Capítulo 2

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La mañana en Tlatelolco no comenzó con el sol, sino con el sonido metálico de la tubería vieja quejándose en las entrañas del edificio Chihuahua. Frida se despertó antes de que sonara la alarma, con esa sensación de opresión en el pecho que suele aparecer cuando el silencio es demasiado largo. Se levantó y, por inercia, se puso frente al espejo. La luz grisácea del amanecer no era amable con sus facciones. Se examinó los poros, la línea de su mandíbula, y volvió a sentir esa náusea familiar de no reconocerse en lo que el mundo consideraba «femenino».

En la cocina, su madre servía café en tazas desportilladas. —Ya te vas, mija. No sé para qué te matas tanto en ese gimnasio si ni siquiera te vemos el provecho —dijo la mujer, sin levantar la vista del periódico. —Es mi trabajo, amá. No es solo «hacer ejercicio» —contestó Frida, sintiendo cómo el léxico familiar, directo y sin filtros, la hería más que cualquier insulto en la calle. —Pues búscate un trabajo de verdad, o ya de perdis un hombre que te saque de aquí. Ya tienes 26, se te va a pasar el tren y con ese genio…

Frida no respondió. No tenía palabras para explicarle a su madre que su cuerpo era lo único que podía controlar en un mundo donde su cara le había fallado. Salió del departamento casi huyendo. El trayecto al gimnasio fue un desfile de inseguridades. En el Metro, sentía que todos miraban su nariz, su frente ancha. Se puso la capucha de la sudadera a pesar del calor que empezaba a subir. Al llegar al gym, la rutina la absorbió, pero el incidente llegó a mediodía.

Un grupo de tipos jóvenes, de esos que heredaron el dinero de sus padres y solo iban a la Roma a «hacer presencia», estaban bromeando cerca del área de pesas. Frida se acercó para recoger unos discos. —Oye, «coach» —dijo uno de ellos, con una sonrisa burlona que no llegaba a los ojos—, ¿Tienes quien se coma todo eso o dime donde esta la fila para formarme? Sus amigos soltaron una carcajada. Frida se quedó helada, con un disco de diez kilos en la mano. El comentario era una flecha directa a su mayor miedo: que para el mundo, ella solo fuera un cuerpo, un objeto útil pero estéticamente defectuoso. —Respeta el área de trabajo —fue lo único que pudo articular, con la voz temblorosa. —No te enojes, si solo fue un chiste, quien te manda a estar tan nalgona. Fue un cumplido, necesitas un novio que te afloje rico —dijo otro tipo, y todos soltaron otra carcajada.

Frida se encerró en el baño de mujeres. Se sentó en la tapa del escusado y apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. No lloró; ella no lloraban por pendejos. Pero la grieta en su autoestima se ensanchó. Se sintió ridícula con su ropa ajustada, sintió que su cuerpo era una mentira que no podía tapar la fealdad que sentía en su alma. En ese momento, la imagen de Ricardo, con su trato respetuoso y su mirada que parecía buscar algo más que su físico, se sintió como una balsa en un naufragio.

Mientras tanto, en la periferia, el aire era más denso y el polvo se pegaba a la garganta. Daniela no había dormido más de cuatro horas. Su madre había tenido una crisis de asma a las tres de la mañana y tuvieron que usar el último soplido del inhalador que les quedaba.

—Dani, no tenemos para el tanque de gas —le dijo su hermano menor, un niño de diez años que ya tenía la mirada cansada de un adulto—. La vecina dice que si no le pagamos lo de la semana pasada, ya no nos va a prestar la manguera.

Daniela sintió que el mundo se le venía encima. Su sueldo de cajera era un chiste frente a las necesidades de una casa que se caía a pedazos. Se puso sus botas de plataforma, se delineó los ojos con una mano temblorosa y se puso la chamarra de peluche azul para ocultar su delgadez. En el trayecto al trabajo, el transporte público fue un infierno. Un hombre se pegó demasiado a ella en la combi, aprovechando el amontonamiento. Daniela le clavó el codo en las costillas con una fuerza salvaje. —¡Quítate, puerco! —le gritó, con el lenguaje golpeado y defensivo del Edomex. El hombre la insultó, llamándola «loca» y otros epítetos que Daniela ya no escuchaba. Estaba acostumbrada al asalto constante a su dignidad.

Llegó al supermercado de la Roma exhausta antes de empezar. El aire acondicionado del local, que antes le parecía un alivio, ahora se sentía frío y artificial. Sus compañeras de caja hablaban de sus novios, de lo que harían el fin de semana. Daniela se mantenía al margen, contando los minutos para que terminara el turno.

