Capítulo 1
CAPÍTULO 1: “BIENVENIDA AL VECINDARIO, PUTITA”
o cómo convertir una mudanza en una pista de caza con tacones y tangas
Llegué al nuevo vecindario con las piernas temblando y el culo apretado dentro de una falda que apenas me cubría las nalgas. Mi departamento, en el segundo piso, tenía la ventana más puta del mundo: daba directo a la avenida principal, justo en la boca del lobo. Eran las 8:00 a.m., la hora más caliente del día. Todos los jóvenes universitarios pasaban por ahí, cargados de mochilas y de leche acumulada.
Yo, toda frágil y recién llegada, me hacía la desamparada mientras subía cajas con mis tacones puestos. Pero en mi cabeza solo había una idea: necesitaba un verdadero macho que me ayudara… o mejor dicho, que me partiera en dos.
De repente, sentí una mirada que me quemaba la nuca. Volteé y ahí estaba Eduardo. Un puto dios de 20 años. Alto, fuerte, con unos brazos que parecían tallados en piedra y una espalda que me hacía babear como perra en celo. Sus ojos no me soltaban ni un segundo. Me sostuvo la mirada con una seguridad que me hizo apretar los muslos y sentir cómo se me mojaban las tangas.
Y entonces, me guiñó el ojo.
Yo, sin pensarlo, le mandé un besito. Mis labios rojos, sus labios gruesos. Él, bien descarado, puso su mano en la entrepierna y me hizo el gesto de “esto es tuyo si te atreves”. Me tembló el culo de las ganas. Le hice señas con el dedo: “ven”. Pensé que ya lo tenía en mi cama, con esa verga que apenas adivinaba y que me prometía noches enteras de leche y sumisión.
Pero no, cabrón. Sacó el celular, empezó a hablar con alguien… y de la nada apareció su novia. Se le colgó del cuello como si fuera un trofeo y se fueron juntos, dejándome con la mano en la entrepierna de la imaginación y el coño mojado como un pinche río.
Me quedé con las ganas, pero sabía que esto apenas empezaba.
Seguí en lo mío, moviendo el culo como si me estuvieran pagando por cada sentadilla. Me agachaba más de lo necesario, dejaba que mis piernas brillaran con el sol de la mañana y que mis tetas casi se me salieran de la blusa. Y claro, un grupito de jóvenes se me quedó viendo como si nunca hubieran visto una hembra de verdad. Me encantó sentir cómo se les secaba la boca y se les endurecía la verga debajo del pantalón.
Uno de ellos, el más hambriento, se acercó todo nervioso a ofrecerme ayuda. Se llamaba Ángel, pero de ángel no tenía nada. Lo vi tragar saliva mientras sus ojos se iban directo a mis tetas y luego bajaban hasta mi culo. Le sonreí con veneno y, estratégicamente, le dije que me ayudara con una caja. En la tapa decía bien clarito: “TANGAS”.
Lo dejé subir primero, porque sabía que la curiosidad iba a poder más que su puta madre. Y efectivamente: cuando llegué al departamento, ya había abierto la caja y tenía una de mis tangas en la cara, oliéndola como si fuera su droga favorita. Sus ojos estaban en blanco, respirando hondo, como si quisiera meterse mi olor entero por la nariz.
Me acerqué lento, mordiéndome el labio, sintiendo cómo se me pegaba la falda a las nalgas porque ya estaba empapada.
— ¿Te gusta? —le pregunté con la voz más ronca que pude, rozando su oreja con mis labios.
Me dijo que sí con la cabeza, con los ojos en blanco, la tanga todavía pegada a su nariz. Parecía un perrito que había encontrado el hueso de su vida.
— Te la regalo —le susurré, dejando que mis tetas le rozaran el hombro por “accidente”.
Me pidió pasar al baño. Todo tembloroso, con la verga a punto de reventarle el cierre. Le indiqué dónde estaba y entró… pero dejó la puerta entreabierta.
Obviamente era una invitación. Una invitación que yo no iba a dejar pasar.
Así que entré sin hacer ruido, con la piel ardiendo, el coño goteando y las tetas casi afuera. Y ahí estaba él: con una mano jalándose la verga delicioso, con un ritmo que ya me hacía temblar solo de verlo, y con la otra mano llevándose mi tanga morada a la nariz, oliéndome como si yo fuera su droga favorita.
No dijo nada. Yo tampoco. Solo me arrodillé frente a él como la putita que soy, abrí la boca y se la ofrecí. Sin pensarlo dos veces, me agarró el cabello con la mano libre y me metió toda su verga hasta el fondo de mi garganta.
Se la mamé completa, sintiendo cómo se retorcía de placer. Me la metía una y otra vez, con un ritmo que yo disfrutaba porque gemía como verdadero macho. No necesitaba palabras, solo su verga desapareciendo en mi boca, su respiración cortada, sus dedos apretándome el pelo mientras yo lo chupaba como si mi vida dependiera de eso.
Exploró cada rincón de mi boca con la cabeza de su verga, haciéndome babear entera, los hilos de saliva cayendo por mi barbilla mientras yo gemía con la boca llena. Me empujaba la garganta una y otra vez, sin piedad, hasta que sentí que se tensó, que sus piernas temblaron y se vino como un toro.
Me llenó la boca con todo ese rico néctar que me mantiene joven y puta. Me lo tragué viéndolo a los ojos, lamiéndole la última gota como buena perra, limpiándole la cabeza con la lengua hasta que gimió porque ya no aguantaba más.
Tomó papel de baño, se secó la verga, y con toda la calma del mundo guardó mi tanga morada en la bolsa del pantalón. Me miró con una sonrisa traviesa, me dio una cachetada leve en la mejilla y me soltó con la voz ronca y segura:
— Gracias, putita —dijo, mientras yo sentía cómo me ardía la mejilla y me mojaba aún más.
Y se fue. Así nomás, como si nada.
Me quedé en el piso del baño con las rodillas rosadas, la boca llena de su sabor, la mejilla ardiendo y una sonrisa de oreja a oreja. Me levanté, me acomodé la falda y me asomé a la ventana justo a tiempo para verlo salir del edificio.
Ahí estaban sus amigos, esperándolo en la esquina. Se acercaron como perritos hambrientos, rodeándolo, queriendo saberlo todo. Yo no escuchaba lo que decían, pero los vi reír con esa risa sucia de machos que acaban de escuchar algo jugoso.
Y entonces, Ángel metió la mano al bolsillo… y sacó mi tanga morada.
La levantó en el aire como si fuera un trofeo de guerra, y los otros dos se le echaron encima al instante. Los vi quitarse la tanga de las manos, oliéndola como desesperados, cerrando los ojos, respirando hondo como si quisieran meterse mi olor hasta los huevos. Se la peleaban como perros con un hueso, empujándose, riéndose, mientras Ángel se quedaba viendo hacia mi ventana con una sonrisa de orgullo.
Si supieran, pensé, mordiéndome el labio mientras sentía cómo se me escurría el deseo entre los muslos.
Si supieran que aquí arriba tengo una para cada uno.
Una sonrisa maldita se me dibujó en la cara mientras me apartaba de la ventana, dejándolos con las ganas, con mi olor en las narices y la verga dura sin saber que yo ya estaba planeando cómo iba a hacer que cada uno de ellos probara mi boca antes de que termine la semana.
Porque esto apenas empieza, putitos. Y yo tengo tangas de sobra… y una garganta que se las va a acabar todas.