La señora que gruñía

La señora que gruñía

Les quiero contar a ustedes algo que me sucedió hace algunos años. Pondré que me llamo Roberto.

Me contrataron para trabajar en una determinada tienda como dependiente.

La jefa era una señora de unos cincuenta años, algo gruesa pero que no tenía un mal aspecto.

También estaban como empleadas una sobrina de ésta, una chica rubia de pelo cortito bastante delgadita, llamada Inés y Elizabeth, una subsahariana es decir una chica jovencita negra, que acababa de comenzar como yo.

Detrás del mostrado había una puerta con cortinillas que daba a dos salitas y un cuarto de baño.

En una de las habitaciones, donde hay un televisor estaba siempre la madre de la jefa, una señora muy mayor.

Me gustaba el ambiente de trabajo.

Había mucha camaradería. La dueña, doña Ángela, la verdad es que era una señora muy simpática.

A veces sobre todo los sábados por la tarde, que también abríamos parecía como si jugáramos.

Persiguiéndonos entre risas los unos a los otros. Entonces, por ejemplo doña Ángela se sentaba en uno de los sofás, de la salita contigua, de donde estaba la madre viendo la televisión, y a veces trincaba literalmente a su sobrina y la sentaba encima suyo.

Entonces no paraban de revolverse, en una lucha sin cuartel, en la que la señora no dejaba de gruñir.

Yo como soy un ingenuo, al principio no me daba cuenta de lo que pasaba.

Hasta que me fijé como la cogía.

A veces le sujetaba las tetitas o le ponía la mano en la entrepierna de su pantalón. Lo de los gruñidos lo hacía para disimular que se lo estaba pasándoselo fenomenal.

Cuando ella se dio cuenta de que yo me estaba enterando de lo que pasaba, recuerdo que era verano y a veces se ponía en la salita con un ventilador, llevando poca ropa.

Dije antes que doña Ángela no estaba nada mal. La barriga estaba bastante prieta aunque le sobresalía un poco; era una mujer atractiva.

Sin embargo era soltera.

Quizás las piernas eran demasiado robustas.

Sus pechos destacaban como os podéis imaginar. En cambio Inés y Elizabeth eran finitas, tiernas, con mas pecho la segunda, la morenita.

¿Pero ellas se daban cuenta?.

Cuando cogía a Inés, la sentaba encima de ella y doña Ángela no dejaba de moverse de un lado para otro. La otra no se estaba quieta.

Pero no conseguía zafarse. Era como un juego. La toqueteaba y la apretaba contra sí estrujándola. A veces se detenía y luego volvía a empezar. ¿Se aprovechaba de ella?.

Su sobrina lo sabía pero se dejaba hacer. Era lesbiana. A veces pasaba su novia por la tienda.

Pero doña Ángela también agarraba a Elizabeth; que también se reía y luchaba como Inés. Pero era diferente. Se dejaba en parte por la necesidad y en parte por el afecto que pensaba que le estaba dando.

Doña Ángela gozaba como una loca y Elizabeth buscaba que la confortasen; creo que tenía también ciertas tendencias lésbicas.

A todo esto todos estos manejos salidos de la señora hacían que se me pusiera dura. Lo que provocó que me lo hiciera a mí también, un jovencito de 19 años.

Me sentaba sobre ella y se ponía a gruñir, para que su madre no se enterase de que podía jadear, gemir o gritar en uno de sus orgasmos. Yo como Inés y Elizabeth también me dejaba hacer.

De vez en cuando se acercaba a la otra habitación y si su madre dormía, entonces me cogía hacía delante. Eso no se lo hacía a las otras dos.

Sólo a mí. Entonces notaba mi polla dura. Ella terminaba con espasmos pero en estas ocasiones me soltaba pronto entre jadeos.

Este ambiente de inocencia sexual nos influyó hasta el punto de que en una ocasión nos encerramos Elizabeth y yo en el baño; ella con unas braguitas sólo y yo desnudo.

Nos besábamos y mi pene quedó atrapado por su lencería.

Me frotaba contra su ingle, al tiempo que sus pezones erectos se apretaban contra mi pecho. Haciendo eso nos corríamos.

Luego nos lavábamos y mojábamos en el lavabo, pasándonos las manos por todo el cuerpo.

A doña Ángela si llegué a penetrarla.

Lo hicimos de pie. Ella llevaba sus bragazas y yo desnudo.

Entonces se las bajo. Su sexo estaba muy caliente y húmedo.

No dejó de gruñir con fuerza, apretándose contra mí. Parecerá cómico pero yo hice lo mismo.

¡Como noté su orgasmo!. Fue mucho más rápido que el mío.

¡Creo que fueron dos! Y luego yo me corrí dentro de ella. «Como te quiero jovencito», me dijo, besándome en un carrillo.

Unas semanas después me tuve que ir a la mili y no las he vuelto a ver nunca más.

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