Capítulo 5

Al día siguiente, el ambiente en la casa se sintió diferente.

María se levantó más temprano de lo normal. No dijo mucho durante el desayuno. Estaba callada, distraída. De vez en cuando la veía mirando hacia ningún lado, como si estuviera pensando en algo. No era grosera ni enojada, pero se notaba que algo le daba vueltas en la cabeza.

Yo estaba nervioso. Muy nervioso. Cada vez que me miraba, sentía que me iba a preguntar algo. Pero no lo hizo. Solo bebía su café en silencio.

Dariana, en cambio, estaba radiante.

Se veía feliz. De verdad feliz. Hacía mucho tiempo que no la veía así de animada. Incluso se levantó más temprano de lo normal, se bañó, se puso un short corto y una blusa ajustada, y durante el desayuno estuvo platicando más de lo usual. Le preguntó a María cómo le había ido en el trabajo, le sirvió más café, y hasta le dio un abrazo antes de que se fuera.

Ese detalle me sorprendió. Dariana no era muy cariñosa con su mamá últimamente. Verla así de atenta le dio una extraña tranquilidad. Si María sospechaba algo, al menos no lo estaba notando en la actitud de su hija.

Cuando María se fue a trabajar (tenía turno de tarde-noche), cerré la puerta y me quedé un segundo apoyado en ella, respirando hondo. El nerviosismo todavía me apretaba el estómago.

Dariana apareció detrás de mí. Me abrazó por la espalda, pegando su cuerpo al mío.

—Se fue… —susurró cerca de mi oído.

Su voz ya tenía otro tono.

Me di la vuelta y la miré. Tenía los ojos brillantes, una sonrisa traviesa y las mejillas ligeramente sonrojadas.

—Te ves nervioso —dijo, pasando los brazos por mi cuello.

—Un poco —admití—. Ayer tu mamá olió las sábanas. Creo que se dio cuenta de lo que hicimos.

Dariana se mordió el labio inferior, pero no se veía preocupada. Al contrario.

—Pues… que huela —dijo bajito, acercándose más—. Porque hoy no pienso contenerme. Quiero que me hagas venirme tantas veces, hasta que mi cuerpo ya no pueda más.

Me besó. Fue un beso diferente al de ayer. Más seguro. Más hambriento. Sus manos bajaron directo a mi verga por encima del pantalón y la apretó.

—Quiero verte la verga—dijo contra mis labios—. Quiero tocarte de verdad.

Me tomó de la mano y me llevó a su recámara. Esta vez ni siquiera cerró la puerta del todo. Parecía que le excitaba la idea del riesgo.

Nos paramos al lado de la cama. Dariana me miró a los ojos mientras me desabrochaba el pantalón. Lo bajó junto con el bóxer y mi verga saltó dura frente a ella.

Se quedó callada un momento, mirándola.

—Es… más grande de lo que recordaba —dijo con voz baja—. Y la cabeza está bien gruesa.

Pasó los dedos por encima, explorando. La tocó con curiosidad, como si la estuviera estudiando. Subió y bajó la mano lentamente, sintiendo el grosor. La tomó con ambas manos como si fuera una mascota y se acarició la cara con ella, cerrando los ojos.

—Solo he estado con una persona antes —confesó sin dejar de mirarla—. Un exnovio. Duramos poco y la verdad… no era muy bueno. Era rápido, no duraba nada y nunca me hacía sentir como tú ayer.

Me miró a los ojos.

—Contigo es diferente. Me gusta cómo se siente. Me gusta que no te vengas rápido. Me gusta que me coges como si de verdad quisieras darme placer.

Su franqueza me prendió todavía más.

Dariana se arrodilló frente a mí. Me miró desde abajo, con una mezcla de nervios y excitación.

—Nunca le he hecho esto a nadie —dijo—. Pero quiero intentarlo contigo.

Abrió la boca y pasó la lengua por la cabeza de mi verga. Lo hizo despacio, probando. Después abrió más y metió la cabeza dentro. Era obvio que era su primera vez chupando. Lo hacía con cuidado, casi con torpeza, pero con ganas. Iba bajando poco a poco, mojándola con la saliva.

Le puse una mano en la cabeza, guiándola suavemente.

—Así… despacio —le dije—. No te apures.

Dariana siguió chupando. Cada vez lo hacía con más confianza. Usaba la lengua, la movía alrededor de la cabeza, y de vez en cuando bajaba más. Me la estaba cogiendo con la boca como podía, y verla así, de rodillas, intentando darme placer por primera vez, me estaba volviendo loco.

Saqué mi verga de su boca y le dije:

—Quédate quieta.

Me masturbé frente a su cara. Rápido, con ganas. Dariana abrió la boca y cerró los ojos, esperando. Cuando me vine, los chorros le cayeron en la cara, en los labios, en la lengua y un poco en el cabello. Fue su primer facial.

Abrió los ojos y me miró, contenta. Tenía semen en la cara y una expresión de sorpresa y excitación al mismo tiempo.

—Se siente… caliente —dijo, pasándose un dedo por la mejilla y llevándoselo a la boca. Pude ver qué el sabor le gustó, porque siguió limpiando y comiendo. Saboreó cada gota que pudo obtener de mi leche.

Me arrodillé frente a ella, la acosté en la cama y le bajé el short y el calzón. Su vagina ya estaba completamente mojada. Le abrí las piernas y empecé a lamerla. Esta vez con más hambre que ayer. Chupaba su clítoris, le metía la lengua, le chupaba los labios. Dariana se retorcía en la cama, agarrándome el cabello, gemía enloquecida y sus gemidos me volvieron a prender. Mi verga se iba endureciendo de nuevo con cada gemido suyo.

—Joder, Daniel… así… me encanta cuando me la chupas así…

La hice venir una vez con la boca. Después la volteé en cuatro y se la metí de un solo empujón. Esta vez no fui suave. La cogí con fuerza mientras Dariana gemía sin control, empujando su culo hacia atrás para recibir mi miembro tan duro.

En un momento la puse boca arriba, le levanté las piernas y seguí dándole. La miraba a la cara desencajada mientras la cogía. Ella me miraba también, con los ojos vidriosos y casi suplicantes.

—Quiero que te vengas adentro otra vez —me dijo entre gemidos.

—No todavía —contesté, saliéndome.

La acosté de nuevo y volví a lamerle la vagina. Esta vez le metí dos dedos mientras chupaba su clítoris. Dariana se vino otra vez en mi boca, apretándome la cabeza con los muslos.

Cuando por fin la penetré de nuevo, ya estaba sensible, ardiendo con desesperación. La cogí más lento esta vez, profundo, mirándola a los ojos. En un momento se corrió otra vez, temblando debajo de mí.

Solo entonces me dejé ir. Me vine adentro, fuerte, vaciándome completamente en su vagina.

Nos quedamos abrazados, sudados, respirando agitados.

Dariana me besó el cuello y me susurró al oído:

—Quiero seguir haciendo esto… aunque sea a escondidas. Quiero seguir probando cosas nuevas contigo.

Me miró y sonrió con picardía.

—Y quiero que un día… me cojas con la ropa de mi mamá.

La hija de mi mujer

La hija de mi mujer IV