Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Fernando explora su sexualidad I

Cuando Fernando se enteró que sus padres se iban a divorciar, no se sorprendió para nada pero tampoco pudo imaginar que aquello cambiaría para siempre su vida.

La partida de su padre fue una liberación para él y en especial para Julia su madre; era un hombre rígido y conservador y con el paso del tiempo se había convertido en un déspota, controlando horarios, amistades y hasta la vestimenta de su mujer y su hijo.

Julia tenía 44 años y era una mujer muy agradable pero había perdido la alegría y la pasión; vestía siempre igual, lucía triste y aburrida y casi no se preocupaba por su aspecto físico. Pero luego de la separación de a poco se fueron notando cambios: se preocupaba por su cabello, el maquillaje le devolvió vida a su rostro y renovó totalmente su vestuario gris y aburrido. Su hijo notaba los cambios y descubría que su madre era aún joven y cada vez más bonita, pero algo le llamó mucho la atención. Comenzó a notar en el cesto de la ropa sucia un tipo de lencería que nunca había visto: conjuntos de colores vivos, tangas y sujetadores elegantes y prendas de encaje. El vestuario de Julia revelaba que superado el divorcio, había retornado al mundo de las citas.

Nada de esto se escapó de los ojos de un chico normal que no pudo resistir la tentación de curiosear en la ropa interior de su madre.

Fernando era un buen alumno, pero le costaba relacionarse con otros de su edad. Con sus 18 años recién cumplidos, era callado, extremadamente tímido, y en general ignorado por chicos y chicas; pero eso no impedía que tuviera los cambios hormonales típicos y despertara al deseo sexual. Era la época inicial de internet y el acceso a contenidos eróticos todavía se limitaba a ver alguna escena en películas o en revistas. No tener amigos le impedía el acceso a otros contenidos que circulaban clandestinamente en el colegio.

Como sucede a veces para algunos jóvenes, su vía de escape eran revistas de temas femeninos de Julia y esas prendas íntimas que quedan en los cestos de lavado y terminan alimentando la imaginación y se convierten en accesorios para satisfacer los deseos sexuales. A solas, cuando su madre trabajaba, sentía impulsos cada vez más fuertes de mirar, tocar y hasta oler esas prendas, hasta llegar a ese punto crítico en que decidió probarlas frente a un espejo. La sensación fue extraña: se mezclaron la vergüenza con una excitación muy fuerte que lo llevó a masturbarse furiosamente en el baño. Con la respiración agitada, se quitó rápidamente la ropa y se metió a la ducha. Sentía una gran confusión; no entendía cómo había llegado hasta eso, pero no podía evitar sentir un placer mental y físico muy intenso que lo llevó a masturbarse nuevamente bajo el agua tibia.

Ese día fue el inicio de un camino sin retorno para Fernando.

Apenas llegaba de sus clases se quitaba su ropa y ni le importaba comer lo que Julia le había dejado preparado. Corría al baño a buscar lo que había en el cesto y se entregaba a su nueva forma de placer. Día tras día, su forma de calmar el deseo se fue volviendo más intensa y sofisticada y ya no le alcanzaba con la ropa sucia. Sabiendo que tenía horas a solas, recorría atentamente cada rincón del armario de Julia descubriendo cosas nuevas y probando casi todo frente a su espejo favorito.

Fernando era un chico ordenado y metódico, casi obsesivo a veces, por lo que no le costó nada revisar toda la ropa de su madre para dejarla después exactamente como estaba. Así probó lencería, medias, vestidos y todo lo que estuviera frente a sus ojos y le causara curiosidad erótica. El calzado fue más complicado al principio porque su pie era apenas una talla mayor y le costaba caminar, pero poco a poco logró dominar el arte de los tacones altos.

Su ritual era perfecto: llegaba a casa, calculaba el tiempo que tenía disponible mientras se desnudaba, luego se vestía en el dormitorio de Julia y salía entonces a caminar por el corredor donde había un gran espejo. Paseaba, posaba y cuando la excitación era incontenible, entraba al baño al final del pasillo a masturbarse una y otra vez. No era muy alto y bastante delgado, por lo que la ropa de su madre le sentaba bastante bien y con la experiencia fue llevándola cada vez mejor; se veía femenina, hermosa, era como la chica que mil veces imaginó como su novia, esa chica a la que deseaba pero no se atrevería a hablarle ni en mil años y que luego reprodujo usando su cuerpo para darle forma, gestos y miradas.

