Capítulo 1

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  • 10 Años con la hermana equivocada

Llevaba 10 años con Ana, pero desde hace mucho tiempo no podía dejar de mirar a su hermana mayor, Carla. Carla era todo lo que Ana ya no era: más alta, más curvy, con unas tetas grandes y un culo que se movía de una forma que me ponía loco. Desde que terminó con su marido, empezó a tratarme diferente… más cariñosa, más coqueta. Me buscaba conversación, me rozaba “sin querer” y me miraba con esos ojos que decían todo.

Esa noche fue la fiesta familiar en la casa de los papás de Ana. Hubo mucha cerveza, música y comida. Uno a uno se fueron quedando dormidos: los suegros en el sofá, Ana tirada en el sillón con una borrachera pesada, los primos en el suelo… hasta que solo quedamos Carla y yo recogiendo la cocina.

—Al fin se durmieron todos —dijo ella bajito, apoyándose en la barra. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba todo.

—Sí… qué pedo —respondí, mirándole el escote sin disimular mucho.

Carla se acercó más. Su perfume me envolvió.

—Sabes… desde que terminé con ese pendejo, no dejo de pensar en ti —me confesó, mordiéndose el labio—. Sé que está mal, pero… te tengo muchas ganas.

Se me paró al instante. Di un paso y la agarré de la cintura. Estaba suave, caliente.

—Llevo años queriendo cogerte, Carla —le susurré al oído—. Eres mucho más rica que tu hermana.

Ella soltó un gemidito y me besó con hambre. Nos besamos fuerte, metiendo lengua, mientras mis manos le apretaban ese culo grande y jugoso.

—Aquí no… vamos al cuarto de atrás —jadeó.

Cerramos la puerta y en segundos le bajé el vestido. Sus tetas se salieron pesadas y perfectas. Me agaché y empecé a chupárselas mientras ella gemía bajito:

—Ay, papi… chúpamelas así… nadie me las ha comido como tú.

Me bajé el pantalón y saqué mi verga dura. Carla se dio la vuelta, se inclinó sobre la cama y me ofreció ese culo enorme.

—Métemela… pero despacio al principio —suplicó.

Entré lento, sintiendo cómo su concha caliente y mojada me apretaba. Empecé a cogérmela con ritmo, agarrándola fuerte de las caderas.

—Está tan rica… joder, Carla… —gruñí mientras le daba nalgadas suaves.

—Más duro… cógeme más duro —me pedía entre gemidos—. Llevo tanto tiempo soñando con tu verga…

La follé más fuerte, tapándole la boca para que no despertara a nadie. Sus tetas se movían con cada embestida y yo estaba en el cielo.

Antes de correrme le susurré al oído:

—Esto apenas empieza… ahora que todos duermen, te voy a coger toda la noche, cuñada.

La tenía inclinada sobre la cama, con el vestido subido hasta la cintura y mi verga enterrada hasta el fondo en su concha mojada. Carla mordía la almohada para no gritar.

—Más duro… ¡ay, chingao! —gemía ahogado—. Cógete a tu cuñada rica…

Aumenté el ritmo, dándole nalgadas fuertes que resonaban en el cuarto. Sus tetas grandes se balanceaban con cada embestida. La agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás.

—Eres mucho mejor que tu hermana… mucho más puta y más apretada —le susurré mientras la follaba salvajemente.

De repente escuchamos un ruido en la sala. Alguien se había movido. Nos quedamos congelados, mi verga todavía palpitando dentro de ella. Carla volteó la cara, nerviosa pero excitada.

—No pares… —suplicó en voz bajísima—. Quiero que te vengas adentro.

Eso me volvió loco. La volteé, la puse de espaldas en la cama, le abrí bien las piernas y se la metí otra vez de un solo golpe. Empecé a cogérmela fuerte, mirándola a los ojos mientras le tapaba la boca con la mano.

—Voy a llenarte toda, Carla… —gruñí.

Sus ojos se pusieron en blanco. Sentí cómo su concha empezó a apretarme con fuerza, temblando. Se estaba corriendo calladita, arañándome la espalda.

—¡Me vengo! ¡Me vengo, papi! —gimió contra mi mano.

No aguanté más. Le di las últimas embestidas profundas y me corrí brutalmente dentro de ella, soltando chorros calientes que la llenaron por completo. Me quedé enterrado hasta el fondo mientras terminaba de vaciarme.

Nos quedamos jadeando, sudados y pegados. Mi verga aún latiendo dentro de su concha llena.

Carla me miró con una sonrisa traviesa y me besó lento.

—Esto no se va a quedar en una sola noche… —susurró—. Ahora cada vez que venga a visitar a mi hermana, vas a tener que cogerme a escondidas. ¿Entendido, cuñado?

Sonreí, todavía dentro de ella.

—Entendido… y te voy a coger donde sea, cuñada.

Nos arreglamos rápido, con su crema y mi leche corriéndole por los muslos. Salimos como si nada, mientras todos seguían durmiendo en la sala.

Desde esa noche, Carla se convirtió en mi secreto más rico… y peligroso.