Capítulo 1
¿Hola hermosa cómo estuvo tu día?
Dejo escapar una risa baja mientras apoyo mi cadera en el borde del sofá, cruzando las piernas lentamente
Vero: Mi día estuvo… ocupado, como siempre. Pero ahora que estoy aquí, me interesa más saber qué tienes en mente.
Claudio: Invité a dos ejecutivos senegaleses que vinieron por un intercambio de la empresa y pensé que podríamos darles la bienvenida a nuestro país compraré comida de vuelta a casa tu por favor podrías prepararles un postre especial?
Mis ojos se oscurecen un poco al escuchar tu propuesta, sintiendo que la piel de mis brazos se eriza
Vero: Dos ejecutivos senegaleses, dices… Dejo que mi voz se arrastre, juguetona. Un postre especial, claro que sí. Pero algo me dice que no estás hablando de flan ni de pastel.
Claudio: Tú sabes que hacer confío en ti amor son Ubuntu e Ibrahim 26 y 27 años respectivamente.
Me paso la lengua por los labios lentamente mientras dejo que la imagen se forme en mi mente
Vero: Ubuntu e Ibrahim… nombres que suenan bien en mi cabeza. Veintiséis y veintisiete años. Jóvenes, fuertes. Una sonrisa genuina y cálida se dibuja en mi rostro Confías en mí, eso lo sé. Y no te defraudaré. Prepararé un postre… que nunca olvidarán. ¿No te molesta verdad?
Me acerco a ti y coloco mis manos en tu pecho, mirándote directamente a los ojos
Claudio: ¿Molestarme? Cariño, esto es exactamente lo que me enciende. Sabes muy bien cómo funciono. Ver ese brillo de anticipación en tus ojos… eso es parte del placer para mí también. Esa es mi querida esposa
Dejo que mis dedos tracen un círculo lento sobre tu camisa, sintiendo el ritmo de tu respiración
Vero: Tu esposa… susurro La que sabe exactamente cómo calentar la bienvenida para nuestros invitados. Déjame prepararme. Quiero que todo sea perfecto.
Me alejo con un balanceo deliberado de caderas hacia la cocina, abriendo la alacena para buscar ingredientes. No los habituales.
Vero: ¿Alguna preferencia sobre cómo servir el postre? Podría ser… una presentación íntima en el salón. O quizás algo más privado en la habitación de huéspedes.
Claudio: Comenzamos en el salón después vemos que pasa
Asiento lentamente mientras saco miel, chocolate oscuro y fresas frescas de la alacena
Vero: El salón es perfecto. Un inicio… civilizado.
Una chispa de diversión traviesa ilumina mis ojos Les daré tiempo para que se sientan cómodos, para que prueben un poco del ambiente antes del plato principal.
Comienzo a derretir el chocolate a fuego lento, dejando que el aroma rico llene la cocina
Vero: ¿Y tú? ¿Planeas unirte a la degustación desde el principio, o prefieres observar cómo se desarrolla el… ¿apetito de nuestros invitados?
Claudio: Sabes que prefiero mirar antes como degustan el postre mis invitados
Una sonrisa lenta y comprensiva se forma en mis labios mientras revuelvo el chocolate derretido
Vero: Claro que lo sé. Ese momento en que sus ojos se oscurecen de deseo… cuando dejan de ser ejecutivos educados y se convierten en hombres hambrientos. Agrego una cucharada de miel a la mezcla Tú prefieres ver cómo se les cae la máscara primero.
Lavo las fresas con cuidado, seleccionando las más rojas y jugosas
Vero: ¿Quieres que juegue un poco con la tensión? Que les sirva el postre… pero que tarde en llegar a la mesa. Que se queden mirando mientras me inclino, mientras les paso las cosas tan cerca que pueden sentir mi calor.
Claudio: sabes cómo hacerlo amor, tardas para que tengan ganas de comerse el postre los hacemos desear mucho hasta que no puedan más
Extiendo las fresas sobre una tabla de mármol, tomando mi tiempo para secar cada una con delicadeza
Vero: Exactamente. La espera es lo que hace que el primer bocado sepa a gloria. Unto una fresa con el chocolate tibio, dejando que el dulce líquido cubra mi dedo pulgar Haré que cada segundo cuente. Que sientan cómo el aire se espesa en la habitación.
Lamo lentamente el chocolate de mi dedo, manteniendo la mirada fija en ti
Vero: Cuando lleguen, me aseguraré de estar usando ese vestido negro… el que sabes que se ajusta justo donde deben. Les serviré el vino, me inclinaré lo suficiente para que respiren mi perfume. Y luego… desapareceré a la cocina un rato. Los dejaré hablando contigo, con la imagen fresca en sus mentes.
Coloco las fresas bañadas en un plato de porcelana blanca
Vero: ¿Cuánto tiempo crees que aguantarán antes de que sus miradas empiecen a buscar la puerta de la cocina?
Claudio: Aah me olvidaba una de las chicas de la oficina parece que estuvo con ellos dice que tienen algo muy importante allá abajo hablan de 26 a 27 cm
Una inhalación brusca escapa de mis labios mientras el chocolate casi se me cae de las manos
Vero: Veintiséis a veintisiete centímetros… Dejo que el número flote en el aire entre nosotros, sintiendo un calor repentino en la parte baja de mi vientre Eso cambia completamente el menú, ¿no crees?
Coloco con cuidado la cuchara en el mostrador, mis dedos ligeramente temblorosos
Vero: Tu chica de la oficina hizo bien en avisar. Un postre tan… sustancioso requiere preparación adecuada. Me muerdo el labio inferior, pensativa Quizás debería reconsiderar el vestido negro. Algo que se abra con más facilidad sería más práctico.
Vuelvo a las fresas, pero ahora mis movimientos son más deliberados, más lentos
Vero: ¿Sabes? De repente me siento… nerviosa. De la buena manera. Esa mezcla de anticipación que hace que la piel se ponga de gallina. Mi voz baja a un susurro. Van a llenar esta casa de una energía… diferente. ¿Quieres que haga que la espera sea aún más insoportable para ellos? Podría «tropezar» y derramar un poco de vino en mi blusa al servir. Algo que requiera limpiarme… Lentamente.
Claudio: Haz lo que sabes hacer ahora vuelvo voy a buscarlos prepárate me encanta ese perfume dulce que usas cuando vamos a buscar amigos para ti.
Una sonrisa lenta y cargada de intención se dibuja en mis labios mientras escucho tus palabras
Vero: Ese perfume… lo elegí pensando en esta noche. Es dulce, pero con un fondo especiado. Llevo mis dedos a mi propio cuello, respirando el aroma que ya empieza a pegarse a mi piel Persistente. Como el regusto de un buen vino.
Me acerco a ti y ajusto el cuello de tu camisa con gesto posesivo, aunque efímero
Vero: Ve a buscarlos. Yo terminaré aquí. Mi voz es un susurro cálido cerca de tu oído Asegúrate de que Ubuntu e Ibrahim… tengan sed cuando crucen esa puerta.
Me alejo, y mi andar cambia, se vuelve más lento, más consciente de cada movimiento, como si ya estuviera siendo observada. Camino hacia mi habitación, dejando atrás las fresas y el chocolate. Esa era sólo la fachada.
Abro el armario y paso los dedos por los vestidos. El negro queda descartado. Mis manos se detienen en un wrap dress de seda color vino. Se desata con un solo tirón. Perfecto.
Mientras me visto, ya puedo sentir el peso de la expectativa en el aire. El silencio de la casa se siente diferente, cargado. Me miro en el espejo y dejo que mis manos arreglen el escote, no para cubrir, sino para sugerir. Para invitar a la mirada a completar lo que no se muestra.
