Capítulo 3
- El secreto en el recuerdo I: MILF
- El secreto en el recuerdo II: El regalo
- El Secreto en el Recuerdo III: El Regalo, parte I
Si se habían quedado impresionados con la historia de Tadeo, ahora ya era el acabose. Tanto Tadeo como Juan no sabían qué decir ante el relato de Ramón. Y menos aún cuando era algo tan explícito e indecoroso. ¿Cómo que padre e hijo habían ido de putas juntos? ¿Cómo que era un regalo de cumpleaños? ¿Cómo que ambas pollas, la del padre y la del hijo, habían estado pegadas la una al lado de la otra y, además, una eyaculando? ¿Cómo que, el hijo —en este caso, Ramón—, acababa de descubrir las delicias del sexo en ese momento?
—Vaya… —soltó Tadeo con los ojos como platos.
Juan no sabía que decir.
Ramón, por su parte, se notaba avergonzado de tener una historia así.
—Si os consuela, aquella fue la única vez que fui de putas.
—¿Seguro? —Tadeo se estaba empezando a divertir con aquello.
—Sí, Tadeo, completa y absolutamente seguro —se mosqueó Ramón.
—Venga, chicos —intentó poner orden Juan—. No vamos a ninguna parte si comenzamos a pelear.
—Lo siento —se disculpó Tadeo.
—Vale —correspondió Ramón a su amigo, algo más tranquilo.
Se hizo tarde y decidieron irse a dormir. Juan fue el único que acabó durmiendo solo, mientras que los otros dos compartieron la otra tienda. Recostado bocarriba y con las manos en la nuca, Juan cavilaba sobre lo que pasaría a la mañana siguiente con su historia. Estaba nervioso, muy nervioso. Puede que las historias de sus amigos tuvieran su punto extremo pero, la de él, tenía un factor que podría cambiarlo todo. Su amistad con Tadeo y Ramón podría irse al garete cuando se sincerase y, lo peor, sería tener que pasar por lo que ya está pasando sin ellos, sin su ayuda, ni su apoyo. Echando lágrimas silenciosas que le recorren las mejillas hasta las orejas, lágrimas que no se limpiaba de ninguna forma, Juan no pudo pegar ojo aquella noche. También daba gracias que fuera así, que él fuese el último en soltar la prenda. Si hubiera sido el primero, muy probablemente ya habría terminado la aventura de acampar con sus dos mejores amigos.
Tadeo fue el primero en despertar y salir de la tienda, yendo a un arbusto a orinar. Completamente en calzoncillos, se sentó en la misma silla que la noche anterior, cogió un vaso de plástico, el termo y se tomó dos cafés seguidos. El café estaba tibio, pero entraba bien. Juan lo precedió con un rostro lleno de ojeras y taciturno. Cuando Tadeo se percató, sin preguntar, supo que algo guardaba la historia de Juan. Tocaba esperar hasta estar los tres, bien despiertos, para poder atender y entender lo que a su amigo le tocaba contar.
Ramón salió desperezándose y bostezando agradeciendo el haber dormido toda la noche como un lirón. Desayunó un café con bollos junto a los demás y, cuando estuvo bien espabilado, instó a Juan a qué contase su historia con poco tacto. Tadeo lo reprendió por lo bajo, logrando que Juan no lo oyese.
—Creo que va a ser algo más serio de lo común —le dijo.
—¿Más serio? ¿Más que perder la virginidad con putas? —se río Ramón.
—Ramón… —la mirada que le echó Tadeo dejaba en claro que no estaba de guasa. Ramón aceptó la reprimenda y cayó.
El corazón de Juan parecía una orquesta de tambores. Había llegado hasta ahí para aquello, pero eso no quería decir que no tuviese miedo; nadie se lo podía impedir. Entonces lo soltó sin más:
—También es de cuando perdí la virginidad.
—Vale -aceptó Tadeo—. No esperaba menos, la verdad. Desembucha.
—¡Ah! ¡Tú si puedes atosigarle, no! —se enfadó Ramón.
