Rodhesia II – Final

Serie: Rodhesia

Rodhesia II – Final

Los modales de Ivonne se iban refinando, pero su aspecto seguía estancado en sus orígenes nativos.

Decidí tomar medidas y me la llevé conmigo a la ciudad. Ivonne estaba maravillada por el aspecto urbano, por las tiendas, por el ruido de los coches.

Tuve que acudir a una peluquera que trabajaba en su domicilio, pues no creo que las peluquerías de la ciudad quisieran peinar a mi criada.

Al volver, cogí las manos de Ivonne y le pinté las uñas de un color rojo llamativo, lo mismo que sus pies, de los que habían empezado a desaparecer, al igual que de las manos, las durezas provocadas por el duro trabajo del campo.

Pinté sus labios de una tonalidad roja parecida y sus ojos. Ivonne observaba entusiasmada su transformación. La noche se cernía sobre la casa.

Mama Kun miró el aspecto de Ivonne, y no le hacía mucha gracia. Ivonne bajó a cenar con un vestido que yo le había sugerido.

Sus piernas y su rodillas asomaban bajo la tela blanca de la falda.

Adiviné el conjunto de lencería que le dije que se pusiera bajo la falda.

Era un vestido de una pieza cuya cremallera, a la espalda yo mismo había subido un ratito antes.

La cena estaba servida y ordené a Mama Kun que se acostara, pues Ivonne recogería los platos. Yo iba vestida como solía, con un pantalón de trabajo y una camisa de color ocre.

Comimos como solíamos últimamente, la una enfrente de la otra. La miraba de manera insinuante y ella se turbaba.

No puedo decir que se pusiera colorada, pues su tez negra impedía apreciar si su rostro se encendía, pero inclinaba la cabeza.

Coloqué en un momento dado mi pierna, con aquellas botaza entre sus piernas.

Alzó su falda rápidamente para que no le manchara su vestido blanco.

Me agaché disimuladamente y vi al final de sus muslos le triangula blanco que indicaba mi objetivo último.

Cuando acabamos de comer, y tras propiciar que Ivonne estuviera un poco bebida, pues le iba sirviendo vino hasta que la botella se acabó, me levanté y me puse tras ella.

Comencé a acariciar sus hombros. Veía su cabeza desde arriba y sus senos en escorzo, tapados por el vestido. Bajé sus tirantes, los del vestido y los del sujetador.

Sus pechos morenos estaban más a mi alcance ahora.

El olor de su pelo, perfumado por la esencia que había comprado para ella me embriagaba y mis manos bajaron su vestido y su sujetador y se apoderaron de sus pechos, mientras le besaba el cuello y la mordisqueaba la oreja.

Le dije palabras hermosas. Palabras que a cualquier mujer le gustaría oír, aunque vinieran de una mujer.

Levanté la falda de su vestido y metí una de mis manos en sus bragas, acariciando su sexo que estaba incipientemente mojado.

Metí mis dedos en su raja y los moví en su interior hasta que conseguí arrancarle un orgasmo. Entonces la pasión se apoderó de mí y la levanté rápidamente de la silla y aparté bruscamente los platos de la mesa, cayendo algunos cubiertos al suelo.

La tendí sobre la mesa. El traje se le arremolinaba alrededor de la cintura. Las medias y las bragas cubrían su cuerpo. Ivonne había perdido un zapato. Le bajé las bragas y se las saqué del cuerpo y tras forzarla a abrir las piernas me acerqué a ella, rozando mi sexo con el suyo y comencé a menearme contra ella.

Me movía como si fuera un hombre, arqueaba mi cintura buscando el roce. Hubiera deseado poseer un pene para poder insertarla.

Me paré para desabrocharme el pantalón y pude apreciar cierta expresión de sarcasmo cuando Ivonne descubrió que llevaba puestos unos calzoncillos de mi tío Peter.

Aquello me excitó y comencé a menearme con más fuerza, como queriéndola atravesar con un pene imaginario. Puse sus piernas sobre mis hombros. Ahora mi vientre daba de lleno contra su sexo.