Entre sus amigas y ocasionales amantes, Julia tenía una vida social cada vez más activa y solía pasar algunas noches fuera. No hablaba demasiado con Fernando del tema, pero estaba implícito que ella renacía como mujer y era claro que quería mantener su vida sexual lejos de su hogar. Cada vez que ella salía se despedían con un “pórtate bien” que provocaba la risa de ambos, aunque por distintos motivos. Ella hubiera preferido que su hijo no fuera tan tímido y saliera con amigos y amigas, pero le resultaba tranquilizador que se quedara en casa seguro. Fernando no veía la hora que su madre le dejara solo y tuviera toda la casa para dar rienda suelta a sus fantasías eróticas.

Hasta que llegó aquel fin de semana largo que ella se fue de viaje a Brasil con amigas: cuatro días completos a solas que resultaron el golpe final para consolidar la doble vida de Fernando.

Cuando estuvo seguro de estar solo, seleccionó cuidadosamente todas las combinaciones de ropa lencería y calzado que más le agradaban, preparó bijouterie y estudió todos los elementos de maquillaje de su madre. Con la ayuda de algunos consejos que encontró en revistas de moda y alta costura de su madre, usó su talento artístico para intentar maquillarse. Desde pequeño había mostrado una especial habilidad para el dibujo y la pintura; su creatividad le había ganado el reconocimiento de sus maestros y era obvio que después de graduarse en el secundario le esperaba un futuro en alguna escuela artística.

Ese día en pocas horas había logrado una pequeña obra de arte: Mónica.

Por algún motivo ese nombre tenía algo romántico y sensual para sus oídos y decidió que la chica en el espejo se llamaría así.

Con su habitual forma metódica, fue vistiendo y modelando una a una las prendas elegidas para la primera jornada de su fin de semana transformado en mujer. Cuando decidió que conjunto le quedaba más bonito, bajó a la sala, comprobó que todas las cortinas estuvieran corridas se detuvo frente al espejo y sonrió sensualmente al verse tan femenina que no lograba distinguir a Fernando bajo esa apariencia. Puso la música bastante fuerte, a los vecinos no les resultaría extraño, se sirvió en la cocina un largo vaso de Campari con hielo y jugo de naranja y caminó seguro hacia la sala contoneando sus caderas mientras los tacones sonaban fuerte en el piso de madera. Comenzó a bailar y beber y el gran espejo de la sala le devolvía esa imagen femenina deliciosa y tan deseada. Sabía de este viaje hace varias semanas y lo tenía todo planeado.

El Campari la mareó un poco pero continuó paseando y bailando por la planta baja de su casa hasta llegar a la salita de lectura de Julia donde recordó algo más que quería descubrir. Buscó la llave del cajón del escritorio y allí estaba la cajilla de Virginia Slims que su madre fumaba en ocasiones y Mónica quería probar. Por algún motivo siempre le había resultado elegante la forma en que su madre colocaba el cigarrillo blanco, delgado y largo en sus labios, lo encendía y exhalaba una bocanada de humo sin prisa. Solo lo hacía en esa salita y Fernando se quedaba mirando extasiado como lo hacía, sin entender muy bien la causa de esa especie de fascinación.

Extrajo uno de la caja y lo colocó entre sus labios pintados rojo intenso con suavidad, lo cogía entre sus dedos y fingía fumar como su madre. La curiosidad pudo más y buscó algo para encenderlo en el cajón; no lo veía y lo abrió completamente y había una caja pequeña al fondo. La extrajo y se encontró con otra sorpresa: Julia tenía bien guardado un pequeño vibrador!

No pudo contenerse y abrió la caja; era una pequeña pieza metálica alargada que claramente nunca había sido utilizada; ni siquiera tenía baterías. Fue a la cocina por ellas y regresó a la sala principal; con más música y más Campari se puso a bailar nuevamente y por fin se decidió a probar el cigarrillo. El espejo era su único testigo y la imagen que le reflejó le produjo un cosquilleo intenso en su espalda que se transmitió cálido a su pubis; se veía tan sexy así vestida y maquillada posando sensualmente!

