Capítulo 1

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  • Me cogí a la pendeja que le gustaba a mi hijo I

Mi hijo es un veinteañero que vive con la cabeza en las nubes. Buena persona, amable, quizás demasiado.

En más de una charla me contó sobre una chica de su facultad a la que no se animaba a hablarle. Ella un poco más grande que él, de 26 años, perfecta a sus ojos según la describe.

Lo alenté siempre a que por lo menos lo intente y sobre todo le aconsejé sobre cómo hablarle. Ser amable, escucharla, intentar conocer su personalidad primero para ver si son compatibles.

Un martes a la mañana vuelvo de desayunar en un café y me lo encuentro en casa, con un par de cuadernos en la mesa y mostrándole cosas en la notebook a una chica. Se paran y me la presenta. Pelo negro, flequillo, alta, casi de la estatura de mi hijo. Su remera rosa no era escotada pero sí lo suficientemente corta y ajustada para enmarcar hermosamente sus tetas. Tenía un shortcito de jean corto que parecía suelto. La saludé con un asentimiento leve y ella me respondió con una sonrisa radiante. Mi hijo hablaba y ella no dejaba de mirarme fijamente.

Cuando se dio vuelta mi mirada fue imantada hacia su culo encajado en ese shortcito y no la solté con la mirada hasta que se sentó y me miró. Quería que me viera. Quería que sepa lo que estaba mirando. Quería que se diera cuenta de que noté su mirada, que sé perfectamente lo que significaba que una pendeja me viera y sonriera de esa forma, y que no me amedrentaba, redoblaba su apuesta.

No… ¿Qué estoy haciendo? Es una pendeja. Está con mi hijo, quizá hasta sea la chica que le gusta. Y si no lo es, sería bueno que se fije en ella. Es linda, agradable, se la nota muy despierta, tiene una linda figura, esa remerita sin escote pero ajustada la muestra recatada pero segura de su cuerpo, esas piernas torneadas delatan que debe hacer deporte, esa boquita de pendeja podría enseñarle como usarla… Basta. Es para mi hijo.

Entonces, ¿Por qué no me fui? ¿Por qué busco excusas para quedarme? ¿Por qué me permito distraerla?

Ella me hace preguntas cada tanto sobre cada tontería que hago. Mi hijo se va al baño y yo le sigo la charla.

Me cuenta que comparten una materia los martes y jueves a la mañana. Me pregunta a qué me dedico y se entera que trabajo desde el mediodía para tener las mañanas libres, aunque implica volver tarde a casa.

Cuando se va me saluda con un beso en el cachete y se pone de puntitas para darme un apretón en los hombros. Cuando la saludo y le devuelvo el beso, apoyo mi mano en su cintura, el único gusto que me permitiré. Mi palma en el shortcito, mis dedos en su blanca y suave piel.

Me pregunto cómo se sentirá hundir mis dedos en esa piel tan suave si pudiera tener a esta pendeja en cuatro en mi cama.

Mi hijo me confirma que es la chica que le gusta. Les cancelaron una clase y aprovechó para hablarle y conocerla. Congeniaron y quedaron en ayudarse con la materia. Desde ese día en adelante va muy emocionado a las clases. No solo martes y jueves, sino a todas, por la posibilidad de cruzarse con ella. Bien por él. Dos veces recibo saludos de parte de la chica por medio de mi hijo, pero no los devuelvo. Estoy decidido a portarme bien… De día.

Por las noches no puedo evitar que ella entre en mi mente e imaginar que entra en mi cuarto y en mi cama. No todas las noches, pero más de una vez la imaginé oculta bajo mis sábanas, chupandome la pija, y yo pidiendole por favor que haga silencio para que no escuche mi hijo.

Me imagino a esa pendeja desnuda, alta como es, estirada y boca abajo en mi cama. Soy más alto que ella y me imagino abalanzado sobre ella, cubriendola con mi cuerpo, tapandole la boca con una mano para que no se escuchen sus gemidos y gozando de la sensación de mi pelvis chocando contra su culo tan hermoso mientras me la cojo.

Incluso imito los movimientos que haría mientras me la garche. Y así, boca abajo, con un antebrazo para sostenerme contra el colchón y moviendo la pelvis como si me la estuviera cogiendo, me pajeo hasta acabar y soltar un lechazo.

La imagino y me pregunto si lo querría en la cara, en el culo o en la espalda. Incluso imagino acabarle adentro y que ella reciba mi leche con un gemido de placer.

