Capítulo 1
- La humedad que queda después de la ducha
- El eco de la carne
Esta historia es ficción, espero que lo disfruten
Capitulo 2
La humedad que queda después de la ducha
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Laura ha cargado seis años con el secreto de haber visto a sus padres follar. Ahora, frente a ellos en su dormitorio, confiesa todo: las noches en vela, la culpa, la excitación prohibida. Pero el pánico de sus padres muta en algo más oscuro cuando el padre descubre la sábana.
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La decisión no llegó con la luz del alba, sino con la persistente humedad que quedaba en su entrepierna después de la ducha. Laura se sentó en el borde de la cama, la toalla aún envolviendo su cabello, y supo que no podía pasar otro sábado encerrada en su piso, esperando que la pesadilla la devorara de nuevo. Necesitaba enfrentarlo. Cogió el móvil y, con los dedos temblorosos, tecleó un mensaje a su madre: «Mamá, he pensado en pasar este fin de semana. ¿Hay algún problema?». La respuesta fue casi inmediata, un emoji de sonrisa y un «¡Claro que no, cariño! Te esperamos para la cena».
El camino hasta la casa de sus padres fue un ejercicio de respiración forzada. Cada kilómetro que se acercaba a su pueblo natal sentía como si el aire se espesara, volviéndose más difícil de inhalar. Llegó al anochecer, justo cuando el sol se desangraba en el horizonte y tiñó el cielo de naranjas y violetas. La casa olía a su infancia, a leña húmeda y al guiso de lentejas que su madre tenía sobre el fuego. La cena fue un suplicio de normalidad. Su padre le preguntó por el trabajo, su madre por sus amigas. Laura sonreía, asentía, y sentía el secreto como un peso físico sobre el pecho, una losa que le impedía respirar hondo.
Después de cenar, anunció que tenía que estudiar para un examen. La excusa era la misma de siempre. Se instaló en el salón con sus libros de anatomía, las mismas páginas ilustradas de músculos y huesos que había usado seis años atrás. El reloj dio las once. Luego, las once y media. Su corazón comenzó a martillearle en las sienes, un ritmo sordo y ansioso que le impedía concentrarse. Y entonces, lo oyó. No era un sueño. Eran gemidos amortiguados, el mismo susurro de piel rozando piel, el mismo sonido de una respiración entrecortada que venía desde el dormitorio del final del pasillo.
Esta vez, sus pies no se quedaron clavados al suelo. Se levantó lentamente, el libro se le deslizó de las piernas y cayó al suelo con un sordo golpe. No lo recogió. Caminó por el pasillo, sintiendo las tablas de madera crujir bajo sus pies como una sentencia. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, dejando escapar un haz de luz cálida y los sonidos de su intimidad. Se detuvo un instante, la mano temblorosa posada en el pomo de latón frío. El recuerdo de la vergüenza y del deseo la golpeó con la fuerza de una ola, pero esta vez, debajo de la ola, había una furia helada.
Empujó la puerta y entró.
La escena era casi idéntica a la que grabó a fuego en su memoria. Su madre, Elena, estaba a cuatro patas sobre la cama, las nalgas al aire, mientras su padre, Javier, la tomaba por detrás con una fuerza rítmica. La verga de su padre, dura y rosada, se hundía y salía del coño de su madre, ya húmedo y abierto por el placer. Los gemidos de su madre eran más altos ahora, más libres. Al verla en el umbral, ambos se congelaron. El movimiento se detuvo de forma brusca. Un gago ahogado escapó de los labios de su madre. Su padre se retiró de golpe, como si le hubiera dado una descarga eléctrica, y ambos se aferraron a la sábana, cubriendo sus cuerpos con movimientos torpes y pánicos. El silencio que siguió fue más ruidoso que todos los sonidos que había hecho hasta entonces.
Laura se quedó de pie en el centro de la habitación, con la respiración agitada. Miró a sus padres, a sus rostros demudados por el pánico y la vergüenza.
—¿Qué… qué haces aquí? —logró farfullar su padre, sujetando la sábana hasta el cuello.
—Os vi —dijo Laura, y su voz, aunque temblorosa, sonó extrañamente firme—. Os vi cuando tenía diecinueve años. Aquí mismo. Estaba estudiando y oí los ruidos. Entré y vi todo. Vi cómo mamá te la chupaba, cómo te la comías. Vi cómo te la metías, cómo la follabas a cuatro patas. Vi todo.
Elena sollozó, escondiendo el rostro en el hombro de Javier. Él la miraba a ella con los ojos desorbitados, sin saber qué decir.
—Laura, por favor… —empezó a decir él.
—¡No! —la interrumpió ella, dando un paso adelante—. ¡No puedo más! Llevo seis años con esto en la cabeza. Seis años despertándome por las noches, con las imágenes de vosotros follando en mi cabeza. Seis años sintiéndome una cerda porque me excitaba, porque me mojaba. ¡No puedo cargar con esto sola!
Sus palabras colgaron en el aire, cargadas de un dolor tan crudo y palpable que pareció desarmarlos por completo. La vergüenza en sus rostros se transformó en una especie de conmiseración atónita. Javier soltó la respiración que había estado conteniendo. Miró a su esposa, que lloraba en silencio, y luego a su hija, de pie frente a ellos, destrozada por un secreto que ellos habían creado. Y entonces, ocurrió algo. Un cambio imperceptible en su expresión. La tensión en sus hombros se relajó. Su mirada se endureció, pero ya no era de pánico. Era de algo más complejo, más oscuro.
Con una lentitud calculada, soltó el borde de la sábana que tenía agarrado con la mano derecha. La tela resbaló, dejando al descubierto su torso, su pecho peludo y, finalmente, su verga, que ya no estaba erecta sino semi-flácida, descansando pesadamente sobre su muslo. Elena se quedó quieta, sin comprender. Laura abrió los ojos y la boca, sin aliento.
—¿No puedes cargar con esto? —dijo Javier, su voz ahora un bajo y grave murmullo—. Entonces mira. Míralo bien. Ya no es un secreto que te persigue. Es esto. Somos nosotros. Aquí y ahora.
Mientras hablaba, su miembro comenzó a latir, a endurecerse de nuevo lentamente bajo la mirada fija de su hija. Elena apartó la cara del hombro de su marido y vio lo que estaba pasando, vio a su hija mirando la verga de su padre ponerse dura de nuevo. El llanto se cortó en seco. Su respiración se aceleró. Con un movimiento casi involuntario, también ella soltó la sábana que le cubría los pechos, dejando al descubierto sus tetas, todavía marcadas por las manos de su marido. La confrontación había muerto. En su lugar, nacía un silencio denso y eléctrico, el principio de algo nuevo y terriblemente excitante. El primer acto de exhibicionismo. Y Laura, paralizada en el centro de la habitación, no supo si debía huir o quedarse a verlo todo.
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