Les presento mi mundo. La infancia de silencios incómodos y ausencias nocturnas. Los primeros indicios: espiarla salir de la ducha, robar su ropa interior usada, la tensión eléctrica que llenaba el aire cuando, ya viviendo solos como adultos, nos cruzábamos en poca ropa.
La nueva y envenenada normalidad. Las conversaciones se volvieron un campo minado. Yo empezaba a hacer preguntas sobre su “trabajo”, pidiendo detalles sórdidos. Era un juego cruel, y ella intentaba poner límites con una voz que ya no tenía convicción. Su cuerpo me había dado la razón.
Los roles se invirtieron. Yo era quien decidió. Empecé a elegir su lencería, a marcar sus salidas. Hablábamos de fetiches con una crudeza clínica. Introduce juguetes en nuestra dinámica.
El abismo. La idea de compartirla nació de un deseo retorcido: verla siendo usada por otros para reafirmar que, al final, era mía. Convencí a Marco y Diego. Se lo presentó como un “juego extremo”. La negociación fue sucia: usé la grabación, su miedo al escándalo, y también el dinero (ellos pagarían)
Las secuelas. Una depresión profunda de su parte, pero también una extraña liberación. Ya no había máscara que poner. Mi deseo se volvió técnico, obsesivo. Quería conocer los límites físicos de su cuerpo, empujarlos.