Capítulo 3
- Ventana con vista al pecado I
- Ventana con vista al pecado II
- Ventana con vista al pecado III
- Ventana con vista al pecado IV
CAPÍTULO 3: “EL VECINO QUE ME VIO TODO”
o cómo un carraspeo me cambió la noche
Mientras yo veía cómo Eduardo se alejaba con su novia de la mano, con la misma mano que hacía minutos me agarraba el pelo mientras me llenaba la boca de leche, me quedé pegada en la ventana viéndolos desaparecer en la esquina.
Sentía todavía el sabor de su verga en la garganta, las tetas marcadas de sus mordidas, el coño latiéndome como si aún estuviera aquí.
Me puse mi blusa así sin bra, me acomodé el cabello, y regresé a la ventana a fumarme un cigarro. Necesitaba relajarme, procesar lo que acababa de pasar, y sobre todo… necesitaba más. Porque una puta como yo nunca se llena.
El humo se perdía en el aire de la tarde, yo con la mirada perdida, cuando de repente…
Carraspeo.
Volteé. Era el vecino del edificio de a lado. También en el segundo piso. Ventana con ventana.
Un chico, no sabría decir bien su edad, pero se veía joven. Tal vez 19, tal vez 20. O tal vez menos. Esa edad donde los machos ya tienen hambre pero todavía no saben cómo pedirla. Me agarró desprevenida, con la blusa medio abierta, las tetas casi afuera, y la mirada todavía perdida en el recuerdo de Eduardo.
— ¿Todo bien, vecina? —me preguntó, con una voz tranquila, pausada, como quien tiene tiempo para jugar.
Me pasaban tantas cosas por la cabeza. ¿Qué tanto habrá escuchado? ¿Qué tanto habrá visto? Los gritos que solté cuando Eduardo me enterraba la verga hasta la garganta, los “putita” que me decía, los gemidos que no pude callar…
Me sentía expuesta. Y eso… me calentó más de lo que debería.
Le contesté rápido, tratando de disimular:
— Sí, todo bien… —y creo que me sonrojé. Sentí cómo me ardían las mejillas.
Él, sin soltarme la mirada, me soltó con ese tono entre amable y maldito:
— Es que escuché gritos, por eso preguntaba…
Hizo una pequeña pausa, como dejando que la frase me calara hondo. Y luego, con una sonrisa que delataba que se estaba divirtiendo, añadió:
— Oiga, vecina, como sugerencia… debería poner unas cortinas.
Me quedé paralizada.
— Los muchachos que viven conmigo son muy curiosos —siguió, con las manos en los bolsillos, todo relajado—. Lo digo por precaución… para que no se vaya a llevar alguna sorpresa.
En sus palabras se notaba el sarcasmo. Y daba a entender que no solo había escuchado, también había visto parte de lo que pasó con Eduardo. Cada mamada, cada vez que me puse de rodillas, cada gota de leche que escurrió por mis tetas. El muy desgraciado tuvo butaca vip.
Y yo, en lugar de morirme de vergüenza, sentí cómo se me mojaban las tangas otra vez.
— Si necesita ayuda para poner sus cortinas o en algo le puedo ayudar, no dude en buscarme —me dijo, interrumpiendo mis pensamientos sucios—. Me llamo Pepe. Si quiere, anote el número de la casa. Aquí estoy casi siempre. Me puede llamar y con gusto le ayudo.
Pausa. Me miró de arriba abajo. Yo con la blusa sin bra, las tetas apretándose contra la tela, los pezones duros porque sabía que él los estaba viendo.
— Sólo que hoy es el cumpleaños de mi amigo Tony. Cumple 18 y le vamos a festejar en un rato más. Si quiere venir…
- La palabra me pegó en el coño.
Tony cumplía 18. Y Pepe… Pepe no me había dicho su edad. Tal vez tenía la misma, tal vez un par de años más, tal vez hasta menos. No lo sabía. Pero lo que sí sabía es que me estaba imaginando a ese grupito de jóvenes calientes que vivían en ese departamento, todos ellos, sin saber cuántos eran exactamente, pero con la certeza de que iban a ser mi próximo objetivo.
Yo estaba hipnotizada por cómo me hablaba. De “usted”. Eso me calentaba. Esa mezcla de respeto y deseo, como si supiera que estaba hablando con una mujer mayor que podía devorarlo a él y a todos sus amigos. Y más al pensar que Tony apenas cumplía 18, un recién estrenado adulto con la verga llena de leche acumulada… a mí que me encanta chuparles la juventud a los jovencitos de esa edad.
Le dije, tratando de sonar casual pero con la entrepierna ardiendo:
— Gracias, pero aún tengo algunas cosas que acomodar en mi departamento… tal vez en otro momento.
Él sonrió, me deseó buena tarde, y se metió.
Pero lo que no sabía Pepe… lo que no sabía ninguno de ellos… es que yo ya estaba tramando algo.
Porque en lugar de acomodar cajas, buscaría la forma de que mi cama quedara cerca de la ventana. Así, bien a la vista. Para que cada vez que ellos se asomaran, me vieran. Para que supieran que la vecina de enfrente es una perra que se deja ver cuando le da la gana.
Ya tenía una misión para esta noche: ponerlos tan cachondos a esos jóvenes calientes, sin importar cuántos fueran, hacer que se desesperaran, que se la jalaran viéndome mover el culo, que uno a uno vinieran buscando placer a mi puerta.
Estaba reacomodando los muebles, sudando, moviendo el culo de un lado a otro, cuando de repente…
Suena mi celular.
Lo agarro. Era Eduardo. Un mensaje que me hizo apretar los muslos al instante:
“No dejo de pensar en ti… y en esas tetas que me encantan.”
Sonreí como la puta que soy, dejé el celular a un lado, y seguí moviendo la cama hacia la ventana.
Había llegado al mejor vecindario de mi vida.