Solos en la oficina: la vulva de mi esposa sobre mi

Llevo el coche despacio por la avenida desierta esa mañana de sábado. Mi esposa, Carla, va a mi lado con esa falda lápiz que se le sube un poco al sentarse, dejando ver el borde de las medias. «Solo voy a recoger unos papeles», me dice, pero sus ojos brillan con esa chispa que conozco bien: la que aparece cuando sabe que vamos a romper alguna regla invisible.

Llegamos al edificio. El parking vacío, el ascensor que sube en silencio. Al abrir la puerta de la oficina, el aire acondicionado frío nos golpea, pero no hay nadie más. Solo nosotros. Las luces fluorescentes parpadean un segundo antes de encenderse del todo. Mi escritorio al fondo, el de ella al lado, papeles ordenados como siempre. Pero hoy no hay jefes, ni compañeros, ni cámaras que funcionen (o eso creemos).

Carla se gira hacia mí con una sonrisa lenta. «Estamos solos», murmura, y se acerca. Siento cómo mi pene se endurece al instante bajo los pantalones, presionando contra la tela. Ella lo nota, pone la mano ahí y aprieta suave. «Ya estás así… solo por imaginarlo». Su voz tiembla un poco de excitación y de ese miedo delicioso que siempre nos acelera el pulso: ¿y si alguien entra? Pero no entra nadie. Estamos solos en este mundo nuestro.

La beso con fuerza, agarrándola por la cintura. Mis manos bajan a su culo, lo aprieto mientras ella gime contra mi boca. La llevo hasta mi escritorio, la siento en el borde y le abro las piernas. La falda se sube sola. Sus bragas negras de encaje están ya húmedas en el centro. Las aparto con los dedos y veo su vulva: labios mayores hinchados, rosados, el clítoris asomando, brillante de humedad. «Mírame», le digo. Ella obedece, mordiéndose el labio. Siento una oleada de posesividad morbosa: esta vulva es mía, pero aquí, en mi lugar de trabajo, se siente más prohibida, más mía.

Me arrodillo. Acerco la boca y lamo primero los labios mayores, despacio, saboreando su sabor salado y dulce. Ella jadea, agarra mi pelo. «Chupa mi clítoris… por favor». Lo hago: succiono el botón hinchado con los labios, lo rodeo con la lengua en círculos rápidos. Su vagina se contrae visiblemente, expulsando más humedad que recojo con la lengua. Introduzco dos dedos dentro, sintiendo cómo sus paredes calientes y apretadas me aprietan. «Dios… sí, así», gime ella. Sus emociones me llegan en oleadas: vergüenza por estar aquí, excitación por el riesgo, amor mezclado con deseo crudo. «Te quiero tanto que duele… pero quiero que me folles aquí, sobre tus papeles».

Me levanto, bajo la cremallera. Mi pene sale erecto, venoso, el glande brillante de precum. Ella lo agarra, lo acaricia de arriba abajo. «Está tan duro… por mí». Lo guía a su entrada. Empujo despacio: la cabeza entra, estirando sus labios. Luego todo: su vagina me envuelve caliente, húmeda, palpitante. Empiezo a moverme, profundo, sintiendo cada centímetro. «Fóllame fuerte», susurra. Acelero, el escritorio cruje bajo nosotros. Sus tetas rebotan con cada embestida. Le chupo un pezón mientras la penetro, y ella clava las uñas en mi espalda.

El orgasmo le llega primero: su vagina se contrae alrededor de mi pene en espasmos fuertes, gritando mi nombre sin importarle el eco en la oficina vacía. Yo no aguanto más: empujo profundo una última vez y eyaculo dentro, llenándola con chorros calientes mientras siento el placer explotar en mi cabeza. Nos quedamos abrazados, jadeando, riendo bajito por el morbo de lo que acabamos de hacer.

Después, mientras recogemos los papeles (y limpiamos un poco el escritorio), ella me mira con ojos brillantes. «La próxima vez… traemos a alguien más». Sonrío. En nuestro mundo sin prejuicios, todo es posible.