CAPÍTULO 1: EL BAUTISMO EN EL RÍO
Todo empezó como un premio. Por mis buenas notas, mis viejos decidieron que me merecía un descanso lejos de la ciudad, en el rancho de Lucas, el mejor amigo de mi padre. Lucas es un hombre rudo, de manos grandes y una mirada pesada que te desnuda antes de saludarte. Al llegar, descubrí que el aire del campo estaba cargado de un morbo que se sentía en la piel. Sol, que vive allí, ya conocía bien las reglas del patrón: un secreto de sumisión que incluso su madre aceptaba por adicción al hombre que domina todo en la estancia.
La primera tarde, el calor sofocante nos llevó al río. Allí, bajo la mirada del patrón, Lucas me ordenó acercarme con esa voz que me hacía vibrar hasta los huesos. Me arrodilló en el barro tibio de la orilla y, con sus manos callosas, me apretó las tetas mientras sus labios buscaban mis pezones con furia. Bajó por mi vientre hasta mi intimidad virgen, empapada de miedo y deseo, y con su lengua experta me hizo conocer el cielo antes de la tormenta.
Pero Lucas quería marcar territorio de verdad. Liberó su virilidad de gigante, gorda y venosa, y sin piedad empujó con toda su fuerza de animal. El grito se me escapó al sentir el desgarro, pero él no se detuvo. Me invadió por completo, rompiendo mi pasado de ciudad con cada embestida violenta mientras Sol me lamía las lágrimas. De un último empujón, descargó toda su esencia caliente dentro de mi concha recién estrenada, mezclándola con la sangre de mi inocencia. Me dejó marcada y convertida oficialmente en una más de las perras del rancho.
CAPÍTULO 2: EL POSTRE DEL PATRÓN
La tormenta estalló justo cuando cruzamos el umbral de la casa. El estruendo de los truenos se mezclaba con el sonido de mis pasos torpes; me dolía todo el cuerpo, sentía el ardor de mi reciente entrega y el rastro de Lucas marcado en mi piel. Lucas nos llevó a la habitación matrimonial, donde el olor a cuero y deseo lo inundaba todo.
—»Arriba las tres. El postre se sirve en la cama grande», rugió mientras su mujer le aceitaba la verga con una urgencia febril.
Me puso en cuatro junto a Sol y, con la fuerza de un semental, nos reclamó por donde ninguna mujer olvida. Fue una presión brutal, un fuego que me recorría las entrañas mientras Sol se retorcía bajo el peso del gigante. Me agarró del pelo y empezó a bombear con una furia rítmica, ensanchando mi orgullo de ciudad a la fuerza. Nos turnó sin descanso, saltando de mi cuerpo al de Sol, hasta que descargó toda su furia anal dentro de nosotras. Esa noche aprendimos que bajo este techo, Lucas es el único dueño de nuestros cuerpos.