El timbre suena. Un latido fuerte en el pecho me recuerda que esto ya comenzó. Respiro hondo, dejando que la excitación me inunde en lugar de paralizarme.
Me acerco a la puerta del salón, deteniéndome un momento en el marco. Desde aquí puedo oír las voces masculinas, profundas, mezcladas con la tuya. Cierro los ojos un instante, saboreando el momento justo antes del precipicio.
Cuando aparezco en el umbral, lo hago con una bandeja vacía. Una excusa perfecta.
Vero: Disculpen la interrupción. Sólo quería asegurarme de que tuvieran todo lo necesario. Dejo que mi mirada recorra a ambos hombres, uno por uno, sosteniendo cada contacto un segundo más de lo estrictamente cortés.
Ibrahim y Ubuntu: Buenas noches señora Dicen a dúo sus ojos quieren saltar de las órbitas.
Claudio: Ella es Vero mí esposa
Una sonrisa cálida y profesional se dibuja en mis labios mientras inclino ligeramente la cabeza
Vero: Encantada, caballeros. Dejo que mi voz fluya suave, como la seda que llevo puesta He oído mucho sobre ustedes. Bienvenidos a nuestro hogar.
Me acerco con movimientos fluidos hacia la mesa de centro, colocando la bandeja vacía con un cuidado exagerado. Al inclinarme, el vestido de seda se abre un poco más, dejando al descubierto un triángulo de piel bronceada en mi escote. Sé exactamente el ángulo que están viendo.
Me enderezo lentamente, llevándome una mano al cuello como si ajustara un collar imaginario
Vero: Mi esposo me dijo que vendrían directamente de la oficina. Mis ojos encuentran los de Ubuntu primero, luego los de Ibrahim Deben estar agotados. Permítanles servirles algo de beber mientras preparo el… Postre.
Ubuntu: Gracias es usted muy hermosa
Una leve sonrisa de agradecimiento, genuina pero teñida de picardía, aparece en mi rostro al escuchar el halago directo.
Vero: Gracias. La fatiga del viaje no les ha nublado la vista, veo. Vuelvo a pasar junto al sofá, rozando ligeramente el respaldo con mis caderas. Les traeré ese vino ahora mismo.
Me dirijo a la mesa auxiliar donde están las botellas, dándoles la espalda deliberadamente. Siento el peso de sus miradas clavadas en la curva de mi espalda baja, en la forma en que la seda se ajusta al movimiento. Sirvo dos copas generosas de tinto, dejando que el líquido oscuro caiga lentamente.
Al regresar, me inclino para entregar cada copa, una para cada hombre. Para Ubuntu, extiendo mi brazo justo delante de su rostro, permitiéndole respirar la mezcla de mi perfume y el aroma del vino. Para Ibrahim, dejo que mis dedos rocen los suyos al pasarle la copa, un contacto eléctrico y fugaz.
Vero: Disfrútenlo. Es un Malbec excelente. Mi voz es apenas un susurro confidente. Tiene cuerpo… y un final persistente.
Me enderezo y mis ojos se encuentran con los tuyos por un instante, cargados de complicidad. Luego, dirijo una última sonrisa a los invitados antes de girar para salir de la habitación.
En el umbral, me detengo y me vuelvo ligeramente, el perfil de mi cuerpo recortado contra la luz del pasillo.
Vero: No tarden mucho con el vino. Dejo que mi mirada caiga, lenta y significativamente, hacia la mesa de centro vacía. Lo mejor… aún está por venir.
Desaparezco hacia la cocina, dejando la puerta entreabierta. El sonido de mis tacones sobre el piso de la cocina es el único ruido, constante y lento, un recordatorio audible de mi presencia cercana. Comienzo a sacar ruidosamente los platos del postre, el tintineo de la porcelana siendo una orquesta de anticipación.
Ibrahim: ¿Usted no toma? ¿Que vino prefiero blanco o … Negro?
Me detengo en la puerta de la cocina, volviéndome solo lo suficiente para que mi perfil sea visible desde el salón. Una sonrisa juguetona se dibuja en mis labios.
Vero: Yo tomo… pero prefiero saborear cosas más intensas que el vino. Dejo que mi voz se arrastre, cálida y llena de insinuación. Aunque un tinto robusto a veces… complementa ciertos sabores a la perfección.
Mis ojos se encuentran con los de Ibrahim, que fue quien preguntó. Sostengo su mirada un segundo más, cargando el aire entre nosotros.
Vero: Pero esta noche, caballeros, soy más la anfitriona que la invitada. Mi trabajo es asegurarme de que ustedes disfruten cada sorbo… y cada bocado.
Vuelvo a entrar completamente a la cocina, pero dejo escapar un sonido suave, un pequeño «ay» claramente fingido, seguido del ruido de una cuchara cayendo al suelo de mármol. Me agacho lentamente a recogerla, sabiendo que, desde el ángulo del sofá, la silueta de mi cuerpo doblado debe ser claramente visible a través de la puerta entreabierta.
Me levanto y regreso al mostrador, comenzando a arreglar las fresas bañadas en chocolate en los platos. Añado una ramita de menta a cada uno, un toque de verde contra el rojo y el marrón oscuro. Luego, abro el cajón de los cubiertos con más fuerza de la necesaria, haciendo un ruido metálico que rompe la tensión silenciosa.
Aparezco de nuevo en el umbral, esta vez con dos platos pequeños y perfectos en una bandeja. No entro del todo. Me quedo allí, iluminada por la luz cálida del pasillo, la bandeja sostenida como una ofrenda.
Vero: El postre está listo. Digo, con una voz que ha bajado un tono, más íntima. Pero es delicado. Se disfruta mejor… en el momento preciso.
Doy un paso lento hacia dentro, acercándome a la mesa de centro. Me arrodillo con gracia, colocando un plato frente a cada hombre. Al hacerlo, el nudo de mi vestido de seda se afloja un poco más, y el escote amenaza con revelar más de lo que cubre. Me quedo en esa posición arrodillada un instante, mirando hacia arriba, desde Ubuntu hasta Ibrahim.
Vero: Espero que tengan… buen apetito.
Ubuntu: Lo comería todo. Dice mientras me devora con los ojos
Ibrahim: Yo soy fanático de la carne argentina Acota Ibrahim
Una risa baja y genuina me escapa al escuchar sus comentarios, manteniendo mi posición arrodillada. Mis ojos brillan con diversión y algo más.
Vero: Entonces tienen buen gusto, los dos. Digo, pasando mi mirada de uno a otro. El chocolate es belga, pero la miel… es local. Dulce y espesa, como debe ser.
Me incorporo lentamente, sintiendo cómo la seda se desliza sobre mi piel. Me acerco a Ibrahim primero, inclinándome para señalar la fresa en su plato.
Vero: Está, en particular, la elegí para usted. Susurro, mi aliento rozando su oreja. Está perfectamente madura. Jugosa. Se deshace con la más mínima presión.
Me enderezo y camino hacia detrás del sofá, deteniéndome justo entre los dos hombres. Coloco mis manos en el respaldo, a cada lado de sus cabezas, sin tocarlos, pero dejando que sientan mi proximidad.
Vero: Coman. Insto, mi voz es una caricia. Déjenme ver cómo disfrutan lo que les he preparado.
Ibrahim: Creo que preparando postres es usted una experta una fruta madura y dulce debe degustarse con tiempo sin apuro
Una sonrisa lenta y aprobatoria se dibuja en mis labios al escuchar la observación de Ibrahim. Mis dedos presionan levemente el respaldo del sofá.
Vero: Tiene toda la razón. La prisa arruina los sabores más exquisitos. Dejo que mi voz se deslice, íntima, como si compartiera un secreto. Cada capa debe descubrirse… con paciencia.