Al mediodía, el gerente, un tipo con el ego inflado y el aliento a café rancio, la llamó a la parte de atrás. —Daniela, te faltaron cincuenta pesos en el corte de ayer. Es la segunda vez en el mes. —Jefe, le juro que conté bien. A lo mejor alguien… —No me vengas con cuentos. O los pones de tu bolsa hoy mismo, o te levanto un acta. Y ya sabes que con tres te vas a la calle sin un peso.

Daniela salió de la oficina con ganas de gritar. Cincuenta pesos eran su transporte de dos días. Eran dos pasajes de regreso al cerro. Se sintió desesperada, atrapada en una estructura que no le permitía avanzar, donde su belleza solo servía para que los clientes la acosaran y su esfuerzo no valía nada ante un error de centavos.

Se puso de nuevo en la caja. El movimiento era incesante. Escaneaba productos de lujo: quesos importados, vinos, cortes de carne que ella nunca probaría. La rabia le quemaba el estómago. «Nadie se va a hacer cargo de ti, Daniela», se repetía a sí misma como un mantra amargo.

Entonces, vio la fila. No estaba Ricardo. Y extrañamente, esa ausencia la hizo sentir más sola. Odiaba que él fuera feo, odiaba que fuera un «inge» pretencioso, pero al menos él no la había tratado como un pedazo de carne ni como una máquina defectuosa. En su mundo de oscuridad gótica y necesidades reales, la amabilidad calculada de Ricardo empezaba a parecerse, muy de lejos, a una salida de emergencia.

El turno terminó y Daniela salió al aire contaminado de la ciudad. Tenía que caminar diez cuadras para ahorrar un pasaje. Sus pies, dentro de las botas, eran un grito de dolor. En ese momento, un Mazda gris pasó a su lado, perdiéndose en el tráfico. No sabía si era él, pero por un segundo, deseó que se detuviera.

Tlatelolco: La grieta en el espejo

Para Frida, la semana se convirtió en un calvario de miradas que sentía como cuchillos. En el gimnasio, el aire acondicionado seguía fallando, creando un ambiente sofocante que exacerbaba su irritabilidad. Su jefa, una mujer que solo veía números, la llamó la atención frente a otros instructores por «no sonreír lo suficiente» a los clientes.

—Frida, tienes el cuerpo, pero te falta la actitud. Pareces un guardia de seguridad del Reclusorio —le soltó la mujer, una rubia de salón que nunca había levantado una pesa.

Frida sintió el nudo en la garganta. El lenguaje de la Roma, ese que usa la «amabilidad» para humillar, la dejó sin palabras. Esa tarde, decidió quedarse más tiempo para entrenar sola, buscando en el dolor muscular un alivio a su ansiedad. Cuando terminó, se vio en el espejo de los vestidores, completamente sola. Se quitó la blusa y se observó. Odiaba la fuerza de su mandíbula, odiaba que su nariz se viera más grande con el esfuerzo. Se sintió como un monstruo de gimnasio, una aberración que nadie querría besar de verdad.

En ese momento, escuchó un golpe suave en la puerta abierta del área común. Era Ricardo. Ya no se veía tan descuidado; había perdido un par de kilos y su ropa deportiva era de una marca técnica que gritaba estatus silencioso.

—Frida, perdón… no sabía que seguías aquí —dijo Ricardo, bajando la mirada con una falsa modestia perfectamente ensayada—. Solo venía por mi maleta, me quedé leyendo un rato en el área de descanso.

Frida se cubrió rápidamente con la toalla, sintiendo un calor violento en las mejillas. —Ya cerramos, Ricardo. Deberías haberte ido hace diez minutos.

—Lo siento —él se acercó un poco, lo suficiente para que ella notara su perfume, pero no tanto como para asustarla—. Es que me clavé con un capítulo sobre la caída de Tenochtitlán. A veces olvido que el mundo sigue girando. Por cierto… —se detuvo y la miró a los ojos, con una seriedad que la desarmó—, escuché lo que te dijo la gerente hoy. Es una idiota. No entiende que la disciplina que tú tienes es algo que ella no podría comprar ni con todo el dinero de sus clientes. No dejes que alguien que no sabe construir nada destruya lo que tú has hecho con tanto esfuerzo.

