Capítulo 4

ADRIANA

Se dieron un beso en la boca cuando se despidieron. Seco, rápido. Y cuando Javier salió, Adriana se quedó sola en el silencio de la casa. El olor a Javier, a sudor y a tabaco, todavía flotaba en el aire. Respiró hondo. Ese aroma era su recompensa. El resto de la mañana y el mediodía, fue de eliminación de pruebas, cambiando las sábanas, aireando, ordenando y limpiando. Ni siquiera almorzó, prefiriendo dormir.

A las siete y cuarto de la tarde estaba en el portal de sus padres. Cristian salió corriendo hacia ella con un dibujo en la mano.

—Mira, mamá, un coche.

—Qué bonito, mi vida —dijo ella, cogiéndole la mano y el dibujo—. Vamos, a cenar.

La rutina de la noche fue un bálsamo. La pelea de Cristian porque no quería comer el pescado, el baño con los playmóvil tirados por el plato de la ducha, el cuento de los tres cerditos leído tres veces. Cada gesto, cada palabra, la anclaba a su vida, a la madre que era. El sexo con Javier se volvió algo lejano, algo que le había pasado a otra mujer.

A las nueve se sentó en el sofá con el niño, con Bob Esponja en la televisión. Esperó. El móvil estaba sobre la mesa, boca abajo. No vibró. A las nueve y media, oyó la llave en la cerradura.

Ernesto entró con una maleta de ruedas y la cara cansada. Antes de que pudiera dejarla en el pasillo, un rayo salió desde el salón.

—¡Papá!

Cristian corrió a toda velocidad y se lanzó a los brazos de su padre. Ernesto, con una agilidad que Adriana no le conocía, dejó la maleta, levantó a su hijo en volandas y lo aupó hacia el techo, haciéndolo reír a carcajadas.

—¡Más arriba! ¡Más arriba! —gritaba el niño, agarrado a su cuello.

—¿Y qué tal mi campeón? ¿Has sido bueno? —preguntó Ernesto, acercándolo a su cara y dándole besos sonoros en la mejilla.

Se acercaron hasta donde estaba Adriana en el sofá. Ella los miró. Y en ese momento, sonrió. Una sonrisa genuina, casi cómplice. Veía a su marido en el único lugar donde le era imposible no respetarlo: como padre. Como ese buen hombre cansado que adoraba a su hijo y que era capaz de encontrar fuerzas para jugar con él después de mil kilómetros de autopista. Por un instante, la jaula parecía un hogar.

—Mira, mamá, ¡papá me ha cogido!

—Ya lo veo, cariño. Venid, que es tarde.

Ernesto dejó al niño en el suelo.

—Vamos a dormir, campeón. Mañana te cuento un cuento.

Se llevó al niño a la cama y Adriana escuchó sus murmullos desde el salón, las promesas de un mañana juntos. Cuando Ernesto volvió, el buen hombre se había desvanecido. Volvía el marido cansado.

Fue a la cocina y se sirvió un vaso de leche. Volvió y se sentó en el sillón, frente a ella, no a su lado. Se quedaron en silencio un rato, el murmullo de la tele como única compañía. Él se rascaba la barbilla, con la mirada perdida. Ella observaba la forma en que sus hombros caían, el peso del día.

—¿Qué habéis hecho hoy? —preguntó él al fin.

—Nada. Lo de siempre. Llevar a Cristian a sus abuelos, recoger, cenar, pelear por el pescado.

Él sonrió, una sonrisa cansada.

—Suena bien.

Adriana no respondió. Pensó en la fuerza de Javier sobre ella, en el gruñido animal que soltaba cuando la embestía. Paz.

—Bueno, me voy a la cama —dijo Ernesto, levantándose—. Mañana tengo que madrugar.

—Voy yo también.

Se levantó y lo siguió al dormitorio. Mientras él se desvestía, ella se fue al baño. Se lavó los dientes, se miró en el espejo. La misma mujer de siempre. La madre. La esposa. Volvió al dormitorio. Ernesto ya estaba en la cama, de espaldas, con el pijama puesto. Se acostó a su lado, dejando un espacio bien definido entre sus cuerpos.

Apagó la luz. La habitación quedó a oscuras, a excepción de la luz azulada del despertador. Escuchó la respiración de su marido, regular y profunda. Un respirar tranquilo. Un respirar sin prisa. Cerró los ojos. Intentó pensar en la mañana siguiente, en el colegio de Cristian, en la compra que tenía que hacer. Pero su cuerpo, traicionero, recordaba otro peso, otra respiración. Sintió un calor antiguo en el bajo vientre, un eco lejano de la tarde.