Me alejo del sofá y tomo asiento en el brazo del sillón, cerca de Ubuntu. Cruzo las piernas lentamente, permitiendo que la abertura del vestido revele una línea generosa de mi muslo.
Observo cómo Ubuntu toma la primera fresa con dedos cuidadosos. El chocolate oscuro se quiebra bajo sus dientes. Un sonido bajo, casi imperceptible, escapa de mi garganta al verlo morder.
Vero: ¿A qué sabe? Pregunto, mi mirada fija en sus labios. ¿Amargo al principio, y luego… esa explosión de dulzura de la fruta?
Sin esperar respuesta, giro mi atención hacia Ibrahim, que aún no ha tocado su plato. Me inclino hacia él, el escote cayendo hacia adelante en una invitación imposible de ignorar.
Vero: Usted prefería saborear con los ojos primero, ¿verdad? Susurro. Yo también. La anticipación… es un condimento poderoso.
Me levanto finalmente y camino hacia la puerta, volviéndome en el umbral.
Vero: El postre está servido. Digo, mi mano en el marco. Pero como bien señalaron, lo mejor se disfruta sin prisas. Los dejo… degustar.
Salgo al pasillo, pero no voy a la cocina. Me apoyo contra la pared, justo fuera de la vista, cerrando los ojos. Escucho el sonido del silencio cargado que dejo atrás, seguido del leve tintineo de los cubiertos. Respiro hondo, sintiendo cómo el deseo, ajeno y propio, empieza a hervir a fuego lento en el aire.
Espero. Contando los segundos. Sabiendo que cada uno acerca el momento en que la delicadeza dará paso a algo mucho más crudo, mucho más real.
Claudio: Mí esposa sabe cómo preparar un buen bocado les garantizo que querrán probar todo lo que ponga sobre la mesa y ofrezca.
Una sonrisa amplia y satisfecha se dibuja en mi rostro al escuchar tus palabras desde mi escondite. Siento un escalofrío recorrer mi espina dorsal.
Vero: Tu confianza es mi mayor afrodisíaco, cariño.
Me separo de la pared y camino hacia la cocina, pero no para esconderme. Empiezo a hacer ruido con los cajones, buscando algo que sé que no está allí. Dejo escapar un suspiro audible.
Vero: Cariño, ¿has visto el cuchillo para queso? Llamo, mi voz proyectada para que se escuche clara en el salón. El que tiene el mango de plata. Quería cortar un poco de ese queso azul fuerte que les podría gustar… para acompañar.
Aparezco en la puerta del salón de nuevo, esta vez con las manos vacías y una expresión de leve frustración juguetona. Me detengo en el centro de la habitación, frente a ellos, ignorando por completo la bandeja de fresas a medio consumir.
Vero: No importa. Digo, encogiéndome de hombros, lo que hace que la seda de mi vestido se tensé sobre mis pechos. Tal vez sea mejor así. Algunos sabores son tan intensos… que es mejor tomarlos directamente de la fuente.
Mis ojos recorren a ambos hombres, evaluando el efecto acumulado. Veo la tensión en sus mandíbulas, la forma en que sus manos descansan, demasiado quietas, sobre sus rodillas. El aire está espeso, dulce y cargado.
Camino lentamente hacia la mesa auxiliar y sirvo una copa de agua para mí misma. Bebo un sorbo lento, dejando que el vaso se empañe bajo mis dedos. Luego, con un movimiento deliberado, paso el vaso frío por mi clavícula, cerrando los ojos un instante como si aliviara un calor interno.
Vero: Perdón. Murmuro, abriendo los ojos. La cocina está más caliente de lo que pensaba.
Me acerco a Ubuntu y extiendo mi mano, tomando suavemente su muñeca. Guío su mano, que aún sostiene el tenedor con una fresa a medio comer, hacia mi boca. Sin romper el contacto visual, muerdo la fruta que él sostiene, dejando que el jugo de fresa y el chocolate manchen levemente mis labios. Suelto su muñeca lentamente.
Vero: Tiene razón. Le digo, limpiándome el labio inferior con la yema del dedo. Está en su punto perfecto.
Giro hacia Ibrahim, quien me observa con una intensidad que casi palpita. Me inclino hacia él, apoyando mis manos en los brazos de su sillón, encerrándolo sin tocarlo.
Vero: Y usted, Ibrahim. ¿Sigue prefiriendo sólo mirar? Susurro, mi aliento mezclándose con el aroma a vino que exhala. O ¿está listo para un bocado más… ¿Sustancioso?
Ibrahim: El bocado del pecado
Una risa baja y ronca sale de mi garganta al escuchar la frase de Ibrahim. Mis dedos se cierran lentamente alrededor de los brazos de su sillón.
Vero: El pecado siempre tuvo el mejor sabor, ¿no le parece? Susurro, acercando mis labios a apenas un centímetro de su oreja. Es lo prohibido lo que hace latir la sangre más rápido.
Me enderezo de golpe, alejándome de él con un movimiento fluido. La repentina falta de calor parece dejar un vacío en el aire. Camino hacia el centro de la habitación, donde la luz es más baja.
Mis manos suben al nudo de mi vestido de seda. No lo desato. Simplemente descansan sobre él, los dedos jugueteando con el borde de la tela.
Vero: Mi esposo les dijo que probarían todo lo que ofreciera. Digo, mi voz ahora clara y proyectada, dirigida a los dos. Y soy una mujer que cumple sus promesas.
Con un tirón suave pero firme, el nudo cede. El vestido de seda color vino se abre, colgando holgadamente de mis hombros, revelando la lencería negra y minimalista que hay debajo. No dejo que el vestido caiga; lo sostengo cerrado con mis brazos cruzados sobre mi pecho, manteniendo la última barrera de tela.
Vero: Pero incluso el pecado tiene sus rituales. Continuo, observando cómo sus miradas se clavan en el escote que apenas sostengo. No se trata sólo de tomar. Se trata de… Ganarse el privilegio.
Giro lentamente sobre mis tacones, mostrándoles mi espalda. Dejo que el vestido se deslice un poco más por mis hombros, revelando la espalda desnuda hasta la cintura, y el cierre delicado del sujetador.
Vero: El cuchillo para el queso… digo sobre mi hombro, con un tono de falsa inocencia. ¿Quizás uno de ustedes lo haya visto? Está perdido en algún lugar de esta casa. Y yo… no pienso buscarlo sola.
Ubuntu: No hace falta señora confío que usted sabrá servir el resto con mucha ternura y bondad, además el postre más exquisito lo tenemos en frente nuestro
Una sonrisa lenta y cargada de significado se dibuja en mis labios mientras giro para enfrentarlos de nuevo. Dejo que el vestido se ajuste apenas a mis curvas, sostenido sólo por la presión de mis brazos.
Vero: Ternura y bondad… repito, saboreando las palabras en mi boca. Son condimentos interesantes. Pero a veces, lo que realmente realza el sabor es un poco de… hambre sin disimulo.
Camino lentamente hacia Ubuntu, deteniéndome justo frente a él. Con un movimiento deliberado, dejo que el vestido se abra un poco más, revelando el borde de lace negro que bordea mi sujetador.
Vero: ¿Tú crees que el postre más exquisito está aquí, en frente tuyo? pregunto, mi voz un hilo de seda. Entonces prueba. Un gourmet no se limita a mirar el menú.
Tomo su mano, que descansa inerte sobre su rodilla, y la guío hacia mí. No la coloco sobre mi piel, sino que la dejo suspendida en el aire, a centímetros de mi cintura, cargando el espacio entre su palma y mi cuerpo con una electricidad palpable.
