Esta historia es creada cualquier parecido con la realidad es pura coincidencias:
Laura cruzó el umbral del dormitorio de su hermana con la intención de devolver el rubbed gris que había prestado; el pasillo olía a suavizante y al perfume dulzón que Clara usaba desde la adolescencia. No sintió pasos, pero el susurro ronco de un hombre la detuvo en seco. La puerta entreabierta dejó ver la estampa que la hizo congelar: Marcos, el novio de veinticinco años que tantas veces había saludado con media sonrisa, estaba de pie junto al placard, la braga de encaje rosa de Clara subida hasta sus muslos y su erección asomando por arriba de la tela. Sus dedos se apretaban contra el algodón húmedo mientras repetía, obsesivo, el nombre de su novia: «Clara… Clara…». Laura notó que el aire se le escapaba despacio, como si alguien le hubiera atado los pulmones. Su primer impulso fue retroceder, pero la curiosidad la sujetó por las muñecas. Apretó la pompa de la puerta, contuvo la respiración y extrajo el móvil del bolsillo trasero. Con un gesto automático activó la cámara, enfoqué, y apretó el disparador. El obturador virtual apenas crujió; Marcos, absorto en el placer y en la fantasía, no percibió nada. Laura grabó quince segundos: la mano que acariciaba el ángulo donde la tela se hundía entre sus nalgas, la otra que se cerraba en torno al pene tieso, las caderas que avanzaban y retrocedían en un ritmo hipnótico, los labios entreabiertos que escupían el nombre de su hermana. Cuando él inclinó la cabeza hacia atrás y un gruñido gutural emergió de su garganta, Laura sintió un calor repentino entre sus propias piernas, mezcla de susto y poder. Guardó el teléfono, se apartó del marco y regresó en puntas de pie al pasillo. Su corazón latía tan fuerte que temió que él la escuchara. Cerró la puerta de golpe desde fuera, como si acabara de llegar, y se fue corriendo a su cuarto antes de que Marcos pudiera salir a ver qué había pasado.
Días después, la tarde caía sobre la ciudad con una luz cobriza que teñía las paredes. Laura se encerró en el baño, abrió la galería y revisó los archivos: allí estaba la abundancia de píxeles que mostraban a su futuro cuñado frotándose con la prenda íntima de Clara. Un remolino de ideas se agolpó en su cabeza: podía mandar las imágenes a su hermana, humillarlo en el grupo de la familia o, simplemente, guardar la prueba y usarla cuando más le conviniera. Pero el cuerpo de diecinueve años que habitaba bajo su pijama corto tenía planes más urgentes. Cada vez que recordaba la escena, su sexo se empapaba con una pulsación que la obligaba a cruzar las piernas. Aquel descubrimiento la situaba por primera vez en la posición de quien maneja los hilos, y el poder la excitaba casi tanto como la visión del propio Marcos, sudoroso y desesperado.
Una semana después volvió a suceder. Laura regresó de la facultad más temprano de lo previsto; oyó el portazo de la calle y supo que la casa quedaba en silencio, salvo por el cuarto de su hermana. Se deslizó por el pasillo. Esta vez la puerta estaba entreabierta de par en par. Marcos, sin percatarse de su presencia, usaba un tanga negro de Clara, la tira central metida entre los labios de su trasero, mientras se pajeaba con furia. El bulto que se marcaba adelante era visible incluso a distancia. «Clarita… dame tu culo…» mascullaba, perdido en la fantasía. Laura apretó los muslos y, tras comprobar que el flash estaba desactivado, captó nueva evidencia. Cuando él gimió y estrelló la frente contra el respaldo de la cama, Laura decidió que había llegado la hora de cobrar.
Ella empujó la puerta de un golpecito seco y cruzó los brazos. Marcos abrió los ojos y por un segundo pareció no reconocerla; luego bajó la mirada hacia su mano aún enguantada en la tela, y el pánico se apoderó de su rostro. Se tapó con ambas manos, buscó el bóxer tirado en el suelo y masculló un «¿qué haces aquí?» que sonó a puro desvarío. Laura mostró la pantalla del móvil: la imagen lo retrataba en pleno éxtasis, la punta del pene brillando bajo el celofán de pre-cum. «Tranquilo, cálmate», dijo ella, recorriéndolo con la mirada. «O lo comparto con Clara, o hacemos un trato.» Marcos tragó saliva; el miedo le alteró la voz. «¿Cuánto quieres? No tengo mucho dinero, pero…» Laura negó con la cabeza y dio un paso adelante. «No necesito tu dinero, cuñado». Apretó la pantalla contra su pecho y le estudió de arriba abajo. «Quiero que me folles, aquí y ahora.» El silencio se hinchó; Marcos parpadeó como si le hubieran tirado agua fría. «No p-puedo, soy tu…» «Novio de mi hermana, lo sé», completó ella. «Pero también eres un pervertido caliente que se corre con mis bragas de instituto cuando ella no está» Añadió una sonrisa pícara. «Cooperas y todo queda entre nosotros; te niegas y este video circulará antes de cenar.»
