Cruzar la pantalla
El descubrimiento no fue heroico ni planeado. Llegó como llegan casi todas las cosas decisivas: una noche cualquiera, con curiosidad y tiempo. De tiempo atrás la inquietud de travestirme había llegado, era consciente de que mis atributos físicos, mi piel blanca y piernas gruesas eran un punto a mi favor, pero nadie sabía de mis atributos. Un día di con un sitio de chateo travesti donde la gente no pedía explicaciones inmediatas, donde bastaba elegir un nombre y una imagen para existir de otra forma.
Me registré como chica travesti, subí una foto de perfil donde salía con mi única peluca, y un vestido corto entallado de tirantes color verde menta siempre cuidando que fuera discreta y que nadie por accidente pudiera sospechar en lo más mínimo que era yo, un chico de 18 años de preparatoria viviendo solo en casa de sus abuelos.
La foto fue discreta, pensada para no delatar demasiado y, al mismo tiempo, no mentir. Un encuadre cuidadoso, luz suave, provocativo, buscaba exhibirme pero sin riesgo; buscaba probar si ese reflejo podía sostenerse fuera del espejo.
Las primeras conversaciones me sacudieron.
No por lo que decían, sino por cómo lo decían. Había interés, atención, palabras dirigidas a esa versión suya con una naturalidad que no conocía. No todo era agradable ni correcto, pero incluso en lo torpe había una validación inesperada: alguien me veía así, y no se rompía el mundo.
Eso despertó algo que había estado en pausa. Volvió el impulso de vestirme, de prepararme, de cuidar detalles. Ya no solo para mí, sino para una mirada externa. La ropa dejó de ser un gesto íntimo y volvió a ser un lenguaje. La peluca, el maquillaje, la elección del conjunto: todo recuperó sentido.
Con el tiempo, aparecieron algunos admiradores. Conversaciones largas, risas digitales, silencios compartidos. Y también la idea —primero impensable, luego insistente— de salir. No como Daniel. No como ensayo. Como chica. Entre los admiradores conocí a Francisco, un ingeniero de 46 años originario de otro estado, hombre casado que vino por trabajo dejando a su familia lejos. Conversamos casi 6 meses, él insistía en conocernos en persona.
La posibilidad daba miedo. Y, al mismo tiempo, calma. No era una huida ni un desafío; era una continuación. Entendí que no se trataba de engañar a nadie, sino de permitirse existir en público de una manera que hasta entonces solo había sido privada.
No salí de inmediato. Pensé mucho, medí todo, dudé. Pero la decisión ya estaba tomada por dentro, acepté conocer a Francisco en persona.
La pantalla había dejado de ser un límite.
Era una puerta.
La propuesta de Francisco: vernos primero como chicos. Sin personajes, sin peluca, sin vestidos. Solo conversar. Me pidió que llevara en una mochila mis cosas de chica, por si después —si ambos lo sentíamos— decidíamos dar el siguiente paso.
Acepté.
Acordamos un punto donde él pasaría por mí. Eran la una de la tarde cuando la camioneta blanca se detuvo frente a la banqueta. Yo tenía 19 años y los nervios a flor de piel; él, cuarenta y seis, ingeniero, casado, con una vida paralela que parecía existir en los márgenes. Se presentó con naturalidad, como si nos conociéramos de antes.
Subí.
Al principio hablamos de cosas neutras: el tráfico, la universidad, su trabajo. Me dijo que le acompañaría a su oficina, pero en el trayecto cambió de idea. Con una calma extraña, comentó que conocía un lugar donde podríamos estar más tranquilos. Yo no sabía a qué se refería.
El sitio parecía un cibercafé cualquiera. Nada delataba lo que ocurría adentro. Solo al cruzar la puerta entendí: cabinas privadas, pasillos oscuros, un acuerdo tácito entre quienes entraban. Era, en realidad, un lugar de citas para encuentros casuales. Sentí el pulso en los oídos. Dudé. Pensé en la mochila. Pensé en la puerta.
