Capítulo 2

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Dos días después de haber sido descubierto por Alberto, Fernando se había calmado un poco. Su secreto ya no era tal, pero haberlo hablado aún en forma breve e incompleta le daba una cierta sensación de libertad; un sentimiento que aumentaba por las circunstancias en que se produjo y – especialmente – con quien había sucedido.

Pasó esos días distrayéndose, tomando sol en la terraza y jugando con la ropa de su madre; probaba esto y aquello, modelaba y paseaba por la casa, pero su atención estaba puesta en esa llamada prometida que no llegaba. Oscilaba entre pensar que había entendido todo erróneamente y pensar que en cualquier momento podría sonar el teléfono y recibir el mensaje que secretamente deseaba.

Algo de música, películas, sus dibujos y un poco de sexo en la piel de Monica, le ocuparon el tiempo hasta que cuando menos lo esperaba se produjo la llamada. Para su decepción, era su madre que quería saber si deseaba irse un poco antes a la playa; le contaba que Daniel era un amor de chico, pero ella echaba de menos a su hijo. También le comentó que Alberto iría a la ciudad al día siguiente para resolver unas complicaciones en un proyecto y que era una buena oportunidad para irse a la casa de playa con él y pasar unos días en familia.

No era esa la situación que Fernando había imaginado; esperaba una llamada de Alberto para cumplir con su promesa de avisarle cuando regresaria a la ciudad para poder seguir charlando. Aceptó sin entusiasmo la propuesta y solo le preguntó a qué hora pasaría Alberto a buscarle para aprontar su cosas y esperar con todo listo. Ella le pidió que lo hablara directamente con Alberto y le paso el teléfono.

“Que tal cariño?” le preguntó con afecto, «a qué hora voy por ti?”

Escuchar su voz le causó esa misma sensación cálida que tuvo días atrás y tratando de contener su ansiedad, sólo respondió “cuando tu quieras, te espero”.

Alberto le dejó temblando: “Te aviso al llegar. Hasta mañana, otro beso para ti”.

Colgó el teléfono en estado de total excitación.

Fue corriendo a su habitación pensando en preparar un bolso para ir a la playa y de pronto se distrajo con la frase de despedida.

“Otro beso para tí… otro beso”.

No podía dejar de pensar en ese beso, ese momento ambiguo y furtivo en el que sintió los labios de Alberto tocar ligeramente los suyos. Era la primera vez que sentía un beso así y lo último que había pensado era que un hombre se lo daría; aunque muchas veces mirando escenas románticas en películas se estremecía pensando en que podría sentir la chica al ser besada de esa forma.

Los pensamientos confusos eran constantes en Fernando; se sentía un chico que admiraba la belleza y el erotismo femenino, pero invariablemente se identificaba mentalmente con las chicas cuando se trataba de los contactos sexuales. No comprendía lo que sentía, pero su atracción siempre estaba centrada en lo que ellas sentirían en esos momentos.

Una ola de calor se apoderó de su piel; se desnudó en un instante y se fue al armario de su madre, por allí había un traje de baño muy sexy que Julia había comprado años atrás pensando quien sabe en qué y había quedado olvidado. De inmediato se lo puso frente al espejo, busco por allí unos lentes de sol y un sombrero muy femeninos también algo antiguos y se dirigió al baño donde pintó delicadamente sus labios.

Modeló frente al espejo sonriendo y recordó unas sandalias de tacón de su madre que podían quedar muy bonitas. Apenas se las puso caminó unos pasos y en ese momento desapareció completamente Fernando; Mónica estaba nuevamente en la casa.

Estaba radiante contoneándose por toda la casa, se sirvió su trago favorito y se fue al pequeño patio que había en la casa donde se podía estar lejos de los ojos de los vecinos. Allí se tendió en la reposera y disfrutó del sol siguiendo los rituales eróticos de Mónica: poses femeninas, música, Campari, Virgina Slims y caricias sexy prolongando esa sensación mental de orgasmo interminable.

El sol, el trago y sus pensamientos daban paso a la excitación más real y palpable, aunque ahora estaba por esas palabras de Alberto. Se abandono al recuerdo del beso que le dio y masturbó intensamente hasta quedar exhausto entre gemidos, con sus dedos cubiertos de semen y olor a sexo.

Fernando no sabía bien que estaba esperando o anticipando, pero tenía esa intuición extraña de que Alberto le estaba dando una señal inesperada.