Ricardo no esperó respuesta. Dio media vuelta y salió. Frida se quedó ahí, apretando la toalla contra su pecho. Nadie, absolutamente nadie, le había hablado con esa mezcla de respeto y comprensión intelectual. Ricardo acababa de darle el único cumplido que realmente le importaba: uno que validaba su esfuerzo, no solo su físico.

El Edomex: El hambre y la furia

Mientras tanto, Daniela vivía su propio infierno. El gerente del supermercado le había descontado los cincuenta pesos de su sueldo de la semana, y para colmo, su hermano menor necesitaba unos libros para la escuela que ella no podía pagar. El viernes por la noche, al salir del turno, se encontró con que no tenía saldo en su tarjeta de transporte. Tuvo que pedirle prestado a una compañera que la miró con lástima, algo que Daniela odiaba más que el hambre.

Al llegar a Indios Verdes para tomar la combi hacia su cerro, comenzó a llover. Una lluvia de esas que inundan los paraderos y convierten la zona en un caos de lodo y gritos. Daniela estaba empapada, su maquillaje gótico corrido como lágrimas de tinta china. Se sentía miserable. Un tipo borracho empezó a decirle obscenidades desde un puesto de tacos. Ella apretó los dientes, sintiendo que en cualquier momento iba a estallar y le iba a romper una botella en la cabeza, aunque eso significara terminar en el Ministerio Público.

De pronto, un coche gris se detuvo frente al paradero, desafiando el tráfico. El vidrio del copiloto bajó. Era el Mazda de Ricardo.

—¿Daniela? —preguntó él, con un tono de sorpresa fingida. Él había estado esperándola en una calle lateral durante cuarenta minutos, cronometrando su salida—. Te vas a enfermar, está cayendo el cielo.

Daniela lo miró con desconfianza, con los ojos entrecerrados por la lluvia. Su instinto de supervivencia le gritaba que no se subiera a coches de extraños, pero el frío le calaba los huesos y la desesperación era más fuerte que el miedo.

—Voy para el norte, paso cerca de tu zona —mintió Ricardo con voz tranquila—. Súbete, no te voy a cobrar el pasaje.

Daniela dudó. Miró la fila interminable para la combi y luego el interior seco y cálido del Mazda. Se subió, dejando una estela de humedad en el asiento de tela.

—Gracias —dijo ella, con su léxico seco, a la defensiva—. Pero no vivo «cerca». Vivo hasta arriba del cerro.

—No importa. Tengo tiempo y tengo gasolina —respondió Ricardo, arrancando con suavidad. Puso un disco de música clásica a volumen bajo, algo que contrastaba brutalmente con el reguetón que aturdía los paraderos—. Me imagino que el turno hoy estuvo pesado. Vi que el gerente andaba de un humor de perros.

Daniela soltó un suspiro largo, el primer suspiro de alivio en días. El calor de la calefacción empezó a adormecer su rabia. —Es un imbécil —soltó ella—. Me quitó dinero que no tengo por un error que ni fue mío. Esta ciudad es una mierda, ingeniero.

—Lo es —coincidió Ricardo, mirándola de reojo. Notó cómo sus manos pequeñas temblaban ligeramente—. Por eso hay que crear nuestros propios refugios. Libros, música… o simplemente saber a quién arrimarse cuando llueve.

Ricardo no intentó tocarla. No le hizo ninguna pregunta incómoda. Se limitó a conducir, dejándola que se secara y que disfrutara del lujo del silencio y la seguridad. Por dentro, él sonreía. El «feo» ya no le parecía tan feo a Daniela ahora que era el único que le ofrecía un resguardo del monstruo de asfalto.

El Mazda gris avanzaba por la Vía Morelos, dejando atrás las luces neón de las gasolineras para internarse en las venas abiertas del municipio. El paisaje cambió drásticamente: de las calles arboladas y los edificios porfirianos de la Roma, pasaron a un horizonte de espectaculares oxidados, cables de alta tensión que zumbaban con la humedad de la lluvia y un mar de techos de lámina. Ricardo conducía con una calma que a Daniela le resultaba inquietante. Ella estaba pegada a la puerta del copiloto, sintiendo el roce de su propia ropa húmeda contra la piel, mientras el calor de la calefacción creaba una burbuja de irrealidad.

—¿Es por aquí? —preguntó Ricardo, girando el volante para subir por una pendiente empinada donde el pavimento se rendía ante la tierra y la piedra suelta.

—Dos cuadras más, donde está el depósito de fierro viejo —respondió Daniela. Su voz sonaba pequeña, despojada de la agresividad que usaba en el supermercado. Estaba en su territorio, pero se sentía expuesta. Le avergonzaba que el «ingeniero» viera las fachadas sin aplanar y la falta de alumbrado público.

