Capítulo 1
Capítulo 2: El sabor de tu mentira
La tensión en los días siguientes era un animal vivo que respiraba entre las paredes del apartamento. No hablamos de lo que había pasado. Hablamos de las compras, de la universidad, del clima. Conversaciones de plástico que rebotaban en el silencio grueso que las envolvía. Pero nuestros cuerpos hablaban un idioma distinto.
Ella, Valeria, mi madre, empezó a vestirse diferente cuando estábamos solos. Ya no eran las batas holgadas o los joggers. Era una camiseta ajustada sin sostén, que dejaba a la vista el contorno duro de sus pezones contra la tela fina. Eran unos shorts de licra que se le clavaban en la entrepierna y subían por sus nalgas como una segunda piel. Caminaba del baño a su habitación sin prisa, sabiendo que yo estaba en el sofá, fingiendo leer, mientras la devoraba con la mirada. Era un juego. Un juego peligroso y mudo, y yo estaba aprendiendo las reglas a medida que se inventaban.
Yo, por mi parte, me volví más audaz. Dejaba mi ropa interior en el baño compartido después de ducharme. Me paraba en la puerta de su habitación para preguntarle algo trivial, apoyado en el marco, dejando que mi mirada se paseara por su cuerpo sin disimulo. Una tarde, ella estaba planchando, inclinada sobre la tabla. La blusa se le abrió un poco, y yo pude ver la profundidad de su escote. Me acerqué, como para tomar un vaso de agua, y mi brazo rozó el costado de su pecho. Ella no se apartó. Solo contuvo la respiración un instante. El aire se cargó de electricidad estática.
—Perdón —dije, sin un ápice de sinceridad.
—No pasa nada —respondió ella, sin levantar la vista de la plancha, pero el tono era bajo, rasposo.
Esa noche, en mi cama, con el teléfono en la mano, reviví el video por enésima vez. La imagen temblorosa, los sonidos ahogados. Su cuerpo arqueándose. Su voz diciendo ese nombre que no era el mío. Raúl. Cada vez que lo oía, un puño de rabia y excitación me apretaba el estómago. Pero también veía algo más. En los momentos previos, cuando mi mano tocaba su pecho, había un segundo, apenas un fotograma, en el que sus ojos se entreabrían. Y no vi sorpresa. Vi reconocimiento. Como si una parte de ella, incluso borracha, supiera que era yo. Eso era lo que más me obsesionaba. ¿Cuánto había sido el alcohol y cuánto había sido ella?
El video era mi talismán. Mi prueba de realidad. Pero también era mi arma, y sabía que tenía que usarla pronto, o el frágil equilibrio que habíamos construido se rompería, y quizá ella retrocedería, aterrada por lo que habíamos hecho. No podía permitirlo. Había probado el sabor de su entrepierna, y ahora era como un adicto necesitando la siguiente dosis.
El momento llegó un viernes por la tarde. Ella no tenía trabajo hasta la noche. Estaba en el salón, estirándose en la alfombra, haciendo unos ejercicios de yoga que hacía para mantenerse flexible. Llevaba solo un top deportivo y unos leggins negros que se le metían en cada hendidura. Estaba en la posición del perro boca abajo, el culo alto en el aire, la espalda formando un triángulo perfecto. La vista era tan obscenamente tentadora que me detuve en seco.
—¿Necesitas algo? —preguntó, su voz un poco sofocada por la posición.
—Sí —dije, y el tono me salió más firme de lo que esperaba. Me senté en el sofá, frente a ella. —Deja eso. Ven aquí.
Ella se enderezó lentamente, girándose para sentarse sobre sus talones. Me miró, una ceja ligeramente arqueada. No había miedo en sus ojos. Había cautela, y algo más… expectación.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Saqué el teléfono de mi bolsillo. No lo encendí. Solo lo sostuve en mi mano, dejando que su peso fuera la amenaza.
—Quiero que me enseñes —dije.
—¿A qué?
