Esta historia es de mi creación cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La brisa marina acarició los mechones castaños de Lucie mientras ella y Joel avanzaban por la orilla con pasos vacilantes, completamente vestidos en medio de cuerpos desnudos que se movían a su alrededor con naturalidad. Lucie notó cómo su maillot de una sola pieza, azul celeste con detalles blancos, parecía gritar su incomodidad; el tejido almidonado se adhería a sus pechos generosos y marcaba la curva tersa de su trasero, haciéndola sentir más expuesta que si hubiese estado desnuda. A su lado, Joel, camiseta negra pegada al torso atlético y pantalones cortos húmedos por la espuma, se rascó la nuca con una carcajada nerviosa.

—Parecemos marcianos —murmuró él, mirando a una pareja que jugaba a perseguirse sin un solo hilillo de tela entre ambos.

—No me lo recuerdes —susurró Lucie, bajando la mirada hacia sus pies, donde las olas lamían sus tobros con tibieza tentadora. El sol reflejaba destellos dorados en el agua, y cada risa que llegaba desde los grupos de bañistas desnudos le calaba el pecho con una extraña mezcla de envidia y candente curiosidad.

Joel se detuvo, giró sobre la arena y la estudió con ojos traviesos que brillaron bajo la visera imaginaria del sol—. Oye, ¿y si simplemente… nos unimos? Nadie nos conoce aquí. Es como un reset —propuso, alargando la mano para rozar con sus dedos la de ella. El contacto produjo una chispa que hizo temblar a Lucie. Contempló el entorno: la libertad palpable en cada gesto, la piel bronceada ondeando con la misma desenvoltura que las gaviotas sobre sus cabezas. Un calor húmedo le palpitó entre las piernas; el deseo de sentir la brisa fluyendo por sus propios rincones la asaltó con fuerza imprevista.

—¿Estás seguro? —preguntó, aunque ya sus dedos se enroscaban a los del chico, aceptando aquel impulso desconocido antes que la timidez la venciera.

Joel contestó con una sonrisa pícara. Se agarró la camiseta por el bajo y la despabelló de un tirón; el algodón pasó por encima de su cabeza y aterrizó sobre la arena como una bandera de rendición, mostrando el pecho liso y definido que Lucie tantas veces había admirado en fotos, mas nunca bajo la luz abrasadora de un mediodía playero. Sin perder tiempo, él se bajó los pantalones cortos, dejando al descubierto un tronco poderoso y su miembro viril, aún flácido pero prominente entre muslos fuertes.

Lucie sintió un nudo en la garganta; la adrenalina la hizo temblar mientras sus manos se deslizaban hacia los tirantes del bañador. Se detuvo un segundo: observó a Joel, la tranquilidad en su actitud transmitiéndole coraje. Suspiró, tiró de la tela hacia abajo y dejó que el maillot cayera al suelo. De pronto, el sol besó cada centímetro de su piel, el aire le recorrió las lombras del pubis depilado y la punta de sus pezones quedó erizada, como si el océano mismo hubiese soplando su nombre. Sus senos, grandes y turgentes, se mecieron con el movimiento al separar los pies y soltar la prenda. Joel la miró con el brillo de quien contempla un cuadro secreto: el cuerpo esbelto, la cintura estrecha, la complacencia naciente que asomaba a los pómulos de ella.

—Wow… —musitó él, y su voz se quebró algo; luego enderezó los hombros, adoptando una teatricalidad juguetona—. ¡Bienvenida al mundo libre, Lucie-chan!

Ella soltó una carcajada vacilante, cubriéndose con los brazos antes de impedírselo: «¿A quién protejo? Todos aquí están igual». Bajo los dedos tensos, la calidez de sus propias tetas la calmó; soltó los brazos, permitió que se balancearan con naturalidad y aceptó la corriente. Joel agitó su ropa enrollada y la metió dentro de la mochila que llevaba a la espalda tras saltarla al hombro. Lucie hizo lo propio con su maillot; la tela húmeda dejó una mancha oscura en la lona.