El viernes de la semana siguiente a las 21 hs estaciono y la encuentro en mi puerta.

– ¡Hola! ¡¿Cómo estás?! Perdón, toqué timbre pero no atiende nadie.

– Hola, qué raro. Mi hijo debería estar arriba.

– ¿Te molestaría avisarle que ya llegué? Quizá se durmió. Quedamos en juntarnos acá para salir…

– Para nada. Subí conmigo.

– ¡Gracias!

El mismo shortcito de jean engañoso. Ese que parece suelto por delante, pero que detrás se le ajusta en todo el orto. Sube las escaleras delante mío y el shortcito se levanta un poco, apenas. No es suficiente para escandalizar a nadie, pero sí para despertarme la pija.

Concentrate. Está acá para salir con tu hijo. Bien por él. Se le dió.

– Ni señales de mi hijo ¿No te estará esperando en otro lado?

– Quedamos acá… ¿Te molesta si lo espero con vos? Perdón, pero abajo hace tanto calor…

La dejo quedarse y le ofrezco agua. Nos sentamos en mi sillón y aunque la noto un poco nerviosa no deja de darme charla. Me alivia que ella hable, porque yo no dejo de pensar en todas las noches que llevo acabando imaginando todo lo que le haría y lo surrealista que es tenerla en frente ahora.

Se va relajando y me cuenta sobre su carrera, su familia. Tiene pocos amigos de su edad. Siempre le resultó más fácil relacionarse con gente más grande. Que lindas piernas que tiene. Le pregunto si hace deporte.

– ¡Sí! ¿Cómo sabías?

– Se te nota.

Me sonríe. Yo recibo un mensaje de mi hijo que dice «Salgo con los chicos de la facu. No ceno en casa. Vuelvo mañana».

Le escribo preguntando si está con la chica que le gusta.

Luego de mi comentario ella se va soltando, me pregunta por mi profesión, mi rutina. Se ríe exageradamente y me toca el brazo cuando lo hace.

Respuesta de mi hijo: «La invité, pero me escribió recién y me dijo que surgió algo y no cree poder. Quedamos para más adelante quizá». La miré fijo. No le dije nada. Ella no se dio cuenta pero mi corazón latía tres veces más rápido. Y tuve que tomar una decisión.

– ¿Mi hijo no te responde?

– Ah… No… Nada

– Y llevás casi una hora esperando.

– Sí… Bueno…

Apoyo mi mano sobre su rodilla y no la saco. Perdón, hijo. Ya vas a conocer a otra. Esta no te quiere a vos.

– Él se lo pierde. Contame más de vos.

Me sonríe ampliamente y me pregunta qué quiero saber. Le doy unas palmaditas en la pierna.

– Contame de vos. ¿Qué te gusta hacer?

Está nerviosa pero contenta. Ansiosa pero excitada. Se ve que solo pensó que llegaría hasta ahí, un rato de charla y luego tener que irse. No esperaba que yo quisiera que se quede conmigo. Pero ya que me buscaste, vamos a jugar, pendeja.

Intenta hablarme de hobbies, series. Le pregunto directamente sobre parejas. Que sepa lo que quiero.

No tiene novio. No le gustan los pendejos, eso lo deja muy claro.

– Como salías esta noche con mi hijo pensé que…

– ¡Como amigos! Es un divino pero es más chico que yo…

– ¿Qué te gusta de los hombres más grandes?

– Es otro mundo. Me gusta que me contengan. Me gusta la seguridad con que se manejan. Me gusta que…

– ¿Te gusta que te enseñen?

– Sí…

No la salvo del silencio. Quiero ver qué hace. Nuestras miradas dicen más que las sonrisas de nuestros labios.

Esta vez no se pone a hablar sin parar como antes. Entonces te gusta que el hombre tome la iniciativa…

– Entiendo. La experiencia es clave en eso. Los chicos de tu edad no van a poder enseñarte nada que no sepas. Además, la atracción es mutua con hombres grandes. Enseñarle a pendejas como vos calienta mucho.

Se calienta contando experiencias, se le nota demasiado. Me dice que no tiene a quién más contarle, sus amigas no entienden.

Le pregunto con cuantos más grandes estuvo. Salió con dos. No duró pero le alcanzó para saber que no quería volver a salir con chicos de su edad.

– Y ¿aprendiste mucho? ¿Qué te enseñaron en esas ‘lecciones particulares’?

– Jaja… Creo que sí… Tenían fantasías…

– Y vos te prestaste.

– ¡Sí!

– Que obediente.