—Correcto —corroboró Tadeo.
—Chico, por favor…
—Vale —soltaron los dos a modo de disculpa.
—Lo único —continuó Juan, más nervioso si cabe—, es que no es con lo que os esperáis.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ramón.
Juan suspiró. No sabía cómo ni por dónde comenzar. Pero no podía postergarlo, aunque quisiese. Volvió a suspirar y comenzó su historia.
_Nueve años antes_
Juan, a sus veintiun años, ya era todo un galán. Con los chicos. Pero no de la forma que normalmente se describe como galán, no. Por el contrario, se podría decir que, los galanes, eran los chicos con los que salía. Chicos homosexuales que disfrutaban de ser el hombre de la relación; a Juan le iba más ser la parte femenina. Aunque no fuese muy femenino que digamos; en eso, el chico era muy normal y costaba ver si perdía aceite o no. Además, también lo hacía así por si acaso. No era muy bien visto ser un hombre y tener relaciones más allá de lo fraterno o la amistad con otros hombres. Para aquellos que no les era tan fácil esconderse, eran insultados y vejados de la peor manera posible.
Aquella noche iba de fiesta en la propia universidad. Había sido invitado por sus compañeros de clase, los cuales no sabían nada de su orientación sexual, y pretendía pasárselo en grande. No era mucho de fiestas pero, si te invitan…
Se preparó como supo y le dejaba hacer su cuerpo orondo. Aún así, quedó resultón dejando su cabello largo al aire y llevando un look denim lleno de colores; al menos la chaqueta. Esta era amplia, con una manga roja, otra verde, la parte izquierda era rosa y la derecha del tejano normal. También, para ir más colorido, se puso las Converse de diferente tono, una roja y otra negra. El vaquero era normalito, pero le añadió un toque personal con el cinturón. Y, así, salió de casa y marchó a la facultad tras despedirse de su madre. Sus padres se habían divorciado un año antes y, por eso, vivía con su madre, Toñi.
Una vez allí, se mezcló con todos. Cogió una birra y, poco a poco, se la fue tomando entre risas, música y baile. Aunque él no bailaba, más bien miraba. Entonces tuvo que mirar dos veces a una de las personas que había en la fiesta. Era un hombre de unos cuarenta años bien curtidos, elegante, con barba y gafas. Era su profesor de literatura inglesa y estaba colado, en secreto, por él.
Aunque era más bien tímido y callado, Juan ligaba bastante, a saber por qué. No lo buscaba él, ellos -y ellas- lo buscaban a él. Había tenido citas y se había besado con alguno que otro. Pero, de sexo, ni hablar del peluquín. Quería, pero le daba mucho miedo. Una vez, un chico le comentó cómo fue su primera vez y se asustó cuando le dijo la cantidad de sangre que había echado por el ano.
—¿Cómo? —le preguntó Juan.
—Ay, chico, pues cómo va a ser —le respondió el chico gay—. El otro te la mete por el ano y, si no estás bien dilatado, te duele horrores y puedes llegar a sangrar.
Juan tragó saliva.
Desde entonces, él mismo se introduce algún dedo que otro cuando se ducha, pero piensa que no va a ser igual que con un pene erecto.
La música disco de los ’80 inundaba la estancia. La gente bailaba y lo pasaba bien. Allí mismo, una pareja heterosexual se morreaba sin tapujos y Juan sintió envidia. Cada vez que él lo hacía, tenían que ser discretos y no ser vistos. Ojalá llegase un momento en la historia en que, los homosexuales, pudiesen hacer lo mismo sin ser perseguidos. Se terminó la cerveza y fue a por otra. No se dio cuenta de quién estaba donde las bebidas hasta que sintió su voz.
—Dichosos los ojos, Marguenda.
Juan se dio la vuelta tras escuchar su apellido y se sorprendió cuando vio al profesor López.
—¡Hola…, profesor! No lo había visto.
—Eso es obvio —respondió con su voz profunda y aterciopelada el profesor López. Aquella voz con la que Juan, tantas y tantas noches, había soñado—. ¿Qué tal la fiesta?