Siguieron caminando, ya desnudos. Cada paso producía una sensación insólita: la arena se colaba entre los dedos, el roce de los glúteos al caminar, la brisa que le susurraba a sus pezones como si les contara secretos salados. Joel fue el primero en romper el silencio:

—¿Sabes? Me siento… más ligero. Como si quitarse la ropa hubiese limpiado la cabeza de polvo —confesó, dando un pequeño salto que hizo rebotar su pene semi-erecto. Lucie notó cómo el calor entre sus muslos se intensificó al ver aquella estampa jovial; el deseo de tocarlo, de que él la tocara, crecía como la marea.

—Tienes razón —dijo ella, y su timbre sonaba más grave que de costumbre, emborronado de excitación contenida.

Se adentraron por la orilla hasta que el tumulto quedó atrás: voces apagadas a lo lejos, el rumor de unos parlantes portátiles ahogado por el viento. La arena se transformó en guijarros húmedos; la costa serpenteó hacia un grupo de rocas volcánicas que, erosionadas por el oleaje, formaban una enclave íntimo, una coreografía grisácea de superficies lisas y salientes protectores. Nadie los observaba; solo los cormoranes aleteaban sobre los promontorios.

Lucie adelantó unos pasos, palpó la piedra tibia al sol y se dejó caer sobre una ondulación cóncava que se acomodó perfectamente a la curva de su espalda. El cielo azulado estalló por encima de ella; el mar, un oleaje armonioso, llenaba el panorama con su respiración lenta. Oyó los pasos de Joel acercarse por la parte posterior de la roca; el eco de sus talones contra la piedra vibró en su pecho. Se volvió apenas, el cabello cayéndole por la espalda como una cascada de miel, y vio cómo él se detenía a su altura, la mirada oscura y penetrante. El silencio entre ellos se espesó, poblado únicamente por las olas y por el latido compartido que ambos sentían en las venas.

Joel se inclinó; su respiración caliente le rozó la nuca. Lucie se arqueó instintivamente, presintiendo la urgencia masculina palpitando contra sus glúteos. No dijo nada: solo deslizó la mano hasta la cintura de ella, empujando su cuerpo contra el suyo. La piel de Lucie se erizó; notó la dureza del pene de él creciendo, apretándose en la hendidura entre sus nalgas. Compartiendo un gemido contenido, ella se apoyó de codos sobre la superficie rugosa, arqueó la espalda y elevó el culo hacia él, ofreciéndose con la confianza de quien ya no existe dentro de la civilización.

Joel estrechó sus caderas con ambas manos, marcó el ritmo con movimientos circulares, humedeciendo la punta lanzada entre los pliegres de aquella piel perfecta. Sintió la humedad se desbordar cuando el glande rozó la entrada de su coño; miró hacia abajo, contempló cómo sus labios se separaban como pétalos mojados. Empujó despacio, permitiendo que la presión se abriera paso. Lucie ahogó un gemido gutural que resonó entre las rocas cuando, de golpe, él se hundió hasta el fondo. La sensación de estar completamente llena en plena naturaleza la hizo temblar; el aire salado le llenó los pulmones mientras Joel iniciaba un vaivén pausado, casi detective, reafirmando cada centímetro de aquel túnel estrecho y ardiente.

La primera embestida fue lenta, regalándole el placer de sentir cómo cada nervio interno se encendía; la segunda fue más firme, produciendo un chapoteo húmedo cuando sus ingles chocaron. Joel agarró la nuca de ella, acomodó la melena entre sus dedos y empujó con mayor determinación, como si desease grabar aquel momento con el sonido de las olas de fondo. Lucie ya no pudo contenerse: sus pechos rebotaban al compás, su rosario de gemidos se volvió más agudo con cada golpe que le golpeaba el clítoris desde dentro. El clímax se precipitó; el músculo interno se contrajo time after time, estrujando la dureza que lo llenaba, y ella gimió un «¡Joel…!» que el viento se llevó mientras el orgasmo la sacudía en olas más brillantes que el propio mar.