Vero: La bondad puede esperar. susurro, mirándolo a los ojos. Primero, déjate llevar por la gula.
Suelto su mano y me vuelvo hacia Ibrahim, quien observa la escena con una intensidad que parece quemar el aire.
Vero: Y tú. digo, acercándome a él. El que aprecia la buena comida argentina. Sabes que los sabores más intensos no se sirven en platos de porcelana. Se toman directamente… de la parrilla.
Me inclino, apoyando mis manos en los reposabrazos de su sillón, encerrándolo de nuevo. Esta vez, mi escote cede completamente, y el vestido de seda se abre como un telón, revelando la lencería negra en toda su gloria contra mi piel bronceada. Me detengo ahí, a un susurro de distancia.
Vero: Mi esposo confía en que sabré servir. digo, mi aliento caliente rozando sus labios. Y no voy a defraudar esa confianza. Pero servir… es un arte de dos partes. Yo ofrezco. Ustedes… deben estar dispuestos a devorar.
Ubuntu: Yo estoy más que dispuesto, señora.
Ibrahim: Y yo quiero saborear toda esa carne argentina de la que he escuchado –apretando mí nalga derecha –
Un jadeo agudo escapa de mis labios al sentir la mano de Ibrahim apretando mi nalga con una firmeza que promete más. El calor de su palma atraviesa la fina seda como si no estuviera allí.
Vero: Veo que el apetito finalmente les ha ganado. Susurro, mi voz temblorosa no por nervios, sino por la descarga de deseo que recorre mi cuerpo.
Con un movimiento lento y deliberado, me enderezo, haciendo que el vestido de seda se deslice completamente de mis hombros y caiga en un charco de tela color vino a mis pies. Quedo ante ellos, en medio del salón, vestida sólo con la lencería negra que parece pintada sobre mi piel.
Vero: Así me gusta. Digo, mirando a Ubuntu primero, luego a Ibrahim, cuya mano aún descansa, posesiva, en mi curva. Sin disimulos. Sin protocolos.
Camino lentamente hacia atrás, alejándome de ellos, dirigiéndome hacia el amplio sofá de piel. Me siento en el borde, apoyando los brazos detrás de mí, arqueando la espalda ligeramente. La pose es una invitación abierta, un territorio reclamado y listo para ser explorado.
Vero: El menú ha cambiado, caballeros. Anuncio, mi voz recuperando un tono bajo y confiado. Ya no hay fresas. Sólo hay hambre. Y yo… Estoy aquí para Saciarla.
Extiendo una mano hacia Ubuntu, haciendo un gesto pequeño con los dedos.
Vero: Ven. Prueba lo que tanto deseas mirar. Luego, giro la cabeza hacia Ibrahim, una sonrisa retadora en los labios. Y tú… ven a reclamar esa carne que tanto anhelas.
Cierro los ojos por un segundo, saboreando la anticipación salvaje que llena la habitación. El aire huele a chocolate derretido, a vino tinto y al perfume especiado de mi piel. Cuando los abro, mi mirada busca la tuya, mi esposo, en algún lugar de la penumbra. En mis ojos hay una gratitud feroz, una promesa silenciosa de que este espectáculo, este banquete, es tan tuyo como mío.
Vero: ¿Qué esperan? Pregunto, deslizándome un poco más hacia el centro del sofá, abriendo espacio para ellos. La noche es joven, pero el deseo… no conoce de horarios.
Claudio: Mí esposa está ofreciéndoles el mejor platillo de Argentina no lo dejen escapar van a ver lo sabroso que es
Una sonrisa amplia y salvaje se abre en mi rostro al escuchar tus palabras, sintiendo cómo el elogio público enciende mi piel aún más.
Vero: Escucharon al experto. Digo, deslizando mis manos por mis caderas, marcando las curvas que prometen bajo el encaje negro. Y él nunca miente sobre la calidad de… lo que sirvo.
Ubuntu es el primero en moverse. Se levanta del sillón con una determinación silenciosa que hace que mi corazón lata con fuerza contra las costillas. Se arrodilla frente al sofá, sus grandes manos encontrando mis pantorrillas. Sus dedos calientes rodean mis tobillos, un contacto firme y posesivo que me hace contener la respiración.
Mira con atención, pero toca con hambre. Le susurro, guiando una de sus manos hacia mi muslo, permitiendo que su palma se deslice sobre la seda de mis medias hasta encontrar la piel desnuda de mi inglés, justo donde termina la liga.
Giro la cabeza hacia Ibrahim, que se acerca por mi izquierda con la elegancia de un depredador seguro. Su mano, la misma que apretó mi nalga, ahora se desliza por mi costado, encontrando el cierre frontal de mi sostén. Sus ojos buscan los míos, preguntando permiso.
Vero: Sí. Asiento con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, mi voz es un hilo de aire. Desenvuélvelo. Es el regalo que trajiste desde tan lejos para abrir.
El clic metálico del cierre al abrirse resuena en la habitación silenciosa. El sostén negro cede, y mis pechos quedan libres, pesados y erectos por la excitación y el aire fresco. Ibrahim exhala un sonido gutural, una apreciación primitiva que hace que un escalofrío recorra mi espina dorsal.
Arqueo la espalda, ofreciéndome por completo. La mano de Ubuntu sube más por mi muslo, encontrando el borde de mis bragas de encaje. La de Ibrahim cubre un pecho, su pulgar rozando el pezón endurecido con una presión que me hace gemir.
Vero: Así… Jadeo, mis ojos se cierran por un segundo de puro placer. Así es como se saborea algo que vale la pena.
Abro los ojos y te busco de nuevo en la penumbra, asegurándome de que veas cada detalle, cada caricia que recibo, cada expresión de éxtasis que cruza mi rostro. Esto es para ti. Este banquete de mi cuerpo, devorado por manos ajenas, es el postre más exquisito que puedo ofrecerte a ti, mi amor.
La mano de Ubuntu tira del encaje, rasgándolo sin ceremonia. El sonido de la tela cediendo es el último acto de la farsa civilizada. Ahora sólo quedamos nosotros, el deseo crudo y estas dos bocas hambrientas a punto de aprender exactamente qué tan argentina puede ser esta carne.
Claudio: Vamos amigos coman esa carne argentina la más sabrosa y tierna que van a probar degústenla, pero asegúrense que también ella disfrute de banquete. Amor dales en la boca el embriagante sabor de tu postre
Un gemido profundo y genuino se escapa de mis labios al escuchar tus instrucciones. Tus palabras son el permiso final, el catalizador que convierte la tensión en acción.
Vero: Escuchas a tu anfitrión. Jadeo, mirando a los dos hombres cuyas miradas ahora arden con un fuego indomable. Esta carne es para que la disfruten… Pero yo también quiero mi festín.
Con un movimiento rápido, enredo mis manos en el pelo negro y ensortijado de Ubuntu y lo guío hacia mi entrepierna. No hay preámbulos, no hay más juegos. Su boca caliente se encuentra conmigo y un temblor violento recorre todo mi cuerpo. Sus manos agarran mis caderas, anclándome contra el sofá mientras su lengua empieza a saborear con una intensidad que borra cualquier pensamiento.
Giro la cabeza hacia Ibrahim, mis ojos vidriosos de placer. Con la mano libre, tomo la suya y la llevo a mis labios. Abro la boca y me llevo sus dedos dentro, chupándolos lentamente, saboreando el rastro del chocolate y la sal de su piel.
Vero: Tú… Susurro entre sus dedos, antes de soltarlos. Querías probar. Así que prueba. Pero dame algo a cambio.
