Erika

Erika

Corría el mes de octubre y ya empezaba a hacer frío en la calle.

Daniel acababa de entrar en su casa, frotándose las manos.

Nada más entrar, llamó a su madre con una voz queda, aburrida, abandonada.

Nadie respondió, así que imaginó que había salido a comprar algo para hacer la cena.

David vivía con su madre, Noelia, desde que su padre murió en un accidente de tráfico cinco años atrás.

Noelia no lo había superado todavía, y desde entonces trataba a su hijo como si de un crío se tratara.

David, un espléndido ingeniero aeronáutico, no aguantaba la forma de actuar de su madre, y más teniendo en cuenta que dentro de un mes cumpliría 31 años.

Actualmente estaba soltero, aunque había tenido novia durante cinco largos años, pero esta, cansada del afán de proteccionismo que Noelia ejercía sobre él, opto por dejar la relación.

Esto ocurrió aproximadamente un año atrás.

Durante el tiempo que duró la relación entre ambos, David había descubierto que entre un hombre y una mujer se podían hacer cosas inimaginables: practicaron todas las posturas existentes, más las que ellos inventaron, sexo oral, anal, en los lugares más insospechados, etc… todo menos el sexo en grupo, actividad a la cual los dos eran reticentes.

Dado el ritmo que habían llevado durante cuatros años, al terminar la relación se encontró muy solo y su madre continuaba con la misma actitud.

Curiosamente, durante ese año de soltería, David había vuelto a aquel hábito que le mantuvo durante muchos años entretenido sin pensar en novias: la masturbación.

No había día que no se hiciera una paja como Dios manda.

Y aquel día no iba a ser menos. Aprovechando que su madre había salido, y todavía tardaría un rato en volver, se desnudó, llenó la bañera con agua caliente, y se sumergió en ella.

Tal y como acostumbraba, estuvo unos minutos totalmente quieto, en silencio, como meditando, relajado para descargar las tensiones del día, tras lo cual y mientras se enjabonaba, comenzó a rozarse la polla con la esponja.

Su miembro empezó a crecer muy despacio, hasta que la punta asomó por encima del nivel del agua.

David dirigió la mano hacia si hinchado falo y lo cogió por la base, moviéndolo suavemente hacia los lados.

Cuando más erecta estaba, escuchó la cerradura de la puerta de la casa.

Su madre había vuelto.

  • DAVID! –gritó
  • Dime mamá, estoy en el baño –respondió con el corazón agitado
  • Has preparado la maleta?
  • No, todavía estoy en la bañera
  • Pues date prisa, que te preparo algo de comer. Además, tienes que hacer las maletas, no sea que pierdas el avión.
  • Si, mamá, ya voy –respondió con tono de desaire

David tenía que coger un vuelo hacia Atenas en apenas cuatro horas.

Salió de la bañera y comenzó con los preparativos previos al viaje.

Erika acababa de tomar un tentempié.

Se encontraba en la pequeña cocina de su apartamento en La Rambla.

Hacía apenas un mes que había terminado la carrera de Filología Griega, y en esa fecha le habían concedido una beca para realizar el Doctorado en una de las más prestigiosas Universidades de Atenas.

Erika era una chica bien parecida, de 26 años, morena con el pelo negro azabache y unos ojos verdes que parecían tener luz propia debido al contraste de color que tenían con su cabello.

Tenía un cuerpo escultural, vamos que estaba maciza, y es que uno de sus hobbies era el deporte, que practicaba a diario en un gimnasio cercano a su casa.

Lo más llamativo de su cuerpo, además de los ojos, eran sus pechos.

Resaltaban en contraposición a su esbelto y fino cuerpo.

Normalmente solía vestir tops muy ajustados, lo cual hacía que destacaran sobre el resto de su cuerpo.

Y en verano había ocasiones en que no usaba sujetador, con lo cual, cada vez que entraba en un local con aire acondicionado, sus pezones se ponían duros como el mármol, como queriendo agujerear el top y dejarse ver.

En definitiva, era una mujer que impresionaba y hacía que todo aquel que se cruzara en su camino, girase la cabeza a su paso.

Sin embargo, Erika estaba pasando por un momento algo desconcertante.

Era lesbiana.

Desde muy joven tenía muy claro que le gustaban las chicas, y nunca había tenido relaciones con un hombre, por que, como ella decía, todo lo que necesitaba en cuestiones sexuales, solo se lo podía ofrecer una mujer.

Pero un mes atrás, le ocurrió algo extraño.

Una noche salido de copas, como otras muchas, con una de sus amigas.

Fueron a un bar muy conocido, donde Laura, que así se llamaba la amiga, se encontró con un amigo que les acompañó durante el resto de la noche.

Erika bebió más de la cuenta, y acabó en los brazos de aquel chico, sin prácticamente saber lo que estaba haciendo.

Esa noche, Erika sintió que algo muy profundo le penetró rápidamente, mientras ella veía las muecas en la cara de él.

Notó algo muy diferente, muy caliente dentro de si, e incluso cuando el chico se corrió en sus tetas, creyó sentir un acaloramiento que hasta entonces no había conocido.

