirada fija en el sector de las piezas diseñadas para una entrega más profunda y anatómica.

Buscó un doble juego, para adelante, seleccionó un clásico de silicona rosada, de grosor medio, pero con un sutil relieve venoso que garantizaba el roce continuo, y para su ojete, su mano se dirigió con total seguridad hacia una pieza específica, un vibrador de silicona negra satinada, cilíndrico, con una base ancha de seguridad y un cuerpo que se ensanchaba progresivamente para asegurar una dilatación firme y un estímulo constante, se llamaba “Gorilla´s dick”.

Regresó al futón. El jazz seguía sonando de fondo, marcando un compás pausado. Tomó el pomo de lubricante especial, más denso que el anterior, y preparó la zona con paciencia, masajeando con la yema de los dedos hasta que el esfínter cedió, relajándose bajo el tacto cálido.

Se colocó en cuatro patas, hundiéndose en las mantas. Primero acomodó el juguete delantero, buscando ese ritmo constante que ya conocía de memoria. Luego, colocó al “gorillas” en el soporte de su máquina, y con la mano libre, apoyó la punta del mono negro contra su retaguardia. Encendió el vibrador y empujó milímetro a milímetro, respirando hondo por la boca, dejando que la resistencia inicial se transformara en una presión ardiente y sumamente placentera.

Cuando el sector de la cabeza ingresó dentro de su esfínter, Dora gimió, puso la vibración al máximo y soltó un quejido ronco y profundo, atrapada en una doble vibración interna que la hizo temblar. Empujó con ganas hacia atrás, la parte más ancha calzó por completo en su ojete y la base quedó firme contra su piel. La combinación fue fulminante.

El llenado total la obligó a perder el control de la finura que mantenía en la oficina. Movía la cadera en círculos, espoleada por la presión del plug que ardía fuego en su ojete, mientras enviaba descargas eléctricas directamente a su vientre con cada movimiento del juguete delantero. Era una sobrecarga de estímulos perfecta, un circuito cerrado de placer donde no quedaba espacio para el pensamiento. Dora se entregó por completo al balanceo salvaje, sudando, gimiendo y jadeando sin decoro en la seguridad de su búnker, las venas de sus sienes infladas a punto de explotar, y su gesto con la boca abierta buscando oxígeno de manera desesperada, era la expresión cabal y física de su anillo venoso estirado a punto de romperse.

Ella se movía en ese infierno sabiendo que esa intensidad era un lujo que solo ella sabía darse.

El segundo orgasmo llegó desde el fondo de sus entrañas, mucho más eléctrico y prolongado que el primero, sacudiéndole las piernas, provocándole una oleada de temblores en su esfínter, que en contracciones apretaba y soltaba con una cadencia de locos al enorme aparato de goma que tenía clavado en el fondo de su intimidad, dejándola finalmente rendida, con la cara hundida en el terciopelo, saboreando el latido exhausto de su propia victoria íntima.

Poco a poco, las contracciones en su esfínter se fueron espaciando, dejando en su lugar un hormigueo tibio y una laxitud absoluta. Dora quedó tendida boca abajo, con los músculos flojos y la mejilla apoyada en la textura suave del terciopelo negro. El pulso, que había alcanzado un ritmo frenético, empezó a bajar lentamente, acompañando los últimos compases del jazz que seguía flotando en la penumbra naranja.

El peso de la jornada municipal, la rigidez del escritorio y las caras largas de los contribuyentes se habían disuelto por completo en esa marea de endorfinas. En ese instante de silencio post-orgásmico, Dora se sintió la mujer más dueña de sí misma sobre la tierra. No había facturas afectivas que pagar, ni silencios incómodos que llenar con un desconocido, solo quedaba el eco de su propio placer.

El frío sutil de la tarde empezó a colarse en la habitación, rompiendo la quietud y recordándole que el ritual todavía no había terminado. Con un suspiro de pereza, pero con una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro, Dora se incorporó sobre los codos para retirar con suavidad y paciencia al imponente «Gorilla» negro que llevaba clavado en sus entrañas, saboreando el último y lento roce de la silicona tibia.