Ricardo detuvo el auto frente a una casa de dos pisos a medio construir. El lodo chapoteaba contra las llantas del Mazda. Afuera, un grupo de jóvenes con sudaderas holgadas vigilaba desde una esquina; miraron el coche con curiosidad depredadora, pero se mantuvieron a distancia al ver la placa de la ciudad y el porte del vehículo.

Daniela se desabrochó el cinturón, impaciente por escapar de la intensidad del silencio. —Gracias, de veras. No tenía cómo llegar con esta lluvia.

Ricardo apagó el motor. El silencio que siguió fue denso, roto solo por el golpeteo del agua en el techo de metal. Él giró el cuerpo sutilmente. En la penumbra del habitáculo, sus ojos recorrieron el perfil de Daniela. Se detuvo en la línea de su cuello, donde el choker negro resaltaba la palidez de su piel, y bajó hacia el escote de su uniforme, ahora algo traslúcido por la humedad. Ricardo sintió un latigazo de deseo, una mezcla de hambre sexual y superioridad. Para un hombre que siempre se había conformado con las sobras, tener a una mujer como Daniela —una belleza gótica, salvaje y prohibida— encerrada en su auto, era como tener un diamante que ella misma no sabía cuánto valía.

—Daniela, espera —dijo él, metiendo la mano en su saco. Sacó una cartera de piel fina y extrajo tres billetes de quinientos pesos.

Los ojos de Daniela se clavaron en los billetes. Eran tres rectángulos de color azul que representaban comida para una semana, el inhalador de su madre y los libros de su hermano. Sintió que el estómago se le revolvía de orgullo y necesidad.

—No, ingeniero. No me gusta que me den dinero —soltó ella, con la barbilla en alto, aunque sus manos temblaban sobre sus rodillas.

—No te lo estoy dando —replicó Ricardo, su voz era un terciopelo frío, profesional pero envolvente—. Míralo como un préstamo estructural. A veces, para que una obra no se caiga, necesitas un apuntalamiento temporal. Tómalo. Me lo pagas cuando puedas, sin intereses, sin prisas.

—No sé cuándo pueda devolvérselo… —susurró ella, la barrera de su orgullo empezando a ceder ante la imagen de su refrigerador vacío.

—Lo harás. Confío en tu palabra.

Él le tomó la mano. Fue un contacto breve, pero cargado. Depositó el dinero y cerró los dedos de ella sobre los billetes. Daniela sintió la piel de Ricardo, tibia y segura, y por un segundo, la idea de que él era «feo» se desdibujó ante la inmensa belleza de su solvencia.

—Gracias… —dijo ella, con la voz quebrada por la humillación de aceptar—. Se lo voy a pagar pronto, se lo juro.

—Lo sé. Ahora entra, antes de que te mojes más.

Daniela bajó del auto y corrió hacia la puerta de su casa sin mirar atrás. Ricardo se quedó ahí, con las manos en el volante, observando el movimiento de sus caderas bajo el pantalón entallado del uniforme mientras ella esquivaba los charcos. Se la «comió» con la mirada, recorriendo cada curva de su cuerpo con una intensidad oscura, casi violenta. En su mente, ya no era el ingeniero introvertido; era el dueño de la situación. Sabía que al aceptar ese dinero, Daniela le había entregado una parte de su libertad. La deuda era el primer eslabón de la cadena.

Mientras tanto, en la Unidad Habitacional Tlatelolco, Frida estaba viviendo su propia noche de insomnio. Después del encuentro con Ricardo en el gimnasio, la soledad de su habitación se sentía más pesada. Se había puesto un conjunto de lencería de encaje negro que nunca se atrevía a usar, solo para verse al espejo bajo la luz amarillenta de su lámpara.

—¿Qué vio él en mí? —se preguntó, tocando sus piernas marcadas y observando sus duros pezones adornando unos pequeños pero bien formados senos —. ¿Por qué me trata así?

Frida se sentía una impostora. A pesar de su físico, el hecho de que un hombre con el estatus y el rostro de Ricardo la hubiera validado intelectualmente la tenía obsesionada. Empezó a buscar en internet los temas de los que él hablaba: arquitectura, historia, incluso buscó libros de Asimov. Quería estar a su altura, quería que cuando él volviera a hablarle, ella no fuera solo la «instructora de cuerpo fit», sino alguien que pudiera sostenerle la mirada y la conversación.