Desde aquel día, se encontraba un poco confusa, pero con suerte, en unas horas estaría volando camino de Atenas.

En la terminal del Aeropuerto del Prat, el ambiente era bullicioso.

Era una hora clave en la salidas de vuelos con destino internacional. David estaba en la cola de facturación de equipaje, leyendo una revista que había comprado en el kiosco del aeropuerto.

Curiosamente estaba sudando, aunque en la terminal hacía fresco. Justo tres personas por delante de el, observó las insinuantes curvas de una chica.

Cada vez que esta se giraba, David observaba con asombro el perfil de sus pechos. Hubo una ocasión en que juró haber visto sus pezones asomar por el top que vestía, de color azul claro y muy ceñido.

Progresivamente, David fue prestando menos atención a la revista, y más a las tetas de aquella mujer. Cada vez sentía más calor y agitación.

Así transcurrieron los diez minutos que pasaron hasta llegarle el turno de facturar sus bolsas de viaje.

El tiempo que pasó en la zona de embarque lo consumió en continuar con la lectura de la revista y en recordar los pechos de la chica de la cola.

Erika, sentada a la espera de subir al avión, no hacía nada, excepto observar a la gente que la rodeaba. Vio a un ejecutivo discutir con su mujer al otro lado del teléfono móvil, a una anciana reordenando su bolso de mano, y a un hombre bien parecido que estaba sentado justo frente a ella dos filas de asientos por delante.

Se preguntaba como podía sudar de aquella manera, si casi hacía frío.

Pero lo más curioso es que veía entre las butacas como cada cierto tiempo llevaba una mano hacia su entrepierna, se frotaba y volvía a llevarla hacia la revista, ajeno por completo a cualquier mirada indiscreta.

Creyó observar como, intermitente aquel hombre sufría erecciones, dado el cambio de tamaño del bulto justo por debajo de la bragueta.

David acababa de sentarse y acomodarse en su asiento del avión cuando observó con cierto asombro y satisfacción que, justo al otro lado del pasillo estaba la chica del top azul que vio en la cola de facturación de equipajes.

Justo en ese momento, la chica reclinó el asiento hacia atrás, preparándose para el largo viaje.

Volvió a ver, esta vez con toda claridad, la forma de sus enormes pechos bajo el minúsculo top. E igualmente observó el perfil de uno de sus pezones. Comenzó a sudar.

Erika acababa de ponerse los auriculares, ajena a su vecino.

A lo que no era ajena era a la temperatura en el interior del avión, ya que tenía frío. Solo quería dormir y despertar en Grecia; Atenas, concretamente.

Curiosamente, la imagen del hombre del aeropuerto interrumpía sus pensamientos sobre su destino, y recordó cuando aquel chico se corrió en sus tetas, del calor de su esperma, deslizándose lentamente.

Notó como sus pezones se endurecían, y no precisamente a causa de la temperatura. La confusión volvió a invadirla.

Justo al lado, para David era imposible retirar los ojos de aquella chica.

Seguía sin entender el porqué de esos arrebatos de calor que le invadían.

De repente, encontró la explicación.

No había terminado lo que empezó en el baño de su casa justo antes de salir hacia el aeropuerto.

El estado de excitación en el que se encontraba no podía ser bueno.

Llevaban una hora de vuelo, y en el avión todo estaba tranquilo.

Prácticamente todo el mundo dormía, y la tripulación se encontraba en la zona de la «cocina» hablando y preparando los carritos de las bebidas.

Sin darse cuenta, se levantó y se dirigió al lavabo.

Entró y cerró la puerta. Se miró en el espejo y vio como resbalaban por su cara varias gotas de sudor. Abrió el grifo y se enjuagó la cara. Sintió alivio, pero notó como todavía el sudor brotaba de su frente.

Obviamente, solo había una forma de terminar con esa situación.

Se desabrochó los pantalones, los bajó, hizo lo mismo con los calzoncillos que llevaba, y se sentó en la tapa del water.

No hizo falta que se tocara la polla mucho, ya que estaba enhiesta como una piedra.

Cerró los ojos y empezó a frotarse, lo que hizo que se hinchara más todavía.

Muy suavemente, comenzó a deslizar la mano con un movimiento vertical.

Mientras tanto, la única imagen que veía era la de la chica de al lado.

Progresivamente aceleró el movimiento, cada vez más rápido, más rápido, más rápido… ¡CLICK!. Abrió los ojos y se encontró frente a el, en la puerta que había olvidado cerrar con el seguro, a la chica del top azul.

Los ojos de Erika parecían dos platos. Se quedó petrificada. Enseguida recordó la cara de David, sentado en un asiento de la terminal, frotándose la entrepierna. David apenas si respiraba, y todavía se sujetaba el pene erecto, mientras que con la otra mano se apoyaba en la pared.

Transcurrieron aproximadamente cinco segundos, que para David parecieron una eternidad, y para Erika tan solo una milésima de segundo.

La erección se convirtió en flacidez, dado lo violento de la situación. Erika seguía en la puerta, muy quieta.