Mi clítoris la rozaba y estallé en un orgasmo ante la sorpresa de Ivonne. Me seguía moviendo de manera masculina mientras la agarraba de las manos, para acercar su cuerpo lo máximo al mío.

Me tiré sobre ella, sobre sus pechos. Me puse a comer sus pezones hasta que mi exasperación por el orgasmo se hubo calmado. Fui entonces en busca de su sexo.

Mi boca se apoderó de él a pesar de que sus pelos me molestaban. Su olor me atraía, me enervaba.

Mis labios se fundían con los de su sexo y mi lengua intentaba penetrarla. Yo seguía con las piernas sobre mis hombros y con sus manos agarradas por las mías. La sentí moverse como la grupa de mi caballo, ante la fusta de mi lengua.

Del paso al trote y del trote al galope, mientras yo permanecía impasible mientras la montaba. Ivonne intentaba acariciarse pero yo se lo impedía.

Mi lengua era su premio y su castigo. Sentía sus nalgas moverse contra mi barbilla, su sexo contra mi lengua hasta que su orgasmo fue perdiendo fuerza.

Le quité el vestido y lo recogí, como el resto de la ropa. Salimos del comedor. La llevé desnuda a mi cuarto, donde proseguimos con nuestro amor toda la noche.

El sexo de Ivonne me obsesionaba, y un día tomé una determinación. Fui a las cosas de mi tío Peter y agarré los utensilio para afeitarse, excepto la cuchilla, que sustituía por una mía desechable, de corte más seguro.

La bañé como todos los días, acariciando cada trocito de su cuerpo. La tomé entre mis brazos y la toalla para que se secara, y luego, le ordené que se echara sobre la cama y abriera las piernas. Quise poner a prueba a Ivonne y le tapé los ojos con un pañuelo.

Le expliqué que le iba a pelar el sexo, que estuviera quieta y que se agarrara a las barras del cabecero de la cama.

Puse la brocha enjabonada sobre su sexo y comencé a hacerle cosquillas mientras extendía el jabón. Ivonne se reía pero no se movía.

Luego, empecé a pasar la cuchilla lenta y concienzudamente por su sexo, limpiándolo de pelos morenos, para dejar una piel oscura, más oscura que la que le rodeaba.

Cuando acabé le cubrí el sexo con una toalla de agua templada, que debió de aliviarle bastante, pues por la cara que se le adivinaba, estaba bastante asustada mientras le depilaba su sexo.

Ivonne era ahora mi muñeca perfecta. Esa noche me apoderé de su sexo y la hice mía, sintiendo en mis labios la suavidad de su piel.

Había otra idea que me obsesionaba. Era la de penetrar a Ivonne. El problema era complicado. La sociedad rodesiana tenía una mentalidad retrasada y muy conservadora.

No podía comprar un consolador, ni tampoco podía importarlo de la metrópoli, pues seguro que en la aduana me abrirían el paquete y me meterían un paquete. No se trataba de penetrar a Ivonne con una zanahoria o un pepino. Yo prefería hacer eso con los dedos, sentirla bajo mi mano y luego oler el perfume de su sexo.

Lo que se trataba era de poseerla como un hombre. Después de mucho discurrir se me ocurrió una solución.

Fui a hacer una visita al artesano de marfil y le expliqué lo que quería. Le hice un dibujo, pero el hombre miraba incrédulo y extrañado, hasta que le hice un gesto y le señalé más o menos por donde debía quedar su pene.

A los cuatro días fui a recoger el trabajo.

Era perfecto. Un pene de marfil, de taxto liso y suave, con un peso que lo hacía agradable de tener.

En la base había hecho unas incisiones para poderlo agarrar, como le dije a un soporte. Medía dieciséis centímetros más o menos y era de un blanco precioso. Daba ganas de acariciar la cabecita. Pagué al artesano muy generosamente y le exigí, con un sobreprecio, su silencio.

Fui a la casa escondiendo aquello bajo la chaqueta como si fuera una chiquilla y fui a mi cuarto a verlo puesto.

La pieza de marfil se ajustaba a otra de madera que servía de unión a dos correitas de cuero que había conseguido registrando en la cuadra. Me quité aquello. Estaba deseosa de probarlo. Cité a Ivonne en los establos.

