Capítulo 2
- Prisionero de las amazonas galácticas
- El último granito de arena
El último granito de arena
Autor: Curtis Logan
El hangar olía a muerte en ciernes.
Hal Gordon lo supo en el instante en que las compuertas de carne se cerraron tras ellos. No era un olor metálico, ni el ozono de las máquinas. Era algo más profundo, más primitivo, Era ese aroma agrio, como leche cortada y metal oxidado, el aroma almizclado de cuerpos humanos en tensión extrema, mezclado con el olor dulzón penetrante de un lubricante orgánico que rezumaba de las máquinas alineadas en el centro de la cámara. Debajo de todo, como una nota base, el olor a sexos sin lavar, a sudor de muchas amazonas acumulado durante cientos o miles de espectáculos como este.
Con rapidez profesional, la amazona que lo llevaba lo desnudo. fue rápida y ruda. uso un vibrocuchillo de hoja láser y corto sus ropas, sin hacerle ningún daño. Hal quedó completamente desnudo frente a las amazonas, que lo miraron con curiosidad o desprecio, pero todas con expresiones divertidas. una oleada de indignación lo envolvió. Aquellas mujeres no veían su carne flácida por años de actividad sedentaria en el puente mando, no veían la grasa que se acumulaba en su estomago y en el torso, ni sus brazos otrora fuertes, ahora solo algo macizos. Aquellas mujeres solo veían su pene expuesto, flácido y contraído por el terror.
La amazona gorda se acercó a Hal. Sus dedos,cortos, gruesos, con uñas sucias,tomaron su miembro con la indiferencia de quien maneja una herramienta.
—Bonito —murmuró, sopesando sus testículos con una presión clínica—. Buena carga. Lástima que no vas a sobrevivir.
Hal fue llevado junto con los demás, inmovilizado,desnudo,rumiando su vergüenza.
Eran nueve. Nueve hombres desnudos, arrastrados por las amazonas como ganado, empujados hacia las estructuras biomecánicas que los esperaban con una paciencia obscena en el hangar de la nave alienígena. Hal reconoció a cada uno de sus compañeros, el corpulento Dmitri, al que arrastraban con la cabeza gacha, con los labios apretados en una línea dura, el meticuloso Toshi, cuyo cuerpo delgado temblaba como una hoja, el joven Elián, con su cara de niño, que ya lloraba en silencio, Klaus, el veterano, con la mandíbula apretada y los ojos fijos al frente, Ahmed, el atlético, cuya sonrisa perpetua había muerto, Hugo, el mexicano, rezando a la Virgen en un susurro entrecortado, el gigante Wojciech, que parecía un oso acorralado, Marco, el más joven de todos, tan asustado que apenas podía mantener las piernas firmes, y él.
Hal Gordon. el Capitán de la Kusu Maru.
La amazona de la cicatriz, una línea rosa que le partía la mejilla izquierda, reía mientras los contaba, con sus dedos jugueteando con los mechones crespos de su propio vello púbico, enredándose, tirando. La gorda, aquella de las estrías brillantes y los pechos venosos que le colgaban hasta la cintura, que olía a sudor fermentado y a hierbas, La flaca, la de huesos marcados y pezones oscuros como ciruelas pasas, se rascaba el vello del pubis con descaro, mostrando mechones crespos enredados en sus dedos.
—Nueve —dijo la de la cicatriz, su voz un rasguño de lija—. Nueve para el juego. es bueno. Más para ver.
Las máquinas eran tronos de tortura.
Estructuras verticales de metal orgánico,una aleación que parecía crecer en lugar de ser ensamblada, con vetas pulsantes que recorrían su superficie como venas,con brazos articulados que sostenían las esposas. Esos aros no solo inmovilizaban, emitían una frecuencia baja que penetraba hasta el hueso, un zumbido sordo que se colaba por el tejido muscular hasta la médula.