Despertó al día siguiente, se duchó y preparó sus cosas para ir a la casa de playa. Sonó el teléfono y se estremeció, pero era su madre otra vez que le avisaba que Alberto estaba complicado en el estudio e iría más tarde. Le comentó además que se quedaría a pasar la noche en la casa porque debía seguir trabajando al día siguiente; lamentaba mucho el inconveniente y pedía que le esperara más tarde para cenar juntos.

Fernando sintió desilusión porque esperaba que Alberto le llamara directamente en lugar de enviar mensajes por su madre. Algo triste, salió a pasear un rato y al regresar a la casa se sorprendió al ver el auto de Alberto en la entrada.

“Hola! ¡Qué temprano llegaste!” le dijo al entrar.

Alberto sonrió y se acercó a darle un abrazo. “Quería darte una sorpresa, cariño”.

Ese tono en su voz y esa forma de hablar le alegraron de golpe; sentía un afecto y una conexión extraña, casi cómplice que le gustaba mucho.

“Es temprano para cenar, ¿no crees?” dijo Alberto. “De todas formas podemos charlar un rato aquí; no me olvido que tenemos una conversación pendiente”.

Fernando asintió con una sonrisa y sintió que todos sus temores desaparecían de inmediato. El momento casi mágico que había experimentado regresaba y se sentía muy a gusto; le propuso ir a la sala a conversar y le ofreció algo de beber. Alberto estuvo de acuerdo y aceptó la bebida, pero le hizo una pregunta que lo hizo temblar:

“¿Qué te gusta beber a ti?… o si prefieres a Mónica… como tú gustes”.

Mónica jugaba intensamente en su mente y dejó que fuera su avatar femenino quien tomara las decisiones. Cuando Fernando regresó a la sala y se sentó junto a Alberto llevaba una bandeja con dos vasos largos: Campari con jugo de naranja y mucho hielo.

Alberto le invitó a sentarse a su lado y abrió la conversación preguntando cómo se sentía luego de hablar con tanta sinceridad de sus sentimientos. Fernando sabía que lo que confesaba era muy íntimo y que solamente se atrevía a contarlo porque Alberto le inspiraba una gran confianza. Nunca había tenido una figura masculina con la que sentirse comprendido y a gusto.

Esa confianza le impulsó a contar con más detalle sus experiencias solitarias; lo que vivía no era meramente una transformación personal, sino que era algo muy potente, físico, sexual y muchas veces lascivo. Su virginidad no le había impedido desarrollar un intenso apetito sexual y a solas, sin mucha idea de lo que hacia, había aprendido sobre el placer, la bisexualidad y el fetichismo.

Alberto fue comprensivo y quería saber más sobre su experiencia real en el sexo; le costaba creer que nunca hubiera probado siquiera besar a una chica y mucho menos ver una mujer desnuda.

“Pero te gustan las chicas o te gustan los chicos?” le dijo volviéndose más directo.

Fernando no podía saberlo; siempre le atrajeron las chicas y las fantasías que tenía con ellas fueron las que le llevaron a inventar a Mónica. Pero además tenía otro problema: años atrás en los vestuarios de las clases de educación física sus compañeros comenzaron a burlarse por el tamaño de su pene. Fue allí que nació su sobrenombre de “el corto”… y no era por su estatura solamente.

“Pero dime algo, ¿a ti te parece que lo tienes muy pequeño?” preguntó Alberto.

No le quedaba claro, pero comparado con el de sus compañeros era sin dudas más pequeño. Alberto le aclaró que en eso había un mito y que el placer se podía dar y tener igual. Se dio cuenta que nunca nadie había hablado directamente de sexo con Fernando, salvo un médico amigo de Julia que le explicó en forma breve el aspecto biológico y se dedicó más que nada al tema de protección de enfermedades.

Las preguntas se volvieron más directas; Alberto quería saber si alguna vez había pensado cómo sería su vida sexual con otras personas, porque no todo el mundo podía comprender que tuviera esa forma de vivir el erotismo. Eso no significaba que tuviera que elegir una forma de sexualidad, pero con el tiempo debía intentar tener claro quien quería ser en cada situación.

Le habló de todas las formas que las personas tenían sexo: hetero, homo y bi y algunas prácticas particulares como el crossdresismo, eso que Fernando experimentaba y que no era necesariamente malo; se transformaba en Mónica y disfrutaba de otra manera.