—A cómo lo haces. Con ellos. Con los clientes.
Ella palideció un poco. La máscara de indiferencia se resquebrajó por un instante.
—Lucas, no sé de qué…
—Sí lo sabes —la interrumpí, mi voz plana, fría. — Quiero que me enseñes cómo chupas una verga. Con todo detalle. Como si yo fuera uno de ellos. Como si me estuvieras cobrando.
Su boca se abrió, pero no salió sonido. Sus ojos bajaron al teléfono en mi mano y luego volvieron a subir a mi rostro. Vi el conflicto desgarrando su interior: la vergüenza, la ira, la humillación. Pero también, en las profundidades de su pupila, vi un destello de esa oscuridad que había vislumbrado la mañana después. Un brillo húmedo, culpable, excitado.
—¿Y si me niego? —preguntó, casi en un susurro.
Levanté el teléfono un poco más. —Entonces quizá este video termine en algún sitio donde no debería. Los vecinos ya hablan. Imagínate si tienen pruebas.
Fue bajo. Fue asqueroso. Y funcionó. El miedo ganó, aplastando cualquier otro sentimiento. Sus hombros se hundieron un poco. Asintió, una vez, breve, mecánico.
—Está bien —murmuró.
—Aquí no —dije, poniéndome de pie. — En tu habitación.
La seguí por el pasillo. Mi corazón latía con un ritmo de guerra. Entré y cerré la puerta a nuestras espaldas. El sonido del pestillo al caer fue definitivo. Ella se quedó de pie junto a la cama, mirándome, sus brazos cruzados sobre su pecho, una postura defensiva.
—Desvístete —ordené.
—Lucas…
—¡Desvístete! —repetí, y el grito salió áspero, cargado de toda la frustración y lujuria acumuladas.
Ella se estremeció. Luego, con movimientos lentos y torpes, como si estuviera bajo el agua, se quitó el top. Sus pechos cayeron libres, pesados, con los pezones ya erectos y oscuros. Se bajó los leggins y las bragas de una vez, dejándolas en un montón a sus pies. Quedó desnuda frente a mí, pero esta vez no había alcohol, ni estupor. Estaba completamente consciente, y la humillación le pintaba manchas rojas en el cuello y el pecho.
—Acuéstate —dije.
Obedeció, recostándose en el centro de la cama, sus piernas juntas, sus brazos a los lados. Parecía una ofrenda sacrificial.
—Abre las piernas —añadí.
Lo hizo, lentamente. La vista de su sexo, despejado y expuesto, me hizo tragar saliva. Me quité el pantalón y los calzoncillos, dejando mi erección al aire, dura y palpitante. Me acerqué al borde de la cama, de pie, a la altura de su cara.
—Ahora —dije, mirándola fijamente. — Enséñame.
Ella cerró los ojos por un segundo, como buscando fuerza. Luego los abrió, y algo cambió en su expresión. La profesional tomó el control. La máscara de la puta se deslizó sobre sus rasgos, borrando la vergüenza, dejando solo una concentración fría y calculadora. Se incorporó sobre un codo y se acercó.
Su primera acción no fue con la boca. Fue con las manos. Con una suavidad sorprendente, tomó mi miembro con una mano, cerca de la base, y con la otra comenzó a acariciar la punta, el glande ya húmedo de precum. Sus dedos eran expertos, aplicando una presión exacta, masajeando la corona con movimientos circulares. Un gemido escapó de mis labios. Era increíble.
—Lo primero es relajarlo todo —dijo, su voz ahora neutra, didáctica, como si estuviera explicando una receta. — Y calentar la zona. Los hombres están siempre tensos aquí.
Luego, inclinó la cabeza. Su lengua salió, rosada y húmeda, y dio una larga y lenta lamida desde la base hasta la punta. El contacto fue eléctrico, suave y caliente. Repitió el movimiento varias veces, cubriendo toda la longitud, mientras su mano seguía masajeando la base. Después, se concentró en los testículos. Con esa misma mano libre, los tomó con suavidad, acariciándolos, rodándolos en la palma de su mano. Su boca descendió y colocó uno, luego el otro, dentro, succionando levemente. La sensación era tan intensa, tan abrumadoramente placentera, que mis rodillas casi cedieron.