—Bien —hizo una pausa donde aprovechó para dar un sorbo a su segunda cerveza. Luego continuó—. ¿Y a usted? ¿Qué le parece? ¿Y cómo es que está aquí?
—Yo también me lo pregunto, si te soy sincero —repuso el profesor López.
Juan no sabía que más comentarle. Se había instaurado un ligero tono de incomodidad y tuvo la necesidad de salir de allí y volver a su rincón donde podía observar a los demás disfrutar de la fiesta. Por el contrario, el profesor López parecía divertido. Incluso miraba a su alumno con cierto cariño, además de algo más que Juan no supo descifrar, pero le gustaba. <<Dios, que bueno está>>, pensó el muchacho intentando no comerse al profesor con la mirada. Y es que lo estaba. El profesor López tenía una planta de hombre elegante y juvenil a la vez que hacía las delicias de todo el mundo. Aquel día llevaba un suéter y unos tejanos ajustados, acompañados con unas botas camperas. Estaba para comérselo.Así que, entre lo incómodo del momento y el deseo que le despertaba, Juan se despidió y marchó. Pensando lo estúpido que era, el chico caminó despacio hacia aquel rincón donde podía estar bien tranquilo.
—Oye, ¿te apetece ir a otro sitio y charlar? —aquella voz aterciopelada lo sorprendió con aquella petición. Cuando miró al profesor, notó el aburrimiento en él —Solo si te apetece. Cómo solemos tener buenas charlas…
Y era cierto. Más de una vez Juan se había quedado después de clase para hablar con el profesor López, tanto de temas de clase, como se cualquier cosa. De hecho, una vez López le confesó que era bisexual. Él le habló de una cita que tuvo con un chico y, como también fue capaz de sincerarse con otras conquistas mujeres, Juan le preguntó asombrado y el profesor no tuvo más remedio que contar sus preferencias sexuales. Desde aquel día, el chico soñaba con más fuerza con su profesor.
Lo sabía qué hacer. Por un lado estaba la fiesta con las luces, la música y la cerveza. Por otro, podría pasar las horas muertas charlando con su amor platónico de todo lo que quisieran. Pero tampoco era idiota y sabía que podría meterse en un lío muy grave si alguien los veía irse juntos y confesaba. La universidad tenía unas normas muy estrictas en cuanto las relaciones profesor/alumno. No quería que despidiesen al mejor profesor de literatura que tenía la facultad y, mucho menos, que lo expulsarán a él de las clases. ¿Cómo se lo tomarían sus padres después de todo lo que habían trabajado para que tuviera dicha educación? Sí, también estaba la beca pero… El profesor López le dedicó una sonrisa encantadora. Aquello fue un golpe bajo, aunque el profesor no lo supiese. Pero sirvió como chantaje de igual manera y, sonriendo igual de encantador, Juan asintió y ambos se fueron.
El profesor López dirigió al muchacho a una aula vacía y cerró la puerta tras entrar ambos en la habitación. El aula era típica: sus sillas y mesas para los alumnos, la mesa grande enfrente de la pizarra y las ventanas y algún armario que otro donde guardaban libros. Las paredes, salvo por el extintor de incendios y el estucado de la época, estaban completamente limpias.
Ambos estaban nerviosos, más Juan que el profesor. Se miraban pero rápidas apartaban la mirada y la dirigían a las paredes o las mesas. Se sentaron uno al lado del otro ocupando, cada uno, un pupitre. El profesor López cruzó los brazos y Juan se atusó el cabello.
—Te queda bien —comenzó López, rompiendo el hielo.
—¿Perdón?
—El cabello. Estás muy guapo.
—Gracias —repuso Juan.
