—¿Confías en mí, Muñeco?

David tragó saliva. Estaba completamente desnudo, en medio del salón de Eva. El parqué bajo sus pies descalzos estaba frío y la única luz encendida provenía de una lámpara de pie, cálida, dirigida hacia una silla de madera rústica.

A los pies de la silla, ordenadas con cuidado obsesivo, varias cuerdas de cáñamo anunciaban lo que estaba a punto de comenzar. No había música. Solo silencio y expectativa.

—¿Esto es una broma? —intentó decir con tono ligero, aunque su voz tembló un poco.

Eva lo miró desde la penumbra, sin sonreír.

—¿Eso te parece? Con este arte no se bromea. Siéntate.

Lo dijo sin elevar la voz, pero fue una orden. David se sentó. El asiento era duro, recto, sin acolchado. Se apoyó con cuidado, notando cómo su respiración se aceleraba con cada segundo. Eva tomó la primera cuerda y la sostuvo entre los dedos largos.

La examinó con gesto casi reverente, deslizando el cáñamo lentamente sobre su palma. El olor a cuerda, a lino y a control, llenaba el aire.

—Relaja los brazos —le pidió, acercándose detrás.

David obedeció. Sus muñecas fueron envueltas con movimientos fluidos, firmes, sin violencia. Dos vueltas, luego el cruce. Notaba cómo la tensión se distribuía sobre la piel sin hacer daño. Cada nudo parecía respirar.

Eva no hablaba; trabajaba en silencio, respirando lento. Subió con la cuerda por los antebrazos, envolviendo los músculos hasta fijarlos contra la espalda. Luego bajó en líneas simétricas, entre los omóplatos. Todo estaba medido.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó en voz baja, casi sin aliento.

—Takate Kote —respondió, mientras ajustaba una vuelta final sobre la parte alta del pecho—. La base de todo.

Luego se colocó frente a él. Tomó una cuerda nueva y comenzó a rodearle el torso. Por encima de los pezones, luego por debajo. Sus dedos firmes presionaban la cuerda contra su piel, marcando un patrón que se dibujaba como una joya. Una tercera cuerda bajó por el centro del pecho, cruzando con un nudo cada punto donde las otras dos se tocaban.

David notaba cómo su respiración se adaptaba a la presión del entramado. Se sentía atrapado, sí, pero también contenido. También experimentaba seguridad y un preciso dominio. Eva se agachó sin una palabra, tomó su pierna izquierda, la dobló cuidadosamente y la fijó con dos vueltas a la pata delantera de la silla.

Luego hizo lo mismo con la derecha. Los nudos eran limpios, eficientes.

Nada se movía. Las rodillas bien abiertas, la espalda erguida, el cuerpo atado al asiento como si fuera parte de este. Por último, una cuerda gruesa le rodeó la cintura y lo ancló al respaldo. El contacto del cáñamo sobre su piel ya enrojecida provocaba un cosquilleo leve, mezcla de incomodidad y deseo. No podía moverse ni un centímetro.

Eva se alejó un paso. Lo observó. Tenía los brazos cruzados, el ceño relajado. Como quien evalúa una escultura recién terminada.

—Estás precioso —murmuró—. Una figura inmóvil, entregada…

David tragó saliva. Su erección era evidente. No hacía falta ocultarla. Eva no dijo nada al respecto. Caminó hasta una mesita y tomó un cigarro. Lo encendió con calma. Aspiró una calada larga y caminó de nuevo hacia él.

Se colocó frente a su rostro, sopló el humo lentamente, directo a su nariz. David torció el cuello, pero no tenía margen de maniobra.

—¿Te molesta?

—Un poco…

—Bien.

Deslizó su mano intercalando piel y cuerda en su movimiento mientras fumaba, inspeccionando su obra y mostrando satisfacción. David la contemplaba con una mezcla de expectación, respeto y deseo.

De pronto, Eva le escupió ante la sorpresa de él, sin cambiar el gesto siquiera. Un hilo de saliva le cayó en la mejilla, bajando hacia el cuello. David cerró los ojos.