Pero en el centro de cada máquina, estaba lo que realmente importaba, el dispositivo. Hal lo vio mientras lo sujetaban y lo arrastraban hacia su puesto. Era una estructura compleja, no una simple vaina. Consistía en tres partes principales integradas en un conjunto biomecánico del tamaño de un antebrazo, sujeto a la estructura por un brazo articulado que permitía ajustar el ángulo.
La base era un anillo de sujeción, forrado con un material acolchado que se cerraba alrededor de la base del pene y el escroto, inmovilizándolos. De ese anillo partían brazos sensores que se adherían a la piel del abdomen y los muslos, monitorizando cada contracción muscular, cada cambio de temperatura, cada espasmo involuntario.
Del anillo hacia adelante se extendía la vaina principal,pero no era un tubo cerrado. Era una estructura abierta en la parte superior, como un canal con bordes elevados, que permitía que el pene quedara expuesto a lo largo de toda su longitud. El canal estaba revestido de un tejido vivo, húmedo y caliente, que se contraía peristálticamente contra la cara inferior y los laterales del miembro. Pequeñas cerdas sensoriales, dispuestas en anillos concéntricos, vibraban contra la piel, estimulando cada terminación nerviosa.
La parte superior del dispositivo estaba abierta. Un par de brazos mecánicos secundarios, finos como dedos, flanqueaban el canal con herramientas intercambiables. El glande, el frenillo, la uretra,todo quedaba expuesto. Un receptáculo de cristal graduado en la base recogía cada gota. Nada se desperdiciaba. Todo era medido, almacenado y aprovechado. justo como las leyendas decían. uno a uno los hombres a aquellos dispositivos.
El primer contacto fue una quemadura fría. El interior de la vaina estaba a 37.8 grados exactos, y la transición fue un shock. Hal sintió cómo el material se contraía alrededor de su pene, las cerdas vibrando, mientras el anillo de sujeción se cerraba con un zumbido.
Un susurro emergió del dispositivo, una voz femenina procesada.
—Ah… qué duro estás… lo siento dentro…
Hal apretó la mandíbula.
La amazona de la cicatriz se plantó frente a los nueve hombres. Detrás de ella, una pantalla orgánica mostraba un reloj de arena colosal, los granos negros esperando a caer.
—Bienvenidos a la prueba —dijo—. van a aprender lo que vale vuestra carne. El reloj mide vuestro tiempo. Los que aguanten hasta el último granito de arena… vivirán. Los que no…
Sonrió, mostrando dientes amarillos.
—…alimentarán los tanques de biomasa.
Las otras amazonas rieron.
—Siento cómo late… qué duro estás…—La voz del dispositivo de Hal seguía susurrando, adaptándose a cada latido de su corazón, a cada espasmo involuntario de su perineo—Te siento… tan caliente… tan lleno… quieres soltarte, ¿verdad? Quieres correrte dentro de mí…
Hal apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el crujido del esmalte. Sus testículos se habían retraído completamente, apretados contra el cuerpo en un intento primitivo de protección. Las cerdas vibraban contra su glande, los brazos mecánicos rozaban su frenillo con una delicadeza criminal. El olor que emanaba del dispositivo era almizclado, femenino, un aroma de sexo de mujer real que su cerebro no podía distinguir del natural. Pequeños conductos de ventilación liberaban pulsos de feromonas sintéticas que se intensificaban con cada aceleración de su pulso.
A su izquierda, Marco Chang ya gemía con un tono agudo, casi infantil. El muchacho más joven, el que apenas podía mantenerse en pie, colgaba de las esposas como un trapo mojado. La amazona flaca se había arrodillado frente a él y pasaba su lengua áspera por la base de su pene, justo donde el anillo de sujeción encontraba la piel.
—Hueles a leche —dijo, levantando la cabeza, mostrando sus dientes manchados—. Este va a reventar pronto.
