Capítulo 2
—¡Luaaaaaannnnaaa, luaaaaaannnnnna! ¡Vas a llegar tarde a la escuela, carajo! —gritó Celeste desde la cocina, mientras intentaba hacer el desayuno con una mano y revisar correos de trabajo con la otra.
Refunfuñando, subió las escaleras a paso firme hasta el cuarto de su pequeña. Al entrar, vio que seguía dormida. La samarrea con frustración.
—¿Qué pasa, ma? Qué pesada… —protestó la niña, entre sueños. —¡Pesada nada! Dale, que ya llegas tarde a la escuela. —Uhhhhh… —Para hablar con tu padre hasta la madrugada no te molesta, ¿eh? —Y no, lo que pasa es que él está en Japón. —Bueno, la próxima decile que te lleve, pero ahora ¡vamos al cole!
El viaje al colegio fue un caos. Mientras manejaba con una mano y trataba de apurar a Luanna, una moto se le cruzó bruscamente en una esquina, casi haciendo que Celeste perdiera el control y chocara.
—¡¿Qué haces, pelotudo?! —gritó Celeste por la ventana, con el corazón en la boca. El motociclista, lejos de disculparse, frenó un segundo, la miró con desprecio y gritó: —¡Fíjate cómo manejas, mal cogida!
Antes de que Celeste pudiera contestar a semejante insulto, el tipo aceleró y desapareció. Celeste temblaba de furia y adrenalina, respirando agitada. Luanna, sin dejar de mirar su celular, soltó con desdén:
—Papá tiene razón, sos bastante histérica.
Celeste sintió un pinchazo en el pecho, una mezcla de dolor y rabia. —Bien que antes no le molestaba mi histeria —respondió seca, con la voz entrecortada.
Luanna se encogió de hombros, ignorándola. —¿Podés dejar ese celular, por favor? Me llamaron la atención de la escuela el otro día por esto. —¡Ahhhh, todo te jode, che! —exclamó la niña, guardando el aparato de mala gana.
Al llegar a la oficina, el ambiente no fue mejor. Celeste entró corriendo, sintiendo la mirada de todos. Al llegar a su escritorio, su corazón se hundió al ver una pila de carpetas amarillas esperando por ella. Antes de que pudiera siquiera dejar su bolso, su jefa apareció detrás de ella.
—Llegas tarde, Celeste. De nuevo —dijo con tono gélido—. Y necesito esos informes de finanzas sobre mi escritorio antes del mediodía. No me importa lo que tengas que hacer.
Mientras intentaba concentrarse en los números, sintió una mano sobre su hombro. Era Matías, un compañero de marketing que siempre intentaba pasarse de listo.
—Hola, linda. Estás muy tensa hoy… —dijo él, deslizando la mano hacia su cuello con una familiaridad que a ella le daba náuseas—. Si necesitas que te ayude a «soltarte» luego de la oficina, solo avísame. —Estoy trabajando, Matías. Déjame en paz —respondió ella cortante.
En medio de la frustración, vibró el celular.
Era un mensaje de Iara, su amiga seis años menor. «¡Hola, buenas, buenas!», decía el mensaje, acompañado de una foto de Iara en la pileta, relajada.
Celeste contestó de inmediato: «Qué suerte tenés, yo acá tapada de laburo y vos con unos mates en la pile».
«Ehhh, ni un buen día che», respondió Iara.
«Perdón, buen día, pero yo hace tiempo no los ando teniendo», se sinceró Celeste.
«Bueno, es que con la separación, tu nena, el trabajo, el poco sexo… te pone estresada», lanzó Iara sin filtros.
«Bueno, lo de poco sexo lo arreglo yo, pero lo otro no sé», contestó Celeste con una sonrisa amarga.
iara«Che, ¿por qué no venís a casa y te hago un masajito?»
«Dejate de joder, mirá si con un masaje se me van los quilombos». Cele
Iara «No, pero te vas a sentir mejor, dale, así te distraés».
cele«¿Y con Luana qué hago?»
iara«Y que se vaya con una amiguita».
Cele «Bueno, te aviso».
iara«Te espero».
La jornada siguió siendo un infierno de números, gritos y el recuerdo de Luanna llamándola histérica. Finalmente, Celeste decidió llamar a la madre de la mejor amiga de Luanna y aceptar la propuesta de Iara.