—Muchos ignoran esto —comentó, su voz un poco distorsionada. — Pero es sensible. A algunos los vuelve locos.
Luego volvió al miembro principal. Esta vez, abrió la boca y lo tomó. No de golpe. Fue una conquista lenta, milimétrica. Sus labios se cerraron alrededor de la punta, y luego fue bajando, centímetro a centímetro, dejando que su saliva lo lubricara, hasta que sentí el toque de su garganta en la cabeza. No hubo arcadas, ni asco. Fue fluido, profesional. Empezó a mover la cabeza, estableciendo un ritmo constante: arriba y abajo, con una ligera rotación en cada subida. Sus manos no estaban quietas: una seguía acariciando mis testículos, la otra se deslizó entre mis nalgas, presionando suavemente el perineo.
—El punto aquí —dijo, interrumpiendo el ritmo por un segundo para señalar con un dedo justo detrás de mis bolas—, si lo masajeas bien, intensifica todo.
Y tenía razón. Cada vez que su dedo presionaba allí, una ola de placer más intensa recorría mi columna. Me estaba volviendo loco. El espectáculo era surrealista: mi madre, desnuda, dándome una clase magistral de felación, con la frialdad de una instructora y la pericia de una veterana. Yo no podía apartar la mirada de su boca, de cómo sus labios se estiraban alrededor de mi grosor, de cómo su lengua se movía contra la parte inferior en cada bajada. El sonido era húmedo, obsceno, glorioso.
—¿Así lo haces con todos? —logré preguntar, jadeando.
Ella se detuvo, sacando mi miembro de su boca con un pop audible. Me miró, y por un instante la máscara se resquebrajó, mostrando un destello de algo doloroso.
—No —dijo, su voz baja. — Con la mayoría es más rápido. Esto… esto es para los que pagan extra. O para los que quiero que vuelvan.
Esa última frase cayó entre nosotros como una bomba. «O para los que quiero que vuelvan». ¿Estaba diciendo que quería que yo volviera? ¿Que esto no era solo una lección bajo coacción?
Antes de que pudiera procesarlo, ella volvió a su tarea. Esta vez aumentó el ritmo. Su cabeza se movía más rápido, su mano en mi base bombeaba al unísono. La otra mano dejó mis testículos y se posó en mi abdomen, sus dedos presionando contra mis músculos contraídos. Sentí la presión acumulándose en mi bajo vientre, una tormenta a punto de estallar.
—Voy a… —gruñí, advirtiéndola.
Ella no se detuvo. Al contrario, hundió la cabeza más profundamente, tomándome hasta el fondo, y su garganta se relajó, envolviéndome en un calor húmedo y constrictivo que nunca había sentido. Eso fue la gota que colmó el vaso.
El orgasmo me arrancó de raíz. Un rugido salió de mi garganta. Mi cuerpo se convulsionó, y yo descargué en oleadas profundas y violentas dentro de su boca. Ella no se apartó. Se quedó allí, recibiendo cada chorro, tragando con movimientos rítmicos de su garganta. Cuando terminé, exhausto, tembloroso, ella se desprendió lentamente, limpiándose el borde de los labios con el dorso de la mano. Sus ojos estaban vidriosos, su respiración un poco agitada. Me miró, y en su rostro había una expresión extraña: una mezcla de triunfo profesional y una vulnerabilidad desgarradora.
Por un momento, ninguno dijo nada. Yo me desplomé en el borde de la cama, jadeando, mi miembro aún palpitando, semierecto y brillante con su saliva. La habitación olía a sexo y a vergüenza.
Entonces, movido por un impulso que no entendí del todo, me deslicé de la cama y me arrodillé entre sus piernas, que todavía estaban abiertas.