Mis dedos bajan, encontrando el cinturón de su pantalón de vestir. El cuero y la hebilla ceden bajo mis manos temblorosas pero decididas. Al abrir su cremallera, el tamaño que me habían prometido se hace realidad, imponente y caliente contra mi palma. Un suspiro de asombro y deseo puro sale de mis labios.
Vero: Dios mío… Murmuro, mirándolo a los ojos mientras mis dedos se cierran a su alrededor. Trajiste tu propio postre, veo.
Desde abajo, los gemidos de Ubuntu se mezclan con los míos. Su boca es experta, insistente, llevándome hacia un borde rápido y tembloroso. Arqueo la espalda, presionando mi pecho contra la boca de Ibrahim, quien acepta la ofrenda sin dudar, mordiendo y succionando con un hambre que iguala la mía.
Vero: Es… demasiado. Grito, mis uñas clavándose en el sofá. Los dos… al mismo tiempo…
El orgasmo me golpea como una ola, brutal y liberador. Grito tu nombre, esposo, porque en este momento de puro abandono, eres el centro de mi universo. Mi cuerpo se sacude bajo las bocas y las manos que me poseen, regalándome el primer plato de este banquete prometido.
Jadeando, empujo a Ubuntu suavemente, dándome un segundo para recuperar el aliento. Mis ojos buscan los tuyos en la sombra, brillando con lágrimas de éxtasis y gratitud.
Vero: Lo ves… Respiro, con la voz ronca y quebrada. Les diste el mejor platillo… y ellos me están dando a mí el banquete de mi vida.
Me incorporo, todavía temblorosa, y empujo a Ibrahim hacia atrás hasta que cae sentado en el sofá. Sin perder un segundo, me subo a él, colocando mis rodillas a cada lado de sus muslos poderosos. Guío su enorme erección hacia mi entrada, sintiendo cómo mi cuerpo, aún sensible y vibrante del orgasmo, se estira para acomodarlo.
Vero: Ahora… Susurro, clavando mis ojos en los suyos mientras bajo mi cuerpo lentamente, tomándolo centímetro a centímetro. Ahora saboreas la verdadera carne argentina.
El gemido que sale de sus labios es música. Comienzo a moverme, un ritmo lento y profundo al principio, construyendo la cadencia. Extiendo una mano hacia Ubuntu, quien observa con los ojos oscuros de deseo y una clara erección distorsionando su pantalón.
Vero: No te quedes fuera. Le ordeno, jadeando. Ven aquí. Tu boca… en mi cuello. Tus manos… en mis pechos. Él llena un hoyo, tú… llena todos los demás.
Y mientras Ubuntu obedece, cubriendo mi espalda con su cuerpo, sus dones en mi piel, su entrepierna presionándose contra mis nalgas, cierro los ojos y dejo que la sensación me inunde. Esto es lo que querías, esposo. Esto es lo que necesitaba. Ser el plato principal, el postre y el festín, todo al mismo tiempo, devorada por un hambre que sólo hombres como estos pueden traer.
El ritmo se acelera. Los gruñidos de Ibrahim, los jadeos de Ubuntu, mis propios gritos sofocados forman una sinfonía salvaje. Y en medio de todo, mantengo mis ojos abiertos el mayor tiempo posible, buscando tu silueta, asegurándome de que no te pierdas ni un solo bocado de esto que nos pertenece.
Claudio: Mmmhhh amor me estás dando el mejor de los banquetes, vamos rellena tus dos agujeros con esas enormes herramientas, sé que quieres eso, moja sus negras vergas y cabálgalas juntas dime que sientes
Un gemido largo y tembloroso se arrastra desde lo más profundo de mi pecho al escuchar tus palabras. Tus deseos son órdenes que mi cuerpo sigue instintivamente.
Siento… Jadeo, mientras me ajusto sobre el miembro de Ibrahim, tomándolo completo hasta el fondo, sintiendo cómo mi interior se adapta a su grosor. Siento que me parten en dos… y que quiero que me partan en tres.
Extiendo el brazo hacia atrás, buscando a tientas el cinturón de Ubuntu. Mis dedos encuentran la hebilla y lucho por abrirla con manos temblorosas. Él me ayuda, y el sonido de su cremallera bajando es otro clímax anticipado.
Vero: Ven. Le ordeno, con la voz ronca y quebrada por el movimiento constante de mis caderas sobre Ibrahim. No me dejes ningún agujero con hambre.
Ubuntu se coloca detrás de mí, su cuerpo grande y caliente presionando contra mi espalda. Siento la punta de su erección, impresionante y lubricada por mi propio deseo, buscando mi otra entrada. Contengo la respiración.
Vero: Claudio… Grito tu nombre, volviendo la cabeza hacia donde sé que estás. ¡Míralo! ¡Míranos!
Ubuntu empuja. Un sonido gutural, mitad grito mitad sollozo, sale de mis labios mientras me abro para él, estirándome de una manera que creía imposible. Me llenan por completo, por delante y por detrás, un doble empalamiento que me ancla al presente más crudo y real.
Vero: Dios… Sollozo, mis uñas se clavan en los hombros de Ibrahim. Estoy… Llena. Tan llena.
El dolor del estiramiento se funde al instante con una ola de placer tan intensa que veo estrellas. Comienzo a moverme de nuevo, un balanceo pequeño y tortuoso al principio, tratando de acomodar el ritmo de ambos hombres dentro de mí.
Vero: ¿Lo sientes? Le grito a Ibrahim, cuyos ojos están cerrados en concentración extática. ¿Lo sientes cómo te aprieto? Giro la cabeza hacia atrás, buscando la oreja de Ubuntu. ¿Y tú? ¿Sientes cómo te chupo el alma por ahí atrás?
Ellos responden con gruñidos y empujones coordinados que me hacen perder el ritmo. Ya no soy yo quien cabalga; soy el terreno de batalla donde dos hambres colisionan. Me dejo llevar, abandonada entre sus cuerpos, un juguete de carne y gemidos.
Vero: ¡Sí! Aúllo, cuando un ángulo particular hace que la sensación explote en mi núcleo. ¡Ahí! ¡Los dos, justo ahí!
Mis músculos internos se contraen violentamente alrededor de ellos, un espasmo de puro éxtasis que los hace gruñir con una satisfacción animal. El segundo orgasmo me sacude, más profundo que el primero, arrancándome lágrimas que resbalan por mis mejillas.
Vero: ¡No paren! Suplico, con la voz destrozada. ¡Sigan! ¡Rómpanme! ¡Éste es el banquete! ¡Éste es el postre!
Y ellos obedecen. El sofá cruje bajo nuestro peso combinado. El aire se llena del sonido de piel contra piel, de respiraciones jadeantes y de mis gritos ininterrumpidos. Mis ojos, nadando en lágrimas de placer, no dejan de buscarte en la penumbra. Cada empuje, cada gemido, cada gota de sudor… es para ti.
Vero: Esto es lo que querías, ¿verdad, amor? Ver cómo tu esposa se convierte en un festín. Pues mira. Mira bien. Porque esto… esto es sólo el primer asalto.
Vamos amigos cojan esa puta claves sus pijas hasta los huevos, ella las recibe con gusto denle duro cambien de posición gocen sus agujeros péguenle en las nalgas le gusta mucho es una puerca ya verán lo que les espera. Dame más amor dame más sé que puedes hacerlo ponte más puerca y puta
Un grito ronco y salvaje rasga mi garganta al escuchar tus palabras. Tus insultos son alfileres de fuego que me encienden más, confirmando mi papel, mi propósito aquí.
Vero: ¡Sí! Jadeo, mientras los dos hombres, estimulados por tu arenga, redoblan su fuerza. ¡Soy una puta! ¡Soy tu puerca! ¡Y éstos son mis cerdos!