De pronto, retrocedió un paso y cerró la puerta, pero apenas había pasado un instante, la puerta se volvió a abrir para asombro del ocupante.

La chica de los pezones, entro en el habitáculo, y cerró la puerta tras de si, deslizando el pestillo de cierre que indicaba que el baño estaba ocupado.

David sintió una confusión terrible, y la chica no sabía muy bien por que se encontraba en el lavabo de un avión, frente a un desconocido en pleno acto de masturbación.

Ambos se miraron durante un momento, y de repente, Erika se arrodilló.

Separó las piernas de David y muy suavemente, le tocó el pene.

Pasó sus dedos a lo largo de él, mientras era observada con desconcierto por el dueño de aquel falo.

Ella seguía tocando aquella «cosa» prácticamente desconocida y alucinaba viendo como, cuanto más la tocaba, más grande se hacía.

Un momento después, comprobó su dureza presionando levemente con el pulgar y el índice en varios puntos diferentes.

Cuando levantó la mirada hacia David, este había cerrado los ojos y reclinado la cabeza hacia atrás.

Ella bajó la cabeza y acerco los labios hasta tocar el rosado glande, el calor que desprendía no le fue indiferente. Deslizó la lengua por toda su superficie con mucha delicadeza.

Escuchó unos gemidos y notó como unas manos bajaban por sus hombros y le arrancaron el top.

Se incorporó para mostrarle sus tetas, a sabiendas de que eran consideradas como objeto de deseo.

David observó aquellos pezones que en la cola del aeropuerto había tan solo imaginado, acercó sus dedos a uno de ellos y lo presionó levemente.

Estaba duro, y era muy respingón. Jamás había visto unas tetas como las que tenía ahora delante.

Erika se agachó, e introdujo directamente hasta el fondo de su boca la polla del desconocido.

Subió y bajó la cabeza aumentando la velocidad.

Mientras tanto, dirigió una de sus manos por debajo de la falda, hasta alcanzar su vagina. La encontró húmeda, muy húmeda.

Ese día no se había puesto bragas.

Frotó sus dedos contra sus cálidos labios y empezó a ponerse cachonda.

Mientras tanto, no dejaba de succionar aquel magnífico ejemplar de pene en un estado de perfecta erección.

La situación se prolongó durante unos minutos, hasta que unas manos la asieron por los hombros y la levantaron.

David acercó sus labios a los de Erika pero esta se retiró repentinamente. Inmediatamente, como no queriendo arrepentirse levanto su pierna izquierda y la pasó por encima de las de David.

Apoyó una mano en la pared, y con la otra cogió la polla y la situó correctamente, mientras comenzó a bajar las caderas.

Cuando notó el primer roce, un escalofrío recorrió su cuerpo, siguió descendiendo lentamente sintiendo como aquella verga la iba llenando.

David notó el calor de un coño excitado y húmedo, mientras rozaba aquellos maravillosos pezones con su lengua, ávida de sexo lujurioso a la vez que con ambas manos agarraba y masajeaba con cierta rudeza aquellos redondos y turgentes pechos.

La polla había entrado hasta el fondo, y Erika se pasaba la lengua por los labios, subió su cuerpo hacia arriba, ahora mas rápidamente, y volvió a bajar, y a subir, y a bajar, cada vez con más velocidad.

Apenas llevaban follando diez minutos, cuando Erika sintió varias convulsiones, muy seguidas.

Continuó con el movimiento, pero instintivamente aceleró. Su cuerpo vibraba. El pulso se le disparó.

Cuando de repente, notó como si algo hubiera explosionado en su interior.

Se quedó quieta, paralizada por aquella sensación.

Su respiración era agitada y no podía abrir los ojos.

Acaba de correrse, y con un hombre, algo que no le había sucedido nunca. Abrió los ojos y miró a David, que era presa de la excitación por el simple hecho de observar como se había corrido.

De repente, con una seguridad absolutamente anormal en ella, deslizó el pene fuera de aquel coño feliz, y volvió a arrodillarse.

Esta vez chupó la polla de David con cierta brusquedad, lo que hizo que este se calentara aun más.

Cuando oyó los acelerados jadeos de aquel amante inesperado, sacó la polla de su boca y la masturbó, hasta que llegó el momento.

Acercó el pene duro y venoso a su cara y un chorro inmenso de leche salió disparado, pasando por encima e impactando en el pequeño espejo del lavabo.

El segundo disparo le dio de lleno en la cara, y bajó por su mejilla.

El tercero entró directamente en su boca y se lo tragó por completo.

Terminó rechupeteando la punta de aquella ya decadente polla descargada de semen.

En ese momento Erika se despertó, caliente como una perra en celo, se volvió hacia el otro lado de la cama y se deslizó bajo las sábanas en busca de aquella verga que hacía tres años la había sacado de la extraña disyuntiva interior en la que se encontraba.

Habían pasado tres magníficos años de matrimonio con David, por supuesto con residencia fija en Atenas y la asignatura pendiente de practicar sexo en grupo.

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