Entramos.
En la penumbra, tomé la decisión. Me cambié. No hubo ceremonia ni prisa. Solo ese momento en que la ropa correcta ocupa su lugar y el miedo se vuelve silencio. Por fortuna, había llevado un condón. No porque supiera exactamente qué iba a pasar, sino porque algo en mí había aprendido a cuidarse incluso en el temblor, recuerdo bien todo, aquella primera indicación:
-Pon tu mochila en el suelo.
-Ok, respondí lleno de nervios mientras veía como él se quitaba el pantalón.
-Si gustas vestirte puedes ir al baño o vestirte aquí, como prefieras, me dijo.
-Ok, volví a responder únicamente mientras sacaba mis cosas de chica y las ponía a lado de una computadora.
Comencé a quitarme la ropa y ponerme mi vestimenta de chica, él sólo me observaba mientras buscaba algo en internet ya sin pantalones puestos. Puso música en las bocinas al tiempo que se paraba detrás de mi para susurrarme que me recargara sobre la mesa de la computadora.
-Toma, póntelo; le dije mientras le daba el preservativo.
-Se ve que tienes ganas de que te de la cogida de tu vida, me respondió mientras se ponía el preservativo.
Al inclinarme sentí sus brazos rodear mi cintura y de pronto un rayo me partió en dos, sin lubricarme, sin nada previo sólo sentí como metió su verga con mucha fuerza en mi culito virgen, incluso escuché como si se me rompiera el trasero por lo brusco de esa primera penetración, me dolió muchísimo, era algo insoportable, quise sacarme su pene pero no me dejó, tenía mucha fuerza y me tenía sometido.
-Tranquila putita, te vas a acostumbrar; me dijo sin mover nada en lo absoluto.
-Me duele mucho, le respondí, mientras apretaba los dientes del dolor de tener algo ensartado en mi ano.
De pronto, después de estar casi un minuto sin movernos, él estando dentro de mi, saca por un segundo su pene y me penetra con mucha fuerza nuevamente, volviéndola a sacar y a repetir todo como un taladro desenfrenado.
-¡Para, para, para, para, para, para, ahhhhhhh!, grité.
-Por favor, detente, detente, para, no lo soporto – volví a suplicar
Nada le importó mi dolor, no paró, sólo pude cerrar los ojos y esperar a que él decidiera cuando parar. Así pasaron 30 minutos sin parar, sin palabra alguna de él, yo ya no sentía dolor alguno, aquello era casi hipnótico.
-CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP –
La forma de entrar y salir ya no encontraba resistencia de mi cuerpo, algo había lubricado aquella fricción, solo sentía una barra que hervía dentro de mi, pero mi cuerpo estaba ya adormecido, de pronto sentí como su miembro comenzó a calentarse más y a engrosarse más y más, la velocidad de las penetraciones se incrementó
-CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP… … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP … CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP. CLAP –
Hasta que llegó una explosión de placer para Francisco,
-Hah… hah… – exclamó.
Se vino. Lo supe porque el preservativo se expandió lleno de aquella eyaculación abundante, apenas sentí eso e inmediatamente sacó su miembro de mi, sentí un dolor profundo pero luego un gran alivio. No sabía ya que hacer, quería solo salir de ahí.
-Mira – Me susurró Francisco sosteniendo el preservativo lleno de su semen.
-Eso es mucho – Cansada y confundida respondí, me sentía fuera de mi.
-Aún tengo más leche por si quieres – me dijo.
-Ya tengo que irme porque quedé de ver a mis papás pronto – con más ganas de salir corriendo le respondí mintiendo que vería a mis padres.
– Ok, no te preocupes, vamos – respondió alistándose.
Abri la puerta de aquella cabina para entrar al baño de aquel cibercafé, el pasillo estaba vació, caminé 10 metros descalza con mi mochila en la mano, el vestido desacomodado, la peluca desalineada, mis piernas temblorosas y el culo abierto, una cabina, la más cercana al baño tenia la puerta abierta,
-Uy, ven mamacita rica, enciérrate conmigo – me dijo un señor masturbándose dentro de esa cabina.
