Capítulo 3

Habían pasado dos semanas desde lo del tambo de gas. Carla y yo ya no podíamos controlarnos. Los mensajes se habían puesto cada vez más sucios y urgentes. Esa noche, Ana invitó a su hermana a cenar a nuestra casa porque “quería pasar tiempo en familia”. Yo sabía que Carla había aceptado solo por una razón: para provocarme.

Carla llegó con un vestido rojo corto, escotado y ajustado que le marcaba las tetas enormes y apenas le cubría la mitad de los muslos. Cada vez que se agachaba o se sentaba, se le veía todo. Durante la cena no paraba de rozar su pie contra mi pierna por debajo de la mesa.

Ana había tomado varias copas de vino y estaba bastante alegre. Después de cenar, pusimos una película en la sala. Ana se recostó en el sillón grande y, como era de esperarse, se quedó profundamente dormida a los cuarenta minutos.

Carla me miró desde el otro sofá con una sonrisa perversa.

—Tu novia ya está muerta —susurró—. ¿Vas a dejar que su hermana mayor se vaya con las ganas?

Me levanté, fui hasta donde estaba Carla y, sin decir nada, la besé con fuerza. Nuestras lenguas se enredaron mientras yo le metía la mano por debajo del vestido. No traía tanga.

—Estás empapada, pinche puta —le dije bajito.

—Llevo mojada desde que entré a tu casa —respondió ella, mordiéndome el labio.

La agarré de la mano y la llevé al baño de visitas, que estaba justo al lado de la sala donde dormía Ana. Cerré la puerta con seguro, pero no era muy grueso. Cualquier ruido fuerte podía despertarla.

La puse contra el lavabo, le subí el vestido hasta la cintura y me arrodillé. Le abrí las nalgas y empecé a comerle el culo y la concha con ganas.

—Ay, cabrón… sí, cómeme toda —gemía Carla, tratando de no hacer mucho ruido.

Metí mi lengua lo más profundo que pude mientras le metía dos dedos en la concha. Ella se agarraba del borde del lavabo, moviendo el culo contra mi cara.

De repente escuchamos a Ana moverse en el sillón. Nos quedamos congelados. Carla me miró con los ojos bien abiertos, pero en lugar de asustarse, se mordió el labio y susurró:

—No pares… sigue.

Seguí comiéndosela más despacio, pero sin detenerme. Cuando Ana volvió a quedarse quieta, me levanté, saqué mi verga dura y se la metí de un solo empujón.

—¡Ahh! —gimió Carla, tapándose la boca.

Empecé a cogérmela fuerte contra el lavabo. El sonido de mis huevos pegando contra su culo mojado se escuchaba claramente. Le tapé la boca con una mano mientras la agarraba del pelo con la otra.

—¿Te gusta que te coja en mi casa mientras tu hermana duerme afuera? —le susurré al oído.

—Sí… me encanta… soy una puta por cogerme al marido de mi hermana —respondió entre gemidos ahogados.

La saqué del baño y la llevé a la cocina, que estaba más alejada pero aún peligrosa. La senté en la isla, le abrí las piernas y se la metí otra vez mirándola a los ojos. Sus tetas grandes saltaban con cada embestida fuerte.

—Más duro… quiero que me des como si me odiaras —suplicó.

La cogí salvajemente, dándole nalgadas y apretándole las tetas. Carla estaba descontrolada. En un momento se corrió tan fuerte que soltó un gemido más alto de lo que debía.

Nos quedamos quietos. Escuchamos pasos. Ana se había levantado y caminaba hacia la cocina.

—¡Mierda! —susurré.

Rápidamente jalé a Carla y nos metimos en el pequeño cuarto de lavado que estaba al lado de la cocina. Apenas cerramos la puerta, Ana entró a la cocina por agua.

Estábamos ahí adentro, a oscuras, yo todavía dentro de Carla. Podíamos escuchar a Ana abriendo el refri. Carla me miró con lujuria y empezó a mover las caderas lentamente, follándome ella misma mientras su hermana estaba a solo dos metros.

Cuando Ana por fin regresó a la sala, ya no me contuve. La empujé contra la lavadora y empecé a cogérmela con todo. Rápido, fuerte y profundo.

—Voy a llenarte, cuñada —gruñí.

—Lléname… quiero llevarme tu leche adentro toda la noche —jadeó.

Me corrí brutalmente dentro de ella, soltando chorros calientes mientras le tapaba la boca. Carla se corrió por segunda vez, temblando y apretándome la verga.

Nos quedamos ahí varios minutos, recuperando el aliento, con mi leche escurriéndole por las piernas.

Antes de salir, Carla me besó y me dijo al oído:

—La próxima vez quiero que me cojas en tu cama… mientras Ana duerme al lado.

10 Años con la Hermana Equivocada

Le ayudé a mi cuñada y me pago con el culo