Mi Confesión: Soy una adicta a las mamadas y me odio por ello

Hola… Me llamo Sofía, tengo 26 años y estoy escribiendo esto con las manos temblando de vergüenza. Necesito sacármelo de dentro porque me está destruyendo. Soy adicta a chupar penes. Completamente. Y aunque me corro como una puta desesperada mientras lo hago… después me siento asquerosa, sucia, una zorra sin ningún valor. Sé que está mal. Sé que una chica normal no debería rebajarse así… pero no puedo parar. Y eso me hace odiarme más.

Todo empezó hace cuatro años y todavía me da asco recordarlo…

Era mi primera vez de verdad con mi novio Diego. Estábamos en su departamento, besándonos apasionadamente, cuando de repente se bajó el pantalón, sacó su verga dura y me miró con ojos suplicantes. “Por favor, Sofía… ¿me la mamas?” me preguntó casi rogando. Yo me quedé congelada un segundo, pero el olor fuerte a hombre joven me golpeó directo en la cara. Un aroma almizclado, un poco a sudor limpio. La agarré con las dos manos, temblando, y me la metí en la boca. Saboreé esa primera gotita de precum… salada, un poco amarga. Empecé a chupar más profundo. La saliva me chorreaba por la barbilla. Y entonces me corrí. Sin tocarme. Solo de tener esa verga caliente follándome la boca. Mientras me corría, sentí cómo se hinchaba y explotaba: el primer chorro caliente, espeso y cremoso me golpeó la garganta. Tenía un sabor salado intenso, metálico. Me llenó las mejillas. Lo mantuve ahí, sintiendo la textura pegajosa… y me corrí otra vez, tragando despacio mientras me odiaba por lo mucho que me gustaba.

Desde esa noche ya no fui la misma. Y cada vez que lo recuerdo, me siento culpable.

La adicción se volvió un monstruo. He chupado penes de todo tipo, en todo tipo de lugares, y cada uno me ha dejado más hundida. He mamado pollas enormes y negras en los baños sucios de un cine porno, pollas pequeñas y rosadas de chicos universitarios en el asiento trasero de un auto estacionado en un parque, pollas gruesas y sin circuncidar de hombres maduros en callejones oscuros donde el olor a basura se mezclaba con el olor fuerte a polla sudada. He chupado vergas delgadas y venosas de oficinistas en los ascensores de edificios de oficinas después de la hora de salida, pollas gordas y cortas de taxistas en los baños de estaciones de servicio, y hasta pollas de viejos en glory holes de bares de carretera donde el semen sabía más amargo y aguado.

He estado de rodillas en playas públicas de noche, con la arena pegada a las piernas, chupando a desconocidos que se acercaban porque veían a una puta fácil. En fiestas, encerrada en baños diminutos, me he tragado tres o cuatro pollas seguidas de amigos borrachos. En cines normales, en la última fila, he sacado la verga del chico de al lado y se la he chupado en silencio mientras la película seguía. En hoteles, en moteles de paso, en el baño de mi universidad, en el estacionamiento del supermercado… Da igual el lugar. Si hay una polla dura cerca, yo ya estoy arrodillada, odiándome pero sin poder parar. Lo más duro para mí es cuando tengo que elegir a un desconocido entre la multitud, mirarlo desde lejos, sentir cómo se me acelera el corazón de vergüenza y acercarme a pedirle, con la voz temblando y casi sin poder mirarlo a los ojos, que me permita chuparle el pene. Saber que me estoy rebajando a suplicar por una verga de alguien que ni siquiera conozco… eso me destroza por dentro.

Y cada una es distinta. Me encanta… y me da asco al mismo tiempo. Las pollas grandes me dejan la mandíbula dolorida y me hacen llorar, pero me corro más fuerte cuando explotan y me llenan la boca hasta que se me escapa por las comisuras. Las pollas pequeñas las puedo meter enteras y chupar con fuerza, sintiendo cómo palpitan rápido y se corren de repente con chorros cortos pero abundantes, casi dulces. Las sin circuncidar tienen ese sabor más fuerte, a queso, a piel acumulada, y cuando se corren el semen es más espeso, más pegajoso. Las circuncidadas son más limpias pero el glande brilla y late más duro contra mi lengua. He probado pollas de todos los colores, de todos los olores: algunas huelen a jabón, otras a sudor de todo el día, otras a pis ligero. Y cuando se corren… siempre es lo mismo y siempre distinto. Ese momento exacto en que se hinchan dentro de mi boca, el primer chorro caliente que me golpea la garganta como un latigazo, el sabor que se expande (salado, amargo, a veces casi dulce), la textura cremosa y espesa que me llena las mejillas y me hace tragar mientras mi coño se contrae y me corro otra vez como la adicta miserable que soy.

La adicción me llevó a los glory holes casi todas las semanas. Me arrodillaba en el piso mugriento y esperaba. A veces eran pollas de jóvenes, duras y rápidas. Otras de hombres casados, nerviosas y con olor a casa. Me corría tres o cuatro veces seguidas tragando semen de desconocidos que ni siquiera sabía cómo eran.

Tuve un novio, Marcos, que duró seis meses. Un sábado me pasé el día entero chupándosela. Desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche. Polla normal, circuncidada, con ese olor a hombre que ya conocía de memoria. Lo agoté. Se corrió siete veces y yo nueve, siempre con su verga dentro, siempre odiándome por convertirlo en mi juguete. Al final él estaba destrozado y yo me sentía la peor mierda del mundo.

Mi peor día fue un viernes. Seis vergas distintas. Un compañero de universidad (polla delgada y rosada), dos en glory hole (una enorme negra y una gruesa blanca), un guardia de seguridad (polla corta y muy gruesa), y dos chicos de discoteca (una larga y venosa, otra pequeña y sin circuncidar). Seis sabores distintos, seis olores distintos, seis corridas que me llenaron la boca y me hicieron correrme ocho veces. Al final del día tenía la boca hinchada, el sabor de seis hombres diferentes todavía en la lengua y el estómago revuelto de culpa. Me miré en el espejo y me dije llorando: “Eres una puta asquerosa, Sofía. Una adicta sin remedio”.

Esta es mi confesión. No la cuento con orgullo. La cuento porque me da vergüenza, porque me siento sucia, porque sé que esto no está bien. Soy una chica que se arrodilla por cualquier polla —grande, pequeña, negra, blanca, joven, vieja—, en cualquier lugar, y que se corre chupando como una zorra desesperada… para después odiarse.

Si alguna vez nos cruzamos… no hace falta que digas nada. Solo sácala. Yo ya voy a estar de rodillas, con la boca abierta, odiándome mientras te chupo… pero sin poder detenerme hasta que me llenes la garganta y me corra una vez más como la adicta miserable que soy.