No respondí, sólo quería irme ya a mi casa, entré al baño, apenas logré lavarme con poco de jabón, me vestí rápidamente, en uno de los baños un chico se sostenía de una puerta ligeramente abierta y por detrás un señor maduro lo traspasaba, Francisco me esperaba ya en la puerta para bajar las escaleras juntos y salir del ciber, apenas salimos de aquel sitio de placeres prohibidos despidiéndonos rápidamente.
Basta decir que, en esa oscuridad, vestida como había elegido estar, fue mi primera vez como mujer. No fue perfecta ni simple. Fue real. Y dejó una marca que no dolía.
Cuando salimos, la tarde seguía igual. La ciudad no se había enterado de nada. Pero yo sí. Había cruzado una línea que ya no podía borrarse con palabras ni con silencio.
No volví siendo el mismo que subió a esa camioneta blanca a la una de la tarde.
Volví sabiendo que lo que había empezado en el espejo, ahora tenía peso en el mundo.
El camino de vuelta fue silencioso.
La ciudad seguía en movimiento, ajena, indiferente. Yo regresé solo, con la mochila más ligera y el cuerpo extrañamente pesado. Cada paso era una confirmación: algo había ocurrido y ya no podía deshacerse.
Al llegar a casa, cerré la puerta con cuidado, como si el mundo pudiera oírme respirar. Me quité la ropa despacio, me bañé. El cuerpo dolía. Mi ano seguía abierto, lubricado. Había un dolor, no un dolor agudo, sino profundo, persistente, como si algo hubiera sido forzado más allá de su límite. Me senté. Me recosté. Me levanté otra vez. No encontraba postura.
Entonces llegó el miedo.
Pensé en enfermedades, en errores irreversibles, en no haber sabido protegerme lo suficiente. La cabeza iba más rápido que el cuerpo. El temor se mezclaba con una sensación incómoda de satisfacción, y esa mezcla me avergonzaba. No sabía cómo sostener ambas cosas sin romperme.
Me sentía frágil. Vulnerable. Extrañamente femenina, confundido. Pensaba en las dos personas del baño, en el señor que se masturbaba, en Francisco, imaginaba que me veía como aquel chico en el baño, imaginaba haber entrado en esa otra cabina para que se rompiera más mi culo, mi mente estaba revuelta, tenía sensaciones nuevas, necesidades de expresión, no solo en la ropa que ya no llevaba puesta, sino en la manera de moverme, de pensar, de sentir el mundo. Quería hablar distinto, caminar distinto, existir distinto. Había una urgencia casi dolorosa por nombrarme, por decirle a alguien —a cualquiera— que yo había sido estrenada como mujer antes de perder mi virginidad de hombre, que me había entregado a un hombre que no cuidó mis límites, que no escuchó mi cuerpo.
No era orgullo. Tampoco solo culpa.
Era conciencia y placer.
En el silencio de ese cuarto entendí algo difícil: no toda entrega es reconocida, y no todo deseo es tratado con cuidado. Lo que había pasado no era una fantasía cumplida, sino una experiencia que me dejaba abierta, expuesta, obligada a mirarme sin adornos.
Lloré sin ruido. No por arrepentimiento total, sino por la dureza del aprendizaje. Por haber cruzado una puerta sin saber qué tan brusco podía ser el otro lado.
Esa noche no dormí bien. Pero tampoco quise borrar nada.
Porque, aunque dolía, sabía que no estaba inventando quién era.
Estaba pagando el precio de descubrirlo en un mundo que no siempre es suave con quienes se atreven a mostrarse.
Los días siguientes estuve pegado al chat.
-Hola, ocupado?; le escribí en el chat al verlo online.
-Hola tú, qué milagro me escribes?!, cuándo dejas darte otra buena cogida?, respondió Francisco.