Desprendió el vestido, lo dejó caer al suelo y se recostó en un sofá; sin quitarse las braguitas y el suje de encaje que llevaba comenzó a rozar su sexo excitado con el vibrador encendido. Su erección le deformaba la braga que rápidamente se manchaba con su humedad. Entre gemidos llevó el vibrador hacia su perineo y sintió un intenso calor; abrió un poco las piernas y deslizó el vibrador por entre sus nalgas hasta rozar su esfínter. Ni siquiera intentó desnudarse y penetrarse.

La vibración y el mareo le produjeron un violento orgasmo que le hizo arquear la espalda en el sofá mientras gemía entre sollozos.

Sin necesidad de tocarla, su verga apretada en la braga descargó la leche por toda la tela y su vientre. Seguía tensa y arqueada en el sofá, jadeando y gimiendo sin control y sus piernas temblaban como nunca le había sucedido antes cuando se masturbaba.

Solo habían pasado algunas horas desde la partida de su madre y allí estaba Fernando transformado en Mónica, maquillado, en lencería, tendido sobre un sofá, gozando de su primer orgasmo como chica.

Los tres días siguientes pasaron con ritmo vertiginoso repitiendo esa experiencia una y otra vez, con cambios de ropa, desnuda, en la sala, en la ducha, en su dormitorio y fugazmente en la cama de su madre. El temor a dejar algún rastro de la fiesta sexual de Monica le impidió disfrutar de la cama de Julia como en el fondo deseaba, pero la cantidad e intensidad de sus orgasmos fue suficiente para compensarlo.

Las últimas horas previas al regreso de su madre fueron frenéticas; cada detalle fue controlado una y otra vez, la ropa limpia y doblada en su lugar correcto, cada cosa consumida repuesta a su estado original, el vibrador cuidadosamente higienizado y guardado como un secreto absoluto.

El abrazo de reencuentro entre madre e hijo fue algo especial; parecía que los dos tenían motivos para estar felices pero controlaban su euforia por algún motivo.

“Cenamos fuera, ponte guapo” dijo Julia. Fernando sonrió pensando en silencio que nunca se vería más guapo que Monica.

La cena pasó entre risas y pequeñas anécdotas de Julia; obviamente él no tenía nada especial que contarle a su madre, hasta que en un momento ella le dijo que tenían que hablar de algo especial y que era fundamental que ambos fueran sinceros con el otro y no ocultaran nada. Fernando tuvo un momento de sobresalto porque no pudo evitar pensar en que algo se le había olvidado, pero duró muy poco cuando su madre le confesó que no había viajado con sus amigas sino con un hombre con quien estaba saliendo desde hacía un tiempo. El alivio en el rostro de Fernando quedó opacado por la ansiedad de Julia mientras le contaba detalles de su nueva relación.

“Creo que estamos muy a gusto juntos y quiero que lo conozcas” le dijo, a lo que Fernando aceptó de inmediato. Su madre estaba feliz, la veía contenta y la sentía segura de sí misma como nunca. Julia no perdió la oportunidad de decirle que solo le faltaba algo para estar un poquito más feliz y eso era verle más integrado al mundo, con amigos y tal vez con novia. Fernando le pidió tiempo; en poco tiempo finalizaría el secundario y creía que su próxima etapa sería mucho más social y abierta al mundo.

Fue tan solo cuestión de días para que Alberto se presentara oficialmente en su casa y Fernando sintió de inmediato que era una persona especial que podría hacer feliz a su madre. Era un arquitecto, también divorciado, apenas un año mayor que Julia y le resultó cálido y simpático; era el primer hombre que visitaba la casa desde la partida de su padre y se trataba de una persona tan diametralmente opuesta al ex-dueño de casa que muy pronto madre e hijo sintieron su presencia como algo natural allí. Alberto se convirtió en una visita habitual y era cuestión de oportunidad para que se quedara a pasar la noche con Julia. Eran ya una pareja extraoficial y Fernando les dejó claro a ambos que contaban con su total aprobación.