Cuando Celeste llegó a la casa de Iara, la encontró esperándola en la sala, luciendo un bikini blanco que resaltaba su figura.
—Cada vez más grandes tenés las tetas vos, eh —comentó Celeste con una mezcla de envidia y admiración.
—Vos tampoco estás mal, eh —respondió Iara con una sonrisa pícara, dándole un fuerte abrazo y ofreciéndole un exprimido de naranja.
—Gracias, me viene bárbaro. —
Bueno, che, ¿cómo has estado? —preguntó Iara sentándose en un sillón, rodeada de imágenes de Buda y con un gran ventanal que daba hacia la piscina.
—Y lo de siempre… el pelotudo de mi ex va a Japón, Londres, Madrid, por negocios con la pendeja que se coge, pero yo me llego a recargar con las cuentas —exhaló Celeste, sintiendo cómo la tensión volvía a subir.
—¿Pero le dijiste?
—Sí, le dije, pero me manda todo a fin de mes —respondió Celeste frustrada.
—Bueno, te va a cumplir… —
Sí, en eso cumple, pero en el tanto… —Celeste hizo una pausa.
—En el tanto… vamos a hacernos ese masaje —dijo Iara con complicidad.
—Bueno, ¿dónde tenés la habitación de los masajes?
—¿Qué habitación? Hagámoslo afuera, al aire libre —dijo Iara, señalando el ventanal.
—¿Y tus vecinos? Nos van a ver.
—Los vecinos están en otra. Dejá de fijarte en qué piensan y vení a ver lo demás. Yo armo la camilla afuera, vos andá sacándote la ropita —le guiñó el ojo.
Celeste salió al patio envuelta apenas en una bata de toalla blanca, sintiendo el aire fresco de la tarde sobre sus hombros descubiertos. Iara la esperaba junto a la camilla, ya preparada al lado de la piscina.
—Dale, sacate y recostate boca abajo —dijo Iara con voz suave pero firme.
Celeste, mirando nerviosamente hacia las casas vecinas por encima del hombro, se quitó la bata con rapidez, mostrando su monumental cuerpo. La brisa chocó contra su piel desnuda, provocándole un escalofrío inmediato, antes de acostarse boca abajo en la camilla de masaje. Iara, con movimientos precisos y cálidos, colocó un toallón sobre su parte inferior, cubriendo su intimidad pero dejando la espalda y las piernas expuestas.
—Relájate, Cel. Ahora solo importás vos —susurró Iara mientras comenzaba a frotar sus manos, calentando un aceite con aroma a sándalo.
El primer contacto fue un impacto de calor sobre la piel tensa de la espalda de Celeste. Iara ejerció una presión firme con el talón de la mano, recorriendo desde la nuca hasta la zona lumbar. Celeste soltó un suspiro profundo, sintiendo cómo los nudos de la semana empezaban a ceder ante la textura firme y experta de las manos de su amiga.
El aceite se deslizaba, convirtiendo cada caricia en una exploración sensorial. El tacto de Iara era posesivo pero liberador, alternando entre roces suaves en los omóplatos y presiones intensas en los músculos contraídos. Celeste dejó de pensar en los vecinos; el mundo exterior dejó de existir. Solo quedaba la fricción del aceite, el calor de las manos de Iara y la intensa sensación de ser tocada con deseo y cuidado.
Las manos de Iara, impregnadas del aceite tibio, comenzaron a recorrer la espalda de Celeste con una suavidad hipnótica. No era un masaje convencional; era una exploración lenta y deliberada. Sus dedos largos trazaban líneas ardientes que comenzaban en la nuca y descendían lentamente, desviándose hacia los costados para acariciar suavemente la piel sensible de las axilas, un gesto que hizo que Celeste se estremeciera levemente.
Desde allí, las manos de Iara descendieron por las costillas hasta posarse firmemente en la curva de su cadera, apretando con la presión justa para transmitir posesión y calma a la vez. Continuaron bajando, bordeando la cintura antes de deslizarse por la parte posterior de los muslos, recorriendo la longitud de sus piernas con una caricia que alternaba entre la firmeza y la caricia sutil.