—Ahora yo —dije, y mi voz sonó ronca, posesiva.
Ella abrió más los ojos. —¿Qué?
—Te dije que me enseñaras. Aprendí. Ahora practico.
No esperé una respuesta. Apoyé mis manos en sus muslos internos y me incliné. Esta vez no había borrachera, no había confusión. Estaba completamente consciente, y ella también. Mi lengua encontró su sexo, que ya estaba húmedo, caliente. Esta vez no me limité a lamer. Apliqué lo que había observado, lo que había sentido. Empecé lento, con lamidas amplias, para calentar. Luego me concentré en sus labios, separándolos con mis dedos. Encontré su clítoris, ya hinchado y sensible. Lo rodeé con la punta de la lengua, en círculos lentos y precisos.
Ella emitió un gemido, esta vez genuino, no actuado. Sus caderas se elevaron.
—Así… —susurró.
Me concentré. Alterné círculos con movimientos lineales, de arriba abajo, sobre el pequeño botón. Introduje un dedo dentro de ella, sintiendo la contracción caliente y húmeda de sus paredes alrededor de mi nudillo. Luego dos. Mientras mis dedos se movían dentro, mi lengua no paraba en su clítoris. Escuché su respiración acelerarse, convertirse en jadeos. Sus manos se enredaron en mi pelo, pero esta vez no para guiarme, sino para aferrarse, como si estuviera cayendo.
—Más rápido… —suplicó, y su voz era un quejido.
Aceleré el movimiento de mi lengua, vibrando contra ella. Mis dedos se curvaron dentro, buscando ese punto que sabía que existía. Cuando lo encontré, ella gritó. Un grito agudo, desgarrado, que no tenía nada de profesional. Su cuerpo se arqueó completamente, separándose de la cama, y un chorro cálido de líquido brotó, empapándome la barbilla. Tembló violentamente, una serie de espasmos que sacudieron todo su cuerpo, mientras gemía de manera incontrolable.
Cuando finalmente se desplomó, jadeando, yo me levanté. Mi boca estaba empapada de ella. Nos miramos. En sus ojos ya no había máscara. Había asombro. Y miedo. Y algo que se parecía mucho a la rendición.
—Nadie… nadie me había hecho venir así —confesó en un susurro roto.
Esas palabras fueron más poderosas que cualquier orgasmo. Me sentí invencible.
Pasaron unos días. La dinámica había cambiado. Ya no era solo tensión. Era una corriente subterránea de complicidad perversa. Ella ya no se vestía para provocarme; se vestía para mí. Y yo planeaba mi próximo movimiento.
La oportunidad llegó después de una de sus noches de trabajo. Llegó cansada, con los pies hinchados por los tacones. Se quejó en voz baja mientras se los masajeaba en el sofá.
—Ven aquí —dije, poniéndome de pie. — Yo te los masajeo.
Ella me miró con desconfianza, pero también con curiosidad. Asintió. Le indiqué que se recostara en el sofá y pusiera los pies en mi regazo. Me senté en el suelo frente a ella.
Sus pies eran sorprendentemente bonitos. Estaban cuidados, con los dedos largos y rectos, las uñas pintadas de un rojo oscuro. Tenían el arco pronunciado, el talón suave a pesar de las callosidades del calzado. Tomé su pie derecho en mis manos y comencé a masajearlo, presionando con los pulgares en la planta. Ella emitió un suspiro de alivio.
—Dios, eso está bien…
Empecé con un masaje normal, pero pronto mis intenciones se torcieron. Mis dedos comenzaron a acariciar más que a presionar. Recorrí el arco, el empeine, los tobillos. Luego, lentamente, llevé su pie hacia mi rostro.
—¿Qué haces? —preguntó ella, tratando de sentarse.
—Cállate —dije suavemente, pero con una autoridad que la hizo quedarse quieta. — Relájate.
