Mi nombre es Begoña y vivo en una ciudad del norte de España, cuyo nombre prefiero no decir para mantener el anonimato de mi relato. Tengo 48 años y mi físico entra dentro del estándar que puede considerarse normal para una mujer de mi edad: 1,68 m. de altura, pechos más bien voluminosos, anchas caderas, culo apretado, ojos verdes y cabello castaño.

Estoy casada desde hace 15 años con Carlos, de 52 años, él tenía del su matrimonio anterior una hija, Cristina, de 24 años, y un hijo, Borja, de 19 años. Lamentablemente su esposa anterior falleció de un tumor, son esas cosas amargas de la vida. Afortunadamente después de 3 años nos conocimos y pudimos armar una familia entre los 4, ya que yo nunca tuve hijos propios.

Pertenecemos a la clase media gracias al esfuerzo de mi marido, quien se pasa casi todo el día trabajando, demasiado tiempo para mi gusto. Es, como le digo muchas veces, un verdadero adicto al trabajo. Tanto es así que sus obligaciones “maritales” las tiene bastante olvidadas por lo que muchos días tengo que autosatisfacerme a escondidas, cuando estoy sola en casa, para compensar esa falta de atención de mi esposo.

El relato que les voy a contar ocurrió este verano, cuando alquilamos una pequeña casa en la costa para pasar las vacaciones de verano. Por razones de trabajo, mi marido solo podía venir los fines de semana a estar con nosotros, y lo mismo ocurría con mi hija Cristina, que se quedó en casa porque tenía que estudiar algunas asignaturas de la universidad que le habían quedado pendientes para los exámenes de septiembre. Así pues, nos encontramos solos mi hijo Borja de 19 años y yo en la casa de la playa (salvo los fines de semana) durante todo el mes de agosto. Jamás había pensado que podría ocurrir con mi hijo lo que ocurrió ese mes.

Yo siempre me refiero a ellos como mis hijos, ya que, a pesar de ser mis hijastros, ambos me hicieron sentir desde el primer momento como su mamá, y a pesar de no querer tapar ese vacío que la vida les había dejado, terminé convirtiéndome en la mamá de ambos.

Los dos primeros días transcurrieron con normalidad, pero el tercer día las cosas cambiaron. Como consecuencia de tomar excesivamente el sol, nuestra piel se había quemado bastante, lo que nos producía un cierto escozor y grandes molestias. Al llegar por la tarde a casa decidí ducharme para quitarme la sal y la arena de la playa y al terminar le pedí a mi hijo que me diera crema por la espalda.

Yo: Si quieres, Borja, me tumbo en la cama para que puedas extenderme bien la crema por la espalda.

Borja: Está bien, mami, como tú prefieras.

Solo tenía puesta una toalla de baño, así que me giré de espaldas a él y me tumbé boca abajo en la cama, cubriéndome solamente el culo con la toalla. Borja se echó crema en las manos y comenzó un lento masaje desde el cuello. Se entretuvo bastante en mi espalda y disimuladamente trataba de sobarme la parte lateral de mis pechos que sobresalían por ambos lados al estar boca abajo. Después de unos minutos así noté que empezaba a calentarme ligeramente, pero enseguida traté de dejar mi mente en blanco porque el masajista era mi hijo y esos pensamientos no estaban bien. Llegó hasta mi culo y me preguntó:

Borja: Mami, ¿te importa si te quito la toalla para darte mejor la crema?

Yo: “Está bien, Borja, pero que no se entere nadie que me has visto desnuda – le dije en broma.

Borja: Vamos, mami, hoy en día cualquier mujer enseña sus nalgas en la playa con esos mini tangas que llevan y nadie se extraña – contestó él riendo.

Comenzó a masajearme las nalgas, apretándolas fuertemente una y otra vez, lo que provocó un aumento de mi calentura. Al llegar a los muslos, abrí ligeramente las piernas para que pudiera extender mejor la crema, siendo consciente de que con este movimiento quedaría parcialmente a la vista mi raja, aunque seguía tumbada boca abajo.

Y no me equivoqué… porque con disimulo sus manos llegaban hasta la parte alta de los muslos y me rozaba con sus largos y finos dedos el inicio de mi vagina. Con estos leves movimientos mis flujos empezaron a ir en aumento a la par que mi calentura. A pesar de que mi conciencia me decía que terminara esa situación, mi cuerpo me pedía lo contrario. Yo pensaba: No es tu hijo, es tu hijastro… técnicamente no es tu hijo… y comenzaba a batallar mis ganas contra mi moral… Así que le dije:

Yo: Borja, me gustaría que me extendieras la crema también por delante, si no te avergüenzas de ver a tu madre desnuda. ¿Estás de acuerdo?

Borja: Claro que no mami, tienes un cuerpo estupendo, además, estamos solos y nadie va a enterarse. ¡Sí, por favor!”, respondió él entusiasmado.

Sus palabras terminaron de convencerme y me giré en la cama, quedando boca arriba y totalmente desnuda delante de mi hijo de 19 años. Al principio él se quedó medio paralizado. Sus ojos iban de mis enormes tetas a mi muy desprotegido monte de Venus.

Yo: Oye, Borja, dime la verdad. ¿Nunca habías visto a una mujer desnuda?

Borja: No, en serio, nunca en vivo y en directo.

Yo: Bueno, pues, no pongas esa cara de asombro – le dije cogiéndole de la mano para tranquilizarle – Al fin y al cabo, todas las mujeres somos parecidas y alguna vez tenía que ser la primera. Aprovecharemos el masaje para darte una lección de anatomía femenina, si te apetece.