Finalmente, las manos de Iara llegaron a los pies de Celeste. Con movimientos circulares y profundos, presionó la planta de los pies, buscando los puntos de tensión. Celeste soltó un jadeo ahogado, sintiendo cómo el placer táctil se concentraba en cada centímetro que su amiga recorría, convirtiendo la tensión acumulada en una vibración constante de deseo.
Sin dejar de deslizar sus manos por las piernas de Celeste, Iara tomó el borde del toallón que cubría la parte inferior de su amiga y lo deslizó suavemente hacia abajo, dejando las nalgas de Celeste expuestas al aire fresco de la tarde y a la mirada intensa de Iara.
—¿Qué haces? —preguntó Celeste, con la voz entrecortada, sintiéndose vulnerable pero extrañamente excitada al sentirse tan descubierta en el patio.
Iara no dejó de moverse. Sus manos, ahora libres de la barrera de la tela, comenzaron a masajear la piel firme de las nalgas de Celeste con movimientos circulares y profundos.
—Hay que relajar todo el cuerpo, Cele. Déjame a mí —susurró Iara cerca de su oído, mientras aumentaba la presión, sintiendo cómo Celeste se arqueaba levemente bajo su toque firme y experto.
La barrera entre el alivio del dolor y el despertar del deseo se desvaneció por completo. Celeste cerró los ojos, entregándose por completo a la textura de las manos de Iara recorriendo su piel desnuda.
Iara intensificó el masaje, comenzando a apretar con firmeza las nalgas de Celeste, moldeándolas y rodeándolas por completo con sus manos cálidas y aceitadas. La sensación de posesión era absoluta.
—Qué buen culo, Cele —susurró Iara con tono ronco y admirado, justo antes de darle un beso lento y húmedo en la curva de su cachete.
Celeste soltó un jadeo profundo, sintiendo cómo la excitación se extendía desde el lugar del beso hacia el resto de su cuerpo. Iara, sin interrumpir el ritmo, continuó trabajando la zona con movimientos envolventes, fusionando la relajación muscular con una urgencia eléctrica que recorría cada centímetro de la piel de Celeste.
ara continuó con el masaje firme en las nalgas, pero mientras su mano derecha trabajaba la carne firme con movimientos circulares, su mano izquierda comenzó a explorar con una lentitud tortuosa. Deslizó sus dedos aceitados por la parte interna del muslo de Celeste, acercándose peligrosamente a su centro.
Con una suavidad eléctrica, Iara comenzó a rozar apenas la entrada de la vagina de Celeste, un toque apenas perceptible que contrastaba con la firmeza del masaje en sus nalgas. Celeste se tensó por un segundo, su respiración se volvió errática y un jadeo agudo escapó de su boca.
—Shhh, tranquila… —susurró Iara, vertiendo un hilo de aceite tibio directamente sobre las nalgas de Celeste, sintiendo cómo el líquido se deslizaba por la hendidura y llegaba a su mano que exploraba—. Déjate llevar.
Iara siguió masajeando las nalgas con fuerza, mientras sus dedos continuaban con el roce sutil y constante en su zona más sensible, llevando a Celeste a un estado de tensión y placer insoportable.
—Ahora date vuelta, ponete boca arriba —pidió Iara con voz suave pero imperiosa.
Celeste obedeció lentamente, girando sobre la camilla mientras intentaba cubrirse apresuradamente la zona íntima con el toallón.
—No te preocupes que no ve nadie —dijo Iara con una sonrisa ladeada, contemplando el cuerpo de su amiga expuesto al sol de la tarde. —Es que sos medio peligrosa vos… —confesó Celeste, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, dividida entre el miedo a ser vista y la creciente excitación. —Medio… totalmente peligrosa soy, siempre y cuando vos me dejes serlo —respondió Iara guiñando un ojo mientras se acercaba.
Iara comenzó a masajear suavemente las orejas de Celeste, bajando luego hacia su cuello con una presión lenta y envolvente. Sus dedos aceitados rozaban delicadamente su rostro, apartando el pelo de la frente de Celeste.
—Vos relajate, disfrutá —susurró Iara mientras sus manos empezaban a descender lentamente por su clavícula hasta posarse sobre sus pechos, sintiendo la firmeza de su piel bajo sus dedos.