Los establos estaban vacíos y nadie entraría, pues ese día, domingo, los trabajos en las cuadras eran las mínimas y los criados las hacían rápidamente. Me puse a acariciar el lomo de mi caballo esperando que Ivonne llegara. Ella legó al poco tiempo, pero a mí se me hizo interminable.

Llegaba con un vestido humilde de trabajo, de falda ancha y bajo el cual llevaba una ancha camisa. Le ordené que se desnudara.

A Ivonne le encantaba que la tratara despóticamente, pues sabía que cuando empezaba tratándola así, acababa siendo una dulce amante con ella. Ivonne se quitó el vestido y la camisa dejó asomar sus piernas deliciosas. Luego se quitó las bragas, que dejó cuidadosamente sobre el vestido.

Le ordené que se descalzara, que se quitara las botitas y los calcetines y luego ella se quitó la camisa y el sostén. Yo llevaba la chaqueta abrochada.

Le reservaba una sorpresa bajo la chaqueta. Le ordené que se acercara y la abracé. El olor a cuadra se mezclaba con el de ella.

La besé con fuera y pasión mientras los olores se mezclaban en mi cerebro. Mi mano se apoderó de su sexo sin contemplaciones. Ella estaba de puntillas, por qué había pasado al compartimento de mi caballo.

Sus pies se mojaban con la paja húmeda. Comencé a comerme su pecho y tras comprobar su excitación la saqué de allí arrastrándola de la mano y la llevé hacia un montón de paja limpia.

La tiré sobre ella y me quité la chaqueta rápidamente. sobre mis pantalones de montar se apreciaba aquel falo de marfil, que no pasó desapercibido a Ivonne.

Yo me quité la camisa y mis pechos quedaron al aire. Ivonne me miraba sobre la paja. Me acerqué despacio y me puse sobre ella.

Abrió las piernas y miró al techo, esperando que mi pene de marfil se introdujera entre sus piernas. La besé en la boca mientras me tumbaba sobre ella. Ivonne esperaba la penetración. Sentía en ella cierto miedo. Le prometí que no la haría daño.

Comencé a acariciar sus pechos y luego los estimulé con la lengua mientras comprobaba la humedad de su sexo. Sólo cuando la noté muy mojada coloqué la suave cabecita del pene de marfil entre sus labios y la introduje lentamente, mientras estudiaba por la expresión de su cara, la tolerancia de Ivonne, que poco a poco iba venciendo su miedo y empezando a sentirlo dentro. Lo bueno de aquello era sentir su aliento frente a mí.

Nuestras senos se rozaban y yo me esforzaba en introducir mi falo lentamente, hasta que las dos quedamos totalmente empotradas. Ivonne resoplaba y musitaba.

Yo la animaba y me empezaba a mover sobre ella. Estaba disfrutando como nunca, cabalgando sobre mi mujer. Sintiéndome macho. Ivonne se retorcía de placer ahora, abandonando ya todo su temor y entregada al juego.

El suave objeto de marfil se deslizaba dentro de ella y le procuraba un indudable placer. Comencé a agitarme con mayor rapidez y mi mujer comenzó a gemir de placer, con unos susurros roncos, guturales y profundos, Ivonne se movía como nunca antes lo había hecho conmigo y cuando su orgasmo terminó saqué el miembro de marfil totalmente impregnado de ella.

Estuvimos un rato la una junto a la otra, tumbadas sobre la paja, besándonos y haciéndonos caricias. Luego nos vestimos y salimos. No me quité aquello hasta lavarlo en el lavabo del servicio.

No comprendía cómo podía haber corrido el rumor de que yo era lesbiana e Ivonne era mi amante.

Mi primo me lo dijo un día que me encontró en la ciudad. No me lo quería decir, pero al final me lo tuvo que confesar. Quería que tomara algún tipo de medida para acallar el rumor que corría en las comidillas la última vez que estuvo en una reunión social en la zona donde vivíamos. Le pregunté donde había sido. Fue en casa de los Gordons. En seguida me acordé de Margaret

Margaret era la hija de los Gordons. Los padres se habían ido a Inglaterra y no habían vuelto, hartos de un ambiente que no les iba.