Y volvieron a quedarse callados un rato largo. Pero, en lugar de estar incómodos como al principio, tanto Juan como el profesor comenzaron a sentirse muy agusto al lado del otro en aquel silencio. Se miraban y no podían dejar de sonreírse. Juan, al no estar muy acostumbrado dentro de todo, acabó ruborizándose, algo que agradó al profesor logrando que soltara otro cumplido hacia el muchacho, que lo agradeció guardando un mechón de pelo detrás de su oreja. Entonces tuvo una idea, una muy mala idea. Y es que recordó la conversación con aquel chico gay y lo de la sangre y pensó que, tal vez, pudiera pedir consejo del profesor. Después de todo, Juan sabía que también lo hacía con tíos, así que, por qué no ser sincero él también y decirle que es homosexual.
—¿Alguna vez han sangrado los chicos contigo? En el sexo.
—¿Por qué? ¿Tú sangraste?
—¡No, yo soy virgen! —exclamó nervioso y con voz muy aguda.
—¿Quieres que te bese? —cambió de tema el profesor.
—¿Cómo?
Y, sin pensarlo mucho, el profesor López se adelantó hacia el muchacho, lo cogió con una mano por la nuca y pegó sus labios a los de Juan. Un beso pequeño, un roce de unos segundos sobre los labios. Entonces, López fue más allá y volvió a besar la boca del chico, está vez abriendo los labios con su lengua para tocar la de él. El sentir la lengua húmeda del profesor en su boca, lo hizo enloquecer y también besó al hombre. El beso se fue tornando más y más demandante de pasión. A causa de la edad, según el criterio del joven, Juan tuvo que empujar al profesor para que cesara el beso y poder volver a respirar. Había sido intenso. El más intenso de su vida. Sentía como si, los otros besos que había recibido, hubieran sido otra cosa. Aquello no se parecía, ni de coña, a los besos a los que estaba acostumbrado. El profesor López no cesaba de acariciar el cuello del joven mientras jadeaba.
—Joder… —susurró— Joder…
Juan también jadeaba, pero deseaba más. Aquella vez fue él el que se adelantó hacia el hombre y le devolvió el beso de antes, poniendo toda la carne en el asador. Notó la sonrisa del hombre sobre sus labios, una sonrisa llena de gusto. Con los ojos cerrados y sus bocas fundidas en una sola, ambos, profesor y alumno, iban excitándose. El calor los envolvía y sus cuerpos necesitaban quitarse capas de ropa. El profesor le quitó suavemente la chaqueta tejana de colores a Juan. Éste, a su vez, le desabrochó el cinturón y el pantalón. <<¿Pero qué estoy haciendo?>>, pensó el muchacho. Pero no tenía ni gota de miedo. Sabía que podía confiar en su profesor.
—Joder, Pedro, que bien besas.
—Se te nota un poco la inexperiencia pero…, joder, también muy bien, nene.
Pedro le acariciaba el rostro a Juan. Se miraban a los ojos deseando más. Y así lo hicieron. Primero, Juan le quitó el suéter a Pedro, quién no llevaba nada bajo este y ya mostraba un torso perfecto, delgado, algo fibrado y peludo. Juan enroscó sus dedos en el vello, le encantaba el pecho lobo. Sus brazos eran fuertes y largos. Luego volvieron a fusionar sus bocas. Sus salivas se mezclaban y sus lenguas bailaban. Pedro tomó una decisión y fue más calmado, algo que gustó a Juan. Entonces, Pedro paró.
—Aquí no, nene.
Pedro se puso el suéter y se abrochó el pantalón, le colocó la chaqueta vaquera al joven y se lo llevó, muy discretamente, fuera de la facultad. Llegaron, a buen paso, al coche del profesor, se metieron en el y Pedro condujo a gran velocidad, pero sin traspasar los límites. El viaje, aunque ni muy largo ni muy corto, se les hizo eterno. En cada semáforo en rojo que pillaban, Pedro se adelantaba hacia Juan para besarlo, y este le devolvía los besos. El muchacho estaba excitadísimo. Sentía su miembro bien apretado en el pantalón a causa de la erección. Pedro estaba igual y Juan vislumbró el paquete que calzaba el hombre, relamiéndose.