Y entonces besé el empeine de su pie. Fue un beso suave, casi reverencial. Luego besé cada uno de sus dedos, uno por uno, sintiendo las uñas de esmalte contra mis labios. Ella contuvo la respiración. Después, abrí la boca y tomé su dedo gordo dentro. Lo chupé, lamiendo la punta, la uña, la piel entre los dedos. El sabor era a sal, a cuero, a ella. Me excitó de una manera extraña, primitiva.
—Lucas… —murmuró, pero su voz no era de protesta. Era de asombro.
Continué. Lamí la planta de su pie, desde el talón hasta la base de los dedos. Ella se estremeció. —Es sensible… —susurró.
Lo era. Cada vez que mi lengua pasaba por ciertos puntos, sus músculos abdominales se contraían. Me concentré en el arco, chupando y lamiendo esa curva suave. Luego pasé al otro pie, repitiendo el ritual. Besos, lamidas, succión. Estaba completamente perdido en el acto, en la textura de su piel, en los sonidos que ella empezaba a hacer: pequeños gemidos ahogados, jadeos.
Mis manos, mientras tanto, habían subido por sus pantorrillas, sus rodillas, hasta llegar a sus muslos. Ella llevaba una falda corta. Mis dedos encontraron el borde de sus bragas. Sin prisa, me deslicé por debajo de la tela y encontré su sexo. Estaba empapado.
—Te excita esto —afirmé, no como pregunta.
Ella no respondió. Solo cerró los ojos y dejó escapar un gemido largo cuando mis dedos encontraron su clítoris.
Seguí chupando su pie, ahora con más fervor, mientras mis dedos la masturbaban a través de la tela de su tanga. Su respiración se volvió caótica. Se retorcía en el sofá, empujando su pie más profundamente contra mi boca, su entrepierna contra mi mano.
—Quítamelas… —ordenó, jadeando.
Rápidamente, le bajé la tanga. Su sexo estaba expuesto, hinchado, brillante. Pero en lugar de usar mis dedos o mi boca, tuve otra idea. Una idea retorcida que surgió de la nada.
—Pon tu pie aquí —dije, señalando mi entrepierna.
Ella me miró, confundida. —¿Qué?
—Tu pie. Frótalo contra mí.
La entendí. Una chispa de algo —¿vergüenza? ¿excitación? — cruzó su rostro. Lentamente, retiró su pie de mi boca y lo posó sobre mi erección, que hinchaba el pantalón. Al principio solo lo dejó allí. Luego, guiada por mi mano en su tobillo, comenzó a moverlo. Arriba y abajo, frotando la planta de su pie contra mi miembro a través de la tela. La sensación era increíblemente erótica: la presión, el roce, el conocimiento de que era su pie, la misma extremidad que acababa de tener en mi boca, la que me estaba masturbando.
—Así… —la animé, jadeando.
Ella se envalentonó. Su movimiento se hizo más rápido, más firme. Con su mano, empezó a frotarse su propio clítoris. Era un espectáculo surrealista y ardientemente sexy: mi madre, recostada en el sofá, masturbándose con una mano mientras con el pie me masturbaba a mí. Sus gemidos se mezclaban con los míos. El sonido húmedo de su sexo, el roce de la tela de mi pantalón.
Yo no pude aguantar mucho. La presión, la vista, el tabú de todo me llevaron al borde rápidamente.
—Voy a… —gruñí.
Ella no detuvo el movimiento de su pie. Al contrario, presionó más fuerte. Eso fue suficiente. Con un grito ahogado, exploté dentro de mi pantalón, la tela caliente y pegajosa adhiriéndose a mi piel. Al mismo tiempo, ella llegó a su clímax, gritando mi nombre esta vez —¡Lucas! — mientras su cuerpo se sacudía con espasmos violentos.
Quedamos los dos jadeando, exhaustos, en medio del desorden que habíamos creado. El olor a sexo y sudor llenaba la sala.
Fue entonces cuando saqué el teléfono.
Ella lo vio. Su expresión de placer postorgásmico se congeló, transformándose en puro terror.
—No… —suplicó, su voz un hilo.