Ella se había casado con un africaans, cazador de elefantes, de cuarenta años al que un día le falló la escopeta y un león acabó con él. Eran, por lo que me habían contado, una pareja en la queél, de bastante más edad, pues Margaret era dos años mayor que yo, controlaba todo, hasta el dinero y al final, los dejó casi en la ruina.

Margaret había sido la culpable de todo aquello. Seguro. Empecé a recordar aquel día en el que los Gordons vinieron a visitarnos.

Margaret se vino a jugar conmigo y entonces yo le dije que mi juego favorito era jugar a las casitas con Ivonne.

Me puso muchas pegas a jugar con Ivonne. Esto humillaba a Ivonne, que tenía dieciocho años. Margaret tenía diecisiete y yo quince.

Le expliqué, para introducirle en el juego, que Ivonne era la madre y yo hacía de padre, y que nos tendíamos, como parte del juego, en aquel colchón. Recuerdo la expresión humillada de Ivonne cuando le explicaba a Margaret que yo le besaba los pechos, como si de un matrimonio real se tratara.

Margaret aceptó, a condición de que ella sería la madre, y yo uno de los hijos. Acepté por que era la invitada. Yo creo que ella accedió por que ella siempre ha deseado mostrarse superior.

Era una oportunidad para ella de obligar a una chica a hacer algo que no quería, y más si era negra. Por que Ivonne no deseaba ser la esposa de Margaret.

El caso es que me sorprendió Margaret. No se limitaba a besar los pechos de Ivonne. Mordía los pezones de mi criada con los labios y pegaba tironcitos que hacían que se les pusiera duros y puntiagudos.

Ahora aquello lo comprendía muy bien, pero cuando sucedió fue para mí un hecho revolucionario que me conmocionó.

Luego le levantó la falda y comenzó a besar a Ivonne en los muslos mientras bromeaba con el fuerte olor de mi criada. Puso su mano sobre su sexo. Fue la primera vez que caí en la cuenta del poder de una mano sobre un sexo femenino y la vi jugar con el sexo de Ivonne, aún cubierto con sus bragas.

Me enfadó mucho ver que Ivonne disfrutaba más con Margaret, que lo único que quería era hacerla suya por sentirse poderosa, que conmigo, que la amaba realmente y que la sentía mía y yo suya. Fue la primera vez que vi a una chica correrse.

Margaret conseguía arrancar un pequeño orgasmo a Ivonne delante de mí, dándome una lección de comportamiento que intenté imitar. Ivonne lloró aquella tarde cuando Margaret se fue. Se dio cuenta que había sido utilizada vilmente.

Sin duda Margaret era la difusora de aquellos rumores.

A la mañana siguiente fui a ver a mi vecina Margaret montada en mi caballo. Me recibió amablemente y me invitó a café. La hipocresía es un ejercicio de buena educación. Margaret estaba realmente hermosísima.

El negro de las ropas la hacía más rubia y de piel mas blanca. ¿Cuánto tiempo haría que no hacía el amor? Su marido hacía un par de años que había muerto. Le pregunté directamente por algún novio. No tenía novio.

Empecé a utilizar mis encantos seductores. Utilicé una estrategia muy distinta a la que utilicé con Ivonne. Me puse comprensiva, romántica, sensible. Usé el lenguaje del cuerpo y el tacto que Margaret, descuidada me ofrecía y una serie de estímulos contradictorios, que no se sabía muy bien a qué obedecía, si a cariño o a sexo. Si a confianza o a seducción.

Esa misma mañana, nos fuimos a dar un paseo por el invernadero, donde Margaret cultivaba las rosas. Las palabras de cortesía daban paso a las palabras de halago y las de halago a las de amor.

Margaret no sabía como reaccionar. El invernadero estaba apartado y nadie podía molestarnos. En un descuido la besé en la boca. Ella intentó huir pero yo la retuve. Yo era mucho más fuerte que ella.