Cuando llegaron al hogar de Pedro, a Juan no le dio tiempo de observar nada más allá de las paredes blancas. De forma inmediata, el hombre lo llevó hasta el cuarto, decorado con una cama de matrimonio, una mesilla donde reposaba un libro, y un armario; todo muy minimalista. Juan no pudo ver más allá intentando recordar cómo era el armario, cómo eran las sábanas, ni cual era el título del libro. Porque Pedro, queriendo sexo caliente con su alumno, no paró de desnudarlo entre beso y beso. Poco a poco, Pedro acariciaba las tetitas de Juan, cosa que logró que el profesor salivara. Juan se dejaba hacer por aquel hombre experimentado con gran placer. Entonces, Pedro lo puso en cuatro patas sobre el colchón, cogió algo del cajón de la mesita, y enterró su cara entre las nalgas gorditas de Juan. Éste, tras notar la humedad en su ano, se sorprendió sobremanera.
—Ostras, lo siento. Juan, ¿quieres hacer esto realmente conmigo?
Juan se sentó y observó el dildo anal que tenía el profesor en su mano. ¿Aquello era para él? Miró al hombre de arriba a abajo. Era un hombre muy sexy, el típico macho alfa. Algo musculado, brazos y piernas fuertes, y una polla bien tremenda que colgaba en los genitales de Pedro. No era la primera que veía, él tenía una. Y sí, alguna masturbación con otro había caído. Pero no era lo mismo que el sexo en si. Aquel hombre lo quería penetrar y le estaba pidiendo permiso. Juan miró su cuerpo. Gordo, con pechos grandes y polla algo pequeña, cosa que siempre le había dado inseguridad. Comenzó a llorar y Pedro lo consoló acariciando su rostro y limpiando sus lágrimas. Pero Juan estaba harto de tener miedo y, lagrimeando, cogió el miembro erecto de su profesor. Lo miró y, con un puchero, dijo:
—Sí —asentía—. Pedro…, házmelo por favor. Llévate mi virginidad para siempre.
Pedro asintió también y volvió a poner al chico en perrito, disfrutando del sabor del culo orondo. Ahora una lamentada, ahora una succión, también lo besaba con lengua e, incluso, la introducía dentro del ano. Juan estaba nervioso, pero estaba seguro de aquello; quería tener su primera relación con el profesor López. Notaba cómo se le iba dilatando el ano y, cuando estuvo como Pedro lo quería, con lubricante, Juan notó como le introducía el dildo, uno pequeño. Y lo dejó ahí dentro. Entonces cogió a Juan y se lo comió a besos. Lo echó sobre la cama, se puso encima de su alumno y enterró el rostro en el cuello del joven, quién no pudo estar de soltar un gemido ahogado. Le besó la mandíbula, la boca, le mordisqueó el lóbulo de las orejas, le daba pequeños besitos en el pecho y, cuando llegó a los pezones —los de Juan eran muy grandes para ser hombre—, con sus manos se ayudó para introducírselos en su boca. <<Éste hombre sabe>>, acabó pensando Juan. El chico lo estaba pasando bien, le gustaba lo que le hacía el profesor. Éste, cuando se cansó de los pechos, fue bajando por el abdomen, besó con lengua el ombligo, continuó hasta más abajo y chupó el pene de Juan. El pobre se agarraba a las sábanas de forma fuerte por no saber definir lo que la boca del hombre le hacía sentir en su polla. Con un par de lametadas, Juan se sacó al hombre de encima y manchó su barriga de semen.
—Joder, lo siento. Debería haber ido más despacio. Es tu primera vez, lo siento mucho.
Juan río ante aquello.
—Tranquilo —le dijo—, está bien. La chupas de muerte.
—Lo sé, nene, lo sé —rió Pedro—. Ahora…, te toca —y se señaló la polla.
—¿Cómo lo hacemos?
—Ven.
El hombre estiró al muchacho bocarriba con la cabeza colgándole por el borde el colchón.
—La mía es grande, así no te será muy difícil. Aunque te darán arcadas igualmente, pero… Así algo más fácil, créeme.
