Mi nombre es Raúl Imbachi. Tengo 79 años.
La vejez es una etapa hermosa, si se ha vivido bien… pero también un poco melancólica. La vida pasa tan rápido. Casi 80 años parecen mucho cuando los miras desde lejos, pero cuando ya los llevas a tus espaldas, todo se siente como un suspiro.
Cada mañana me levanto, enciendo mi radio, me arreglo y salgo a trabajar. Antes de cruzar la puerta, me despido de mi casa, camino unos pasos y siempre vuelvo la vista atrás. Sé que mi tiempo aquí ya no es largo, y la muerte se hace cada día más presente. A veces pienso: “quizá hoy sea la última vez”, justo antes de seguir mi camino.
Mis familiares no quieren que trabaje, dicen que ya no me toca. Pero para mí, trabajar es el único lugar donde me siento todavía un ser humano, y no solo un adorno viejo, empolvado y olvidado en una esquina. Cuando vamos de paseo, a fiestas o al río, todos los jóvenes ríen, cantan y celebran… y yo solo soy el abuelo que se queda sentado aparte. Nadie se acerca, nadie me pregunta nada, para ellos ya casi no existo.
Sigo mi rumbo hasta la panadería, pido mi café y dos panes cacho, me acomodo y empiezo a leer el periódico. Hace apenas unos años, mis amigos estaban todos aquí, sentados alrededor de esta misma mesa. Mucha gente me saludaba, compartíamos historias o hacíamos planes para salir. Pero hoy… ya todos se han ido: unos murieron, otros perdieron la memoria y la razón. Es el precio de vivir tanto tiempo: se pierde todo. Amigos, familia, incluso el mundo y sus costumbres cambian tanto, que a veces siento que vivo en un lugar prestado, al que ya no pertenezco. Soy como un fantasma de antaño, una huella antigua que, tarde o temprano, el tiempo borrará con la arena.
Termino mi café, ya listo para seguir. De pronto entra una joven mujer: de figura generosa, un poco desaliñada, con el cabello rubio pero maltratado, como si la vida hubiera pasado dura por ella. Se le veía desanimada, triste… como si el mundo le estuviera desgastando el alma, igual que la ropa que llevaba puesta. Iba de mesa en mesa pidiendo algo de comer, pero la gente le decía que se fuera o la miraban con mala cara.
En un momento, sus ojos se cruzaron con los míos. Le sonreí… o al menos intenté hacerlo, porque me faltan dientes para que se parezca realmente a una sonrisa. Le di unas monedas para que comprara algo, me despedí y salí hacia mi trabajo.
Vendo candados, herramientas y sombrillas; llevo todo en un carrito de supermercado. El sol aquí cae con fuerza, es imponente… pero yo amo el polvo de la calle, amo esta lucha que es la vida.
A veces, por gusto mío, levanto cosas un poco pesadas o subo y corro por las escaleras del mirador que queda en la esquina. Lo hago con ánimo de demostrar a todos cuán hábil todavía soy.
Un día, un vecino me detuvo y me dijo:
—Señor, perdone que me meta, pero sin duda es usted muy ágil para su edad. Pero no haga eso, por favor: si se cae, puede lastimarse o fracturarse, y a su edad es muy difícil volver a recuperarse.
Y dicho esto, siguió su camino.
Me quedé pensando… y creo que tenía razón.
Frente a mí trabaja un compañero que vende figuras de dinosaurios. De día se le ve muy varonil, muy serio; pero de noche es travesti. Él mismo me muestra sus fotos: se transforma por completo, se ve como mujer y sale a divertirse con otros amigos que también lo son.
Luego está el de los minutos, un viejo amargado que nunca sonríe. Y aquel señor calvo de gran bigote, del puesto de al lado: dicen que le roba la plata y hasta los mangos a otro compañero que vende cerca.
También está doña Manuela, que vende dulces. Parece tan humilde y tan pobre, y sufre de esquizofrenia… sin embargo, siempre trae un montón de billetes guardados en su delantal, en el bolsillo delantero.
El otro día pasó un cliente, miró uno de mis candados con atención, lo observó bien y al final se fue sin comprar nada. Me dio tanta rabia que, sin pensarlo, le grité:
—Miserable… pobre, no compra nada.
El hombre me escuchó, se regresó muy enojado y me compró cinco candados de golpe, solo para demostrarme que estaba equivocado y que sí tenía con qué pagar.
Así es esto: a veces se gana y a veces se pierde. Hoy gané con cara y con sello. Al final del día, cerré mi puesto, llevé el carrito a guardar y me fui a casa.
Por el mismo camino, pero a la inversa, llegué a la panadería y ya la iban a cerrar. Compré cinco pandebonos de rosca, pagué y seguí mi camino hacia casa.
La calle estaba un poco más solitaria que de costumbre; el viento levantaba las hojas de los árboles que se habían caído al suelo.