-Travieso!, contesté, tratando de que fuera una charla en confianza, pues me mataba la duda de saber si él se cuidaba.
-A poco no?, la neta no te creo que haya sido tu primera vez, no vi que te doliera tanto, para mí que mi verga no te hizo nada o ya te habían dejado el culo bien abierto porque te metí todita mi verga y no me costó nada; escribió él.
-Te pasas, de verdad fue mi primera vez, de hecho, me siento con algo de miedo y confundido, de verdad me gustaría hacernos pruebas para disfrutar sin problema nuevamente; pensaba que de esta manera él aceptaría hacerse pruebas aunque nunca volviera a tener intimidad con él.
-Me cuido, no te preocupes, mejor dime ya cuando te puedo coger nuevamente, respondió.
Francisco escribía como si nada hubiera ocurrido. Con familiaridad, incluso con entusiasmo. Yo, en cambio, volvía una y otra vez al mismo punto. Le preguntaba si estaba seguro de estar sano, si se hacía análisis con regularidad, si entendía lo nervioso que yo estaba. Necesitaba certezas. Necesitaba que alguien sostuviera el miedo que me había quedado en el cuerpo.
Él respondía siempre igual: que no me preocupara, que exageraba, que todo había estado bien. Luego desviaba la conversación. Decía que mejor nos viéramos de nuevo, pero con más tiempo, sin prisas. Hablaba de un hotel, de estar tranquilos, de hacerlo “mejor”.
Eso no me calmaba. Me inquietaba más.
Yo quería respuestas; él ofrecía repetición. Yo buscaba cuidado; él proponía continuidad. Empecé a notar la distancia entre lo que había significado para mí ese encuentro y lo que parecía haber significado para él.
Mientras tanto, el miedo crecía.
Cada sensación del cuerpo se volvía sospechosa. Cada molestia era una señal posible. Leía cosas en internet, me alarmaba, me tranquilizaba por momentos y volvía a alarmarme. Había una parte de mí que se sentía castigada por haber deseado, como si el placer tuviera que pagarse con angustia.
Finalmente decidí hacerme la prueba después de 3 meses de espera y arrepentimiento.
El día del análisis fue interminable. La espera de los resultados se volvió casi insoportable. Me sentía agonizando, suspendido en un tiempo denso donde todo parecía depender de un papel que aún no llegaba. Pensaba en mi familia, en la universidad, en esa versión femenina de mí que había salido al mundo con tanta ilusión y había vuelto herida.
Francisco seguía escribiendo. Insistía en vernos. No entendía —o no quería entender— que yo estaba detenido en otra parte, en un umbral donde no cabía la ligereza.
Cuando por fin llegaron los resultados, el alivio fue físico pero sobre todo emocional. No una alegría expansiva, sino una exhalación larga, profunda, como si el cuerpo pudiera volver a habitarse sin miedo inmediato. Me quedé sentado un rato, con el papel en las manos, sintiendo cómo la ansiedad se retiraba poco a poco, dejando cansancio.
Ahí entendí algo con claridad dolorosa: había cruzado una experiencia importante sin red, confiando en alguien que no estaba dispuesto a cuidar lo que para mí era frágil.
Y supe que, si iba a seguir explorando quién era, tendría que aprender algo más difícil que vestirme o nombrarme: poner límites. Por un tiempo, decidí olvidar travestirme, dejar a un lado el sexting del chat, pero un día, una noche me volví a poner la peluca, la lencería, inicié sesión en aquel chat y me masturbé recordando mi primera vez con Francisco, imaginando que luego me cogía el hombre de la otra cabina, que me cogían en el baño como la pareja que vi haciéndolo, esa noche me masturbé por horas, me vine varias veces, aquel miedo se había ido, lo mio era travestirme, decenas de chats abiertos con hombres como Francisco, al final no todo había sido tan malo, sólo necesitaba comprender que también necesitaba cuidarme.