Su libido, dormido durante años por el desprecio de los hombres que solo buscaban sexo rápido, empezaba a despertar con una intensidad que la asustaba. Imaginaba las manos de Ricardo —esas manos de oficina, cuidadas— recorriendo su cuerpo, sus nalgas y sus senos no con la rudeza de los tipos del gym, sino con la precisión de quien lee un libro. ¿y su pene, como sera?¿grande? ella no habia visto muchos en su vida pero la idea de imaginarse el pene de Ricardo provoco que se humedeciera casi de inmediato.

A la Mañana siguiente el eco metálico de las máquinas de gimnasio siempre le había servido a Frida como una barrera contra el mundo. Pero ese martes, el ruido le parecía insuficiente. Ricardo estaba ahí, a pocos metros, ejecutando una rutina de hombros con una torpeza que ella, en condiciones normales, habría corregido con un grito técnico. Sin embargo, su presencia la ponía nerviosa. Ya no era solo el «cliente»; era el hombre que le había dado una validez que ella no encontraba ni en su propio cuerpo.

Ricardo terminó su serie y se acercó a ella, limpiándose el cuello con una toalla blanca. Sus movimientos eran lentos, casi coreografiados por la seguridad que le otorgaba su plan.

—Frida —dijo él, con esa voz segura y pausada—. He estado pensando en lo que me dijiste sobre el control y la disciplina. Me recordó mucho a un pasaje de una novela que estoy leyendo, algo sobre cómo la belleza no es un accidente, sino una voluntad.

Frida sintió que se ponía roja. Intentó acomodarse el short de licra, que deujaba ver unas monumentales nalgas y unas bien trabajadas piernas sintiendo de repente que la prenda era demasiado corta y su culo muy grande que no le alcanzaba a cubrir . —Ah, sí… qué bueno que te sirviera —atinó a decir, evitando su mirada.

—Me preguntaba —continuó Ricardo, bajando un poco el tono, creando un círculo de intimidad entre el olor a caucho y sudor— si te gustaría ir a tomar algo este viernes. Hay una librería-café cerca de la Plaza de las Tres Culturas que tiene ediciones de historia increíbles. Me gustaría que me acompañaras.

El corazón de Frida dio un vuelco violento. En su mente, una alarma de pánico se encendió. ¿A salir? ¿Conmigo? ¿Un tipo como él, con esa cara, invitándome a mí? Los fantasmas de la preparatoria, de las risas a sus espaldas y de los «no» que recibió de chicos idénticos a Ricardo, se materializaron en un segundo. La inseguridad fue un golpe de calor que le nubló el juicio.

—No… no puedo. Es que… soy tu instructora, Ricardo. No sería profesional. El reglamento del gym y eso… —soltó ella de golpe, las palabras saliendo atropelladas, con ese tono defensivo y seco que usaba para protegerse.

Ricardo arqueó una ceja, manteniendo una expresión de decepción educada. Por dentro, su mente analítica registraba la reacción: Punto de quiebre localizado. Inseguridad extrema disfrazada de profesionalismo.

—Entiendo perfectamente, Frida. Tienes razón, no querría ponerte en un aprieto —respondió él con una sonrisa melancólica—. Perdona el atrevimiento.

Él se despidió con un ligero movimiento de cabeza y caminó hacia la salida. Frida se quedó parada junto a la prensa de piernas, sintiéndose como la mujer más estúpida. Quiso correr tras él, decirle que era broma, que sí quería ir, que le encantaban las librerías aunque no supiera nada de historia. Pero sus pies se quedaron clavados al piso.

Esa noche, el departamento en el edificio Chihuahua se sentía más pequeño que de costumbre. Frida estaba acostada en su cama, mirando las grietas del techo que parecían mapas de su propia frustración. El ruido del tráfico de la Avenida Central se filtraba por la ventana, un recordatorio de que la vida seguía allá afuera mientras ella se hundía en su miseria.

—¡Qué pendeja soy! ¡Qué pinche pendeja! —exclamó en un susurro, cubriéndose la cara con las manos.

Se sentía una idiota. Había esperado años a que alguien con un rostro así la mirara, y cuando finalmente sucedía, su propio miedo la había traicionado. Intentó racionalizarlo, mintiéndose a sí misma con la misma frialdad con la que su jefa la trataba. —Es mejor así —se dijo, girándose hacia la pared—. Es un cliente. Los clientes son problemas. Además, seguro solo quería burlarse o invitarme para que le diera consejos de dieta gratis. Sí, eso es.