Aclarando que era solo su opinión personal, le dijo que algunas personas podían disfrutar con Fernando y otras con Monica, pero tenía la impresión de que pocos lo aceptarían en su dualidad sexual.

“Algunos podemos entender lo hermoso que puede ser alguien como tú” dijo suavemente mirando directo a sus ojos.

Fernando tuvo un pequeño sobresalto al escucharlo y preguntó con timidez “te parecía bonito así como me viste el otro día?”

Alberto sonrió casi cómplice y tomando la mano suave de Fernando le dijo que todos los seres humanos tenían secretos y que el suyo era que admiraba y disfrutaba la belleza de Fernando y Mónica por igual.

Los ojos de Fernando brillaban de lágrimas. Sin darse cuenta se abrazó a Alberto y entre sollozos susurraba “eres adorable, gracias”.

Alberto lo acogió en sus brazos y lo mantuvo así muy apretado a su cuerpo por un tiempo, cuando sintió el roce de labios húmedos en su mejilla. Su secreto era algo más complicado que lo que le había sugerido a Fernando y ese contacto provocaba una reacción cada vez más notoria en sus pantalones.

Apartó su rostro y cuando le miró a los ojos húmedos de lágrimas, en un impulso inesperado Alberto le besó suavemente en los labios.

Se apartó al instante del chico y le pidió perdón agachando su rostro; Fernando no podía entender qué había sucedido y le preguntó qué había hecho de malo.

“No te preocupes cariño”, le dijo. “Hiciste algo muy bonito, pero yo no me estoy comportando bien contigo”.

Se levantó del sofá y le tendió una mano diciendo “te pido que me disculpes Fernando”.

Casi como si nada hubiera sucedido le preguntó si aún tenía ganas de cenar fuera, porque él se moría de hambre. Fernando algo confundido asintió, pero le dijo que prefería pedir algo al bar y comer en casa. Alberto le dijo que pidiera lo que quisiera; él iría a su habitación a cambiarse y luego cenaban juntos.

Alberto subió rápidamente las escaleras y se encerró en la habitación de Julia; todavía se notaba el bulto en su pantalón e intentó calmarse. Todo estaba sucediendo como él había previsto pero por un momento pensó que perdería el control de la situación.

Efectivamente su secreto era más complicado: Alberto era un bisexual que siempre ocultó su identidad con sus parejas femeninas, pero en cada oportunidad que se presentaba le resultaba difícil controlar los deseos de estar con hombres, especialmente jóvenes y afeminados.

Desde que conoció a Fernando tenía una fuerte sensación de ambigüedad hacia él y en varias oportunidades se descubrió con pensamientos poco apropiados con el hijo de su nueva pareja. Encontrarle en la cama esa mañana lo dejó totalmente turbado, excitado y deseoso de dar un paso más. Pero no podía ser un paso en falso; debía estar seguro de tener totalmente controlados los riesgos y en ningún momento debía ser él quien tomara la iniciativa. Necesitaba manipular con astucia los sentimientos del chico para que iniciara el juego sexual y no quedar en riesgo de ser acusado de provocar sexualmente al hijo de Julia.

Fernando en la cocina intentaba no pensar lo que había sucedido. Ordenó una pizzas y quiso distraerse, pero no lo lograba; dudaba si había sido rechazado o había cometido un error.

Algo si le quedaba claro: sentía una extraña y potente atracción hacia el novio de su madre. Su calidez, su comprensión y su ternura se mezclaban con los recuerdos de las noches en que escuchaba como gozaba y gemía con Julia y la excitación que eso le provocaba. Su inmadurez e inexperiencia no ayudaban a que aclarara su mente y solo se guiaba por su piel y sus deseos confusos e incontrolables.

Finalmente bajó Alberto, recién duchado y oliendo a un perfume suave y masculino que Fernando pudo sentir aún antes de verle en la puerta de la cocina.

“Aquí está la cena Alberto, podemos comer en la cocina o en la mesa” dijo. “¿Quieres cerveza o algún refresco?

El prefirió ir nuevamente al sofá y le sugirió repetir el Campari; le propuso además ver una peli juntos, a menos que quisiera seguir charlando.

“Entonces será pizza, Campari y una peli en el sofá” contestó el chico, bastante más animado con la idea.

Comieron algo y bebieron un poco de más; el chico sintió algo de sueño, pero intentaba quedarse allí junto a Alberto, hasta que en un momento se adormiló con su cabeza apoyada en su hombro.