—Apuesto un ciclo de raciones a que no llega al primer tercio —respondió la gorda desde su puesto, sin dejar de sopesar los testículos de Wojciech con una mano mientras con la otra se acariciaba el vello púbico, con los dedos desapareciendo entre los mechones crespos.
—Acepto —dijo la flaca, y volvió a su trabajo, con su lengua reptando por la piel de Marco mientras sus dedos encontraban el perineo y lo presionaban.
El dispositivo de Marco, sensible a su pánico y a la estimulación externa, intensificó el ritmo. Las cerdas vibraron más rápido, los brazos mecánicos acariciaron su glande con movimientos circulares, y del dispositivo emergió un gemido femenino, húmedo, creciente.
—Ay, Dios… así… así… no pares… quiero sentirte… quiero que te corras dentro…
Marco gritó. No fue un grito de dolor, sino de rendición. Su cuerpo delgado se tensó, los músculos del abdomen se marcaron bajo la piel pálida como cuerdas, y eyaculó en un chorro débil y aguado que el receptáculo de cristal recogió con eficiencia. El semen, casi transparente, apenas cubrió el fondo del recipiente.
El monitor pitó, con un sonido agudo y corto.
El lanzador de plasma sujeto al poste tras Marco escupió un rayo blanco-azulado que alcanzó al muchacho en la base del cráneo. Su cabeza estalló en una nube de vapor y ceniza, el cuerpo se convulsionó durante unos segundos antes de quedar inmóvil, colgando de las esposas, humeante.
—Uno —contó la de la cicatriz, con sus dedos aún enredados en su vello púbico—. Y no ha llegado ni al primer grano. Buena apuesta, hermana.
La flaca rió, lamiéndose los dedos manchados de semen y saliva.
—Me debes una ración.
Elián, el tripulante de cara de niño, comenzó a hiperventilar. Sus ojos vidriosos miraban el cadáver humeante de Marco sin poder procesar lo que veía. El olor a carne chamuscada llegó hasta él, mezclándose con el almizcle de su propio dispositivo, que ya trabajaba a medio ritmo, esperando.
—No, no, no, no… —repetía—. Yo no quiero morir, yo no quiero…
—Claro que no quieres, precioso —dijo la amazona de rasgos masculinos, acercándose a él por detrás. Sus pechos planos, casi inexistentes, se aplastaron contra su espalda mientras sus manos rodeaban su torso y encontraban sus pezones. Los pellizcó con violencia, arrancándole un gemido—. Pero vas a morir igual. La única pregunta es si vas a morir con la polla dura o no.
Sus dedos bajaron, encontraron su propio sexo, y se los llevó a la boca de Elián.
—Chupa —ordenó—. Chupa como si fuera la leche de tu madre.
Elián, histérico, obedeció. El sabor era salado, agrio, abrumador.
—Mira —dijo ella, retirando los dedos y separando sus piernas frente a él—. Mira cómo me pongo por ti. Huele.
Su sexo estaba húmedo, con los labios hinchados, el vello negro y enmarañado brillando con sus propios fluidos. El olor llegó hasta Elián, mezclándose con el del dispositivo, que detectó el pico de excitación a pesar del terror y aceleró.
—Dentro… quiero sentirte dentro… lléname… —gimió la voz de su dispositivo, una copia casi perfecta de la amazona que lo torturaba.
—¡No! —gritó Elián—. ¡No quiero!
—Pobrecito— dijo una amazona de rasgos masculinos.
Pero su cuerpo ya lo había decidido, no él. La eyaculación fue violenta, un chorro espeso que golpeó el receptáculo con fuerza. Su grito de orgasmo se mezcló con el pitido del monitor y el zumbido del lanzador.
El rayo lo alcanzó en la nuca. Su cuerpo cayó hacia adelante, colgando de las esposas, humeante, con un hilillo de sangre cayendo de la boca abierta.
—Dos —dijo la de la cicatriz, sonriendo—. Esto va rápido. Dos raciones que gano.