Y Juan lo creyó.
Pedro acercó su rabo a la boca de su alumno, y éste la abrió sin más. De forma lenta, la fue introduciendo en la cavidad bucal. A Juan le dio una arcada y salió de él. Volvió a intentarlo y, otra arcada más. Pero Juan la aguantó bien está vez y Pedro pudo continuar. Al final, aunque costó, la polla de Pedro entró entera en la boca de Juan y comenzó a mover la pelvis, despacio. Juan aguantaba bien las arcadas y, aunque a veces Pedro se la tuviera que sacar, volvía adentro y se follaba la boca del chico. Por la comisura de la boca, hilos de baba caían por el rostro abajo de Juan. Alguna vez que otra, Pedro le limpiaba con sus manos, sobre todo cuando veía que podría ahogarse con la saliva cuando esta le tapaba las fosas nasales, y como Pedro obstruía la boca… Había que decir que, para Pedro también era su primera vez con un virgen, dado que, su iniciación, fue con un hombre experimentado. Y ahora, ahí estaba, disfrutando de enseñarle sobre sexo a su alumno favorito, aquel por quién anhelaba cariño. Y le iba a hacer el amor.
Juan perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto rato había estado echado dejándose penetrar la garganta, y le gustaba tanto hacerlo aún con las arcadas, que no le importó nada en absoluto si pasaban horas. Le agradaba el sabor salado del miembro viril que le ofrecía su profesor. Le gustaba notarlo en la garganta y carraspear, escupiendo saliva. Le encantaba acariciar las piernas y los testículos de su hombre. Porque, ahora que resulta que sí podía estar con él, lo tenía claro. Pedro era su hombre, y él era de Pedro.
El profesor paró y puso a Juan, otra vez, en la postura del perrito. Jugó con el dildo cogiéndolo por la base plana y Juan jadeaba de dolor. Pero a Pedro no le importó. Sabía que, si Juan deseaba ser penetrado, le iba a doler, más que ahora con el juguete. Juan se agarraba a las sábanas sin saber qué hacer. No quería que su hombre parase, deseaba continuar más allá. Necesitaba quitarse ya, de una vez por todas, aquel peso. La virginidad. Jadeaba, gemía, hasta gritaba con cada movimiento de aquel pequeño cacharro dentro suyo. Y lo estaba disfrutando. De una manera que Pedro lo notaba y le hacía continuar. La polla de Juan volvía a estar dura de nuevo.
—¡Oh, joder! —masculló el joven.
—Te gusta, eh —sentenció el profesor.
—Sí… —jadeó Juan como pudo.
—Pues esto no es nada. Espera y verás a qué te la meta, cariño.
—Hazlo… —logró susurrar el alumno— Por favor…, hazlo ya.
Y Pedro hizo caso.
Le quitó, de forma lenta y pausada, el dildo anal y se sorprendió de la dilatación del agujero. Y no solo eso, también se sorprendió tras ver cómo iba saliendo carne tras el objeto, dejando el ano con una forma parecida a una vulva abultada. A Pedro le encantó tanto aquello que regresó a amorrar su cara entre las nalgas para chupar y lamer cada partícula de aquel chocho anal. Y lo hacía jadeando de placer. Nunca había visto a ningún ano hacer algo así y, en lugar de sentir asco, estaba extasiado con su joven conquista. Ni siquiera le importaba que estuviesen haciendo algo prohibido. Por el contrario, saber que lo tenían prohibido, para ambos, formaba parte de su excitación.
—Joder, como me gusta como se te pone el recto, nene.
Juan sonrió tras escuchar esas palabras, y comenzó a mover el culo a un lado y al otro, reclamando lo que se merece.
Y Pedro no tuvo más que obedecer.