Pero la mentira no duró ni cinco minutos. El deseo, una mezcla de hambre física y necesidad de afecto, empezó a subirle por las piernas. Se imaginó la cara de Ricardo. Ese rostro que le recordaba a los capitanes del equipo de futbol de su escuela, a los tipos que nunca le dieron la hora. Pero ahora, ese rostro estaba asociado a una voz suave que le hablaba de libros y no de repeticiones.

Su mano bajó, casi sin permiso, hacia el elástico de su pijama. Un pantalon holgado de lana que en su sexy cuerpo lucia ajustado Se tocó con una urgencia que le quemaba.con una furia que no conocia en ella. Cerró los ojos y visualizó a Ricardo. No pensaba en su abdomen descuidado ni en sus manos que aún no conocían el trabajo rudo; pensaba en sus labios moviéndose, invitándola a salir. Se imaginó que estaban en esa librería-café, que él le ponía una mano en la nuca y la besaba con la misma calma con la que hablaba.

Frida gimió, apretando los dientes para no despertar a sus padres en la habitación contigua. El orgasmo llegó rápido duro e intenso, amargo y solitario, dejándola con un vacío aún más grande en el pecho y sus pantis rosas totalmente empapadas. Se quedó mirando a la oscuridad, odiándose por haberlo rechazado y aterrada por la posibilidad de que él no volviera a insistir.

En su departamento de la Roma, Ricardo no estaba lamentándose. Estaba frente a su libreta, escribiendo con una pluma fuente que le había pertenecido a su padre. No pensaba como un ingeniero; pensaba como el autor de una tragedia.

«Frida ha mordido el anzuelo de la culpa», escribió. «Su rechazo no fue por falta de interés, sino por miedo. El miedo es el mejor pegamento para una relación de dependencia. Si la presiono ahora, se romperá. Necesito que ella sienta que perdió una oportunidad única. Necesito que el silencio la carcoma».

Decidió que faltaría al gimnasio los próximos tres días. Dejaría que Frida lo buscara con la mirada entre las máquinas y no lo encontrara. Dejaría que el vacío de su ausencia hablara por él. Mientras tanto, se enfocaría en Daniela. La cajera gótica ya tenía su dinero; ahora necesitaba su tiempo.

En esta ciudad de diez millones de personas, él estaba aprendiendo a mover a las piezas necesarias.

Daniela

El área metropolitana amaneció envuelta en una neblina gris que no era vapor de agua, sino el aliento tóxico de miles de fábricas y escapes de microbuses. Para Daniela, la mañana comenzó con el sabor amargo del café soluble y el alivio, casi culposo, de ver a su madre respirar mejor. Los mil quinientos pesos de Ricardo habían obrado el milagro: medicinas, gas y un kilo de carne real para sus hermanos. Pero el dinero pesaba en su bolsa como si estuviera hecho de plomo.

Esa tarde, Daniela caminaba hacia el paradero para iniciar su largo peregrinaje hacia la Roma. Vestía su uniforme de siempre, pero el pantalón negro, de una tela sintética que se ajustaba con una precisión cruel, delataba la herencia genética de su madre, unas nalgas enormes y bien formadas. Era un cuerpo que no correspondía a la dieta de sopas instantáneas del barrio; sus caderas eran anchas y su trasero, firme y prominente, se balanceaba con un ritmo natural que atraía miradas lascivas en cada esquina de la zona conurbada. Ella lo sabía. Sentía los ojos de los hombres como manos sucias recorriendo su ropa, y por eso siempre caminaba con los hombros encogidos y la mirada clavada en el suelo, tratando de invisibilizar su propia belleza.

Al llegar al supermercado, el turno fue un desierto de repetición. Bip. Bip. Bip. Cada vez que se agachaba para recoger una bolsa de basura o acomodar un producto en los estantes inferiores, sentía la tensión de la tela negra de su pantalón estirándose al límite sobre sus curvas. Sabía que los empacadores y los clientes se quedaban mudos a su paso, devorando con la vista ese atributo físico que ella consideraba una maldición en un mundo de depredadores.

Cerca de las siete de la noche, lo vio. Ricardo no entró por la puerta principal con la arrogancia de los clientes habituales. Apareció de la nada, caminando con una parsimonia que a Daniela le aceleró el pulso. No se sentía lista para verlo. La vergüenza de la noche de la lluvia y el peso de los billetes azules en su conciencia la hacían querer esconderse detrás de la caja registradora.

