Capítulo 2
- Una empresaria suelta en Europa I
- Una empresaria suelta en Europa II
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Estos relatos surgen de historias reales de una lectora que me comentó sus andanzas por el viejo continente. Obviamente se han cambiado nombres y ciudades para preservar la identidad de la protagonista, tal su pedido.
Gracias Helena por tu confianza.
Como les conté en la entrega anterior Helena y Víctor son un matrimonio de empresarios exitosos, cada uno por su lado, qué difícilmente comparten viajes de trabajo ya que se dedican a rubros muy distintos. Esta recorrida por España no fue una excepción.
Fue a principios del verano pasado. Estaba unos días de vacaciones, me había ido sola, pues necesitaba desconectar. El primer día me fui a una playa pequeña y tranquila a pasar el día bañándome y tomando el sol, sin pensar en nada más. Me situé en un extremo de la playa en un lugar tranquilo donde había poca gente, solo tenía cerca un grupo de chicos y chicas, que estaban tranquilos y sin armar demasiado escándalo.
Me fijé en el grupo, había tres chicas y cuatro chicos, y aunque estaban todos en plan de amigos, se notaba que las tres chicas eran las parejas de otros tres chicos. Al rato me di cuenta de cuál de los chicos era el que no tenía pareja, pues no me quitaba ojo. Como no había mucha gente y además las chicas iban en topless, yo también me quité el sujetador para que no me hiciera marcas el sol.
No sé si les dije, pero soy amante del nudismo. Con mi edad, sé que aún provoco reacciones en maduros y jóvenes y lo disfruto enormemente.
A partir de ese momento el chico no paró de mirarme. Yo estaba tumbada con mis gafas de sol, y le miraba directamente. Al rato me levanté y fui a darme un baño, andando de manera sensual, haciendo que mis pechos se movieran, y me di cuenta que hasta las chicas me miraban, incluso escuché un comentario sobre ellos.
Me metí en el agua y empecé a nadar, y el chico no tardó en meterse también. Se puso cerca de mí a nadar, y hubo un momento en que estaba a unos dos metros de mí, me miró y le dije: “Hace un día estupendo, y el agua está muy buena”. Él me contestó que sí, que era el segundo día que iban a la playa ya que el día anterior habían llegado de vacaciones.
Me contó que habían alquilado un bungalow, que resultaba estar bastante cerca del mío. Yo le dije: “Encantada de conocerte, ¡me voy a tomar el sol! ¡Ya nos iremos viendo!”, y me salí a tumbarme al sol.
Me tumbé y me quedé dormida. No sé cuánto tiempo estuve dormida, pero cuando desperté no quedaba casi nadie en la playa, solo un par de parejas allá a lo lejos.
Después miré hacia donde estaban los chicos y solo vi al que había estado hablando conmigo, pero estaba mucho más cerca, a un par de metros.
Me despabilé un poco y le pregunté que donde estaban sus amigos, me dijo que se habían marchado y que él había preferido quedarse, ya que a aquella hora la playa estaba más tranquila y quería ver la puesta de sol.
Entonces miré y vi que el sol estaba bastante bajo, aunque aún faltaba más de una hora para que se ocultara, y de pronto caí en la cuenta de que había estado más de una hora durmiendo, e inmediatamente sentí que la espalda me ardía.
Se lo comenté al chico y le pedí que me echase agua por la espalda. Sacó una botella y me vació agua por toda la espalda poco a poco, y me dio tanto placer que no pude reprimir un gemido.
Después me senté y él no pudo reprimir mirarme los pechos, yo me hice la despistada y saqué aceite hidratante y le pedí que me diera aceite por toda la espalda y las piernas. Lo hizo con delicadeza y esmero produciéndome mucho placer.
Yo le miraba de reojo y veía su enorme erección. Le pregunté que dónde estaba el mejor lugar para ver la puesta de sol, y él me contestó que pasando las rocas había cerca una cala solitaria desde donde se veía la puesta de sol totalmente de frente. Entonces le dije que me llevase allí, que aún quedaba al menos una hora para que se pusiera el sol.