Ubuntu se retira de un tirón, y la sensación de vacío instantáneo es una tortura. Pero Ibrahim me levanta como si fuera de plumas y me coloca boca abajo sobre el sofá, mis nalgas expuestas y elevadas en el aire.
Vero: ¡La nalgada! Suplico, volviendo la cabeza para mirarte con ojos suplicantes. ¡Diles, esposo! ¡Diles que me peguen!
La mano grande de Ubuntu se estrella contra mi nalga izquierda con un crujido seco que hace que todo mi cuerpo se estremezca de placer. Un gemido largo y tembloroso se escapa de mí. Ibrahim aprovecha la apertura y vuelve a entrar en mí por delante, mientras Ubuntu, con una mano todavía marcada en mi piel, guía su miembro hacia mi trasero nuevamente.
Vero: ¡Ahora! Grito, enterrando la cara en el cojín. ¡Los dos! ¡Rómpanme de nuevo!
La doble penetración es más feroz esta vez, sin preámbulos, sólo posesión pura. Me agarran de las caderas y me usan, sus cuerpos chocando contra el mío en un ritmo sincronizado y brutal. El sofá se arrumba contra la pared con cada embestida.
Vero: ¡Más fuerte! Aúllo, mis palabras se ahogan en la tela. ¡Me pertenecen! ¡Sus vergas negras me pertenecen! ¡Ustedes me pertenecen a mí y a mi esposo!
Siento las manos de Ubuntu en mis hombros, tirando de mí hacia atrás contra sus empujes, mientras Ibrahim me hunde hacia adelante. Estoy siendo desgarrada en direcciones opuestas, y es la sensación más exquisita de mi vida. El sudor les gotea por la frente sobre mi espalda.
Vero: Esposo… Logro girar la cabeza, buscándote entre lágrimas y saliva. ¿Lo ves? ¿Ves cómo tu puta se convierte en su juguete? ¿Ves cómo les sirvo todo?
Siento el nudo de calor en mi vientre, un tercer orgasmo construyéndose, más grande, más profundo, amenazando con consumirme por completo.
Vero: ¡No me acaben adentro! Grito de repente, un último destello de coquetería salvaje en medio del delirio. ¡Aún no! ¡Todavía no han probado mi boca! ¡Todavía les queda un agujero por usar!
Claudio: Vamos muchachos antes de su boca propongo que ambos entren por su culo vamos amor de muestrales como come tu culo dos vergas negras gigantes luego chuparas hasta que te llenen de leche
Un temblor violento recorre todo mi cuerpo al escuchar tu propuesta. Mis músculos internos se contraen alrededor de las dos enormes erecciones que me llenan, como si respondieran por sí solos al desafío.
Vero: ¿El culo? Jadeo, con la voz destrozada por el uso y el deseo. ¿Los dos… a la vez… ahí…?
La idea es tan prohibida, tan exquisitamente imposible, que me hace gemir con un nuevo anhelo. Sacudo la cabeza, negándome incluso ante la abrumadora evidencia de mi propio entusiasmo.
Vero: No… No cabe… Sollozo, pero es una mentira obvia, y ellos lo saben. Mis nalgas se arquean aún más, ofreciéndome de forma instintiva.
Ubuntu se retira primero, su miembro brillando y palpitante en el aire. Ibrahim me da la vuelta con brusquedad hasta que quedo de rodillas en el sofá, mirándote a ti, esposo, con los ojos suplicantes y la boca entreabierta.
Vero: Muéstrales, amor. Dices, y es una orden. La más dulce de las órdenes.
Asiento con la cabeza, un movimiento lento y cargado de intención. Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en el respaldo del sofá, presentando mis nalgas completamente expuestas y lubricadas para ellos.
Vero: Con cuidado… susurro, pero es un susurro lleno de fuego. Pero sin piedad.
Siento la punta de Ubuntu presionando primero, grande y desafiante, en mi entrada más estrecha. Gimo, enterrando el rostro en mis brazos. Luego, la punta de Ibrahim buscando el mismo espacio, justo al lado. Un sonido que no sabía que podía hacer sale de mi garganta, un quejido alto y animal de pura entrega.
Vero: Empujen… Grito, mis nudillos se ponen blancos al agarrar el sofá. ¡Juntos!
Y lo hacen. Un centímetro. Dos. Un dolor brillante y agudo se transforma al instante en una plenitud tan absoluta que me deja sin aliento. Estoy siendo abierta de una manera primitiva, rellenada más allá de lo que creía posible.
No se mueven al principio. Sólo están ahí, llenándome, poseyéndome. Mis músculos se estremecen a su alrededor, tratando de acomodar el inconcebible grosor.
Vero: ¡Dios mío! Grito, y es una oración, una blasfemia, una alabanza. ¡Está dentro! ¡Los dos están dentro!
Entonces comienzan a moverse. No en un ritmo sincronizado, sino alternado. Cuando uno retrocede, el otro avanza, manteniéndome perpetuamente llena, perpetuamente desgarrada por la sensación. Es una tortura. Es el cielo.
Mis gemidos son continuos ahora, un torrente de sonido inarticulado. El sofá se mueve varios centímetros con cada empuje doble. Mis ojos, llenos de lágrimas, no se apartan de ti. Quiero que veas cada espasmo de mi rostro, cada gota de sudor que cae de mi pecho.
Vero: ¡Soy tu! Logro gritar entre jadeos. ¡Tu puerca de mierda! ¡Y éste es mi culo! ¡Hecho para sus vergas negras!
Siento el calor ascendiendo otra vez, un tsunami que se avecina desde la punta de mis dedos de los pies hasta el cuero cabelludo. Mis gritos suben de tono, agudos y desesperados.
Vero: ¡Voy a…! Aúllo, y el orgasmo me golpea como un camión. Mi cuerpo se convulsiona violentamente, apretando y liberando alrededor de ellos en espasmos incontrolables. Los hace gruñir, acelerando sus empujes, perdidos en la sensación de mi interior convulso.
Ellos están cerca. Lo siento en la tensión de sus muslos, en la brusquedad de sus movimientos. Con un último esfuerzo sobrehumano, me libero de su agarre y me giro, cayendo de rodillas frente a ellos en el suelo, mi rostro a la altura de sus miembros palpitantes.
Vero: La boca… Jadeo, abriendo los labios, la lengua extendida. Lo prometí. Déjenme chuparlos… hasta la última gota.
No esperan. Ubuntu agarra mi pelo y guía su miembro a mi boca, hundiéndose en mi garganta con un gruñido. Lo chupo con voracidad, saboreando el sabor salado de mi propio cuerpo mezclado con el de él. Al mismo tiempo, tomo a Ibrahim con la mano, bombeándolo con fuerza mientras clavo los ojos en los suyos.
Cambian. Ibrahim llena mi boca, y yo tomo a Ubuntu con la mano y la boca libre, lamiendo su punta. Soy un torbellino de labios, lengua y manos, devorando su deseo, bebiendo sus gemidos.
Vero: ¡Vengan! Ordeno, con la boca llena, la voz distorsionada. ¡Acaben en mi puta boca! ¡Déjenme beber su leche!
Sus gruñidos se convierten en rugidos. Siento los primeros chorros calientes de Ubuntu en mi lengua, espesos y salados. Trago ávidamente, sin perder el ritmo con Ibrahim, que está al borde. Cuando cambian por última vez, la explosión de Ibrahim llena mi garganta, y yo bebo, trago, me atraganto y vuelvo a tragar, limpiándolo con mi lengua hasta que no queda nada.
Jadeo, arrodillada en el suelo, con sus semillas mezcladas en mi boca y chorreando por mi mentón. Mis ojos, vidriosos y agotados, se elevan hacia ti. Una sonrisa lenta, triunfante y completamente rota se dibuja en mis labios manchados.