Margaret no gritó ni pidió ayuda como yo había previsto. Le tiré al suelo y nos entregamos a un revolcón sobre el suelo de grava de los pasillos del invernadero. Su pelo rubio, revuelto, cruzaba a ramalazos su cara.

Sus ojos marrones claros alimentaban mi codicia. Le agarraba las manos sobre la cabeza, más por sentirla indefensa que por evitar una reacción negativa de ella. Margaret necesitaba amor y sexo, aunque fuera de una mujer.

Después del primer asalto decidí dejarla respirar. Margaret se alejó medio corriendo. El traje manchado por detrás era la prueba muda de nuestro encuentro. Me marché, pero volví la tarde siguiente para tomar el té. Esa noche hice el amor con Ivonne desaforadamente.

Esa tarde tomamos el té en un saloncito de la casa. Margaret dijo a la criada que tenía una fea mujer de unos cuarenta años, que podía retirarse. Me miraba expectante y yo sabía que esperaba que la atacara como el día anterior, y no la defraudé.

La besaba mientras mis manos la tocaban, le acariciaban los pechos sobre el vestido y la cogían su culo, un culo que se adivinaba perfecto y prominente.

Margaret era una chica delgada pero de carnes bien puestas, es decir que tenía un buen culo y unos pechos bastante grandes. Era alta. Era un poco más alta que yo.

Mis visitas continuaron y poco a poco fui domesticando a aquella hembra blanca que se sometía dulce y sumisamente a mis deseos.

A mis manos, a mi lengua. Un día mi mano se apoderó de su sexo, subiendo su vestido negro de luto y metiéndose en sus bragas y le arranqué un orgasmo entre sus súplicas para evitar que sucediera aquello. Fue mi pequeña venganza por lo sucedido durante aquella lejana tarde en mi casa. Y desde aquel día Margaret se convirtió en mía de manera indiscutible.

Me esperaba con el negro vestido, pero olvidando las bragas en algún cajón del lujoso mobiliario de la casa.

Mi lengua conocía sus secretos y un día, al comentarle un tarde antes que me gustaban los sexos depilados, me dio la sorpresa de mostrarme un sexo pelado, suave y tierno del que me apoderé sin piedad, comparando qué sexo era más delicioso, el de Ivonne o el suyo, y no sabía qué responder. Así que esa misma noche probé el sexo de Ivonne y seguí con la duda

Me gustaba estar tanto con Ivonne como con Margaret. Con la primera disfrutaba de una amor salvaje y posesivo, de la segunda, de un sofisticado romanticismo.

Estuve así algún tiempo, hasta que un día, Margaret me pidió que viviéramos juntas. Me pidió que al menos alguna noche estuviera con ella. El problema es que Ivonne no sabía nada de Margaret y Margaret no sabía nada de Ivonne. Ninguna de las dos estaría dispuesta a aceptar a la otra.

Hubo un momento en que no pude retrasar una respuesta a Margaret, entonces se me ocurrió una idea. Le dije a Margaret que sería como ella quisiera, pero la condición era que vendría ella a mi casa.

No le pareció bien al principio, máxime sabiendo los comentarios que ella misma había difundido, pero al final aceptó. Un día preparó todo como para ir a la ciudad, pero les dijo a todos que iríamos primero a mi casa, y que desde allí iríamos a la ciudad. Metimos el coche en la cuadra y nadie supo si habíamos ido o no.

Margaret estuvo conmigo mientras me veía obligado, por el momento a mantener a Ivonne en un segundo plano, como camarera.

A Margaret le enfadó la presencia de Ivonne y no puedo decir que Ivonne estuviera mucho mejor. Las chicas se miraban y se enfurecían. Margaret me hizo unos comentarios capciosos a los que no hice ni caso. Lo peor vino en la cena. Ivonne estaba sentada con nosotros a la mesa.

Margaret me dijo delante de ella que no pensaba aguantar esa situación. Yo le dije que Ivonne era mi amiga y no pensaba relegarla fuera de su lado.