Se giró en la cama, mirando la espalda de Ernesto. No sintió deseo. Ni rabia. Ni siquiera pena. Y supo, con una claridad heladora, que en cuanto pudiera y Ernesto se fuera a trabajar fuera, ella volvería a llamar a sus padres para ver si podía tener al niño. Que volvería a dejar la casa ordenada. Que volvería a esperar.

Eso era todo.

Pero entonces, el cuerpo de Ernesto se movió. Se giró hacia ella y le apoyó una mano en la cadera, un gesto torpe, casi de relojería.

—Cariño… —su voz era un murmullo ronco, pastoso por el sueño—. Hoy… por favor.

Ella no dijo nada. Se giró para enfrentarse a él y, en la oscuridad, su mano bajó hasta su entrepierna y encontró el metal frío a través del tejido del pijama. La cerradura. Pequeña, definitiva. Con unos dedos expertos que no parecían suyos, encontró la llave, la giró y liberó el mecanismo.

Sintió el miembro de Ernesto, ya duro, pulsar contra su palma. Se quitó el pijama con una rapidez mecánica y se colocó encima de él, guiándoselo hacia dentro. Estaba seca. La entrada fue un roce áspero, casi doloroso, pero ella no hizo ninguna mueca.

Él no duró. Diez segundos, quizás menos. Un jadeo ahogado contra su cuello, una sacudida corta y seca, y se quedó quieto. Un silencio pesado llenó la habitación.

—¿Ya está? —preguntó Adriana. Su voz era plana, sin curiosidad.

—Sí… —suspiró él, con el aliento caliente contra su piel—. Tenía muchas ganas.

Ella se apartó, con la misma eficiencia con que se había puesto encima. Se recostó en la cama, alargó la mano bajo la almohada y sacó un trozo de papel higiénico. Con indiferencia, se limpió la entrepierna, tirando después el papel al suelo, al lado de la cama. Se giró, le dio un beso en la mejilla.

—A dormir.

No se movió. Lo mantuvo cerca, sintiendo su cuerpo relajarse. Esperó a que su respiración se hiciera más profunda, más soñolienta. Entonces, susurró al oído, una frase lanzada al vacío.

—No estoy tomando las pastillas.

Ernesto se tensó al instante. En la penumbra, Adriana sintió su mirada clavarse en ella, una mirada de espanto puro, de pánico.

—¿Qué…? —logró decir.

Ella sonrió. Una sonrisa lenta, invisible en la oscuridad, que él no pudo ver. Su pensamiento no estaba en Ernesto. Estaba en Javier, en la forma en que la miraría, en cómo la follaría con esa panza y esas tetas pesadas. En cómo la poseería.

—Tranquilo —dijo, apartándose y recuperando su lado de la cama—. Es broma.

Ernesto soltó el aire en una risita nerviosa, temblorosa.

—No hagas esas cosas, Adri… no me gustan.

Ella no respondió. Se giró y le dio la espalda. Cerró los ojos. La broma había sido para él. La verdad, para ella. Y con esa verdad guardada en el bajo vientre, se quedó quieta, escuchando el ruido de su propio corazón, mientras a su lado, su marido tardaba en encontrar el sueño.

JAVIER

La semana se fue deslizando hasta el jueves. Los días en los que en la empresa hacían jornada continua, eran peligrosos. Más tiempo en el bar, más cerveza y Raquel además estaría en casa, por lo que debía mantener cierto control.

Sandra le estaba poniendo enfermo. Muchos días sin follar y el movimiento de sus tetas y de su culo, parecían atraparle entre cerveza y cerveza.

—Es una mierda…— apuntó Sabino tras contarle a Javier sus desgracias en el trabajo y golpeando con brusquedad el vaso vacío sobre la barra— si no, le voy a putear y que me eche, así que me pague…

—Es lo que tienes que hacer— pero Javier, apoyado en la barra, estaba más pendiente de cómo los leggins de Sandra marcaban su culazo. Su mente estaba ya ligeramente nublada por la cerveza, le mostró un cigarro a su compañero de barra y salió a la terraza del bar para fumar.

—Los viciosos…

Sonrió Carla fumando también fuera del bar.

—Es lo que hay— Javier la miró expulsando el humo de la primera calada y tosiendo ligeramente. Treinta y pocos, siempre sola, follable… pero rara. Solía frecuentar de manera diaria el bar y luego estaba días e incluso semanas sin aparecer—hacía tiempo que no andabas por aquí.

—El puto curro… ahora estoy a turnos— se humedeció los labios y devolvió la mirada a Javier— ¿qué?

—Nada… sólo eso, que hacía tiempo que no estabas por aquí.

—¿Y me echaste de menos? —rio roncamente.