Mientras tanto, Mónica tenía más y más deseos de regresar a la casa a divertirse con Fernando, pero él intentaba por todos los medios controlar la situación. Tenía menos horas a solas, además se acercaban los exámenes finales del secundario y sabía que necesitaba concentrarse porque los últimos meses había perdido un poco su foco por culpa de su sexualidad dual e intensa. Después de los exámenes, el verano sería todo para disfrutar porque Alberto tenía casa en la playa y le había dado total libertad de pasar con ellos o, si lo prefería, solo en su casa como y cuando quisiera.

Los exámenes y la graduación ocurrieron sin problemas, mientras tanto, Julia y Alberto planificaban el verano; se marcharían tan pronto él pudiera dejar arreglados asuntos de su estudio profesional y las dos primeras semanas estaría de visita el hijo de Alberto, apenas un poco mayor que Fernando, que estudiaba en Londres. Para Fernando no había necesidad de pensarlo, se quería quedar a solas y tener unos días de placer y libertad para volver a convertirse en Mónica; fue una buena excusa para ello que Julia tuviera tiempo para conocer a Daniel, el hijo de Alberto. Le prometió a su madre que se iría a la casa de playa para la segunda semana sin falta. Estaba ansioso por volver a tener la casa totalmente para disfrutar y no tenía demasiado entusiasmo en conocer a Daniel, pero quería ser amable con Alberto porque él era siempre muy afectuoso y bastante cómplice con Fernando.

Sin embargo, había algo en la pareja de su madre que lo ponía algo nervioso.

La habitacion de Julia estaba en el otro extremo del pasillo pero algunas noches era imposible no escucharles teniendo sexo. Era extraño, pero no recordaba ningún ruido de ese tipo cuando su padre vivía allí; ahora siempre era realmente ruidoso. Para ellos parecía totalmente normal, pero Fernando se sentía turbado por los gemidos de su madre en éxtasis y los jadeos y gemidos intensos de Alberto. Parecía que ella estaba gozando como nunca y eso le generaba un cosquilleo especial y disparaba su imaginación.

Mónica disfrutaría del sexo de esa forma tan intensa y ruidosa?

Cuando Julia tenía sexo con Alberto usaría la ropa que ella se había probado tantas veces?

El cesto de ropa sucia le dio una nueva fragancia; los orgasmos de Julia y de Alberto quedaban impregnados en la tela y Fernando no pudo evitar probar su olor, su textura y su sabor. Las tangas y bragas de su madre olían mucho más que a una mujer. Era el aroma de un macho caliente y a Fernando le resultaba cada vez más excitante y erótico.

Llegó a pensar en algo que lo llenó de culpa y vergüenza: qué pasaría si en lugar de Julia estuviera Mónica teniendo sexo intenso con Alberto?

Cada noche de sexo de la pareja debía masturbarse para poder dormir y sucedía cada vez con más frecuencia. La semana a solas transformado en Mónica pondría su vida de placeres sexuales en la forma que Fernando deseaba.

Finalmente partieron a los apurones en el coche de Alberto. El dejaba asuntos pendientes en su estudio, pero su hijo Daniel llegaría al día siguiente y no quería dejarle a solas con Julia. Ella se disculpó mil veces con su hijo porque dejaba cosas desordenadas en la casa y sabía que Fernando amaba el orden. Él la tranquilizó y le aseguró que en pocos días iría la señora que les ayuda en casa con la limpieza y dejaría todo en perfectas condiciones, él mismo se encargaría de llamarla y controlar su trabajo.

Caminó por cada habitación conteniendo la excitación y anticipando cada momento de sexo que iba a disfrutar Mónica en la casa vacía. Se sirvió un trago y subió la escalera, se acercó a la puerta de la habitación de Julia y su pulso se aceleró cuando descubrió la cama deshecha y desordenada.

Dejó el vaso en la mesa y apresuradamente se desnudó.

Cerró las cortinas y en la penumbra se metió lentamente en la cama. Casi estaba tibia todavía y sin dudas olía a ellos, a su piel y a sus perfumes caros en las almohadas. Tuvo una erección de inmediato y se dirigió al baño para revisar la ropa sucia. Escogió un conjunto de bragas y sujetador blanco de encaje que nunca había visto antes y se lo puso frente al espejo, se puso unas gotas del perfume de Julia en su cuello y regresó a la cama.