Ahmed, el atleta, apretaba la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello parecían cables de acero. Su cuerpo musculoso brillaba de sudor, cada fibra tensa en una lucha imposible contra su propio sistema nervioso. El dispositivo había detectado su resistencia y había intensificado el patrón, succiones profundas, cerdas vibratorias a máxima potencia, y una voz que gemía.
—quiero sentirte… quiero que me llenes…
La amazona gorda se acercó a él, sus pechos colgando como sacos de leche, su vientre rozando el abdomen marcado de Ahmed. El olor a sudor fermentado y hierbas lo envolvió.
Metió la mano entre las piernas de Ahmed y encontró sus testículos, retraídos por la tensión, duros como piedras.
—Están tan llenos… duelen, ¿verdad? Yo te puedo ayudar.
Comenzó a masajear con una presión experta, sus dedos encontraron rápidamente los puntos exactos donde la presión aceleraba la respuesta, mientras que con la otra mano se frotaba el clítoris frente a él, gimiendo con exageración.
—Mira cómo me corro por ti, cabrón. Mira cómo tiemblo. Mira cómo me gusta verte sufrir.
Ahmed cerró los ojos, pero el sonido era imposible de ignorar. Los gemidos de ella, el olor de su sexo, el dispositivo que ya trabajaba a máxima intensidad, la voz que gemía… todo se acumulaba.
—No… —susurró—. No voy a…
—Sí vas a —dijo ella, y hundió dos dedos en su propia vagina, mostrándoselos brillantes, cubiertos de un moco espeso y blanquecino—. Prueba.
Los metió en la boca de Ahmed. El sabor era salado, agrio, abrumador, mezclado con el olor de su propio cuerpo. el cuerpo del hombre reaccionó antes que su mente, un espasmo profundo que recorrió su pelvis, y la eyaculación estalló sin previo aviso, un chorro largo y potente que vació sus vesículas seminales en el receptáculo. El semen, espeso y blanco, cubrió el fondo del cristal.
—Qué rico —susurró ella, retirando los dedos y lamiéndolos—. Qué rico te mueres.
El pitido. El rayo. El cuerpo de Ahmed humeando junto a los otros, con sus músculos aún en espasmos post-mortem.
—Tres —dijo la de la cicatriz—. Este ha durado menos que el niño. Interesante.
Toshi Nakama, el meticuloso, recitaba manuales en voz baja, un mantra desesperado contra el placer que crecía en su entrepierna.
—…el impulsor Vórtice-9 requiere mantenimiento cada mil horas… las válvulas de presión deben calibrarse a 3.4 bares… El sistema de refrigeración secundario utiliza una mezcla de…
La amazona flaca se arrodilló frente a él, metió la cabeza bajo su vientre y lamió la base de su pene, justo donde el anillo de sujeción encontraba la piel. Su lengua, áspera como papel de lija, recorrió la longitud del miembro mientras sus dedos jugaban con sus testículos.
—Vamos —Se incorporó y le susurró al oído, su aliento caliente y fétido—. Suéltalo. Te sentirás tan bien…
Toshi abrió los ojos, aterrado.
—Quiero sentirte —susurró la amazona, mientras sus dedos masajeaban su perineo—. Quiero que te corras para mí.
Toshi eyaculó con un sollozo. El semen brotó en espasmos irregulares mientras su cuerpo se sacudía, la boca abierta en un grito silencioso. El pitido. El rayo. Otro cuerpo humeante, otro rostro congelado en una mueca de horror.
—Cuatro —contó la de la cicatriz
Klaus Weber resistía con la mandíbula apretada. Su pene flaco y arrugado, forzado a la erección por el dispositivo, era una masa de tejido congestionado que palpitaba con cada latido. El dolor era constante, pero también lo era el placer, esa presión traicionera en la base de la columna que crecía sin descanso. Había visto morir a cuatro. Olía su carne quemada. Y su cuerpo respondía con la única arma que le quedaba, la voluntad.