—No se puede echar de menos lo que no se conoce…

Carla le miró frunciendo el ceño.

—No estoy para gilipolleces, Javi.

Expulsó el humo y tiró el cigarro al suelo para entrar de nuevo al bar.

—No son gilipolleces.

Carla se paró un instante y se giró.

—Ni de palo, Javi…

—Tú te lo pierdes— repuso él con una sonrisa sardónica. Sabía que Carla se subía a jovencitos a su casa, casi todo el mundo lo sabía. Jovencitos calientes cansados de apañarse con la mano…—pensaré en ti cuando me duche…

La tarde se fue apagando.

—Eh, Sandrita— le susurró con tono ya afectado por el alcohol Javier—¿por qué coño estás tan buena?

Sabino y David, que se había unido hacía un rato, rieron ante el desparpajo de Javier.

—Para joderte— le espetó ella sonriendo mientras limpiaba la barra.

—¿Te espero a que cierres?

—Espérame sentado en la acera.

—Joder, que antipática—rio entre dientes Javier.

De pronto notó que le agarraban del brazo. Era Carla.

—Ven conmigo, anda…— le dijo en voz baja tirando de él.

Salieron fuera y Carla se puso un cigarro entre los labios y le ofreció otro a Javier que encendió.

—¿Te la has follado alguna vez?

—¿A Sandra? — respondió con una sonrisilla que no dejaba márgenes a la duda.

—Qué hijo de puta, je, je, je…

—Oye, que ya sé de qué palo vas tú. No eres una monjita…

—¿Tienes condones?

—Un par… ¿para?

—Gilipollas. Te crees la hostia, ¿no?.

Javier torció el gesto, se recompuso. Expulsó el humo violentamente.

—Mira, tía… si quieres follar, vamos, pero no me toques los cojones—su voz se tornó hielo—no soy un puto crío de esos que te follas…

—Cerdo putero…—un tono sibilante y rabioso se le escapó. Pero de pronto recuperó la sonrisa—págale a la zorrita las cervezas y vamos a mi casa.

Javier dudó apenas un par de segundos. Las voluminosas tetas de Carla, sumadas a la calentura que arrastraba desde hacía horas, inclinaron la balanza. Gruñó algo ininteligible, apagó el cigarro contra el suelo, pagó su cuenta y la de ella, y se despidió de Sabino y David. Ambos lo miraron con una mezcla de envidia y resignación cuando les anunció que se marchaba con Carla.

No vivía lejos. Caminaron en silencio, ella siempre un par de pasos por delante, cruzándose con gente que ya regresaba a casa. El calor aún se pegaba a la piel, pero septiembre empezaba a refrescar las tardes.

El piso de Carla olía a nicotina rancia, ceniza vieja y encierro. Incluso Javier frunció ligeramente el gesto al entrar. Era pequeño, oscuro, pero sorprendentemente limpio. Pasó un dedo por la mesita del recibidor: ni rastro de polvo.

—¿Quieres tomar algo? —dijo ella desde la cocina—. Para follar contigo, voy a necesitar beber algo fuerte… ja, ja, ja.

—Lo que tomes tú.

Javier se dejó caer en el sofá de dos plazas. Carla regresó con dos vasos de líquido transparente… y solo con el sujetador puesto.

—Salud.

Chocaron los vasos.

—Y frente rojo.

La ginebra le abrasó la garganta.

—Hostia puta… ¿me has traído aquí para envenenarme? —tosió, dejando el vaso en la mesa de cristal.

—No seas blandengue.

Sin más preámbulos, Carla se plantó frente a él y empezó a desabrocharle el cinturón. Javier, torpe, alargó las manos para subirle el sostén. Las tetas cayeron pesadas, desafiando la gravedad.

—Vaya tetazas gastas…

Carla no respondió. Le bajó el pantalón y el calzoncillo; Javier se levantó lo justo para facilitarle la tarea. Ella le agarró el miembro, ya duro, y comenzó a pajearlo con desgana.

—¿Qué, qué te parece? —rió él.

—Me parece que vayas al baño y te laves… joder.

Javier frunció el ceño. Pero al cruzar la mirada con ella supo que solo tenía dos opciones: obedecer o largarse. Y largarse no entraba en sus planes.

—Vamos —apremió Carla, quitándose el sujetador.

—¿Y tú qué? —gruñó él.

—Mi coño, mis reglas.

Mascullando, Javier terminó de desnudarse y se dirigió al baño. Se sentó en el bidé y se limpió con gesto mecánico, sintiéndose más alumno castigado que macho alfa.

Cuando regresó al salón, Carla estaba completamente desnuda, sentada en el sofá con las piernas abiertas, acariciándose sin pudor.