Mónica había regresado. Sensual y suave deslizándose entre las sábanas que olían a hombre y mujer, macho y hembra, calientes haciendo el amor, cojiendo, follando, dándose placer. Se restregó entre las sábanas cada vez más intensa, cada vez más lasciva, hasta que estalló entre gemidos y leche que mojó su piel, las bragas y la cama. Así en éxtasis, se quedó completamente dormido.

Su sueño fue profundo porque llevaba varias noches desvelado pensando en el momento en que volvería a estar solo y Mónica tomaría el absoluto control de la casa.

Temprano en la mañana algo le interrumpió el sueño; por un instante creyó escuchar algún ruido, pero entre la sensación cálida envuelto en las sábanas desarregladas y el intenso olor a sexo, rápidamente se volvio a dormir.

Alberto había recibido un aviso del retraso de varias horas del vuelo de su hijo y decidió volver a la ciudad para finalizar los asuntos pendientes en su estudio, pero antes recordó que algunos documentos estaban aún en la casa de Julia. En el último mes había estado viviendo allí casi permanentemente y usaba la salita de lectura como un despacho improvisado. Imaginando que Fernando aún dormía, entró en silencio y fue directo a la sala por sus cosas; sin querer movió algo que hizo algo de ruido y quedó expectante por si escuchaba alguna reacción del piso superior.

Recordó entonces que Julia le había pedido algo de su armario que había olvidado llevar en el apuro de la partida. Subió la escalera lentamente y notó que la puerta de la habitación de Fernando estaba abierta; se asomó apenas al pasar y se dio cuenta que la cama estaba tendida.

“¿Dónde está este chico?” pensó de inmediato…

Al abrir la puerta medio entornada de la habitación de Julia, tuvo la respuesta y se llevó una gran sorpresa: allí en un ovillo de sábanas estaba Fernando plácidamente dormido y llevaba puesta lencería que de inmediato reconoció.

Se detuvo en seco; “ahora debería irme de aquí” se dijo.

Al voltear rápidamente para salir se tropezó con una silla y quedó como congelado al escuchar el roce de las sábanas. Un grito agudo le hizo girar y ver a Fernando que, con cara de pánico, se aferraba a las sábanas para ocultarse.

“Fernando, Fernando… soy yo, no te asustes”

“Vete, vete por favor!!!” escondido bajo las sábanas y en un llanto llegó la respuesta.

Sin decir una palabra Alberto fue al baño y tomó una bata de ducha de Julia que estaba colgada; regresó hasta la cama y la colocó sobre el cuerpo tapado de Fernando y dijo suavemente: “tranquilízate por favor, te dejo algo para que te cubras y salgo de aquí; estaré abajo en la sala cuando te calmes y quieras hablar conmigo… Por favor no te sientas mal; no soy quien para juzgarte, solo intento entenderte”.

La vergüenza, la culpa y el pánico se apoderaron de Fernando. Nunca se imaginó que lo podrían descubrir y mucho menos que sería Alberto, y no tenía la más mínima idea de que debía hacer en ese momento. Temblando salió de la cama y se quitó la lencería de su madre, miró la bata y pensó que no podría ponerse ninguna prenda femenina más en su vida, pero en este momento no tenía alternativas: debía enfrentarse a la situación como un adulto. De alguna forma el tono y las palabras de Alberto le habían transmitido una cierta seguridad y era el momento de asumir esto en forma responsable.

Se puso la bata y lavó su cara en el baño; bajó las escaleras y caminó lentamente hacia la sala donde Alberto esperaba sentado.

“Hice café, por si quieres” le dijo extendiendo una taza y mirándole con afecto.

Fernando bebió un sorbo y se desplomó en un sofá sin fuerzas; cubrió su cara con las manos y comenzó a llorar como un niño pequeño, balbuceando palabras sin sentido. Alberto se acercó y le tomó por los hombros sin decir nada; era el momento de dejarle sollozar sin interrupciones. Poco a poco pudo articular palabras y comenzó a pedir perdón una y otra vez.

“Tranquilo Fernando, no me pidas perdón, solo cálmate y siéntete libre de hablar de lo que sea conmigo”.

“No se que decirte, no se como explicarte lo que sucede, lo que me sucede…” contestó el chico.

“Te entiendo” le dijo con calma paternal. “Hay cosas que suceden y son inexplicables”.