La amazona de la cicatriz se acercó a él, sus dedos aún jugueteando con su vello púbico.
—Tú eres veterano, ¿verdad? Se te ve en la cara. Has visto morir a gente.
Klaus no respondió. Sus ojos, fijos en el reloj, contaban los granos.
—Pues vas a ver morir a todos los tuyos antes de caer. Y vas a caer.
Metió la mano entre sus propias piernas y comenzó a masturbarse frente a él, lentamente, sus dedos gruesos desaparecieron entre los pliegues de su sexo, mientras con la otra mano agarraba los testículos de Klaus y los apretaba con violencia.
—Muérete, viejo —susurró—. Muérete como los otros. Déjate llevar. Te sentirás tan bien…
Klaus sintió cómo el orgasmo crecía.
Apretó los dientes, clavó las uñas en las palmas, pensó en la guerra, en los muertos, en el frío, en todo excepto en la sensación. El dispositivo, detectando su resistencia, intensificó el patrón, succiones más profundas, cerdas más rápidas, y una voz que gemía.
—Vamos… vamos… quiero sentirte… quiero tu leche…
La amazona apretó sus testículos con violencia, sus uñas clavándose en la piel. Klaus sintió un dolor agudo que por un segundo le dio ventaja. Luego otro segundo. Luego tres.
—Resistes —dijo ella, con una sonrisa—. Me gusta. Pero mira el reloj.
Klaus miró. Quedaban pocos granos. Muy pocos.
La amazona se inclinó y, sin previo aviso, le mordió el pezón. Su dentadura, afilada, rompió la piel. La sangre brotó, caliente.
El dolor fue un latigazo. Pero también fue el detonante.
Klaus sintió cómo el orgasmo se desataba, incontrolable. La eyaculación fue violenta, un chorro espeso que golpeó el receptáculo con fuerza. Su cuerpo se arqueó, su boca se abrió en un rugido que no era de placer.
El pitido. El Rayo. Su cuerpo cayó hacia adelante, humeante.
Las amazonas rieron, se abrazaron, excitadas por el espectáculo. La amazona de la cicatriz se metió los dedos manchados del semen de Klaus en la boca.
—Cinco —dijo —Quedan cuatro.
Dmitri Volkov, el ruso corpulento, rezaba en su idioma mientras la amazona de rasgos masculinos le metía los dedos en la boca.
Con la otra mano, frotaba el glande de Dmitri a través de la abertura del dispositivo, sus dedos ásperos rozando la piel hipersensible. El dispositivo, sincronizado con sus movimientos, intensificaba la succión.
Dmitri gemía, y era imposible saber si rezaba o si el orgasmo ya lo estaba alcanzando.
La amazona retiró los dedos de su boca y los metió en su propia vagina, empapándolos. Luego los volvió a la boca de Dmitri.
—Prueba —dijo—. Prueba tu muerte.
Dmitri eyaculó con las palabras aún en los labios, un chorro largo y potente que llenó el receptáculo. El pitido. El rayo. Su cuerpo masivo se convulsionó antes de quedar inmóvil, humeante, su boca abierta en una última sílaba inacabada.
—Seis —contó la de la cicatriz.
Wojciech Kowalski, el gigante, era un espectáculo para las amazonas. Su pene enorme, de más de veinte centímetros incluso en semi-erección, apenas cabía en el dispositivo, y la succión era tan violenta que los vasos sanguíneos se marcaban bajo la piel como mapas azules. Su cuerpo de dos metros y ciento veinte kilos temblaba como un árbol en una tormenta, las esposas crujiendo con cada espasmo.
—Es enorme —dijo una amazona joven que hasta entonces había observado en silencio, con sus ojos muy abiertos—. Quiero montarlo.
—Luego —respondió la de la cicatriz—. Primero, se muere.