Ricardo esperó a que la fila se despejara. No llevaba productos. Se acercó a la caja con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, luciendo impecable, como alguien que jamás ha tenido que corretear una combi.

—Hola, Daniela —dijo él. Su voz era un bálsamo de calma en medio del pitido incesante de las otras cajas—. No vengo a comprar nada. Solo quería saber cómo sigue tu madre.

Daniela se quedó helada. La pregunta era tan humana, tan alejada del «cuánto te debo» o «dame una bolsa», que se quedó sin palabras por un segundo. —Está… está mejor, ingeniero. Gracias a usted. Ya pudo dormir bien anoche.

—Me alegra mucho —Ricardo le dedicó una sonrisa breve, pero cargada de una empatía que él había calculado milimétricamente—. No tienes que agradecerme nada. En esta ciudad a veces olvidamos que somos personas, no solo piezas de una máquina.

Daniela bajó la mirada, jugueteando con el borde del mostrador. —Sobre el dinero… ya estoy viendo cómo juntarlo. En la quincena le doy la mitad, se lo juro. No crea que soy de esas que se aprovechan…

Ricardo extendió una mano y rozó ligeramente los dedos de Daniela sobre el escáner. Fue un contacto eléctrico, breve, pero suficiente para que ella sintiera la diferencia entre la piel tosca de los hombres de su barrio y la suavidad de él. —Olvida el dinero por ahora, Daniela. No vine por eso. No me urge y no quiero que sea una carga para ti. Guárdalo para lo que necesites en casa. Si te lo presté fue porque confío en ti, no para tenerte estresada.

La generosidad de Ricardo golpeó el orgullo de Daniela, pero también desarmó su desconfianza. En su mundo, nadie daba nada gratis; todo tenía un precio, generalmente uno sucio. Pero Ricardo parecía diferente. Parecía… un caballero de esos que ya no existen, o al menos no en el Estado de México.

—Usted es muy bueno, de verdad —susurró ella, y por primera vez, no le pareció tan feo. Su rostro, aunque no era el de un modelo, proyectaba una seguridad y una protección que ella anhelaba profundamente.

Ricardo la observó mientras ella se daba la vuelta para atender a un cliente que acababa de llegar. Vio cómo el pantalón negro de Daniela se tensaba de forma espectacular mientras ella se estiraba para alcanzar un paquete de cigarros en el mostrador superior. El volumen de su cuerpo era imponente, una belleza de carne y deseo que Ricardo saboreó en silencio. Se imaginó esas curvas en cuatro sobre su cama en su departamento de la Roma, lejos del polvo y la miseria del cerro. Pero se contuvo. Sabía que la paciencia era su mejor aliada.

—Tengo que irme —dijo Ricardo cuando ella terminó con el cliente—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien. Si necesitas algo, lo que sea, no dudes en decirme.

—Gracias, ingeniero. De verdad —respondió ella, y esta vez hubo un brillo de agradecimiento real en sus ojos góticos.

Ricardo salió del supermercado con paso firme. No buscó aprovecharse de la deuda, no pidió un favor sexual, no presionó. Estaba instalando los cimientos de una gratitud que, con el tiempo, se convertiría en sumisión voluntaria. Sabía que Daniela ahora lo vería no como un extraño, sino como su salvador.

Mientras caminaba hacia su Mazda, Ricardo pensó en Frida. Sabía que ella estaría sufriendo por su ausencia en el gimnasio, devorada por la culpa de haberlo rechazado. Tenía a dos mujeres hermosas en dos extremos de la ciudad, ambas pensando en él, ambas necesitándolo de formas distintas.

Frida

La vida en Tlatelolco no daba tregua. La mañana del cuarto día, Frida despertó con el sonido de una discusión en el departamento de junto; gritos de una pareja que se despedazaba por celos. En su propia cocina, la atmósfera no era mejor. Su padre, un hombre que había trabajado treinta años en la burocracia y que ahora solo parecía esperar el final frente al televisor, la miró con desdén mientras ella se preparaba un batido de proteínas.

—Otra vez con tus polvos, Frida. Deberías aprender a cocinar algo de verdad, a ver si así un hombre serio te voltea a ver —soltó el viejo, sin despegar los ojos de las noticias—. En mis tiempos, las mujeres no se cuidaban tanto.

—Ya, papá. Es mi trabajo —respondió ella, tragándose la bilis.

—Trabajo de exhibicionista —remató su madre desde el fregadero—. Ayer te vi llegar y ese pantalón que usas no deja nada a la imaginación. Pareces una cualquiera de esas que anda buscando que le falten al respeto. No sé qué ejemplo le estás dando a la familia.