Sentí que alguien estaba a mis espaldas. Aceleré el paso y esa persona aceleró también.
Me giré y le dije:
—¡Malparido, qué quieres! —, mientras sacaba mi destornillador para defenderme.
—Tranquilo, viejo —dijo una joven mujer.
La reconocí de inmediato: era la joven que vi en la mañana.
—Solo quería preguntar si me podría colaborar con una moneda.
—Claro que no, ya le ayudé. No voy a mantenerla —respondí enojado.
Ella me miró con ojos de súplica y me dijo:
—No es regalo, yo puedo hacer algo por usted. Si quiere, se la chupo.
Tragué entero. No sabía si era verdad o una broma. La idea no me disgustaba, hace mucho que solo era yo conmigo mismo, y con mucha dificultad.
—Si es en serio, deme un beso —le dije.
La chica se acercó y juntó sus labios con los míos, metió su lengua dentro de mi boca y la pasó suavemente por mis encías desdentadas.
Sus labios se sentían suaves, y a pesar de lo mal vestida, su aroma no era desagradable.
Separó sus labios de los míos, me tomó de la mano y me dirigió al parque.
Me sentó en una silla de cemento que quedaba detrás de los matorrales, donde generalmente se escondían los marihuaneros.
Bajó mis pantalones, sin asco tomó mi viejo pene y empezó a frotarlo con los dedos, luego con las manos.
—Si quiere, tóqueme las tetas —me dijo.
Apreté sus tetas, eran grandes y suaves como almohadas esponjosas.
Pero mi pene no respondía, parecía como muerto.
La chica me dijo:
—Cálmese, abuelo. Respire y cierre los ojos.
Empecé a rezar, a imaginar que funcionaba. Necesitaba un milagro para que se me parara. Ella me estaba besando las bolas y el falo, pero seguía dormido.
Mi cuerpo ardía de ganas, pero mi pene parecía que ya no estaba entre los vivos.
Me rendí.
—Mija, ya estoy muy viejo. Mejor cómaselo un pandebono.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Tranquilo, no se rinda. Vamos una vez más, espere —dijo como dándome ánimos.
Cerré los ojos, respiré y mentalmente le decía: levántate, levántate. Y el milagro ocurrió: tuve una pequeña erección, la suficiente para una chupada. Ella metió mi pene en el agujero del pandebono y comenzó a chupar.
Mordía el pandebono y se lo iba comiendo mientras chupaba. Yo estaba atónito.
Me contó que no era de por aquí, que estaba de paso, que al otro día seguiría su camino hacia Medellín. Sus amigos barristas la abandonaron, pero ella estaba acostumbrada a todo y sabía sobrevivir en las calles.
Terminó su pandebono y continuó mamándome la pija.
Me dio un pequeño mordisco en mis testículos, subió con pequeños besos alrededor del falo, volvió a los testículos y mordió mis testículos otra vez, pero más despacio, como saboreando cada parte de mis viejos y muy arrugados huevitos. Volvió al falo y jugaba con la cabeza, su lengua pasaba por todo el borde de la cabeza, luego chupaba la punta.
Finalmente engulló. El interior de su boca era suave, húmedo y cálido. La cabeza de mi pija golpeaba sus mejillas desde adentro, juntaba su lengua con el paladar y envolvía mi tronco, que rozaba todos los espacios de su boca.
Lo sacó por un momento, unos hilos de saliva salían conectando la cabeza con sus labios.
Engulló nuevamente. Su mirada traviesa disfrutaba hacer sentir a un viejo, se le veía la maldad en la vista. Ella era más vieja, más mañosa, solo que en un cuerpo más joven que el mío. La edad no es el tiempo, es lo vivido, y esta se veía que había vivido mucho.
La sensación de placer era intensa. Ella pasó la lengua por todo el miembro y lo metió hasta la garganta, se sentía como un camino liso y húmedo.
Mi corazón se aceleró, seguro se me subió la presión. No recordaba si había tomado la pastilla, recordé que para hacerlo debería estar en la casa. Sentí un ligero mareo y dificultad para respirar.
Mi pene empezó a palpitar. Le dije:
—Me voy a venir.
Ella se lo sacó, unas pocas gotas salieron disparadas, un poco de mi semen le ensució los labios. Ella se lo limpió con la punta de la lengua, sonriendo mientras lo hacía. Cerró los ojos un instante como dejándose llevar por el sabor.
—Terminamos —dijo—. ¿Le gustó?
—Sí, muy bien —respondí.
Intentó darme un beso, pero no lo permití, me dio un poco de asco probar mi propio semen.
Le di el dinero de lo vendido en el día, ella amablemente agradeció, me ayudó a vestir y me dejó en la puerta de la casa.
En el momento la arrechera no me dejó pensar, pero en retrospectiva me daba un poco de lástima aquella joven chica.
Cada día que llego a la panadería miro, intentando encontrarla, pero es de esas cosas que pasan pocas veces en la vida, o al menos en la mía.