Al fondo del búnker, un espejo grande colocado con maestría estratégica, le devolvió una perspectiva cruda y perfecta de su anatomía, su ojete lucía completamente abierto, vencido y dilatado al máximo. Sorprendía e impresionaba ver el diámetro de semejante agujero, esa huella temporal de su entrega que, en unos minutos, volvería a cerrarse sobre sí misma por completo.

Se puso de pie con las piernas un tanto tambaleantes por el tremendo esfuerzo físico. Al mirar hacia abajo, contempló las piezas que descansaban sobre la toalla, tanto el exótico «Leviatán» como el «Gorilla» satinado habían cumplido su labor a la perfección. Ahora, con el cuerpo exhausto pero el espíritu en paz, tocaba encarar la parte más minuciosa y respetuosa de su rutina, el lavado y cuidado de sus fieles amigos.

Dora se amarró de nuevo la bata de toalla y cargó las piezas usadas con delicadeza, como quien manipula objetos de culto. Salió del búnker directo al baño, cuidando de no dejar rastro en el camino. Abrió la canilla del lavatorio y reguló el agua hasta que quedó tibia, el proceso de higiene era una extensión fundamental de su ritual, el respeto por sus “amigos” garantizaba la pureza de la próxima experiencia.

Con los juguetes nuevamente impecables, suaves al tacto y relucientes bajo la luz del baño, Dora regresó al búnker. Los acomodó en sus respectivos estantes del mueble de diseño, respetando el orden por tamaño y color.

Cerró las puertas del armario, apagó la lámpara de sal y trancó la cerradura reforzada con dos vueltas de llave.

Su templo quedaba en perfecto orden.

Afuera, la noche de la ciudad seguía su curso ruidoso, pero Dora ya estaba lista para irse a dormir con una paz que nadie en la oficina municipal podría siquiera imaginar.

Caminó hacia su dormitorio principal. El eco de los orgasmos y el esfuerzo de la dilatación extrema le pasaban factura en forma de un cansancio pesado, denso y profundamente placentero. Se quitó la bata de toalla y se metió entre las sábanas frías, que se sintieron como un alivio inmediato sobre su piel todavía tibia.

Al acostarse de lado, sintió la secuela física de la tarde en toda su magnitud, su anatomía, especialmente la zona de su ojete que había albergado al imponente «Gorilla», acusaba un latido sordo, una laxitud ardiente y una laxitud muscular que se extendía por las piernas y la parte baja de la espalda. Era una sensación de vacío dulce, el registro exacto del espacio conquistado por sus propios medios.

No había dolor, sino el testimonio físico de un cuerpo que había sido llevado al límite del placer y que ahora iniciaba su lenta retirada hacia el reposo. Se acurrucó contra la almohada, sintiendo cómo cada músculo se entregaba por completo a la gravedad del colchón.

Antes de que el sueño la venciera, Dora fijó la vista en la penumbra del techo y dejó que su mente viajara hacia la mañana siguiente. Sabía con precisión matemática lo que le esperaba, el despertador a las seis y media, el viaje en el colectivo repleto, el olor a café quemado del subsuelo municipal y las mismas caras de siempre.

Mañana volvería a escuchar las quejas de Marta sobre un matrimonio deshecho por la rutina, y vería los ojos hinchados de Romina por un novio que no la valoraba.

Una certeza casi cínica la hizo sonreír en la oscuridad. Mientras el mundo exterior la viera como la «solterona gris de Mesa de Entradas» y sintiera lástima por su aparente soledad, ella caminaría por los pasillos del municipio con una postura erguida y una seguridad inquebrantable.

Esas mujeres cargaban con la pesadez de relaciones mediocres por el simple miedo a estar solas, ella, en cambio, regresaría a la oficina renovada, impermeable al gris cotidiano, sabiendo que su verdadera vida, su libertad y sus fieles amigos la esperaban intactos al final del día.

Con esa victoria silenciosa entre pecho y espalda, cerró los ojos y se durmió profundamente.

Relatos efímeros - una serie fantástica

Artemis y el cráter de Marte