Él le rodeó los hombros con suavidad y movió la cabeza del chico sobre su pecho sosteniéndole en un abrazo apretado que Fernando noto de inmediato y le despertó. Se sentía bien, protegido, hasta podía imaginar que era amado así en esa posición totalmente desconocida para él.

Se escapó algo así como un suspiro de sus labios y Alberto le susurró si quería irse a la cama.

Nunca supo de dónde salió su respuesta “Contigo?”

Alberto lo tomó por el mentón y lo miró fijo.

“Por favor cariño, no me pidas algo así… no puedo… es que Julia me…”

“Mamá no está aquí, solo nosotros”

Alberto notaba su erección cada vez más intensa y solo le dijo “cariño, no te imaginas cuanto me gustas”

Lentamente Fernando se acomodó sobre su pecho y se abrazó a sus hombros y con cierta torpeza le beso los labios con suavidad; Alberto le abrazó más fuerte y respondió al beso con la misma suavidad.

Por un instante quedaron así, con los labios fundidos en un beso casi tímido hasta que Alberto busco entreabrir los labios del chico con su lengua. Fernando sintió el calor de esa boca e instintivamente se entregó a su primer beso serio, cargado de erotismo.

Abrazados cada vez más fuerte se besaron, entrelazando lenguas, mordisqueando los labios y compartiendo saliva cada vez más abundante durante minutos, hasta que Alberto deslizó su mano por el pecho de Fernando levantando su camiseta de algodón y sintiendo esa piel suave y tibia.

Fernando se estremeció y un gemido se ahogó en la boca de Alberto que acariciaba sin pausas esa piel y hacía vibrar sus yemas en las tetillas. El short de Fernando marcaba claramente su excitación y pronto una pequeña mancha de humedad anunciaba que estaba a punto.

Alberto llevó su mano al bulto marcado y húmedo del chico y comenzó a acariciarlo y apretarlo, estaba duro y palpitaba ligeramente con las caricias. Metió la mano dentro del short y lo bajó un poco hasta encontrar la verga, que no era grande pero estaba caliente, húmeda y dura; la tomó en su mano y la masturbó apenas un poco, cuando sintió que se estremecía violentamente y estallaba en chorros de leche espesa y caliente sobre su mano.

Fernando arqueó su cuerpo y gimió sin control en su primer orgasmo provocado por alguien más, sus ojos húmedos y su boca jadeante balbuceando cosas sin sentido.

“Te gustó cariño?” susurró Alberto.

Fernando asintió y con una sonrisa pícara le dijo “¿te parezco muy corto?”

“Sos delicioso” le respondió besándolo intensamente sin sacar la mano empapada debajo del short.

Fernando buscó con su mano la de Alberto y la tomó. La subió y la llevó a sus labios y lentamente lamió todo su semen de los dedos mojados.

“¿Así que te gusta tu leche?” dijo sonriendo Alberto y Fernando asintió mientras relamía sus labios.

Alberto volvió a besar los labios cubiertos de semen, cada vez con más vicio y con más pasión, hasta que se separaron por un instante y Fernando, tomando un coraje que desconocía le dijo que ahora si quería irse a la cama pero con él.

Se levantaron del sofá, besándose una y otra vez.

Alberto era un hombre bien parecido, alto y deportista y no tuvo problemas en cargar con el cuerpo menudo de Fernando, que no llegaba a medir 160 y era delgado, no demasiado musculoso pero con unas formas bien definidas, especialmente sus nalgas y piernas.

Lo tomó en brazos casi como a un niño y lo cargó por la escalera hacia la habitación.

La cama estaba aún destendida y mantenía los aromas de la pasión de la pareja combinados con los del éxtasis de Mónica dos noches antes. Alberto posó suavemente el cuerpo del chico sobre las sábanas enredadas y lo miró fijamente; era hermoso realmente, esa clase de belleza que no tiene sexo definido, con la piel tersa y suave y casi nada de vello.

En silencio se quitó la camiseta y short y dejó que los ojos de Fernando exploraran su cuerpo desnudo parado al costado de la cama. Fernando se acercó mirando a sus ojos; sus manos se posaron en sus muslos firmes y comenzó a recorrer sus piernas, sus nalgas, su vientre; nunca había tocado así otra piel y estaba fascinado.

Lentamente llegó a su miembro duro, ancho y venoso.

Su mano la rodeó con suavidad y notó el tamaño, el calor y la tensión del miembro erecto. No sabía bien qué hacer y actuó puramente por instinto cuando comenzó a masturbarla suavemente sin dejar de mirar a Alberto.