Vero: El postre… susurro, con la voz ronca y gastada. Está servido.
Me acercó a ti todavía hay semen de esos dos hombres en tu boca apoyo mí verga en tu boca y descargó toda mí leche en tu boca veo como juegas con ella en tu lengua nos fundimos en un beso obsceno y puerco, me separó de ti miro a nuestros invitados
Claudio: ¿qué les pareció el postre? ¿Alguien quiere repetir?
Un gemido profundo y satisfecho vibra en mi pecho al sentir tu miembro presionando contra mis labios, aún sensibles y cubiertos del sabor salado de los otros dos hombres. Abro la boca sin vacilar, recibiendo tu erección con la misma voracidad con la que recibí las suyas.
Bebo tu liberación, sintiendo cómo tu semilla caliente se mezcla con la de ellos en mi boca, creando un cóctel prohibido y exquisito que sólo tú podrías ordenar. Juego con el líquido espeso en mi lengua, mostrándotelo por un instante antes de tragarlo con una sonrisa obscena.
El beso que compartimos es lento, profundo y deliberadamente sucio. Dejo que pruebes todo en mi boca: el rastro de ellos, el tuyo, el mío. Es el sello final en este banquete, la firma del maestro que permitió el festín.
Cuando te separas, me quedo jadeando, con los labios brillantes y la mirada borrosa de placer absoluto. Lentamente, me incorporo, sintiendo cada músculo adolorido y cada zona sensible. Camino con una sensualidad cansada pero triunfal hacia Ubuntu e Ibrahim, que observan, aún desnudos y con sus cuerpos relajados pero satisfechos.
Me detengo entre ellos, colocando una mano en el pecho sudoroso de cada uno, sintiendo los latidos de sus corazones que aún laten con fuerza.
Vero: ¿Han escuchado la pregunta de mi esposo? Pregunto, mi voz es un susurro ronco que aún carga el eco de mis gritos. El postre… ¿merece una repetición?
Ubuntu sonríe, una expresión lenta y poderosa. Su mano cubre la mía en su pecho.
Ubuntu: Una repetición sería un insulto a la primera porción. Dice, su acento es más grueso ahora, relajado por la liberación. Esto fue… una experiencia completa.
Ibrahim asiente, sus ojos oscuros recorriendo mi cuerpo, marcando mentalmente cada moretón y cada marca de sus manos.
Ibrahim: La carne argentina no decepciona. Concede, con un tono de respeto genuino en su voz. Has… agotado muy bien el menú, cariño.
Me río, un sonido bajo y cascado, y me vuelvo hacia ti, apoyando mi espalda contra el pecho de Ibrahim, sintiendo los brazos de Ubuntu envolverme suavemente por los costados. Estoy encerrada entre ellos, pero mi mirada es sólo para ti.
Vero: Parece que los comensales están satisfechos, mi amor. Susurro, deslizando mi lengua sobre mi labio superior para recoger una última gota perdida. Pero el anfitrión… siempre tiene derecho a pedir un último bocado privado, si lo desea.
Arqueo una ceja, retándote, ofreciéndome una vez más, ahora como el postre compartido, pero aún tuyo, completamente tuyo. La noche es profunda, y el aire todavía carga el olor pesado de nuestro festín.
Claudio: Acuéstate sobre ellos quiero ver tu blanca piel resaltando con el negro brillante que acaba de poseerte
Una sonrisa lenta y complacida se dibuja en mis labios al escuchar tu petición. Es poética, visual, perfecta.
Vero: Como ordene mi chef. Susurro, y me dejo caer hacia atrás, confiada en que ellos me atraparán.
Ubuntu e Ibrahim responden al instante. Sus brazos, fuertes y sudorosos, forman una hamaca de carne y hueso. Me recuesto sobre ellos, mi espalda apoyada en sus pechos entrelazados, mis piernas abiertas y relajadas sobre sus muslos. Mi piel, pálida y marcada con rojeces y moretones, descansa directamente sobre la oscuridad profunda de sus torsos.
El contraste es obscenamente hermoso. Como tú dijiste: la blancura lechosa de mi piel, destrozada y vulnerable, resaltando violentamente contra el negro brillante y sudoroso que acaba de poseer cada centímetro de mí. Sus cuerpos son mi trono, el recordatorio físico de lo que acaba de suceder.
Extiendo los brazos hacia los lados, dejando que mis manos descansen sobre sus muslos. Arqueo el cuello, exponiendo mi garganta, y cierro los ojos por un segundo, saboreando el calor que emana de ellos, el olor a sexo y esfuerzo que nos impregna a los tres.
Vero: Mírame, esposo. Digo, abriendo los ojos y clavándolos en ti. Mi voz es suave, pero cargada de significado. Míralos. Mírame sobre ellos. Ésta es la pintura que hiciste esta noche.
Muevo las caderas ligeramente, sintiendo cómo me rozan contra ellos. Un suspiro tembloroso escapa de mis labios.
Vero: Puedes verlo, ¿verdad? Pregunto, deslizando una mano por mi propio estómago, sobre los moretones que están empezando a formarse en mis caderas. Puedes ver cómo su color se ha fundido con mi piel. Cómo su posesión me ha cambiado… me ha marcado.
Ubuntu gruñe suavemente, sus dedos dibujan círculos ociosos en mi hombro. Ibrahim inclina la cabeza y deja caer un beso húmedo en la parte superior de mi cabeza, un gesto de posesión casual que hace que un escalofrío recorra mi columna.
Vero: Son tuyos. Le digo a Ibrahim, volviendo la cabeza para mirarlo. Y son tuyos. Le digo a Ubuntu, apretando su muslo. Pero yo… Vuelvo mi mirada hacia ti, y en mis ojos hay una entrega total, una claridad feroz. Yo siempre seré tuya.
Permanezco así, exhibida sobre ellos, un trofeo vivo del banquete que orquestaste. A la espera de tu siguiente movimiento, de tu siguiente deseo. La pintura está terminada, mi amor. ¿Dónde quieres colgarla?
Tomo mí celular y disparo algunas fotos de mí amada esposa sostenida sobre dos negros con las vergas más grandes que haya visto. Para nuestro álbum personal amor, se van a quedar unos días más en Argentina, amor seguramente podemos prepararles una gran despedida cuando regresen a su país
Un rubor intenso, mezcla de pudor y excitación, sube por mi pecho y cuello al escuchar el clic discreto de tu cámara. Pero no me escondo. Al contrario, arqueo aún más la espalda, dejando que la luz capture cada moretón, cada curva recostada sobre su oscuridad.
Para el álbum de los recuerdos más preciados. Susurro, sosteniendo tu mirada mientras tomas otra foto. Donde guardamos nuestras obras de arte más… íntimas.
Al escuchar lo de su despedida, una sonrisa lenta y hambrienta se dibuja en mis labios. Giro la cabeza, primero hacia Ibrahim, luego hacia Ubuntu, mis ojos brillando con una promesa obscena.
Vero: ¿Escucharon eso, muchachos? Pregunto, mi voz es un hilo sedoso y tentador. No se vayan todavía. La anfitriona aún no les ha mostrado… las especialidades de la casa para el desayuno.
Siento cómo ambos cuerpos responden a mi voz y a tus palabras. Una tensión, una anticipación renovada, recorre los músculos sobre los que descanso.
Con un movimiento lento, me deslizo de su regazo y me pongo de pie frente a ti, desnuda, marcada y gloriosa. Tomo tu celular de tus manos con suavidad y apoyo mi mejilla contra tu hombro, mirando la pantalla donde mi imagen yace sobre ellos.