Marcos bajó la cabeza. La lógica y la lujuria combatieron un segundo en su interior, pero la erección que aún mantenía entre las hebras del tanga delató la rapidez con que el deseo ganó la partida. «Está bien», murmuró, y se quitó el diminuto trozo de tela de un tirón; su polla saltó al aire, roja y tensa. Laura sintió que se le encogía el vientre y, sin más preámbulo, se arrodilló sobre la alfombra. El olor masculino a testículos sudados y colonia barata le llegó a la cara: le dio un lengüetazo desde la base hasta el glande y envolvió la cabeza con los labios. Marcos soltó un quejido que mezclaba culpa y gratitud. Laura lo saboreó con calma, dejando que la saliva le corriera por los huevos; después empujó la cabeza hacia adelante y recibió la polla hasta tocarle el inicio del vello púbico, tragando el ritmo que él, casi por reflejo, imponía con las caderas. «Así, despacio», le indicó ella cuando lo soltó; una hebra de baba unió la punta morada con su labio inferior. Se desabrochó la blusa, dejó caer el sujetador y sacó los pechos jóvenes, firmes, con los pezones apuntando hacia él. «Tócalos», ordenó, y Marcos obedeció, rozándolos con dedos temblorosos mientras ella volvía a lamer el tronco enroscado de venas.
Pero Laura no pensaba esperar más. Se incorporó, se bajó el pantalón corto y las bragas de algodón de un tirón; su monte venía húmedo y brillante. Se volvió hacia la cama, apoyó las rodillas sobre la colcha rosa de Clara y se colocó en cuatro, dejando al descubierto un sexo depilado salvo por una lisura fina en la parte superior. «Fóllame fuerte, no quiero cariño: quiero que te los guardes para que no se te olvide a quién debes tu silencio». Marcos palideció y se puso de pie; se quitó el bóxer y se colocó tras ella. Apretó la cabeza de su pene contra la entrada húmeda y empujó de una estocada. Laura soltó un gemido agudo al sentirlo desgarrarla hasta el fondo; el placer le disparó las rodillas, pero se agarró a la colcha y empujó hacia atrás, reclamando más. El sonido de los huevos de él golpeando contra su culo llenó la habitación. «Sí, dale, cuñado, métemela toda», masculló ella, volviéndose a mitad de la frase para mirarlo sobre el hombro. Marcos agarró sus caderas y aceleró el ritmo, embistiendo con tal fuerza que la cama crujía. La visión de sus nalgas temblorosas pareció enloquecerlo; con cada embestida, él se olvidaba más de Clara y se sumía en la humedad estrecha que ahora lo rodeaba.
Laura sintió que el orgasmo subía por su interior como una ola; apretó los labios y, cuando estalló, contraatacó el placer apretando la pared de su vagina en torno al miembro de él. «¡Me corro!», anunció con voz ronca, y se derrumbó sobre el colchón con un espasmo que le tembló hasta los dedos de los pies. Marcos, rojo de esfuerzo, retiró la polla empapada y respiró con dificultad. «Date la vuelta», pidió Laura antes de que él pudiera recuperar el juicio. Se tumbó de espaldas, abrió las piernas y lo atrajo hacia arriba. «Ahora probamos el sesenta y nueve, así te comes mi jugo y yo tu leche». Marcos obedeció; se colocó encima de ella, dejando que la lengua de Laura se enroscara en torno a su eje mientras él sujetaba sus muslos y hundía la cara en su sexo aún convulso. Lamió los labios hinchados, chupó el clítoris y sumió la lengua dentro del agujero caliente, saboreándose entre gemidos. Laura, por su parte, reemprendió la felación con saña; sabía que estaba cerca y quería sentir la descarga en la boca. Notó los testículos de él tensos, el ritmo de las caderas descontrolado, y entonces soltó el pene apenas un segundo antes de que él eyaculara. La primera andanada salió disparada contra su paladar; la segunda recorrió su labio superior y fue a estrellarse en su mejilla. Laura soltó una risita ahogada y volvió a envolverle la punta para recibir los últimos chorros, que se mezclaron en su boca con el propio sabor de su excitación.
Marcos se desplomó de costado, jadeante; Laura se incorporó lentamente. Con el dedo índice recogió el semen que le chorreaba por la barbilla y se lo llevó a los labios, mirando fijamente a su víctima convertida en amante. «Este será nuestro secreto, cuñado», susurró, haciendo chasquear la lengua al saborear la sal de su corrida. «Clara jamás lo sabrá… con tal de que sigas portándote». Se inclinó, le dio un beso húmedo cerca de la oreja —dejándole su aliento caliente— y se apartó para buscar su ropa. Afuera, la casa seguía en silencio; dentro, el olor a sexo fresco impregnaba las sábanas rosas de la hermana ausente. Laura se vistió sin prisa, ocultó el móvil en el bolsillo y salió del cuarto con paso sereno. Dejó a Marcos desnudo, la polla empapada aún temblando sobre su vientre, abrumado por el peso del secreto que acababa de sellar.
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