“¿Así lo hago bien?”

“Si cariño, lo haces perfecto y puedes hacer mucho más si lo deseas” le contestó.

Dejó la mano quieta tomando la verga por la base y acarició los muslos con la otra. Miró el capullo hinchado, como un hongo morado que palpitaba y asomaba pequeñas gotas de pre-cum y sin saber porque, llevó su boca a esa verga dura y caliente que le provocaba. Fernando no pensaba en ese momento, se dejaba llevar por una pasión intensa, inexplicable que le empujaba a darle placer a un hombre: besaba suave, sin experiencia y sin destreza, pero Alberto le fue guiando entre gemidos de placer.

“Asi, cariño”

“Aprieta más con tus labios y succiona despacio”

“Mueve la lengua”

“Succiona más profundo pero no te atragantes”

“Siente ese sabor… es para ti mi amor”

Por un momento se detuvo: dijo amor?

Solo su madre le decía así de pequeño pero ahora tenía otro significado. Fernando sintió por un momento que el placer tomaba otra dimensión; era piel, carne y pasión entre los dos y todo valía. Sería cierto que no importaba si los dos eran del mismo sexo?

Preguntas sin respuesta en ese instante de placer sintiendo la verga cada vez más húmeda entre sus labios, succionando con más y más habilidad mientras acariciaba los huevos. Alberto posaba su mano en la nuca de Fernando y le pedía apretar más los labios mientras se movía cada vez más intenso contra su boca.

Fernando aceptaba la orden con la seguridad que cada vez daba más placer a su amante.

De pronto sintió un espasmo fuerte en el capullo y en un instante su boca se llenó de chorros de semen espesos y tibios; Alberto dio un gemido fuerte y su mano apretó la cabeza de Fernando contra su pubis al punto que le provocó una arcada que le obligó a abrir la boca.

Su corrida se derramó por entre los labios, las comisuras y mojó el mentón.

Alberto sacó el miembro de su boca y le miró a los ojos; llenos de lágrimas otra vez, pero diferentes. Su rostro con ese aire casi infantil, su respiración entrecortada y sus labios cubiertos de crema espesa.

Tomó a Fernando por los brazos y lo elevó como si fuera de papel hasta ponerlo de pie en la cama. Lo rodeó por la cintura y se miraron.

Fernando se colgó de su cuello y sus bocas se buscaron en un beso increíble, erótico, sensual, pervertido. Labios, lenguas, saliva y semen entremezclados entre los dos con los cuerpos desnudos muy apretados en un abrazo intenso.

Las lenguas limpiaron cada vestigio de leche de cada rostro y finalmente se volvieron a mirar.

Fernando suspiró… “Alberto… no se que me pasa…me vuelvo loco contigo”

Sonrieron cómplices y así abrazados se tendieron en la cama que mezclaba tantos aromas de orgasmos que era imposible distinguir a quién pertenecían.

Acomodaron sus cuerpos y Fernando quedó con su cabeza sobre el pecho musculoso de Alberto. Suspiros y jadeos recuperando la respiración hasta volver a mirarse y sonreír juntos.

“Te gustó cariño?” le susurró.

“Nunca me imaginé algo así Alberto”

“No pienses ahora, solo disfrutemos juntos amor” le contestó.

Casi como un gesto inconsciente, Alberto manoteó el cajón de la mesa de luz; necesitaba fumar. Aunque casi nunca lo hacía, alguien dijo por allí que era el único momento que valía la pena encender y saborear un cigarrillo.

Tomó uno y antes de ponerlo en sus labios le preguntó a Fernando: “¿te molesta?”

“No, me encanta que lo hagas” le respondió.

Alberto no comprendió muy bien la respuesta pero encendió el cigarrillo con suavidad y exhaló una bocanada densa de humo mientras Fernando le miraba.

“Me encanta como lo haces…” le dijo.

El chico tomó el cigarrillo de sus dedos y lo llevó a su boca. Como por arte de magia sus gestos se tornaron femeninos como si Mónica hubiera despertado con el contacto con los labios; así dio una calada firme y suave como había aprendido mirando a su madre. Le miró a los ojos y soltó el humo provocativamente.

Alberto reconoció el gesto femenino y sonriendo le preguntó “acaso ahora eres Mónica?”.

“Si mi amor” respondió en un susurro y regresó el cigarrillo a los labios de Alberto esperando su calada.

