Una mujer compartida

Una mujer compartida

Al cuarto para las diez nos dirigimos a la cena en honor del reencuentro de mi esposo con sus primos y otros familiares.

Habían pasado nueve años desde que nos cambiamos de ciudad y ahora parecía que ineludiblemente tendríamos que entrar en los protocolos de la nostalgia.

Salimos del hotel donde nos hospedábamos y el viaje fue corto pero bajo una tensión sostenida provocada por las largas meditaciones de aburrimiento que atisbaba.

Al llegar a la residencia, una construcción semejante a una granja moderna, me miré en el espejo retrovisor y pasaron por mi mente extensas escenas de sexo anteriores, la verga de Carlos escondida entre mis senos, una oscuridad de palabras donde yo estaba perdida y en medio de Gabriel y otro hombre penetrándome al mismo tiempo, un desconocido masturbándose mientras me miraba, Paco buscándome desesperadamente mientras tras una puerta un hombre me follaba y yo lo disfrutaba.

Salí de mi letargo erótico cuando mi marido me llamó por tercera ocasión.

Caminé hasta la recepción y me detuve en un cristal esmeralda que reflejaba mi cuerpo, llevaba un traje sastre beige, unos tacones cafés, una blusa blanca algo escotada y sobre mi espalda caía el pelo rizado hasta mi cintura. -«Te ves hermosa»- me dijo mi marido.

Entramos resignados a la habitación, no estaba tan concurrido como mi imaginación había supuesto, estaban cuatro matrimonios, algunos niños, y los padrinos de mi esposo, como evocando alguna toma de lista nazi el padrino fue presentándolos uno por uno con una certeza y dominio sobre ellos que más parecía un juez que un familiar.

Cuando llegó al tercer matrimonio no pude resistir el impulso de acercarme un poco más al primo llamado Héctor.

El «mucho gusto» que me dijo mientras posaba sus labios en mi mejilla me supo a «quiero cogerte», a «estás buenísima», a «espero cocharte esta noche». Tenía unos labios riquísimos y unos ojos negros tiernos, su esposa además era bellísima, una rubia voluptuosa de pechos redondos y con un trasero increíble.

Esos instantes fueron la proyección de un sin fin de deseos que me excitaron la noche y que me hicieron olvidar la pesada carga de los encuentros genéticos.

Los demás primos eran agradables, incluso dos de ellos eran muy atractivos e inteligentes y tenían un aura de erotismo algo difícil de asimilar.

Durante la cena Héctor parecía estar confabulando un reto en cada mirada, me parecía difícil pensar a ese hombre buscando otra mujer teniendo a la que tenía por esposa, cuando llegaron los padrinos de mi esposo tuvimos que recorrernos y yo quedé sentada entre mi esposo y Héctor.

El viejo empezó a hablar desconsideradamente, sin ningún respeto por las pausas y la dicción, era una máquina procesadora de palabras, un huracán lejano sin sintaxis, una boca conectada al castellano de Cervantes, en un momento pensé en él como si fuera un antiguo juglar pernoctando fábulas en latín. -«no es Fidel Castro pero cuando habla no existe la democracia» – me dijo Héctor al oído, yo sonreí con los ojos cerrados sintiendo sus palabras en una caída profunda por todo mi cuerpo hasta que se quedaron retumbando en mi vientre. -«Si fuera Fidel me hubiera puesto de pie para escucharlo»- le contesté silenciosamente mientras mi esposo me reprendía dulcemente.

Todos miraban encantados al viejo como perdidos en un letargo que ocasionaban sus palabras.

En eso sentí el pie de Héctor rozando mi pantorrilla sobre la media, por un impulso decidido le acaricié el zapato y se lo quité disimuladamente, recorrí un poco mi cuerpo hacia atrás y sentí su mano en mi pierna jugando con el encaje de la media, yo me cubría con el mantel poniéndolo hasta mi vientre, la esposa de Héctor que estaba en el otro lado con su niña me miraba recelosamente, por un instante nos miramos fijamente hasta que sentí dos dedos de él acariciándome el borde de mi pantaleta y bajé la mirada.

El viejo terminó de hablar y cenamos tranquilamente como reponiéndonos de la agresiva embestida oral y sacudiéndonos las frases, dichos, reflexiones etc. Salimos al jardín a pasear y mi esposo fue detenido por su padrino, probablemente era cierto lo que Jorge Luis decía acerca de la voz «no importa cuanto duela o cueste, siempre hay tiempo para otra palabra».

Yo fui a servirme una bebida y platiqué con los otros primos de mi marido, Julián y Emmanuel, con una actitud totalmente liberal, me agradaban lo que decían y sus ideas de política etc.

Mientras sus esposas platicaban en una mesa ellos coqueteaban descaradamente conmigo y yo los provocaba mientras tomaba la bebida y los miraba fijamente.

