Mi primera infidelidad

Mi primera infidelidad

La siguiente es una historia verídica.

Todo comenzó en forma inesperada… mientras me encontraba en el cóctel de inauguración de una exposición de pinturas, recibí una llamada de mi amado esposo, solicitándome ir a un viejo apartamento de su propiedad, cuyo actual arrendatario estaba algo atrasado con los pagos mensuales, con el fin de cobrarlas.

El apartamento se encontraba en medio de un barrio popular a mal traer, en el tercer piso de un edificio con corredores al exterior.

Ya al estacionar y bajarme del auto comencé a llamar la atención del grupo de hombres que, aparentemente desempleados, mataban el tiempo apollados contra los vehículos en la calle o contra las paredes, y que probablemente nunca habían visto a una mujer tan elegantemente vestida en ese lugar.

Permanecí imperturbable mientras los tipos me lanzaban todo tipo de piropos e insinuaciones al acercarme al edificio y subir las escaleras… esos tipejos no eran dignos de merecer mi atención… pero no puedo negar que, mujer al fin y al cabo, me gustó ser el centro de la atención de ese grupo de hombres de baja clase, machos primitivos, por lo que luego, orgullosa y agradecida al comienzo, les regalé una generosa vista de mis piernas bajo las faldas al desplazarme a lo largo del corredor hasta el departamento, al que llegué finalmente algo excitada y riéndome de mi propio desparpajo…

Al llamar a la puerta, me abrió un tipo bastante corpulento que me miró de arriba abajo y que luego, al ser notificado de la razón de mi presencia ahí, me invitó a pasar. Se hizo a un lado apenas lo suficiente como para que yo pudiera pasar, y aprovechando de frotarse levemente contra mi cuerpo en el proceso, lo que terminó por dejarme definitivamente algo nerviosa, intranquila y excitada con toda la situación.

Me invitó a tomar asiento y, sin preguntar si yo quería beber algo o no, se puso a preparar unos tragos en la mesa ofreciéndome luego uno de los vasos. Y ahí comenzó esta historia…

Mirándolo fija y coquetamente mientras sorbía un poco del trago que sostenía entre mis manos, crucé muy despacio mis piernas dejándolas algo levantadas y estiradas elegantemente una encima de otra en forma diagonal…

Enfundadas en suaves medias de seda y tacos altos, sabía que mis piernas eran mi mayor atractivo, ante las cuales ningún hombre podía quedar impasible… y él no era la excepción, pues noté de inmediato en sus ojos un brillo que sugería un urgente deseo de poder ver más allá de lo que la ajustada falda de mi vestido le ocultaban…

Decidí entonces seguir adelante con este jueguito de seducción pues, a pesar de haber sido educada en forma recatada, hay muy pocas cosas que me den más placer que sentirme observada y deseada por los hombres.

Como si fuera lo más casual entonces, descrucé muy lentamente mis piernas, disfrutando del sensual siseo de las medias al frotarse entre si y levantando y abriéndolas un poco más de lo necesario, como para regalarle una fugaz visión de lo que hasta ahora le había negado, y volví a cruzarlas hacia el otro lado pero esta vez dejando la pierna de arriba bastante más levantada que antes y la falda también algo más recogida claro está, porque ahora apenas lograba cubrir el comienzo de las ligas…

Noté que observaba mis piernas con descaro y llegué a sentir en la piel el calor vivo de su mirada lujuriosa, mientras comenzaba a imaginarme sus manos tocándome las medias, acariciando mis tobillos, mis rodillas y subiendo luego por el borde de mis muslos, encendiendo un fuego, desconocido hasta ahora, que ya ardía en mi interior y que pedía a gritos ser sofocado… por un rato tuve el impulso de volver a cruzarme de piernas una y otra vez, pero me contuve…

Entonces, y con la excusa de ir a buscar algo más de hielo, me puse de pie y crucé la estancia hacia la mesa, procurando darle a mi caminar un coqueto balanceo de caderas pues sabía que él me estaría estudiando detenidamente desde atrás. Me quedé algo inquieta al darme cuenta que me estaba exhibiendo abiertamente ante un hombre casi desconocido, jamás antes había hecho algo así, pero terminé sonriendo ante mi osadía y decidí seguir adelante…

Como coronación de todo, al llegar a la mesa me estiré un poco para alcanzar la vasija del hielo al otro lado, agachando mi cuerpo y lanzando al mismo tiempo una pierna hacia atrás con los tacos levantados, para entregarle una perspectiva mucho más provocativa de lo que él habría esperado en ese momento…

No me moví de la mesa al sentirlo ponerse de pie y acercarse hacia mí, así como tampoco me moví al sentir su cuerpo apretarse descaradamente fuerte contra el mío desde atrás, haciéndome vibrar al sentir la enorme protuberancia de su virilidad a través de las telas… y ahí nos quedamos un rato, sintiendo el cuerpo y la excitación del otro, sin hablar, casi sin movernos pero apretándonos y retorciendo nuestras caderas como en círculos tratando ansiosamente de que su henchida masculinidad pudiera apoyarse contra la hendidura entre mis glúteos y poder sentirlo así más intensamente, mientras yo, presa ya de una pasión que no conocía y que lograba ahogar por dentro toda voluntad para negarme a nada, separaba desvergonzadamente un poco mis piernas y le levantaba la cola para ayudarlo a encontrar su mejor posición… y me di cuenta entonces que había llegado demasiado lejos, que aquello era un monstruoso pecado y peor aún, comprendí que nada ni nadie podría ya impedir que éste se consumara…