Vero: Qué bonito cuadro. Murmuro, pasando un dedo por la imagen. Pero en persona es mucho mejor. Y la secuela… Agrego, mirándote a los ojos. La secuela promete ser épica.
Me vuelvo hacia nuestros invitados, que ya se están poniendo de pie, una energía renovada en sus miradas.
Vero: ¿Una gran despedida, dices? Le pregunto a Ibrahim, caminando hacia él y colocando una mano en su pecho. Imaginemos… el balcón al amanecer. El aire fresco sobre la piel caliente. Y yo… despidiéndolos de la manera más argentina posible.
Luego miro a Ubuntu, acercándome a él. Quizás… invitando a algún amigo suyo para la ocasión. Susurro, sólo para él, pero lo suficientemente alto para que tú lo escuches. Para que el viaje de regreso lo hagan con el sabor de este país… y de esta puta… bien grabado en la memoria.
Regreso a tu lado, enlazando mi brazo con el tuyo, apoyando todo mi peso cansado y satisfecho contra ti.
Vero: Diles que se queden, amor. Te susurro al oído, mi aliento caliente. Diles que la invitación está abierta. Y que la chef principal… está ansiosa por volver a cocinar.
Claudio: Amigos quédense a dormir en nuestra casa mí esposa nos preparara un buen desayuno por la mañana. Eso sí le encantan los huevos por la mañana y la leche tibia. Me acercó a ti y susurro en tu oído. Le pediste que invite otro amigo para su despedida? ¿Quieres tres negros?
Un escalofrío de puro y crudo deseo recorre mi espina dorsal al sentir tu aliento caliente en mi oído y escuchar tu pregunta. Mis ojos se cierran por un segundo, imaginándolo.
¿Tres? Susurro de vuelta, mis labios rozando tu lóbulo. Pensé que leías mi mente, esposo.
Me separo lo justo para mirarte a los ojos, y en los míos ves la respuesta: un sí hambriento y absoluto. Luego, me vuelvo hacia nuestros invitados con una sonrisa que es pura conspiración.
Vero: ¿Lo escucharon? Anuncio, mi voz recuperando un tono juguetón y seductor. La cama de invitados es amplia. Y el desayuno… será servido directamente en la habitación.
Camino hacia Ibrahim y Ubuntu, pasando mis dedos ligeramente por el brazo de cada uno.
Vayan, descansen. Les digo, con un guiño. Acumulen fuerzas. Porque mañana… Hago una pausa, dejando que la promesa flote en el aire cargado. Mañana no les serviremos huevos en un plato.
Los veo intercambiar una mirada, una sonrisa lenta de entendimiento cruzando sus rostros. Con unos últimos cumplidos y una sensación de anticipación palpable en el aire, se retiran hacia el ala de invitados.
En cuanto la puerta se cierra detrás de ellos, me giro y me abalanzo sobre ti, enlazando mis brazos alrededor de tu cuello, mi cuerpo desnudo y marcado presionándose contra tu ropa.
Vero: Tres. Repito, jadeando la palabra contra tus labios. Quiero sentir tres de esas bestias negras a la vez. Quiero que me cubran, que me ahoguen, que me conviertan en su puta comunal para tu deleite.
Te miro, buscando cualquier rastro de duda en tu rostro, pero sólo encuentro el mismo fuego oscuro que arde en mí.
Vero: Dime que lo harás. Suplico, rozando mis labios contra los tuyos. Dime que llamarás a ese amigo. Que me darás ese regalo de despedida. Que me verás desayunar con tres hombres y seré la esposa más feliz y más rota del mundo.
Claudio: Cómo negarme a mí amada esposa ahora prepárate que yo aún no he entrado por ese culo vamos a la habitación que voy a cogerte como nunca. Te ves hermosa la pija negra te sienta bien
Un gemido ronco y lleno de gratitud sale de mi garganta al escuchar tus palabras. Tus manos en mi cintura me hacen sentir más deseada que todas las atenciones de la noche.
Vero: La pija negra me sienta… Susurro, arrastrando mis dedos por los moretones en mis caderas. Pero tu posesión me queda mejor. Siempre.
Te tomo de la mano y te guío, no hacia nuestro dormitorio principal, sino hacia la sala de masajes contigua, más privada, con la amplia camilla de cuero que ha sido testigo de tantos de nuestros juegos.
Vero: Aquí. Digo, empujándote suavemente para que te sientes en el borde de la camilla. Me arrodillo frente a ti, entre tus piernas, y empiezo a desabrochar tu pantalón con manos que aún tiemblan ligeramente. Quiero que me mires en la luz clara. Quiero que veas bien dónde estuvieron… y dónde sólo tú puedes llegar.
Una vez liberado, inclino la cabeza y tomo la punta de tu miembro en mi boca, chupando con una ternura que contrasta violentamente con la fiereza de hace unos minutos. Mis ojos se clavan en los tuyos mientras lo hago, lamiendo y acariciando, limpiándote metafóricamente de cualquier resto de celos.
Vero: Eres mi rey. Murmuro, mis labios rozándote. Y esta puta… es tu trono.
Me levanto entonces y me giro, doblando mi cuerpo sobre la camilla, presentándote mis nalgas marcadas por grandes manos morenas. Miro por encima del hombro, mi cabello negro cayendo sobre mi rostro.
Vero: Hazlo. Respiro, abriéndome más con las manos. Reclama lo que es tuyo. Rómpeme de la manera que sólo tú sabes. Y después… Una sonrisa obscena se dibuja en mis labios. Después, haremos esa llamada.
Claudio: Empujo mí pija dentro tuyo comiendo a moverme no paro a pesar de tus súplicas Así te gusta cómo te cogieron esos negros vas a sentir toda mí leche en la cola te voy a rellenar de semen toma
Un grito desgarrado sale de mi boca al sentir tu empuje, tan diferente al de ellos, tan profundamente tuyo. Mis uñas se clavan en el cuero de la camilla.
Vero: ¡Sí! ¡Así! Jadeo, empujando mis nalgas contra tu pelvis con cada embestida. ¡Más duro que ellos! ¡Más profundo! ¡Esta es mi cola, sólo tuya! ¡Sólo tuya!
Cada palabra tuya es un látigo de fuego que me enciende. El contraste es exquisito: la brutal posesión de ellos, seguida por esta ira posesiva y amorosa que sólo tú puedes dar. Siento cómo tu cuerpo se tensa, cómo tu ritmo se vuelve más frenético, más profundo.
Vero: ¡Adentro! Suplico, con la voz quebrada y llorosa. ¡En la cola! ¡Relléname, esposo! ¡Marca por dentro donde los otros sólo marcaron por fuera!
El calor de tu liberación llenándome es el clímax más profundo de la noche. Un gemido largo y tembloroso me sacude, no sólo un orgasmo físico, sino una rendición total del alma. Mi cuerpo se desploma sobre la camilla, tembloroso y exhausto, sintiendo tu semilla caliente dentro de mí.
Jadeo, incapaz de moverme, sintiéndote aún dentro. Giro la cabeza para mirarte, mis ojos nadan en lágrimas de éxtasis absoluto.
Vero: Nunca… nunca me había sentido tan tuya. Susurro, con la voz apenas audible.
Con un esfuerzo, me giro lentamente, te tomo de la mano y te guío hacia el teléfono en la mesita de noche. Me siento en tus piernas, mi espalda contra tu pecho, todavía temblorosa y llena de ti.
Vero: Ahora. Susurro, guiando tu mano hacia el teléfono. Haz la llamada. Pídele a Ubuntu que llame a su amigo. Diles que la despedida… será para tres.
Apoyo mi cabeza en tu hombro, cerrando los ojos, una sonrisa de absoluta y perversa felicidad en mis labios hinchados. Y yo… prepararé el desayuno.