La joven se acercó a Wojciech y lo hizo girar hasta que quedo en posicion horizontal, sin dudarlo, se sentó a horcajadas sobre su cara, presionando su sexo contra su boca. El olor era abrumador, a hembra joven, a sudor fresco, a sexo reciente.
—Chupa —ordenó—. Chupa como si fuera la última vez.
Wojciech, medio inconsciente por la estimulación, obedeció por instinto. Su lengua encontró la carne húmeda, el vello espeso y suave, el sabor agrio del sexo femenino. La joven gimió, moviendo las caderas contra su cara, sus manos agarrando sus orejas para mantenerlo en su sitio.
Otra amazona, la gorda, se arrodilló frente a él y comenzó a lamer su pene a través de la abertura del dispositivo, con su lengua áspera recorriendo la longitud del glande, sus labios succionaban la punta mientras sus dedos masajeaban sus testículos. Una tercera, la flaca, le mordía los pezones con violencia, riendo cuando la sangre brotaba.
Wojciech sintió cómo el orgasmo se acumulaba, imparable, un tsunami que arrasaba con toda resistencia. Cuando eyaculó, fue como una explosión, la leche salió a chorros tan violentos que el receptáculo de cristal se llenó en segundos, rebosando por los bordes. Su rugido de orgasmo, un sonido profundo y animal, se mezcló con los gemidos de la amazona que lo montaba, que alcanzó el clímax justo cuando él lo hacía, su cuerpo sacudiéndose sobre su cara.
El pitido del monitor fue casi un susurro comparado con el ruido.
El rayo alcanzó a Wojciech en el centro de la nuca. Su cuerpo enorme se convulsionó, y la amazona joven cayó de su cara, riendo, empapada en sudor y de sus propios fluidos, mientras el cadáver humeante del gigante colgaba de las esposas, humeante, imponente incluso en la muerte.
—Siete —dijo la de la cicatriz, con una sonrisa.
Hugo Santamaría, lloraba mientras rezaba a la Virgen.
—Virgencita, no me desampares, Virgencita, ayúdame, Virgencita, llévame contigo…
La amazona flaca se acercó a él con una navaja de hueso, un instrumento fino y curvo, afilado como un bisturí. Sin previo aviso, le hizo un pequeño corte en el muslo, justo donde la piel es más sensible. La sangre brotó, caliente, formando un hilo que corrió por su pierna. Hugo gritó.
—El dolor te mantiene vivo —dijo ella—. Pero también te excita. ¿Verdad?
Hugo sintió cómo su cuerpo, traicionero, respondía al dolor y al miedo con una oleada de adrenalina que, en lugar de aplacar la excitación, la intensificó. El dispositivo, detectando el cambio, aceleró, las cerdas vibrando contra su glande, la voz gimiendo.
—Dentro… quiero sentirte… quiero tu sangre… quiero tu leche…
Su cuerpo ancho estaba cubierto de sudor. La barriga le temblaba con cada espasmo involuntario, la piel pálida marcada por estrías viejas. La amazona flaca se arrodilló frente a él y le lamió los testículos. Su lengua, áspera como papel de lija, recorrió la piel tensa del escroto, húmeda y caliente. Los huevos de Hugo, grandes y congestionados, se movían bajo su lengua.
—Hueles a miedo, gordo —dijo, levantando la cabeza, un hilo de saliva conectando aún su labio con el escroto—. Me encanta.
Luego, sin previo aviso, tomó su glande entre los labios y succionó con fuerza. La succión fue brutal, directa, chupando con la misma intensidad con que se chupa un hueso.
—¡VIRGENCITA!— gritó Hugo mientras su cuerpo se arqueaba. La eyaculación fue masiva, torrencial. El semen brotó en chorros espesos y abundantes, llenando el dispositivo casi instantáneamente, rebosando por la base y goteando al suelo en un charco blanco y denso. Fueron cuatro, cinco, seis espasmos, cada uno acompañado de un gemido que era mitad súplica y mitad liberación. El líquido caliente empañó el plástico transparente con un vaho biológico.