Sentí su boca besándome el cuello, sentí sus manos acariciando la curva de mis senos, y sentí su boca acercarse a mis oídos para preguntarme a qué hora debía irme a casa para estar con mi marido… y yo, tiritando de miedo y nervios por la cruel traición que estaba a punto de cometer, pero absolutamente excitada al mismo tiempo, sólo cerré mis ojos y bajo una sensación de total abandono y entrega, logré responder, apenas balbuceando, que eso ya no me importaba…

Sentí entonces la sonrisa de su triunfo en mi cuello, poderosa, orgullosa y hasta altanera… sentí también que el poder del juego de la seducción lo había perdido ante su manifiesta virilidad, la que me dominaba completamente y me obligaba a dejar de lado todos mis principios de lealtad y compromiso para entregarme dócilmente a su voluntad… y así lo hice…

Me hizo dar vuelta, y antes de terminar ya estaba besándome, inundando mi boca con el calor húmedo de su lengua, lo abracé tiernamente y respondí con fruición a su beso, restregando al mismo tiempo mi pelvis contra su durísima virilidad, lo que me producía muchísimo placer… sentí entonces sus manos levantándome por la cintura para tumbarme sobre la mesa mientras sentía también cómo me levantaba la falda descubriendo mis encantos y acariciándome finalmente todas mis piernas… y mientras yo separaba mis piernas y me arrimaba a él para poder acomodar su prominencia justo donde más me gustaba, él se agachaba sobre mí, me manoseaba los senos y mordía los pezones que, erguidos, luchaban por escapar de la prisión de las telas… comenzó también a hablarme en forma soez, diciéndome entrecortadamente que me haría gozar como nunca antes, que ahora sí sabría lo que era un macho verdadero, no como el imbécil de mi marido, que me iba a enseñar cómo trataba él a una perrita fina, etc… y cada palabra suya, en vez de darme miedo, me daban cada vez más ganas de llegar al límite con él…

Entonces me llevó en medio de la sala y me pidió que me desnudara para él, lo que cumplí con todo el resto del arte de la seducción que me quedaba, es decir, exhibiéndome coquetamente y dejando caer suavemente las prendas al suelo y, por supuesto, dejándome los calzoncillos, las medias y los tacos altos puestos.

Me miró complacido, satisfecho, y luego me ordenó ponerme frente a él de rodillas y, mirándome de arriba hacia abajo, abrió sus pantalones y sacó su magnífica y gruesa verga colocándomela justo frente a mi cara… y yo, presa de una excitación enorme, lo tomé entre mis manos y me lo restregué por la cara, sintiendo su olor, su calor, su energía palpitante para seguidamente besar su cabecita y lamer todo su cuerpo hasta el nacimiento de sus peludos testículos y terminar engullendo todo lo que podía hasta el fondo de mi garganta…

Qué deliciosa sensación poder besar el miembro viril de un hombre en todo su poderío, tenerlo quemante entre mis manos, lamerlo entero, morderlo, apretarlo, sentir cómo el hombre tirita de pasión y se endurece justo antes de regalarme su crema y sentir el sabor pegoteoso de su semen en mi lengua… Nunca había experimentado antes tal placer y tal dulzura…

Luego de eso me tumbó en el sofá y me comenzó a manosear y mordisquear mis senos mientras al mismo tiempo sentía sus manos arrancándome los calzoncillos de encaje y acariciando toda la zona prohibida de mi vulva, separándome las piernas con energía y tocando luego la delicada rosa que corona mi femineidad con un apretón suave que me hizo retorcerme y rogarle que siguiera así…

No pude soportar más, y acurrucándome yo misma bajo él, tomé su enorme miembro y lo guié hacia la entrada de mi florcita, rogándole que me violara, que me hiciera suya toda entera… y al momento de sentir su cabecita presionando para entrar sentí un estremecimiento delicioso que me arrancó del fondo del alma un suspiro de placer y me hizo abrir aún más mis piernas cuando su presión logró abrir a viva fuerza las carnes de mi apretada conchita y penetrar triunfante, llenando mi vagina con el calor del fuego prohibido que hacía tanto tiempo necesitaba… finalmente penetrada y gozando cada una de sus embestidas, lo abracé llena de dicha y felicidad, le besé el cuello, los hombros, y le acariciaba con ternura mientras él me culeaba deliciosamente, me poseía, me gozaba entera, me humillaba diciéndome cosas sucias mientras, mirándome a los ojos, se reía obscenamente de mi marido, y yo, casi llorando de emoción, respondía suplicándole que me culeara más y más, que no se detuviera nunca… y luego, en un espasmo que fue creciendo desde el fondo de mis entrañas, sentí arder mi cara y mi vientre y mis músculos se tensaron mientras un aguijoneo profundo y martirizante me recorrió entera y un gritito ahogado y luego otro más fuerte y un gemido y otro más y más hasta que me abracé a él fuerte fuerte fuerte hasta quedarme inmóvil sufriendo un clímax impresionante… largo y maravilloso, como jamás me lo habría imaginado… y luego me relajé, muy de a poco, mientras recibía a borbotones el caliente chorro de su semen inundándome por dentro el vientre, vientre de mujer recién poseída, de mujer satisfecha, y también, de mujer un poquito enamorada…

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