Sin cambiar de postura, Pedro cogió un preservativo y se lo puso, lubricó el ano–chocho y su polla y comenzó a moverla alrededor del bulto. Le gustaba, vaya que si le gustaba. Y Juan estaba expectante esperando notar la polla en su interior. Pero el profesor fue lento. Poco a poco, y lubricando más la zona si cabe, se fue introduciendo en Juan. Éste no pudo evitar articular un fuerte <<¡OH!>>, pero le dejó hacer al experto. Cuando estuvo bien adentro, Pedro se echó sobre la espalda de Juan y buscó su boca para besarlo. Lo hizo y le besaba la espalda, el cuello, la coronilla. Juan gemía de dolor. No sabía que aquello iba a ser tan intenso, pero ya no podía echarse atrás, y menos cuando lo necesitaba. Necesitaba sentir el sexo por primera vez en su vida y no iba a dejarlo pasar por nada del mundo. Lloraba, pero le daba igual. Pedro se percató de las lágrimas del chico, pero tampoco iba a dejar pasar la oportunidad de desvirgar a su chico. Y poco a poco, muy acompasado, comenzó a mover la pelvis adelante y atrás para comenzar el ritual.
Entre jadeos ahogados, Juan no lograba descifrar lo que le hacía sentir la penetración. Una cosa era segura, era lo más doloroso que había hecho en su vida. Pero, a su vez, había algo más, algo que le hacía querer seguir hasta el final y comprobar que podría pasar más allá de que las pollas eyaculasen. Algo parecido al placer, una pequeña esquirla, como si fuera lejana. Pedro movía su pelvis adelante y atrás de forma lenta y disfrutando del ano–chocho que se estaba follando. Las paredes anales se adherían a la perfección a su polla y sentía como le masturbaba estirando y contrayendo el pellejo. El ano de Juan era lo más placentero que había tenido el placer de cogerse sexualmente.
Entonces Pedro comenzó a ir más deprisa, lo necesitaba. Y Juan mordía la almohada y exclamaba de dolor, pero le dejaba hacer a su profesor. Alzó el rostro y la cabeza se le movía a buen ritmo adelante y atrás, dándose golpes suaves en la almohada. De su garganta salían exclamaciones fuertes e intensas que helarían la sangre de cualquiera. Lloraba. Pero también deseaba continuar sintiéndolo, tal vez por aquella pequeña esquirla. La pelvis de Pedro hacia ruido cuando chocaba con el orondo culo del chico. Aquello era sexo caliente. Juan volvió a reposar la cabeza sobre la almohada y jadeaba lastimeramente con cada bandazo que le daba su estimado profesor. Pedro gruñía con la boca cerrada. Le encantaba follar aquel ano–chocho que le había ofrecido su alumno. Estaba excitadísimo.
Paró y salió despacio de Juan. Lo dejó respirar y que recobrase la compostura tras el primer ataque. Se miró la polla y no sé sorprendió tras ver un poco de sangre en el preservativo. Cogió unas toallitas húmedas del cajón y le limpió el recto, metiendo la toallita, al muchacho exhausto.
—No te asustes, cariño —le comentó Pedro.
—¿Sangre? —repuso lastimeramente Juan.
—Un poco. Lo siento, se me ha ido la cabeza y no he pensado en tí. Le lamento.
—Sí que has pensado en mí —sentenció el muchacho, sonriendo.
Pedro hizo otro tanto tras ver el proceder de Juan. Le dio una fuerte cachetada en el culo, se quitó el preservativo manchado y se puso otro, deseando entrar otra vez en su chico.
Hizo que Juan se pusiera bocarriba con las piernas abiertas. Las alzó y logró que Juan se las sujetase con sus propias manos. El ano–chocho se contraía y Pedro disfrutaba viéndolo; se relamía. De forma brusca, se lo llevó hasta el borde de la cama dejando un poco del culo afuera. Juan seguía aguantando el peso de sus rollizas piernas, deseando volver a sentir el dolor que le provocaba la penetración. Estaba exhausto, pero también se sentía dichoso de que, su profesor favorito, su amor platónico, lo desease de todas, todas. Jugando a contraer al coñito el que se le salía del orificio, sin saber cómo, acabó expulsando un pedo. Tanto alumno, sorprendido de vergüenza, como el profesor, terminaron riendo. El hombre volvió a lubricar su polla dura, el chochito de Juan y comenzó a acercarse de nuevo al agujero. Ambos suspiraban y se miraban. Se deseaban. Poco a poco Pedro regresó adentro de su alumno, el cual abría la boca y jadeaba de dolor ahogadamente. Una vez estuvo dentro del todo, Pedro no se lo pensó dos veces, cogió al muchacho por las caderas y comenzó el vaivén otra vez.