Sus manos se deslizaron con lentitud por la cadera de Celeste, desviándose hacia el centro de su ser. El roce de sus dedos, cargados de aceite y deseo, fue directo a la intimidad de Celeste, buscando y encontrando su punto más sensible.
Sin romper el ritmo, Iara comenzó a masturbarla con movimientos firmes y rítmicos, aumentando la intensidad a medida que sentía cómo Celeste respondía. El lubricante natural mezclado con el aceite tibio hizo que cada caricia fuera suave pero intensamente estimulante.
Celeste arqueó la espalda, soltando un gemido que esta vez fue más fuerte, perdiendo el miedo a ser escuchada. Sus dedos se clavaron en la camilla mientras Iara, con movimientos rítmicos y posesivos, la llevaba hacia el borde del abismo. El mundo se redujo a la fricción, al calor y a la intensidad de la textura de su amiga explorándola.
—¡Iara, Iara…! —exclamó Celeste, sintiendo cómo la tensión acumulada por meses se convertía en una vibración insoportable.
Cuando el clímax llegó, fue una liberación total, un grito de placer puro que se fundió con el sonido de la pileta de fondo. Celeste quedó respirando agitadamente, sintiendo el peso de su amiga sobre ella y la sensación táctil de haber vuelto a vivir.
Aún respirando agitadamente, Celeste sintió cómo Iara se inclinaba sobre ella. Sus labios se encontraron en un beso lento, húmedo y profundo, un beso que ya no era solo de amigas, sino de dos mujeres consumidas por el deseo. Celeste correspondió el beso con la misma intensidad, dejando de lado cualquier duda o remordimiento.
Con las manos temblorosas por la adrenalina, Celeste deslizó sus dedos por la espalda de Iara y desató rápidamente la parte superior del bikini blanco. El top cayó al suelo, dejando al descubierto los pechos firmes de su amiga.
Celeste, impulsada por una urgencia voraz, se incorporó un poco y comenzó a chupar y lamer los pezones de Iara, disfrutando del contraste entre la calidez de su piel y la frescura de la brisa en el patio. Iara soltó un suspiro ahogado, acariciando el cabello de Celeste mientras se entregaba por completo a la sensación táctil de sus labios y lengua sobre su pecho.
El masaje había terminado, pero la exploración de texturas, calores y sensaciones físicas apenas comenzaba.
- Mmmmm gemia – iara de placer – ssshhhh oooohhh –
- Mmmmuuauuaaakkkk muuuualll – supcionaa cele
- A ver esa boquita – y iara se inclino para besar a su amiga
- Mmmmuaaajajajj –
El aroma de agua de pileta y el sexo producía mas éxtasis en las amigas para que luego iara apoye una de las piernas de su amiga en su hombro e inclinarse nuevamente para hacerle sexo oral
Iara, con la piel brillando por el vapor y el aceite, tomó la iniciativa física. Con un movimiento fluido y firme, agarró la pierna derecha de Celeste y la elevó, apoyando la pantorrilla sobre su propio hombro. El contacto de la piel suave de Iara contra la corva de Celeste hizo que esta última soltara un gemido ronco.
— Iara… —susurró Celeste, con los dedos enterrados en la camilla, sintiendo cómo su cuerpo se abría por completo ante su amiga.
Iara no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, dejando que su aliento cálido rozara primero la cara interna del muslo de Celeste. El contraste entre el aire fresco de la sala y el calor de la boca de Iara era una tortura deliciosa.
Cuando Iara finalmente se fundió en ella para continuar con el sexo oral, el mundo exterior (Luana, el ex marido, los gritos de la mañana) desapareció por completo. Solo existía el ritmo de la lengua y la presión de la pierna de Celeste sobre el hombro de Iara, que servía de palanca para profundizar el contacto.
- «¡Sss-hlic!»: El sonido húmedo del encuentro, una música carnal que resonaba en la pequeña sala de masajes.
- «¡Mmmh-ahhh!»: Celeste arqueó la espalda, perdiendo el control. Sus manos, que antes estaban rígidas por el estrés, ahora buscaban desesperadamente el cabello de Iara para guiar el movimiento.
— ¡Sí, ahí… justo ahí! —gritó Celeste, mientras los espasmos del tacto más puro empezaban a recorrerle las piernas, liberando toda la tensión que había acumulado durante años.