Frida no terminó el batido. Salió del departamento con el pecho apretado. Caminó por los senderos de la Unidad Habitacional, sintiéndose una extraña en su propio hogar. Al llegar al gimnasio, se puso a trabajar de forma mecánica. Ese día llevaba unos leggings negros de talle alto que, a pesar de su intención de pasar desapercibida, acentuaban de forma brutal su anatomía. Su trasero, producto de años de sentadillas y desplantes pesados, era una obra de ingeniería biológica: firme, redondo y con una proyección que desafiaba la gravedad, las pantis que usaba con la intención de que le cubrieran todo y no se le marcaran apenas y le cubrian la mitad de ese tremendo culo, haciendo que pareciera que llevaba una tanga puesta.

Casi al final de su turno, lo vio. Ricardo entró con una calma exasperante. No buscó su mirada. Se fue directo a la zona de cardio, se puso los audífonos y empezó a caminar en la cinta como si ella no existiera.

Frida sintió una punzada de pánico. ¿Ya lo perdí? ¿Se enojó tanto que ya ni me va a hablar? La idea de que ese hombre con rostro de príncipe y palabras de poeta se hubiera olvidado de ella era insoportable. Aguantó veinte minutos, fingiendo que ordenaba unas mancuernas cerca de él. Finalmente, el hambre de validación pudo más que su orgullo.

Se acercó a la caminadora. Ricardo ni siquiera volteó. Ella tuvo que tocarle el hombro. Él se quitó un audífono con una lentitud calculada.

—Ah, hola Frida. ¿Cómo estás? —dijo él. Su voz era educada, pero glacial. No había rastro de la calidez de la semana pasada.

—Bien, Ricardo… Te extrañamos por acá. Pensé que te habías lastimado o algo —mentira. Sabía perfectamente que no estaba lastimado.

—No, para nada. He estado muy ocupado. El tiempo se me va volando —respondió él, volviendo la vista al monitor de la máquina.

Frida sintió que se desmoronaba. La frialdad de Ricardo era un muro que ella no sabía cómo saltar. Desesperada, soltó la excusa que había ensayado en su cabeza todo el día.

—Oye, Ricardo… La dueña del gym me pidió que actualizáramos la base de datos de los clientes para mandarles unas rutinas personalizadas por WhatsApp. Es que… no tengo tu contacto aquí a la mano. ¿Me lo podrías dar?

Ricardo la miró fijamente. Sus ojos, esos que tanto le gustaban a Frida, la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en la curva que dibujaban sus nalgas, antes de volver a su rostro. Él detectó la mentira de inmediato; sabía que la dueño no pedía esas cosas, pero disfrutó verla humillarse por un pretexto tan pobre.

—Claro, no hay problema —dijo él. Sacó su teléfono y le dictó el número mientras ella lo anotaba con manos temblorosas—. Pero no me digas ingeniero cuando me escribas, por favor. Detesto esa etiqueta. Dime Ricardo.

—Sí… Ricardo. Perdón. Te mando la información luego —respondió ella, sintiéndose como una niña regañada.

—Cuando quieras, Frida. Aunque si es por lo de la invitación de la otra vez, no te preocupes, ya me quedó claro que prefieres mantenerlo profesional. Nos vemos.

Él se puso el audífono y volvió a su marcha. Frida se retiró hacia los vestidores, con el teléfono apretado contra el pecho como si fuera un tesoro. Había logrado el número, pero el precio había sido su dignidad. Ricardo, desde la caminadora, la observaba a través del reflejo de los espejos. Vio el movimiento poderoso de sus nalgas al caminar, esa firmeza que lo volvía loco y que contrastaba tanto con la fragilidad emocional de la mujer.

«Ya es mía», pensó Ricardo. «Solo falta que ella crea que fue su idea atraparme».

Esa noche, Frida no pudo dejar de mirar el chat vacío. Escribió diez mensajes y los borró todos. Mientras tanto, en la Roma, Ricardo cenaba un corte de carne y una copa de vino, esperando con la paciencia de un cazador a que el teléfono vibrara. Sabía que Frida no aguantaría mucho tiempo sin mandarle ese primer mensaje.

En la Ciudad de México, el hambre no solo es de comida; es de ser visto, de ser deseado por quien uno cree superior. Y Ricardo se había convertido en el sol alrededor del cual Frida empezaba a orbitar sin remedio.

La chica del gym y la cajera

La chica del gym y la cajera I