Le puse sus manos sobre mis pechos y no tuve que animarle mucho. Rápidamente comenzó a masajearlos y a pellizcar ligeramente mis pezones, al mismo tiempo que con sus dedos rozaba con sensuales movimientos circulares las aureolas de mis tetas. Mientras realizaba este movimiento le miraba fijamente a sus ojos, que no perdían su aire aparentemente inocente, lo que me excitaba aún más.

Siguió recorriendo mi cuerpo con sus manos, y al llegar a mi monte de Venus, abrí descaradamente con mis propias manos mi raja para explicarle como era una vagina. A su vista quedó expuesta toda mi intimidad, totalmente húmeda y de un fuerte color sonrosado, que contrastaba fuertemente con el color negro de mi zona púbica.

Le cogí su mano y la llevé a mi chocho para que pudiera palpar y sentir personalmente como era el órgano femenino, explicándole cómo se puede dar placer a una mujer. Dejé totalmente expuesto a su vista mi clítoris, diciéndole que ese “botoncito” era el que nos permitía a las mujeres llegar al orgasmo la mayoría de las veces. Estaba realmente embobado con esa visión, y su pene, como dejaba traslucir su corto pantalón estaba a punto de estallar.

Le expliqué que las mujeres disfrutan más cuando le chupan el “botoncito”, y al mismo tiempo que empujaba su cabeza delicadamente entre mis piernas para que me lo comiera. Yo: ¿Quieres lamérmelo, Borja? ¿Te apetece probar?

Borja; ¡Sí, mami, claro!” – respondió él ansioso.

Ya no podía aguantar más. Él no opuso ninguna resistencia y empezó a lamer suavemente con la punta de su lengua mi clítoris, dándome pequeños mordisquitos, lo que me provocó un salvaje orgasmo. Eran tan fuertes mis gemidos que Borja pensó que me había lastimado. Tuve que explicarle que no eran gritos de dolor, sino de placer.

Llevé otra vez su cabeza entre mis piernas para que siguiera lamiendo y experimenté una serie de continuados y maravillosos orgasmos, posiblemente los mejores de mi vida hasta ese momento. Solo pensar que era mi hijo de 19 años quien me los producía me excitaba sobremanera. Después de más de cinco o seis orgasmos seguidos quedé rendida en la cama. Pero la cosa no podía quedar así porque mi hijo iba a explotar de un momento a otro. Para entonces los dos ya habíamos perdido todo recato y vergüenza.

Le dije que se desnudara, y frente a mí quedó expuesta una polla como nunca había imaginado que pudiera tener un chico de 19 años. Fácilmente tenía un tamaño casi el doble que la de su padre. Calculo que podría llegar a los 22 cm. de larga, por no menos de 7 cm. de ancha. Literalmente me la engullí, aunque a duras penas cabía en mi boca. Inicié una espectacular mamada, chupándole su enorme y rojo glande y recorriendo con la lengua el tronco de su polla, donde resaltaban sus potentes y jóvenes venas.

No me dio mucho tiempo a disfrutarla porque en pocos segundos me di cuenta que se iba a venir y aceleré el ritmo de la masturbación con ambas manos, soltando un inmenso chorro de espeso y caliente semen que me llenó la cara, tetas y pelo, tanta cantidad como si hubieran eyaculado tres hombres a la misma vez, y con una fuerza tremenda. Nunca había visto algo así, aunque después tendría oportunidad que eso era algo habitual en él.

Quedamos los dos abrazados y tendidos en la cama, descansando, pero al poco más de media hora noté como su verga se hinchaba de nuevo. No lo pensé dos veces y la dirigí directamente a la entrada de mi vagina.

Yo: ¿Quieres follarme, Borja? Métemela toda.

Con algo de esfuerzo, debido a su gran tamaño, me la metió hasta dentro. Llenaba todo mi hueco e incluso algunos centímetros quedaban fuera. Comenzó una magnífica cabalgada que me provocó varios orgasmos más hasta que se corrió y me volvió a inundar por dentro. Ese mismo día lo volvimos a hacer otras dos veces más, y yo perdí la cuenta de mis innumerables orgasmos que tuve.

A la noche, para que no se confundiera, le explique que lo que estaba pasando no estaba bien, pero mientras tanto sea un secreto entre nosotros dos, y nadie se enterara, podríamos seguir adelante. También hice que él duerma en su cama y yo en la mía, para que no se confunda.

A eso de las 2 de la mañana, él se despertó súbitamente, con la verga parada adentro de mi boca… yo lo había despertado dándole una mamada increíble esa noche, y cuando se despertó, enseguida me monté sobre esa maravillosa polla y lo cabalgué, hasta tenes dos o tres orgasmos más, antes de que él me vuelva a inundar el coño de leche.

Esas fueron unas vacaciones increíbles, de placer y enseñanza para ambos. Lo hacíamos 3 o 4 veces por día, en la semana, y los fines de semana estaba mi esposo, que con suerte me tocaba apenas…

Y el lunes era el día donde ambos nos buscábamos como adolescentes calientes (en su caso él lo era, pero yo me sentía como una) después de un fin de semana con casi nada de sexo, los lunes eran de puro sexo, por lo menos durante esas vacaciones calientes.

Desde entonces, cuando estamos solos, repetimos nuestros encuentros, lo que ocurre con muchísima frecuencia.