Entonces Margaret la intentó humillar, haciendo que se levantara para servirla. Ivonne buscó una respuesta mirándome y le invité a que la sirviera con la mirada. Ivonne se levantó y comenzó a echarle la sopa. En esto que, sin esperarlo ninguna, echó la sopa directamente sobre al cabeza de Margaret. Aquello fue demasiado y pensaba que iba a perder a Margaret.

Eché a Ivonne del comedor, que salió corriendo y llorando a su cuarto. ¡Qué culo más gracioso se le veía, con aquel trajecito corto! Intenté consolar a Margaret y sólo se me ocurrió llevarla a la habitación a que se pusiera uno de mis vestidos. Ivonne nos debió escuchar subir por la escalera, pro que asomó su cabecita desconsolada por la puerta de su dormitorio.

Margaret comenzó a desnudarse para ponerse uno de mis vestidos. Por vez primera la tenía desnuda, pues siempre la había hecho el amor fugazmente, metiendo mi cabeza o mis manos entre sus ropas. M acerqué a ella y la abracé.

A Margaret se le pasó el mal humor nada más tenerla entre mis brazos, pues en el fondo, lo que más deseaba era que yo me apartara de Ivonne para elegirla a ella.

Nos besamos y me deshice de su ropa interior. Mi boca se apoderó de sus grandes pezones rosáceos que coronaban aquel seno espléndido, grande y bien sujeto. Mis manos se deslizaron por debajo de su vientre hasta acariciar su sexo. Margaret se empeñaba en desnudarme.

Me deshice de mi camisa y mi sostén. Estaba con aquellos pantalones que para mí tenían un valor emblemático. Los de amazona y aquellas botas negras, igual que el día que estrené mi falo de marfil, y pensé que sería buen momento para estrenarlo otra vez, esta vez con Margaret.

Me aparté de ella y me puse a colocarme las correas que soportaban aquel miembro en mi cintura. Margaret se negó en redondo.

No pude convencerla. Pensaba que la dañaría y no había manera. Además, esto contribuyó a que se le pasara el ardor inicial y me fue imposible hacerle el amor aquella noche. Amenazó con irse de la casa. Al final la dejé en paz y a la mañana siguiente se fue a su casa.

Estaba preocupada con Margaret y molesta con Ivonne, que intentaba congraciarse conmigo a toda costa. Fui a la tarde a casa de mi vecina Margaret y me recibió fría y exigiendo una compensación. No me dejó no que la tocara. Sinceramente, se me complicaba mi vida amorosa.

Al final le prometí que Ivonne sería castigada. Margaret entonces parecía más apaciguada pero no me dejó tocarla hasta que no hubiera materializado mi castigo sobre mi criada.

Se me ocurrió una idea. Margaret sería ella misma la que castigaría a Ivonne. Con ello la introduciría en nuestros juegos. Le comenté que viniera a casa para ver ella misma cómo castigaba a Ivonne. Ella me prometió que vendría por la tarde. Ese medio día hice las paces con Ivonne.

Cuando el coche de Margaret atravesaba la puerta de mis propiedades, cosa que ví con unos prismáticos desde mi dormitorio, llamé a Ivonne y le pedí que me entregara su sostén. Ivonne se lo desabrochó de la espalda y tras un juego de codos y hombros extendió su mano con el sostén en ella.

Actué rápidamente y tras cogerle una mano y tirar de ella y metérsela tras la espalda, se la até junto a la otra. Luego le dije que no temiera nada. Era un juego. Entonces le tapé los ojos con un pañuelo y le quité las bragas metiendo mis manos dentro del vestido corto que llevaba. Le ordené que se descalzara.

Bajé a recibir a Margaret, que venía vestida con aquel vestido negro. Le dije que Ivonne nos esperaba arriba y que ella misma ejecutaría el castigo que yo le diría.

Subimos y entramos en el dormitorio. Saludé a Ivonne indicándole a Margaret que guardara silencio. Ivonne se había sentado sobre la cama y le ordené que se levantara. Saqué aquel miembro de marfil de uno de los cajones de la cómoda y le hice un gesto a Margaret para que se desnudara. Ella entendió perfectamente cual era el castigo para Ivonne y cuál era su premio. Se quedó completamente desnuda.