Cuando la iba a exhalar, acercó sus labios y aspiró el humo de su boca en un gesto de erotismo inusual.

“¿Dónde aprendiste a hacer esto cariño?” le preguntó con una mezcla de asombro y excitación morbosa.

“Mónica mira películas antiguas donde las mujeres hacen esas cosas” le respondió con una sonrisa.

Alberto estaba excitado nuevamente, le tomó por la cintura y lo montó sobre su cuerpo en tal forma que los pubis quedaron rozando. No era solo él quien se había excitado; tomó entonces a Fernando por las caderas y lo frotó contra su piel de forma que las vergas duras se frotaron sin pudor.

Eran bien diferentes en tamaño y grosor pero estaban calientes y húmedas de nuevo.

Colocó el cuerpo menudo sobre su vientre y su verga quedó tocando las nalgas del chico, que instintivamente comenzó a moverse lentamente sobre el miembro duro. Alberto lo acompañaba en el movimiento con una mano en las nalgas y la otra acariciando su pequeño miembro.

“¿Quieres probar algo más intenso mi amor?” preguntó entre jadeos.

“No lo sé, me da temor, ayúdame por favor…”

Por un instante tuvo ganas de penetrarle sin piedad y saciar su hambre de ese culo virgen y apretado, pero algo lo contuvo.

“Tranquilo… solo frótate contra mi?

Fernando comenzó a moverse rítmicamente sobre su cuerpo con la verga rozando sus piel, por momentos apretada entre sus nalgas; notó el roce del miembro caliente en su esfínter apretado y se dio cuenta que le causaba placer, pero sentía temor.

Alberto gemía cada vez más intenso y estaba a punto de correrse otra vez; en un instante lo empujó y le gritó “dame tu boca otra vez por favor!”

El chico se colocó de inmediato entre sus piernas y se abalanzó con su boca húmeda sobre la verga caliente rodeándola con su labios, succionando con fuerza y masturbándole; en poco tiempo su boca parecía experta en el arte de dar placer a un hombre. La pasión sin control del chico provocó que Alberto volviera a correrse totalmente en su boca.

Fernando volvía a recibir una carga densa en su boca pero sabía que hacer ahora: se deslizó sobre el cuerpo de Alberto hasta que las bocas se encontraron y en otro beso lascivo y pervertido compartieron por largo tiempo el néctar blanco y espeso entrelazando lenguas y devorando sus bocas con pasión intensa.

La verga pequeña de Fernando estaba hinchada y casi le dolía apretada en el vientre de Alberto; se corrió tan solo al frotarla contra la piel desnuda mientras se besaban apasionadamente. Frotó su pecho contra la piel empapada de su semen y volvieron a abrazarse fuerte sin dejar de comerse las bocas.

Estaban exhaustos y apenas era la medianoche.

Fernando le miraba a los ojos fascinado; su iniciación sexual era algo inesperado pero se sentía como algo perfecto que apenas comenzaba.

“A qué hora partimos para la playa mañana?” le preguntó a Alberto.

“Perdona mi amor, olvidé contarte que no resolví mi problema en el estudio y debo quedarme otra noche aquí contigo…” contestó con una sonrisa tierna.

Fernando suspiró profundo, sonrió y se dio cuenta que no era algo casual. Fundió su cuerpo con el de su amante; sus labios se encontraron otra vez, sus lenguas giraron cubiertas de saliva y restos del néctar de sus vergas.

Finalmente había descubierto el sexo y así, durmiendo piel con piel con el novio de su madre, pasó la primera noche de lo que se prometía ser una larga y apasionada relación de pasión.

Alberto no podía dejar de pensar en los deseos que había sentido de penetrar ese culo hermoso, pero sabía perfectamente que este era el primero de muchos encuentros con su joven amante. Cada paso sería una oportunidad para saborear algo diferente, más erótico y lascivo; todo era cuestión de seguir incitándole a probar cosas juntos y así llevarle a donde quisiera por el camino del placer.

Se dejaba ganar por el profundo placer y cumplía una de sus fantasías más secretas de tener de amantes a una mujer y a su hijo.

Desnudos, abrazados, cubiertos de semen y transpiración en una noche de verano inolvidable, se quedaron dormidos casi al mismo tiempo.

No contaba con que algunas cosas cambiarían cuando finalmente, conociera íntimamente a Mónica.

 

El descubrimiento de Fernando

Fernando explora su sexualidad I