– ¡Jaja qué tonto! Yo también cumplí. Probar con uno más grande era una fantasía. Pero como que me gustó mucho ¿Entendés?

Está más relajada, hundida en el sillón. Sus piernas van de un lado al otro en el aire a cada rato. La desventaja de ser alta, cuesta encontrar la posición.

Otra vez no deja de hablar. Que ganas tengo de cogerle esa boquita preciosa.

Me cuenta que ella también cumplió fantasías, pero por su personalidad le gusta más dejarse llevar por el otro.

Indago sobre esas fantasías sutilmente. Le cuento alguna mía fingiendo que es a regañadientes pero quiero que me escuche con atención y se imagine cada detalle.

Pregunto por infidelidades de su parte y le confieso algunas mías.

La charla fluye tanto que terminamos compartiendo alguna experiencia y logro hacer que me cuente con lenguaje explícito.

Esta vez es ella quien quiere que yo la imagine con detalle.

Obvio, tengo que guiarla donde yo quiero. Pero esto me calienta muchísimo.

Me pide permiso para usar el baño. Cuando vuelve me encuentra parado y como no sabe si es para pedirle que se vaya, se acerca a mi en silencio.

La agarro de la cintura con las dos manos y la traigo hacia mi. Quiero que en el roce sienta lo dura que tengo la pija y la beso con toda la calentura.

Una de mis manos está en su pelo para acariciarle la cabeza dulcemente y relajarla. La otra mano la tengo en su cintura baja apretandola hacia mi para sentir sus tetas aplastarse contra mi cuerpo.

Ella se estira para acariciarme los brazos, los hombros, la espalda. Le gusta que sea más grandote.

Le agarro el culo con las dos manos y le tenía tantas ganas que no puedo evitar hacerlo con un apretón fuerte. La pija se me pone durísima. La llevo al sillón.

Aunque soy más alto, ella también lo es. Pero cuando cae sentadita en mi sillón y me tiene parado delante, parezco tener el doble de estatura. En su mirada veo que se siente igual.

Me acerco a besar su cuello mientras le toco las tetas sobre la remera y ella suspira.

Estira los brazos dócilmente cuando le saco la remera y mientras ella la tira a un lado yo le desabrocho el corpiño.

Me detengo un momento para admirar a esta pendeja que tengo en tetas en mi sillón y me mira por debajo de su flequillo negro, expectante. Entregada.

Le chupo las tetas apasionadamente. Las sostengo con ambas manos por debajo para darles soporte y para estimular esas regiones con un suave manoseo.

Paso de una a la otra pero me detengo largamente en cada una. Cuando siento los pezones duros uso toda la boca con más ganas.

Le chupo las tetas a la chica que le gusta a mi hijo mientras él está saliendo con sus amigos y lamentandose de que ella no haya podido ir.

Le desabrocho el shortcito y la agarro del culo para levantarla, darla vuelta y bajarselo junto a la tanguita negra que se trajo para mi.

– Mirá el culito que tenés, pendeja.

No se lo bajo del todo ni le saco las zapatillas.

La hago apoyar las rodillas en el sillón y le lleno de besos de adoración ese culo firme. Mis manos masajean sus piernas hacia arriba para irrigar su sangre y llevarla a su entrepierna.

Sus piernas se llevan besos míos también.

Su culo se lleva un par de firmes nalgadas.

Para cuando mi lengua por fin llega a su concha luego de hacerla desear tanto, ya la encuentro toda babosa.

Es tan rica que siento la reacción inmediata en mi verga.

Saco la pija y me pajeo mientras le chupo la concha desde atrás.

Le saco gemidos y pienso en el morbo que debe tener en su cabecita cuando un tipo de 45 años la tiene desnuda y arrodillada en su sillón.

Lo que la debe calentar que el padre del pendejo que le tira onda le llene el cuerpo de sensaciones cuando está lamiéndole la concha por fuera y metiendole los dedos adentro para pajearla.

La dejo sentada nuevamente en mi sillón.

Sus pies, todavía con las zapatillas están muy separados en el piso.

Sus rodillas están juntas forzadamente porque el shortcito y la tanga quedaron a esa altura sin sacar.

Sus labios están alrededor de mi pija dura que le está llenando la boca y sus ojos clavados en mi como preguntándome ‘¿Así está bien?’ cada vez que embiste con su boquita para chuparmela.

Me da una tremenda chupada de pija que casi me hace acabarle toda la boca. No puede ser tan trola. Es increíble. La chupa como si lo necesitara. Si la dejo seguir voy a terminar soltando toda la leche.