Margaret era delgada, pero tenía, como ya he dicho, unas anchas caderas que aguantaban un buen culo y unos pechos generosos. Le ayudé a colocar se las correas.

Aquel miembro de marfil le quedaba extraño y excitante. Ivonne esperaba de pié, expectante pues oía ruidos pero no podía sino sospechar que yo estaba acompañada

Margaret, a pesar de sus deseos, estaba remisa, por lo que la cogí de la mano y la llevé hasta Ivonne. Entonces Margaret se acercó a sus labios y los mordió, con cierta fuerza.

Su lengua se metió entre sus labios y las encías de Ivonne mientras agarraba con fuerza sus senos, hasta descubrir en la expresión de Ivonne, que estaba con los ojos tapados una leve sensación de dolor.

Me coloqué detrás de Margaret, de manera que su trasero se incrustaba en mi ingle y comencé a decirle en voz casi imperceptible sugerencias. La agarraba de las caderas y le cogí el pene de marfil para agitarlo entre las piernas cerradas de Ivonne. También le ordenaba a Ivonne, que suponía aún que era yo la que la tocaba y besaba.

Le ordené a Ivonne que se abriera de piernas y coloqué aquel falo que colgaba de Margaret en su sexo. Margaret entonces me lo arrebató de las manos y comenzó ella misma a jugar con aquello en el sexo de Ivonne.

Le pegué un empujón a Margaret con la cintura que provocó que el pene se proyectara contra Ivonne y a la vez, que la tirara sobre la cama. Los pechos de Margaret se estrellaron contra los de Ivonne. La chica, como digo, cayó sobre la cama. Luego Margaret tiró de sus piernas hacia arriba e Ivonne quedó tendida sobre la cama.

Margaret se puse de rodillas y yo con ella, mientras comenzaba a besarle el cuello y manosearle los pechos mientras ella enfocaba su postizo directamente contra el sexo de mi criada. Metiendo primero la punta y luego, poco a poco, el resto. La pieza de marfil entró lentamente. Margaret permanecía quieta delante de Ivonne. Podía ver su cara triunfadora a través de un espejo que había delante. Ivonne por su parte permanecía quieta y su silencio sólo se interrumpía por un susurro grave de placer.

Cogí entonces a Margaret por la cintura de nuevo, incrustando de nuevo su trasero en mi pubis y sentí la suavidad de sus nalgas en mi clítoris. Pegué un fuerte empujón. Margaret se echó sobre Ivonne introduciendo completamente el falo. Ivonne dio gimió placenteramente.

Me agité contra Margaret, provocando que sus caderas se movieran al mismo ritmo que las mías. El pene entraba y salía de Ivonne, que abría sus piernas todo lo que podía. De repente, Ivonne intentó cruzar las piernas por detrás del cuerpo de la mujer que la penetraba y se encontró con que detrás de aquel cuerpo había otro. Entonces se dio cuenta del engaño.

Ivonne se agitaba insertada por el pene de marfil. Margaret disfrutaba con aquello. Podía ver a través del espejo una sonrisa sádica en su cara y se movía sola mientras la criada pedía que la soltara que no continuara, pero el pene provocaba en Ivonne un placer superior a sus reticencias. O era quizás más excitante por sentirse casi violada por aquella que era su enemiga. Yo, por mi parte, no puedo decir otra cosa sino que me corrí viendo aquello y participando como tercera.

Al fín Ivonne se corrió. Le quité el pañuelo, avanzando por el lateral de la cama, cuando todavía Margaret la penetraba. La besé con pasión y recibí un beso con una pasión aún superior. Margaret sacó el pene de marfil y colocó su boca sobre el sexo de Ivonne, adosando su boca, fundiéndola con su sexo, y provocando que rápidamente Ivonne tuviera un segundo orgasmo, como una continuación del primero.

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero creo que para Ivonne aquello fue como un dulce postre. Mientras, Margaret metía su mano entre las piernas, buscando el calor de su sexo para masturbarse buscando un orgasmo que ella sabía que no se haría esperar.