Cuando Julián se retiró Emmanuel parece que entró en un estado de desesperación casi adolescente, -«eres muy hermosa»- me dijo mientras mi sentido femenino de nuevo interpretaba eso como «quiero cogerte ahora mismo». Le seguí el juego y le dije que me halagaban sus palabras -«es algo gratificante irse a acostar después de ver a una mujer así» me dijo con algo de morbo, -«quizás sea más si vieras todo lo que es esa mujer»- le dije provocándolo. Me mordí los labios y entré a la casa, me coloqué en una recamara sin cerrar la puerta, esperé un poco y al rato llegó él y se detuvo en la pared, empecé a desnudarme mirándolo a los ojos, me quité el saco y fui desabrochando botón por botón hasta que quedó mi pecho cubierto por el sostén blanco y reducido, abrí mis piernas y subí mi falda hasta la cintura, bajé el sostén y empecé a chuparme los pezones y a masturbarme metiendo mis dedos en mi vagina, él sacó su verga y empezó a masturbarse rápidamente, yo me abría toda para que me viera, me paré y lo dejé que viera mi culo, mis senos, me acerqué a la puerta y estaba a un metro de él , me hinqué a la altura de su verga y abrí mi boca y movía mi lengua por mis labios esperando que acabara, entonces terminó y u semen salió disparado hacia mi cuerpo sin tocarme. Me acerqué a él y le dije -«ahora dormirás mejor no?»- y le di un beso en la mejilla.

Estaba totalmente excitada, la etapa del dilema existencial de «hacerlo o no hacerlo» estaba superada y ahora no podía reprimir mis ansias de sexo.

Salí de nuevo al jardín y mi esposo seguía platicando o escuchando a su padrino.

En eso Héctor se acercó y me pregunto si estaba aburrida, le sonreí y le dije que podría estar peor.

La esposa de él llegó como movida por el viento y se disculpó ante mí y se fue con él.

Entraron a una especie de caballeriza muy grande que había al final del jardín, yo inconscientemente los seguí y tardé algo en encontrarlos hasta que oí unas palabras sordas, la miré a ella comiéndose su verga salvajemente, lo desnudó completamente y lo besaba por todo el cuerpo, se detuvo un instante y empezó a quitarse el vestido, fue cayendo lentamente la seda por su cuerpo y quedó desnuda totalmente, no traía ropa interior y tenía un cuerpo increíble, con los tacones plateados que portaba se veía más hermosa, -«mírame y dime que te gusto Héctor, ya vi a la puta esa que no te quita la vista, ¿te gusta?»- él se quedó callado y sólo la tomó de la pequeña cintura y la penetró de forma riquísima, ella lo montaba mientras él le chupaba los pezones rozados, en un momento Héctor descubrió que los miraba y creció su excitación, apretó los senos de ella y pareció que su deseo se había revitalizado.

No dejó de mirarme un solo instante y curiosamente ella le pidió que le dijera mi nombre -«dime el nombre de esa puta, dímelo, sé que quieres cogértela y ella a ti, vamos dímelo»- -«si, así Cristina déjame cogerte ricura, comete toda mi verga preciosa, así Cristina»- los dos terminaron en un orgasmo que era evidente, ella se apresuró a vestirse y yo de nuevo fui al jardín.

Todos se retiraron a dormir pero en realidad parecía que el ambiente contenía una tensión erótica irresistible.

A las dos de la madrugada me levanté a tomar agua y como no podía dormir salí a dar un paseo al jardín, estaba fresco y la noche envuelta en una despejada claridad, caminé hacia la caballeriza y me detuve en el lugar donde cogieron Héctor y su esposa.

Era algo increíble pero no podía quitármela de la cabeza, jamás me había pasado eso, yo excitada por una mujer, nunca en mi vida había pensado en una mujer de esa manera.

De pronto sentí unos brazos rodeando mi cintura, apagaron la luz débil del lugar y empezaron a besarme en la boca, yo sabía que eran Julián y Emmanuel y me dejé hacer todo, me levantaron el camisón que llevaba puesto y se dirigieron a mi culo y vagina, los tenía a los dos entre mi, uno delante chupandome la vagina y otro atrás besándome el culo -«así chupenme toda, no se aguantaron verdad, aprovechen ahora que mi marido está dormido, soy suya ahora, cómanme toda, disfrútenme»- sentía las lenguas chocando dentro de mí, en eso escuché a mi marido buscándome cerca de la caballeriza, ellos sintieron temor pero los tranquilicé -«sigan cochándome, no nos hallará, no se detengan»- arrinconé a uno de ellos a la pared más lejana y metí su verga en mi vagina mientras lo besaba desesperadamente, apretaba mi pecho al suyo y él acariciaba mis nalgas y mi cintura, le pedí al otro que se acercara, empezó a besarme la espalda, las piernas, el culo mientras me cogían y mi marido seguía buscándome, le pedí que me apretara y puso su verga en mi vagina junto a la otra, sentí como entraban las dos al mismo tiempo y estaba teniendo un orgasmo increíble mientras me besaban y me hablaban -«así jodida puta, sabes que estás buenísima verdad, vamos a joderte toda la noche, así comete las dos vergas puta»- -«si metanmela los dos al mismo tiempo, cochenme mas, no acaben, vamos metanmelas juntas, cojanme, cochenme, háganme lo que quieran»- nuestras voces se confundían con las de mi marido afuera y eso nos excitó más, nos corrimos los tres al mismo tiempo y fue delicioso, en el momento de venirme pensé en la esposa de Héctor y sentí otro tipo de orgasmo.

Me pidieron que me quedara con ellos pero tenía que ir con mi marido, en cambio les dejé mi pantaleta para que siguieran por la noche, al fin y al cabo el sexo es más mental. Regresé a la cama esperando a mi marido y pensando lo que vendrías después.

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