Poco a poco, mezclado con sollozos, Fernando comenzó a hablar. Con timidez al principio, fue contando su historia aunque sin entrar en los detalles más íntimos y eróticos; el relato se centró en su transformación personal que culminó en la escena que había quedado al descubierto esa mañana. Alberto le escuchó en silencio, sin expresar aprobación o desaprobación. Solamente le decía “te entiendo” cada vez que el chico le miraba a los ojos con tristeza. Se dio cuenta que Fernando sufría mucho con todo este momento, necesitaba abrir una válvula de escape y le otorgó ese espacio.

“No te voy a juzgar de ninguna forma” le dijo cuando el chico quedó en silencio y le miró como esperando respuestas. “Todos tenemos historias, problemas, secretos y a veces es mejor compartirlos; solo quiero que te quedes tranquilo que esta conversación quedará para siempre entre nosotros”.

Alberto le explicó porqué había regresado a la casa esa mañana y le pidió disculpas porque debía irse al aeropuerto a buscar a su hijo Daniel, pero le prometió que volverían a conversar lo más pronto posible. Él quería ayudarle de la mejor forma y le explicó que no le importaba que fuera Fernando o Mónica, su único interés era la felicidad para el hijo de Julia.

“Te propongo algo, debo regresar en unos días por trabajo y pasaré por aquí para verte; si quieres hablamos o solo te hago compañía un rato” le dijo, y agregó “te avisaré cuándo venga y tú decides”.

Fernando asintió y cuando ambos se levantaron corrió a abrazarle, sollozando otra vez y balbuceando su agradecimiento. Alberto le abrazó con afecto y le dio un beso en la cabeza.

“No me lo agradezcas, eres un chico adorable… o una chica adorable si lo prefieres”.

Fernando levantó la cabeza y le miró a los ojos.

Esas palabras fueron una música extraña para sus oídos; alguien supo que existía Mónica y le habló por primera vez. Instintivamente besó a Alberto en la mejilla y tuvo un beso de respuesta, pero para su sorpresa los labios de Alberto se posaron casi en la comisura de sus labios.

Pareció que el tiempo se detuvo por un instante, hasta que Alberto se apartó, le tomó por los hombros y mirando sus ojos le dijo “debo irme, pero voy a volver pronto para estar contigo… espérame cariño”.

Fernando quedó allí muy quieto viendo como se marchaba y pasó una eternidad desde que escuchó partir el coche hasta que logró reaccionar. Su corazón latía con fuerza y su cuerpo se estremecía con un temblor suave. No podía comprender qué había pasado allí, pero por un momento sintió que algo le hacía vibrar; que Alberto había provocado algo que no podía definir y sus gestos, su calidez y sus palabras le habían fascinado.

Ese día transcurrió en calma, pensando una y otra vez en esas palabras que nunca imaginó escuchar “…una chica adorable…”.

Intentó distraerse y no volvió a pisar el cuarto de Julia. A la noche le llamó su madre para saber cómo estaba y le comentó que Daniel era un chico agradable y guapo, y que pensaba que podrían llevarse bien cuando se conocieran. No hubo menciones sobre Alberto, excepto al despedirse cuando escuchó su voz en el fondo diciendo que le enviara “otro cálido beso y un abrazo”.

Dijo otro??????

La pregunta le golpeaba una y otra vez su cabeza. ¿A qué se refería con “otro”?

Acaso estaba hablando de ese momento extraño y ambiguo al despedirse?

Fernando no podía dormir otra vez. Solo pensaba en los fragmentos que podía recordar de esa mañana y todo era confuso. Puso música suave y cerró los ojos respirando suave; su cuerpo se estremeció al recordar la mención a Mónica, el abrazo y el beso de Alberto, y de pronto se dio cuenta que estaba ligeramente excitado. Esto era algo imposible, algo que no podía existir más allá de su imaginación confundida.

Esa noche regresó a la cama de su madre pero estaba desnudo.

Tenía unas bragas de Julia en su mano que olían a algo más que una mujer; estaba ligeramente manchada con semen y no podía dejar de sentir ese aroma prohibido.

Con las bragas sobre su rostro y con sus manos acariciando lascivamente su piel y su pubis excitado Fernando se durmió pensando en Mónica… y en Alberto.