La entrega sin barreras
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Juan y ella se entregan a un encuentro apasionado y sin protección, ignorando las consecuencias. Mientras él la domina con deseos intensos, ella lucha entre el placer y la culpa, sabiendo que su esposo, Raúl, está cerca, escuchando todo.
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El silencio en la habitación solo era roto por el suave rumor de su propia respiración. Ella estaba recostada sobre las camisas, las manos entrelazadas sobre su estómago, mirando el patrón de las hojas en la ventana. El tiempo parecía estirarse, denso y viscoso, hasta que el sonido de la puerta principal se cerró con un golpe sordo. Sus pasos en el pasillo eran rápidos, decididos, y el corazón le dio un vuelco en el pecho.
Juan entró en la habitación sin dudar. La luz de la tarde delineaba su figura contra el marco de la puerta antes de que cerrara tras de sí. No hubo saludos, solo la intensidad inmediata de su mirada recorriéndola de pies a cabeza. Se acercó a la cama y comenzó a quitarse la ropa con movimientos prácticos, dejando la prenda caer al suelo sin mirar. Ella se incorporó, sintiendo cómo el aire frío le rozaba la piel expuesta, y él se inclinó sobre ella.
Sus manos fueron a la abertura de su blusa, desanudando los botones con una urgencia que hacía que sus dedos tropezaran ligeramente. Una vez despejado el obstáculo de la tela, sus manos calientes buscaron el contacto directo con su piel. La palma de él se deslizó sobre sus senos, pesada y cálida, apretando con una firmeza que le quitó el aire. Ella notó cómo sus pezones se endurecían instantáneamente bajo el roce áspero de sus dedos, enviando pequeñas descargas eléctricas que bajaban por su columna vertebral.
La excitación era un calor físico que se expandía desde su bajo vientre, ineludible. Sintió cómo la humedad comenzaba a acumularse entre sus muslos, empapando lentamente la tela de su ropa interior. Juan notó el cambio en su postura, la forma en que su cuerpo se inclinaba instintivamente hacia el suyo buscando más fricción.
—Quiero que me la mames —dijo él, su voz ronca, cortando el silencio.
Ella asintió, incapaz de formar palabras coherentes. Él se puso de pie junto al borde de la cama y ella se deslizó hasta sentarse frente a él. Sus manos encontraron el cinturón de él, desabrochándolo con rapidez para liberar su erección. Tomándolo con la mano, sintió el peso y el calor en su palma antes de inclinarse. Sus labios se cerraron alrededor de la punta, su lengua explorando la textura mientras bajaba la cabeza lentamente, tomando todo lo que podía.
Juan emitió un gemido grave desde el fondo de su garganta, una de sus manos entrelazándose suavemente en su cabello para guiar su ritmo.
—Así, qué rico se la mamadas —murmuraba, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.
Después de unos minutos, él se retiró de su boca con un sonido húmedo.
—Acuéstate —ordenó.
Ella se recostó sobre las almohadas, abriendo las piernas en una invitación tácita. Juan se colocó sobre ella, besando el cuello y descendiendo hacia su pecho. Sus labios cerraron alrededor de un pezón, chupando con fuerza, mientras su mano masajeaba el otro seno con un movimiento rítmico y constante.
—Qué rica estás… quiero seguirte cojiendo —susurró contra su piel húmeda.
Él se ajustó entre sus piernas, y la punta de su miembro comenzó a rozar su entrada, deslizándose en su humedad. Ella sintió el pánico mezclarse con el deseo.
—¿Traes condón? —preguntó, su voz temblorosa.
Juan no se detuvo, simplemente miró a los ojos.
—No.
—No lo haremos así —intentó empujarlo suavemente con las manos en su pecho.
—No pasará nada —insistió él, presionando más hacia abajo, atrapándola bajo su peso—. No cojo con nadie sin condón, solo quiero cojerte así.
La lógica se desmoronó ante la realidad de su cuerpo respondiendo al de él. La idea de la piel desnuda contra la suya, sin barreras, la excitaba de una manera primitiva y peligrosa. Dejó de resistirse, relajando los muslos. Juan empujó hacia adelante y entró en ella de un golpe lento y profundo.
Ella gimió, sintiéndose estirada y llena. Estaba tan mojada que no hubo dolor, solo una sensación de plenitud absoluta. Él comenzó a moverse, con movimientos profundos que golpeaban el fondo de su vagina. Cada empuje iba acompañado por el roce de su vello púbico contra el suyo y el sonido de la piel chocando contra la piel.
Mientras la penetraba, él no dejaba de atender sus senos, alternando entre mordiscos suaves y lameduras largas que la hacían arquear la espalda. Luego, se llevó la boca a su oreja.
—Me encantan tus tetas —sopló, su aliento caliente—. Deseo tanto que me hagas una rusa.
Él se retiró de ella y se recostó de espaldas. Ella se movió rápidamente, estrujando sus senos juntos para crear un túnel suave alrededor de su erección brillante y lubricada. Juan comenzó a mover las caderas, deslizándose entre el canal de su piel mientras alcanzaba, con una mano, el paquete de cigarrillos sobre la mesita de noche.
Encendió uno, inhalando profundamente mientras miraba hacia abajo, donde su miembro aparecía y desaparecía entre el pecho de ella. El humo del tabaco se mezclaba con el olor a sexo en la habitación. La mirada de él era intensa, evaluando cada reacción, cada movimiento de su cuerpo mientras la usaba para su placer.