Ahora despacio, ahora un poco más rápido, Pedro se follaba a su conquista como si no hubiera un mañana. Juan aguantaba mejor, pero seguía doliendo igual y gemía. De vez en cuando se le escapaba algún improperio, pero a Pedro no importaba; lo entendía. Le estaba haciendo daño, pero no se sentía culpable, sino orgulloso de follar con Juan. Su ego de macho alfa estaba, cada vez más, por las nubes. Mirando a su profesor, Juan no cesaba de jadear, cada vez más, con más gusto. Incluso miraba a su profesor con picardía y lujuria. Pedro lo miraba también sin cesar sus movimientos, que regresaron a ser, una vez más, un ataque fuerte y lleno de violencia, sin haberla como tal. Le cogió la polla al muchacho y se la masturbó. En pocos minutos, tanto por la inexperiencia, como por el placer que le proporcionaba en el ano y la polla, terminó eyaculando una segunda vez. Pero Pedro, en lugar de parar y dejar que recuperarse el aliento, lo que hizo fue dar más fuerte. Otra vez culo y pelvis hacían ruido tras chocar entre ellos. Las piernas del chico acabaron sobre los hombros de Pedro. Juan gritaba cada vez más fuerte. Pedro contraía en rostro sintiendo gran placer. Juan aulló otra vez, más fuerte si cabe, sintiendo algo extraño en su cuerpo. Había llegado al clímax también por el ano. Miraba al profesor suplicante porque ya no aguantaba más tras tener un orgasmo anal, pero este no le hizo caso. Siguió atacando el chocho anal unos minutos más hasta que, sin poder aguantar más, echó todo su esperma en el preservativo con grandes gritos y gruñidos que hacían patente de la brutalidad con la que follaba.
Se echaron sobre el colchón para descansar. Está vez fue Juan el que le quitó el condón a su profesor y observó el líquido blanco y espeso con orgullo. Él, Juan, había logrado que un hombre eyaculase mediante el sexo. También observó como también había algo de sangre en el mismo. Pedro se lo quitó de las manos, lo tiró al suelo como si estuviese enfadado, cogió otra toallita húmeda y le limpió el orificio al chico, con dulzura. Mientras, sus bocas se volvieron a encontrar en un beso tierno, lleno de cariño y pasión. Sin decisre nada, Juan se puso de lado, Pedro pegó su pecho en la espalda de él, lo abrazó y se durmieron.
_Actualidad_
—Y ya… —no supo mejor manera de terminar su historia.
Tadeo se levantó y le pidió a Juan que hiciese lo mismo. Este aceptó, le puso de pie y se sorprendió cuando Tadeo lo abrazó susurrando al oído:
—Te quiero, hermano. Te quiero.
Juan comenzó a llorar y se abrazó a Ramón cuando se separó de Tadeo. Este también le aseguró que lo que quería.
Entre la brisa mañanera, los rayos del sol, el canto de los pájaros y el rumor del arrollo, Juan no pudo dejar de sollozar a lágrima viva tras la demostración de amor de sus dos mejores amigos. Pero debía continuar si quería ser sincero de verdad con ellos.
—Lo siento —masculló sin dejar de limpiarse lágrimas—, lo siento. Pero aún queda algo que tengo que deciros. Y por eso estamos ahora aquí.
Tanto Ramón como Tadeo se miraron extrañados. Dejaron que el hombre se calmase para que pudiese hablar. Pero, cuando lo hizo, no sabían que todo estaba a punto de cambiar.