Ivonne permaneció aquella tarde y toda la noche atada, prisionera entre Margaret y yo, sufriendo o disfrutando de la tortura que sus captoras le procuraban. Yo estaba muy satisfecha, pues había conseguido dos cosas. Por un lado, había resulto la situación, y por otro, había introducido a Margaret en mi relación con Ivonne. Pero quedaba una cosa por resolver.

Efectivamente. No era justo tratar de aquella forma tan despótica a Ivonne y de una manera tan cortés a Margaret. Margaret se hacía muchas ilusiones respecto a que iría a vivir a su casa. No está dispuesta a abandonar la mía. Además..Era ella la que debía venir a mi casa.

Quizás esperaba que el cambio de domicilio me haría abandonar a Ivonne, que seguía siendo una presencia incómoda. Tengo que decir que desde ese día, Ivonne estaba más cariñosa y predispuesta que nunca. Decidí darle un premio.

No pasó ni una semana desde que Margaret hizo el amor a Ivonne cuando me presenté en su casa. La convencí para darle un paseo por el campo y acabamos en mi casa. Ivonne nos sirvió el té. Margaret la miró de una forma desafiante, triunfante…un poco chula. Ivonne llevaba un uniforme.

Tomamos el té. Margaret estaba descuidada cuando me levanté y me puse detrás de ella y antes de que se diera cuenta, la cogí del pelo y la obligué a ponerse de pié.

Margaret me miraba un poco asustada. Le ordené que se desnudara mientras la tenía agarrada todavía del pelo.

El traje negro cayó, las bragas se deslizaron por sus piernas y su sujetador, por los brazos y así quedó tras descalzarse, totalmente desnuda.

Seguía agarrándola de los pelos.

Ella me retenía la mano ahora, para evitar que el tirón fuera excesivo. Entonces llamé a Ivonne. Ivonne se presentó totalmente desnuda.

Su cuerpo del color de la caoba sólo interrumpía su monotonía por el pene de color blanco marfil que le colgaba a la altura del pubis.

Margaret gritó que me odiaba mientras me pedía que la soltara, que evitara lo que en justicia debía producirse para resarcir a Ivonne. Ivonne avanzaba hacia ella y mi mano en el pelo Margaret fue sustituida por la suya, que estirando de la improvisada coleta rubia de aquí para allá, dominaba el cuerpo de Margaret a su antojo.

La obligó a sentarse sobre la mesita redonda del té, de manera que el mueble casi se volcó al principio y colocándose muy cerca de ella le confirmó el destino excitante que aquella tarde le deparaba.

No me importó que la primera mujer que penetrara a Margaret fuera Ivonne.

Ivonne la tomó de la cintura y la apretó contra ella.

Yo tiré de Margaret y se tiró sobre la mesa.

La agarré de los brazos y me tiré sobre sus pezones, mordiéndolos con los labios. Margaret agarraba los míos con su boca cuando podía, aunque se le escapaban.

Yo castigaba sus tetas con mi lengua y mis labios mientras Ivonne penetraba y comenzaba a agitarse dentro de Margaret, que dejó de mover sus piernas para intentar zafarse de su destino y se entregó a la sensual experiencia, cruzando las piernas sobre la cintura de Ivonne, que seguía agitándose dentro de Margaret, concentrada y feliz..

Así tenía delante de mí a las dos mujeres, la una sobre la otra, amándose y dejándose amar.

Las contemplaba y veía cómo se meneaban sus dos pares de pechos. Blancos los unos, negros los otros, pero tiernos y exquisitos.

Margaret acabó reconociéndome que empezaba a amar un poco a Ivonne.

Conocía bien a Ivonne y sabía que a ella también le gustaba Margaret.

Nos fuimos a vivir las cuatro a Sudáfrica, a la Ciudad del Cabo, donde nuestro amor pasa más desapercibido.

Vendimos nuestras fincas y pusimos unos almacenes en nuestra nueva ciudad.

Trabajamos juntas de día y dormimos juntas de noche.

Yo soy la directora en la tienda y en la cama… soy la reina.

Margaret e Ivonne me obedecen. Las amo todas las noches, y a veces las dejo que se amen entre ellas.

Aunque… no sé. Últimamente creo que también se aman cuando no las veo.

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