—Volvémela a mamar —dijo él, apagando el cigarrillo a medias en el cenicero—, me encanta como lo haces.
Ella bajó la cabeza nuevamente, tomando su glande en la boca. Él jalaría de su cabello, tirando su cabeza hacia atrás para forzarla a mirarlo, y luego la empujaría hacia abajo de nuevo, controlando la profundidad. Sus manos acariciaban sus senos, pellizcando los pezones mientras ella trabajaba con la lengua y los labios.
—Ah, sí… me encanta como haces sexo oral —gemía él, con los ojos cerrados—. Ni mi novia lo hace así.
El ritmo se volvió más frenético. Él retiró su miembro de su boca con un pop audible.
—Quiero cogerte por el culo —dijo, su voz gruesa por el deseo—. ¿Me dejas hacertelo por ahí?
Ella dudó solo un segundo, recordando la intensidad de sus movimientos anteriores.
—Sí, está bien —susurró.
—Pónte en cuatro —ordenó.
Ella se giró, apoyando las manos y rodillas en el colchón, sintiéndose expuesta y vulnerable. Juan se colocó detrás de ella, frotando la punta de su pene en su ano, usando la lubricación de sus fluidos para prepararla. Comenzó a empujar, y la resistencia inicial cedió lentamente ante la presión constante.
Una vez dentro, él agarró su cintura con ambas manos, usando el agarre como palanca para hundirse más profundo. Con una mano, tomó un puñado de su cabello y tiró hacia atrás, arqueando su columna vertebral en un ángulo que forzó un grito de su garganta.
—Así quería tenerte —dijo él, acelerando el ritmo, sus muslos golpeando sus nalgas con fuerza—. Me encanta el sexo anal. Ni mi novia me deja hacérselo por ahí, es una llorona.
Su mano libre subió desde su cintura hasta su cuello. Sus dedos se cerraron alrededor de su garganta, comprimiendo las arterias justo lo suficiente para que las estrellas comenzaran a parpadear en su visión. El aire se volvió escaso, lo que intensificó cada sensación nerviosa en su cuerpo.
—Con voz puedo hacer lo que con ella no… —continuó él, susurrando directamente en su oreja mientras la asfixiaba suavemente—. Es más, ni he tenido sexo con ella porque quería guardarme para vos.
El placer era intenso, casi doloroso, pero un pensamiento helado cruzó su mente aturdida. Raúl. Su esposo estaba afuera. Podía escuchar los gemidos de ella, el golpe rítmico de la cabecera de la cama golpeando la pared, el crujido de los resortes bajo el peso de otro hombre. Sabía que Raúl estaba escuchando cómo su ex compañero de clase la poseía en su propia cama, cómo la usaba sin protección. La vergüenza debería haberla detenido, pero el conocimiento de que estaba siendo observada, de que estaba traicionando a Raúl de la manera más visceral posible, solo sirvió para empujarla hacia el borde.
El orgasmo la golpeó como una ola, arrancando un grito ahogado que luchó por salir de su garganta comprimida. Su cuerpo se convulsionó, apretándose alrededor del miembro de él mientras las luces parpadeaban tras sus párpados.
Juan soltó su cuello y su cabello, permitiéndole caer hacia adelante sobre las almohadas, jadeando.
—Ahora me acostaré yo y subite vos —dijo, rodando hacia un lado.
Ella se tomó un momento para recuperar el aliento antes de montarlo. Se sentó sobre él, dejándolo entrar nuevamente en su vagina, ahora sensible y hinchada. Comenzó a moverse, levantando y bajando sus caderas, sintiendo cómo él llenaba cada centimetro. Él puso las manos en sus caderas, guiándola, mirando cómo sus senos rebotaban con cada movimiento.
—Ahora me subiré yo —anunció.
Sin retirarse, él rodó hasta que ella quedó debajo de él una vez más. Él retomó el control, moviéndose con fuerza renovada. La besó, una lengua profunda y dominante, mientras sus manos recorrían su cuello y sus hombros. Bajó la cabeza para chupar sus senos una vez más, obsesivo, como si no pudiera tener suficiente.
El segundo orgasmo se construyó más lentamente, una ola creciente que la hizo temblar bajo él. Cuando llegó, se aferró a su espalda, dejando marcas con sus uñas, gimiendo su nombre sin pensar.
Él se detuvo un momento, acariciando su cabello sudoroso.
—¿Nos volveremos a ver? —preguntó.
—No sé… tal vez —respondió ella, entre jadeos.
—Estás tan rica… ya voy a terminar —dijo él, su respiración agitada.
—¿Terminas dentro de mí? —preguntó ella, mirándolo a los ojos.
—Sí —gruñó él.
Él empujó una última vez, profundamente, y se quedó quieto. Ella sintió las pulsaciones rítmica dentro de ella mientras él eyaculaba, llenándola con su calor. La sensación de su semen corriendo dentro de su cuerpo, sin nada para detenerlo, era una realidad tangible y húmeda.
Juan se quedó allí un momento, apoyando la frente contra la suya, recuperando el aliento. Luego, se retiró lentamente, dejando un rastro de fluidos sobre sus muslos. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse en silencio. Una vez listo, se sentó al lado de ella en el borde del colchón.
—Espero se repita, me gustó mucho la verdad —dijo, inclinándose para darle un beso suave en la frente.
Se levantó y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, dejándola en el silencio de la habitación ahora impregnante con el olor de su encuentro.