Mi hijo está con sus amigos, sin disfrutar del todo la noche porque piensa en ella.

La chica que le gusta está chupándome los huevos mientras mi mano envuelve la suya sobre mi pija, enseñandole como me gusta que me pajeen.

Mi hijo mira el celular incluso adentro del cine, molestando con la luz, fijándose si ella respondió el último mensaje que le mandó por instagram.

No se imagina que la chica que le gusta está en su propia casa, de rodillas en el sillón, con el shortcito a medio sacar todavía a la altura de sus rodillas, con mis manos sobre sus hombros y gimiendo como loca sintiendo como mi pija le llena la conchita.

El shortcito y la tanga vuelan, la dejo completamente desnuda y la doy vuelta. Quiero verle la carita mientras me la cojo.

Mi hijo no contiene la ansiedad y le manda un meme por instagram, para que lo vea cuando pueda.

– ¡Ay! ¡Ay! ¡Sí, sí sí! Cojeme así. Cojeme. Cojeme por favor.

Mi hijo charla con sus amigos pero en el fondo de su cabeza está planteándose escenarios sobre lo que podría responder ella al meme y al mensaje anterior, para poder seguirle la charla rápido cuando le responda de verdad. Se plantea toda una conversación en su cabeza.

Ella gime, grita, me pide más. Me pide que no pare. Que le de justo ahí. Le sostengo la carita con las dos manos para que me mire, se la aprieto con los dedos por pura calentura. Sus piernas están en alto, bamboleándose al ritmo en que la bombeo contra el sillón.

Mi hijo borra el meme porque se da cuenta que no puede dejarle varios mensajes con 1 hora de separación. Es desesperado.

Yo me siento en el sillón y subo a upa a su chica para que cabalgue sobre mi pija. La agarro de la cintura para sostenerla quieta y muevo mi pelvis para cojerla

¿Y sí vio la notificación del mensaje y se da cuenta que lo borró? Va a quedar como un tarado. Ya fue, le manda de nuevo el meme por instagram. Solo son 2 mensajes.

– ¡Sí, sí, sí, sí! Me encanta tu pija. ¡Ay! ¡Ahí! ¡No pares, ahí! ¡Así, así, ahí! ¡ Ahí, ahí!

Acabó subida arriba mío mientras me la cogía y le chupaba las tetas.

No pude aguantar más. Tuve que sacarla a la fuerza porque ella iba a seguir y le iba a acabar adentro.

Se sentó en el sillón. Me paré delante de ella y se abalanzó a chuparmela. Se hacía la paja y gemía.

Quería hacerla ver como salía la leche.

Le sostuve la cabeza para alejarla de mi pija y le solté un lechazo en el mentón y las tetas.

Me acosté en el sillón a lo largo y la hice tirarse arriba mío. Sentía sus tetas contra mi y nuestros cuerpos pegajosos.

Le tuve que contar que ella le gustaba a mi hijo.

Me dijo que se dio cuenta pero que él era más chico, ella no iba a darle bola de todas formas. Además, no tenía por qué enterarse.

Iba a seguir siendo su amiga y esto fue algo que se dió natural, nada más. Ella no estaba obligada a contarle a sus amigos sobre su vida privada.

Me la volví a coger en la ducha y luego una vez más en mi cama.

Quedó extasiada. Hacía meses que no cogía con nadie y hacía más tiempo que no se calentaba así.

La llevé a su casa y nos comimos la boca mucho tiempo dentro del auto en la puerta de su casa. Ya sentía que se me despertaba la pija.

La saludé para que se baje de una vez y se fue. Moviendo ese culito encajado en ese shortcito de jean con cara de felicidad.

No tenía su número, no pensaba pasar a buscarla. Ella tenía razón y si mi hijo no le gustaba y no eran nada, no hicimos nada malo.

Que ella tuviera 26 años y yo 45 era lo más raro.

Pero no quería seguir perjudicando indirectamente a mi hijo.

A la semana siguiente me tocó el timbre un martes por la mañana cuando mi hijo estaba en la facultad, en la clase que él compartía con ella.

Me la cogí tres veces en mi cama como si en esos 4 días la hubiera necesitado.

Supe que no tenía sentido negarnos este grado de calentura que sentíamos ambos.

Desde ese día se volvió mi pendeja y tuvimos varios encuentros más. Situaciones locas que solo ese grado de calentura podría incentivar, dignas de relatarse, si es que te interesa que te los cuente.