—Tranquila —dije, con una calma que no sentía. — Solo quiero que veas algo.
Abrí la carpeta oculta y reproduje el video. No el de la primera noche. Uno nuevo. Uno que había tomado en secreto unos días antes, cuando ella me daba la «lección». La imagen mostraba su perfil, su boca trabajando en mi miembro, sus manos expertas. Se escuchaban mis gemidos, sus instrucciones profesionales. Era incluso más explícito que el primero.
Ella lo miró, pálida como la muerte. Cuando terminó el breve clip, levantó la vista hacia mí. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Por qué? —logró decir.
—Porque esto es real —respondí, guardando el teléfono. — Porque ya no hay vuelta atrás. Porque ahora tú también lo quieres. Lo sé. Lo sentí.
Ella negó con la cabeza, pero las lágrimas rodaron por sus mejillas. —Eres mi hijo…
—Y tú eres mi puta —dije, y las palabras sonaron brutales, pero verdaderas. — Pero eres mi puta. Solo mía. ¿Entiendes?
Hubo un silencio largo. Ella dejó de llorar. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Su mirada se endureció, pero no con ira. Con aceptación. Con algo parecido a la resignación, pero también con un destello de esa oscuridad que empezaba a reconocer.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó, su voz plana.
—Todo —respondí. — Quiero probarlo todo. Contigo.
Ella asintió lentamente. —¿Y si digo que no?
Sonreí, un gesto sin humor. —Tienes los videos. Y tienes miedo. Pero… —me incliné hacia ella, bajando la voz—, también tienes curiosidad. También lo deseas. Lo acabo de sentir. Tus pies no mienten.
Ella no dijo nada. Se puso de pie, tambaleándose un poco, y recogió su ropa interior del suelo. Se la puso con movimientos mecánicos. Luego me miró.
—Esta noche tengo trabajo —dijo. — Un cliente nuevo.
Algo frío y posesivo se apoderó de mí. —Cancélalo.
—No puedo. Es mucho dinero.
—Yo te doy el dinero —dije, y era una mentira, no tenía tanto, pero lo diría igual.
Ella sacudió la cabeza. —No es solo el dinero. Es… lo que soy. No puedo dejar de serlo de la noche a la mañana.
Esa frase me dio una idea. Una idea retorcida, brillante, que haría que el próximo paso fuera inevitable.
—Está bien —dije, relajándome en el sofá. — Ve. Pero cuando vuelvas… quiero que me cuentes todo. Cada detalle. Y quiero que practiquemos. Con juguetes.
Ella frunció el ceño. —¿Juguetes?
—Sí —asentí, sintiendo la excitación crecer de nuevo dentro de mí. — Dildos. Vibradores. Quiero ver cómo los usas. Quiero usarlos contigo.
Ella tragó saliva. Su mirada era compleja: miedo, anticipación, y ese brillo oscuro de complicidad.
—Está bien —aceptó en un susurro.
—Y una cosa más —añadí, levantándome y acercándome a ella. La tomé de la barbilla, obligándola a mirarme. — El próximo cliente que tengas… quiero estar allí. Escondido. Quiero verlo.
Sus ojos se abrieron como platos. —¿Estás loco?
—Probablemente —reconocí. — Pero lo harás. Porque ahora esto es nuestro juego. Y las reglas las pongo yo.
Dejé que mis palabras flotaran en el aire. Luego solté su barbilla y me dirigí a mi habitación, dejándola de pie en medio del salón, desnuda de piernas para abajo, con mis palabras y mis amenazas y mis promesas retorciéndose dentro de su cabeza.
Afuera, la noche estaba cayendo. Pronto saldría, perfumada y vestida para otro hombre. Pero yo sabía, con una certeza que me quemaba las entrañas, que su mente estaría aquí, conmigo, con lo que habíamos hecho y con lo que estaba por venir.
El juego había escalado. Y yo apenas estaba comenzando.
……….. Continua en capítulo 3 …………..