El sensor pitó. El rayo le borró el rostro. La descarga le alcanzó de lleno, carbonizando la piel, los ojos reventando en sus órbitas.
—¡Ocho! —la flaca señalaba con el dedo, riendo—Queda uno.
Hal Gordon estaba solo.
Los cuerpos de sus compañeros colgaban humeantes a su alrededor, ocho cadáveres, el olor a carne quemada mezclándose con el semen fresco y la orina que había goteado de los cuerpos durante la agonía. Los charcos en el suelo reflejaban la luz bioluminiscente, creando pequeños espejos de fluidos donde se reflejaban los cuerpos colgantes. El silencio, roto solo por el zumbido de los dispositivos y las respiraciones agitadas de las amazonas, era más pesado que cualquier grito.
El dispositivo de Hal trabajaba sin descanso.
Las cerdas vibraban contra su glande, los brazos mecánicos rozaban su frenillo una y otra vez, y la voz susurraba.
—…casi… casi… quiero sentirte… dámelo todo… dame tu leche… quiero sentirla dentro…
Su pene era una masa de tejido congestionado, púrpura, inflamado, el glande tan sensible que cada roce era una agonía de placer. Los testículos, completamente retraídos contra el cuerpo, le dolían con cada latido, como si fueran a estallar. El líquido preseminal fluía continuamente, empapando sus muslos, goteando al suelo, formando un charco bajo sus pies.
Las amazonas lo rodearon en círculo. Seis cuerpos de carne y vello, seis pares de ojos negros brillando en la penumbra, seis sonrisas mostrando dientes manchados. La de la cicatriz se arrodilló frente a él, abrió las piernas y comenzó a masturbarse lentamente, mostrándole su sexo húmedo, los labios hinchados, el clítoris erecto asomando entre los pliegues.
—Vamos, capitán —susurró— ¿Vas a correrte?
La gorda se acercó por detrás. Sus pechos enormes, calientes y sudorosos, se aplastaron contra la espalda de Hal. Una mano rodeó su torso, encontró su pezón, lo pellizcó con violencia, arrancándole un gemido.
La gorda se acercó por detrás. Sus pechos enormes, calientes y sudorosos, se aplastaron contra la espalda de Hal. Una mano rodeó su torso, encontró su pezón, lo pellizcó con violencia, arrancándole un gemido.
—Muere como ellos —gruñó—. O vive como nuestra puta. Da igual. Para nosotras, eres carne.
La flaca se arrodilló frente a él y comenzó a lamerle los muslos, ascendiendo hacia su entrepierna, su lengua áspera encontrando la piel sensible donde el anillo de sujeción mordía la carne, lamiendo el líquido preseminal que goteaba.
—Hueles a punto de reventar —dijo—. Hueles a leche.
La amazona de rasgos masculinos se colocó a su lado, metió la mano en su propia vagina, empapándola de sus fluidos, y luego la llevó a la boca de Hal, obligándolo a chupar sus dedos.
—Prueba —ordenó—. Prueba lo que te espera si vives. Prueba lo que te espera si mueres. Da igual. Prueba.
El sabor era abrumador, salado y agrio, mezclado con el olor de su propio cuerpo y el del dispositivo, un cóctel de sensaciones que su cerebro no podía procesar.
La amazona joven, la que había montado a Wojciech, se acercó y, sin previo aviso, escupió sobre su glande expuesto. La saliva, caliente y espesa, resbaló por la piel hipersensible, mezclándose con el líquido preseminal. El contraste de temperaturas fue un disparo directo al cerebro.
—Para ti —dijo—. Para que te acuerdes de nosotras. Para que sueñes con nosotras.
Hal sintió el orgasmo acumulándose. Era una presión imposible, un tsunami fisiológico que su voluntad ya no podía contener. Los músculos de su perineo comenzaron a contraerse en espasmos rítmicos, incontrolables. La uretra ardía con la necesidad de liberación. Cada terminación nerviosa de su cuerpo gritaba.