El cuerpo de ella aún temblaba cuando Joel se retiró, la virilidad erecta reluciente con sus jugos. La tomó de la cintura y la giró con facilidad, sentándola sobre la superficie horizontal de la roca. Lucie se agarró a sus hombros; sus pezones, erectos y sensibles, rozaban el vello pectoral de él. Joel inclinó la cabeza, besó el cuello bronceado mientras alineaba su miembro con la entrada aún palpitante. Lucie envolvió sus piernas alrededor de la cintura del chico y tiró de él hacia adelante; el pene resbaló hasta el fondo en un solo movimiento, haciéndola arquear la espalda contra la piedra tibia y rugosa.

El ángulo nuevo permitió penetraciones más profundas; Joel se ocupó de marcar un ritmo despiadado, clavando la mirada en la de ella, compartiendo alientos rápidos. Cada sacudida producía un sonido húmedo que se mezclaba con el retumbar distante de las olas. Lucie sentía los labios de su contraída, el frote contra el útero, la pinga de él que parecía esforzarse por desglosarla en placer. Apretó los muslos alrededor de él, buscando fricción en su monte de Venus, y pronto un segundo orgasmo le explotó dentro, haciéndola gritar, una exhalación ronca que se perdió entre graznas de gaviotas.

Joel la sostuvo contra la roca, pero su respiración se acortó; el placer de sentir aquellas contracciones lo aprisionó. Cuando los espasmos de Lucie se atenuaron, él se retiró lentamente, la giró de nuevo y la posicionó de espaldas, guiándola hacia una prominencia baja que obligó a la chica a doblarse, dejando ese culo firme en alto. Con una mano le separó las nalgas; con la otra se agarró un pecho generoso, apretando el pezón entre los dedos. La penetración fue rápida esta vez, la excitación al máximo, la savia de ambos mezclada y chorreando por sus muslos. Lucie gimió, la cabeza colgando, el pelo cayendo como cortina ante sus ojos entrecerrados.

Joel lanzó embestidas que temblaban hasta la médula de la roca. Agarró con la segunda mano el otro seno, sosteniéndola como si quisiera impedir que se derrumbara bajo la embestida. La urgencia lo dominaba; sentía la base de su pene palpitar, los testículos contraídos, el líquido caliente subiendo por el conducto. Lucie justo dio otro gemido agudo cuando una tercera ráfaga de placer, más intensa aún, la recorrió; el coño se apretó con fuerza salvaje y eso fue suficiente: Joel dejó escapar un gruñido áspero, clavó la polla al fondo y se soltó, eyectando chorros espesos que llenaron el útero en pulsaciones prolongadas, una, otra, otra, hasta que ambos quedaron vacíos de fuerza.

El silencio que siguió fue apenas interrumpido por el retorno de una ola que salpicó sus tobillos con agua fría. Joel se desplomó sobre la espalda de ella, sus pechos aún entre las manos, su respiración acelerada vibrando contra la piel húmeda de sudor y sal. Lucie rió flojo, un sonido quebradizo, y se giró lo suficiente para que sus rostros coincidieran. Se besaron con pereza: un choque de labios salados, lengua que se entregaba, sabor a mar y algodón de cielo. Se deslizaron hasta quedar sentados sobre la roca, él aún dentro, abrazados, sudorosos, brillando como si un destello de sol se hubiese posado sobre sus cuerpos.

Joel separó mechones mojados de la cara de ella—. ¿Quién diría que esto empezó con un simple «sigamos la corriente»? —susurró, la frente contra la de ella.

—El mar tiene ese poder… —respondió Lucie, y su sonrisa se amplió, satisfecha, soñadora—. Siempre recordaré esta playa.

 

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