Nos levantamos, recogimos las cosas y le seguí, a esas alturas ya no me puse el sujetador del biquini, y al caminar mis pechos se movían de forma sensual, y de vez en cuando, Roberto (que es como se llamaba) miraba para atrás, luego llegamos a las rocas, y él me iba ayudando a subir, y se deleitaba mirándome. Yo también miraba de reojo y su erección era evidente.
Al poco rato llegamos a una pequeña cala solitaria con el sol totalmente de frente. Colocamos nuestras cosas y entonces le pregunté si de verdad era una cala solitaria, a lo que él me respondió que nunca había visto a nadie. Así que me quité el tanga diciéndole que me apetecía bañarme desnuda. Me metí en el agua y le dije que se metiera el también. Ya muy animado se quitó el bañador y pude ver su polla erecta, y se metió al agua.
Yo me quedé en la zona donde el agua me llegaba por debajo de los pechos, ya que me encanta que las olas me golpeen. Roberto se acercó a mí, y le dije que me encantaba el lugar donde me había llevado, y que estaba siendo un día de playa muy especial. Entonces él se lanzó y me dijo que estaba encantado con estar con una mujer tan atractiva como yo, que le gustaba mucho, yo le contesté que si no prefería estar con una chica de su edad con el cuerpo más terso, a lo que contestó que yo era mucho más atractiva que ninguna joven, que tenía un cuerpo increíble y que le encantaban mis pechos.
Entonces me acerqué a él poniéndome en puntas de pie. Rozando mis pechos sobre él y le dije que eran suyos. Inmediatamente empezó a tocarlos, a comerlos, y después me agarró el culo.
Empezamos a besarnos y yo empecé a acariciarle la polla que estaba muy dura, después la puse en la entrada de mi coño y poco a poco me la metí dentro. Empezamos a follar con el ritmo de las olas y así tuve dos orgasmos seguidos, y después del segundo orgasmo, él se corrió.
Salimos del agua y nos tumbamos abrazados a ver la puesta del sol. Él me cogió con su brazo por encima de mi hombro. Tenía la cabeza sobre su pecho, le besaba el pecho y empecé a acariciarle la polla, y enseguida se le volvió a poner muy dura.
Empecé a bajar con mi boca, besando sus pechos, su vientre y alrededor de su polla, la cual me daba golpes en la cara, y comencé a chupársela mientras el sol empezaba a ocultarse en el horizonte.
Estaba tan excitado y feliz que no me importó ver la puesta de sol, al contrario, lo que más me apetecía era hacerle una mamada como nunca se la habían hecho, y cuando el sol dejaba sus últimos rayos en el horizonte, Roberto descargó toda su leche en mi boca, mientras yo seguía chupando con placer, y así con su polla dentro de mi boca me quedé dormida.
Las caricias de Roberto sobre mis pechos afiebrados me produjeron un escalofrío que me sacó del dulce sueño, los restos de semen habían caído por la comisura de mis labios y se habían pegoteado en mis mejillas. Tomé saliva de mi boca y traté de limpiarlo pero no era posible, a tientas en la oscuridad llegué al agua y me lavé la cara. Volví a las toallas, tomé mis cosas, me calcé un vestido playero para cubrir mi desnudez y de la mano de Roberto volvimos a la zona de los bungalows. Nos despedimos con un tremendo magreo, nada importó el ardor en mis pechos, lo afiebrado de mi culo y menos aún la arena que había quedado entre los labios de mi cueva.
“¿Te veré más tarde?” preguntó él, “Quizá después de la cena si es que puedo vestirme” le dije mientras cada uno se encaminaba a su alojamiento.
Pedí servicio a cuarto, que fuese una camarera pues necesitaba ayuda femenina. Llegó la joven con la cena y ha pedido mío, esparció crema hidratante y refrescante. Esa noche sería muy difícil que mi piel enrojecida me permitiera descansar cómodamente.
Mi cuerpo hervía y temblaba por la insolación, apenas si pude recostarme sobre sábanas suaves. Me dormí prontamente y desperté la mañana siguiente cuando la misma joven ingresó a realizar el aseo, nuevamente me cubrió de cremas, el aire acondicionado ayudaba a soportar mi estado.
Dos días después, pude volver a la playa cubierta por mi vestido suave, ya no vi a los jóvenes, me quedé con ganas de tener más raciones de Roberto y su miembro.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]