—Ven aquí, cabrón… cómeme el coño.

Javier avanzó despacio, hipnotizado por el movimiento de sus dedos.

—¿Qué pasa? —dijo ella, llevándose los dedos húmedos a la boca—. Te aseguro que soy muy, muy sabrosa… no seas tímido.

Comer coños nunca había sido su especialidad. Prefería los dedos, el empuje, el acto directo. Se arrodilló, apoyó las manos en los muslos de ella y acercó la boca, respirando el olor denso, animal.

Lamió. Chupó. Y ella lo apartó.

—¿No sabes ni comer un coño?

—Yo soy más de follarlos…

—Pues si no me corro en tu boca, olvídate de meterme eso.

—¿De qué vas tú?

—Mi coño, mis reglas.

—Eso ya lo habías dicho…

Volvió a hundirse entre sus piernas.

Los gemidos de Carla empezaron a subir de volumen. Con ambas manos atrajo aún más a Javier hacia ella.

—Eso es… eso es… no pares, no pares, cabrón…

Y no paró. A Javier le faltaba el aire. En su boca, el sabor intenso de Carla lo desbordaba todo. Ella se tensó, pasó del gemido al grito y acabó dejándose caer de lado, riendo, con la respiración agitada y el cuerpo aún tembloroso.

Javier, todavía arrodillado, la observó mientras su erección palpitaba a punto de estallar. Se incorporó con gesto decidido.

—Ahora me toca a mí.

La agarró del brazo para obligarla a acomodarse, pero Carla lo apartó de un empujón más brusco todavía.

—Cuidado, gilipollas. No soy una de tus putas…

—Eres la más puta de todas. Vamos, date la vuelta.

La bofetada sonó seca.

—Al suelo. Vamos… te voy a follar yo a ti, cerdo.

Le empujó y Javier acabó sentado primero sobre la alfombra. La bofetada y la actitud de Carla lo habían dejado en estado de shock. Ella terminó forzándolo a tumbarse y se acomodó a horcajadas, agarrando su polla para guiarla y acogerla..

Se dejó caer y empezó a moverse sin mirarlo siquiera. Cerró los ojos y, con plena consciencia, murmuró:

—Oh, Fran… sí… cómo me gusta follarte así…

Javier permaneció inmóvil, observándola. Carla se aproximaba al clímax, pero en él algo se estaba apagando. Una sensación extraña, casi humillante. Su deseo se disipaba, su erección comenzaba a flaquear.

Carla rió.

—Menos mal que… oh… sí… sí… me corro… joder… qué bien…

Se dejó caer sobre su pecho, aplastándole las tetas contra el cuerpo. Luego alzó la cara y lo miró con una sonrisa torcida.

—¿Qué le pasa a tu pollón? —susurró, echándole el aliento en la cara—. ¿No aguanta el ritmo?

Javier la apartó con brusquedad y se levantó. La miró con rabia contenida mientras se vestía a toda prisa.

—No mereces mi lefa, puta —murmuró, con la voz quebrada por la indignación.

Carla rio, sentada en el suelo.

—Me has alegrado la tarde, muñeco. Ja, ja, ja.

Javier salió dando un portazo. En la calle, todavía alterado, tropezó un par de veces camino de casa.

Cuando llegó a casa abrió la puerta con un golpe seco, sintiendo el chirrido de los goznes como una aguja en la sien. El salón estaba a oscuras, iluminado solo por el resplandor azul de la tele. Raquel estaba en el sofá, las piernas encogidas, perdida en la pantalla del móvil. Él ni la miró. Ni un «hola», ni un ruido. Cruzó el espacio como un fantasma con mala leche, arrastrando los pies por la alfombra, sintiendo el peso del día y la humillación pegado a la piel como el sudor frío.

Entró en su habitación y cerró la puerta con un clic definitivo. Se dejó caer en la cama, sin quitarse ni siquiera los zapatos. El techo le devolvió la mirada, indiferente. Carla. La puta de Carla. Se apretó los párpados, pero su cara se le clavaba detrás, esa sonrisa de burla gritándole el nombre de otro mientras lo usaba como un muñeco de trapo.

Se pasó la mano por la entrepierna, todavía húmeda y sensible, y apretó los dientes. Se había quedado a medias. Se había ido flácido, derrotado. Pero no era por él. No. Su mente buscó la aguja en el pajar, la excusa que le permitiera dormir. Se trago la bilis. Aquello no había sido sexo. Carla no lo merecía. Nadie que sea tan guarra, que tenga el coño tan usado y el alma tan podrida, merece sentir cómo se le clava una polla como la suya. Él no había fallado. Él le había negado el premio.

Historias sucias del barrio

Historias sucias del barrio III