Miró el reloj.
Un grano. Un solo grano. Negro, diminuto, cayendo lentamente hacia la pila inferior.
La de la cicatriz se inclinó hacia adelante y, con la lengua, lamió la base de su pene, justo donde el anillo encontraba la piel. El calor de su boca, la aspereza de su lengua, el contraste con el dispositivo…
Hal Gordon sintió cómo el mundo se detenía.
Luego sintió cómo explotaba.
El semen no brotó; estalló. El primer chorro golpeó el interior de la vaina con tal fuerza que el dispositivo emitió un pitido de sobrecarga, un sonido agudo y sostenido que se sumó al coro de gemidos de las amazonas. Fue espeso, caliente, interminable,una eyección que parecía vaciar cada célula de su ser, cada recuerdo, cada esperanza, cada miedo. El segundo chorro siguió al primero, luego el tercero, el cuarto… cada espasmo arrancaba un gemido de su garganta, un sonido que no era de placer sino de agonía, de rendición, de muerte.
Su cuerpo se arqueó hacia atrás, los músculos del abdomen contraídos en una tabla de dolor, los tendones del cuello sobresaliendo como cables. Los ojos se le pusieron en blanco, mostrando solo el blanco. Las manos, agarrotadas, sangraban por las heridas de las uñas, la sangre mezclándose con el sudor y el semen.
Esperó el rayo.
No llegó.
—El último granito —dijo la amazona de la cicatriz—. Ha caído.
Las esposas de energía se desactivaron con un zumbido decreciente. Hal cayó al suelo, al charco de sus propios fluidos y los de los muertos, al suelo empapado en semen, sangre, orina y el agua de la condensación. No pudo levantarse. No pudo siquiera mover un dedo. Su cuerpo era un peso muerto, vaciado, destruido.
La amazona de la cicatriz se arrodilló junto a él y le levantó la barbilla con un dedo, obligándolo a mirarla. Su piel olía a sudor y a sexo, a hierbas y a sangre. Sus ojos negros lo escrutaban sin piedad.
—Has ganado, capitán —dijo—. Has sobrevivido.
Hal la miró, jadeante, mientras el semen le goteaba por los muslos, mezclándose con el charco en el que yacía.
Hizo una seña a las otras amazonas. Dos de ellas, la gorda y la joven, se acercaron y lo levantaron del suelo, sus brazos fuertes sosteniendo su peso muerto, sus pechos rozando su cara mientras lo alzaban. Hal, inconsciente a medias, sintió el calor de sus cuerpos, el olor de su piel, la humedad de su sudor.
—Llevenlo a la cámara de recuperación —ordenó la de la cicatriz—. Que las Criadoras lo reparen. Que lo limpien. Que lo preparen.
—¿Prepararme para qué? —alcanzó a balbucear Hal, su voz era un hilo roto.
La amazona de la cicatriz se inclinó sobre él, con su rostro a centímetros del suyo, olió su aliento fermentado.
—La Matriarca quiere verte, capitán. Quiere conocer al hombre que resistió hasta el último granito. Quiere saber de qué está hecha tu carne. Quiere probar tu semilla. Quiere… —sonrió— jugar contigo.
Hal sintió que la inconsciencia lo arrastraba, pero antes de caer en la oscuridad, escuchó sus últimas palabras.
—Bienvenido a Antígona, semental.
Las compuertas de carne se abrieron y se cerraron tras ellos. El hangar quedó en silencio, iluminado solo por la luz bioluminiscente, poblado por ocho cadáveres humeantes que colgaban de las esposas como frutos podridos.
El reloj de arena, en su pantalla orgánica, mostraba la pila de granos en la cámara inferior. El último granito había caído.
Y Hal Gordon, capitán de la Kūsō Maru, había sobrevivido.