— Vení, mamita… —susurró Iara con una voz ronca, casi un mando.
Con un movimiento firme, tomó a Celeste de las manos y la ayudó a bajar de la camilla. El contacto de sus pies descalzos sobre el suelo tibio fue el último anclaje a la realidad. Se acomodaron en el suelo, sobre una alfombra de texturas suaves, entrelazando sus cuerpos hasta formar un 69 perfecto.
Ahora, ella sentía el peso de Iara sobre ella, el roce del vello, el calor de la piel y ese aroma a cloro y deseo que las envolvía como una segunda piel.
sin mediar palabra, ambas se entregaron a la exploración mutua. Las manos de Celeste, antes entumecidas por la rutina, ahora recorrían con desesperación los glúteos de su amiga, mientras sus lenguas encontraban el ritmo exacto.
- «¡Schlup, schlick…!»: El sonido de la succión y el roce húmedo inundaba el silencio de la sala, interrumpido solo por los jadeos entrecortados.
- «¡Mmmmmm-hff!»: Celeste ahogó un grito contra la piel de Iara, sintiendo cómo la tensión de años de peleas con su ex y gritos con su hija se disolvía en una corriente de placer eléctrico.
- «¡Ahhh, sí… así, Cele…!»: Iara arqueaba la espalda, sus dedos enterrándose en los muslos de Celeste, dejando marcas rojas que desaparecían bajo el aceite.
Celeste cerró los ojos y se dejó llevar. Por primera vez en décadas, no era la «madre agotada» ni la «ex esposa frustrada». Era simplemente un cuerpo sintiendo, vibrando bajo el tacto experto de otra mujer que sabía exactamente dónde presionar, dónde lamer y dónde morder suavemente.
Los cuerpos giraban y se apretaban en el suelo, una danza de piel y humedad donde cada onomatopeya marcaba el camino hacia un clímax que prometía borrarlas del mapa.
Iara guio el cuerpo de Celeste hasta que quedaron frente a frente, tendidas sobre la suave alfombra. Con un movimiento experto, entrelazaron sus piernas, permitiendo que sus zonas más íntimas quedaran alineadas, vagina contra vagina. El primer roce, húmedo y caliente por el aceite y el deseo, sacó chispas de sus cuerpos. Plaf plafplaf plaf plaf plaf
Aaaahhhggggaghhhahahahagagaga de ambas y sus enormes tetas bailaban, reboteaba en ellas
Seguía penetrándose mutuamente mediante el roce rítmico de sus clítoris, un contacto eléctrico que las hacía temblar. Mientras tanto, sus bocas se buscaron con una sed desesperada. El beso fue profundo, una lucha de lenguas que compartía el sabor del sándalo y el rastro de la pasión previa.
El ritmo de sus caderas se volvió frenético. Los sonidos en césped narraban la intensidad de la entrega:
- «¡Sssch-lap, sssch-lap!»: El sonido del choque rítmico de sus pelvis, una percusión húmeda y constante que aceleraba el pulso.
- «¡Mmmmua-glup…!»: Los besos eran voraces, succionándose los labios mientras sus lenguas se entrelazaban con fuerza.
- «¡Ahhh-ggrrr-síii!»: Celeste soltó un gruñido desde el fondo de su garganta, sintiendo cómo el roce mutuo la llevaba a un punto de no retorno.
Iara apretaba los muslos de Celeste, pegándola más a ella para que la fricción fuera absoluta. pero aquí Celeste estaba viviendo el Tacto en su máxima expresión. Sentía cada vello, cada gota de sudor y la firmeza de los músculos de Iara bajo sus manos.
— ¡No pares… por Dios, Cele, no pares! —gemía Iara contra sus labios, mientras ambas se fundían en un movimiento de vaivén que parecía querer borrar los límites entre sus cuerpos.
El éxtasis final estaba a milímetros. Celeste sentía que su cuerpo estallaba, liberando toda la amargura de su vida cotidiana en una ráfaga de placer líquido y táctil.
Se besaban como locas hasta que acabaron ambas aahhhhggahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
Luego de tiraron a la pileta se besaron un poco más hasta que celeste se tuvo que
- Te vas más relajada – despidiéndola en la puerta
- Demasiado relajada – y se va
FIN