Otra escupida, esta vez más centrada, le impactó en los labios. Iba a hablar, pero no llegó. Eva le cruzó la cara con una bofetada seca. No fuerte, pero humillante y sonora.

—Shhh. No hables, no lo necesito.

El silencio se instaló de nuevo. Eva se acercó de nuevo a la mesita y dejó el cigarro en el borde de un cenicero. Se quitó la camiseta. No llevaba sujetador. Sus pechos pequeños, firmes y con pezones decorados con sendas anillas, brillaban con el calor de la habitación.

Se arremangó la falda hasta la cintura y se dejó caer en el suelo, justo frente a él. Extendió una manta y se recostó con naturalidad. Abrió las piernas, mostrando su sexo, completa y prolijamente depilado.

—¿Quieres ver cómo me acaricio?

David no respondió. Su cuerpo estaba tenso. Su polla palpitaba, firme, apuntando al techo como si buscara aire.

Eva sonrió. Solo un poco.

—Veo que sí… perfecto, me calienta tenerte así, ¿a que no lo sabías?

Llevó la mano entre sus muslos y comenzó a acariciarse. Despacio. Muy despacio. Con movimientos circulares, metódicos. Su respiración era tranquila, pero cada vez más profunda. Cerró los ojos.

Gemía con suavidad, como quien se concentra en algo que no necesita testigos. Pero luego volvió a abrirlos y lo miró fijo. Había deseo, sí, pero también poder.

—¿Te gusta cómo se me abre?

David no contestó. No podía.

—¿Cómo chupo mis dedos?

Lo hizo. Introdujo dos dedos en la boca y los lamió con lentitud obscena. Luego volvió a pasarlos por su clítoris. Se arqueó ligeramente, la espalda curvada, los muslos temblando. El espectáculo era cruel, precioso. Él no podía hacer nada. Solo mirar.

Eva se corrió en silencio, con un jadeo largo, contenido, sin teatralidad. Su cuerpo se estremeció apenas y luego quedó inmóvil unos segundos.

Cuando abrió los ojos, lo miró de nuevo. Se incorporó. Caminó hasta un cajón lateral, lo abrió y sacó dos pinzas metálicas con pesas.

—¿Sabes qué son?

—Eva, no… eso no…

—Exacto. No sabes. Por eso confías.

Se arrodilló frente a él y le pellizcó un pezón. Lo sujetó entre dos dedos y colocó la primera pinza con precisión. El clic metálico fue suave, pero el dolor, inmediato. David apretó los dientes. La segunda pinza fue más dolorosa: ya sabía lo que venía y no podía evitarlo. Las pesas colgaban, balanceándose levemente con su respiración.

—Estás duro como una piedra —dijo, casi con ternura—. Te duele, quieres correrte, ¿tan pronto? Qué bonito eres así: vencido sin siquiera haberte tocado.

Se subió sobre él, a horcajadas, dándole la espalda. Su sexo mojado rozó el glande de David. No lo introdujo en su sexo. Comenzó a restregarse. Un movimiento lento, casi imperceptible al principio.

Cada vaivén provocaba un espasmo en el cuerpo de él. Su clítoris se deslizaba sobre su capullo tenso, húmedo. Eva gemía bajo, con la cabeza echada hacia atrás.

—Voy a usar tu polla sin que me la metas —susurró—. Y no pienses en correrte, porque lo harás solo si me da la gana…

La fricción era insoportable. El contacto de sus labios contra él, el calor, la sensación de humedad, todo era demasiado. David apenas podía respirar. Quería gritar, gemir, mover las caderas. No podía. Solo era un objeto, inmóvil, duro, atrapado, sirviendo de superficie gratificante para ella.

Eva se corrió de nuevo, más fuerte. Apretó las nalgas contra él, tembló un segundo y luego reposó la espalda sobre su pecho. Respiraba agitadamente, su piel brillaba.

Se incorporó y, girándose, se ubicó de cuclillas ante David. Le acarició los muslos. Tocó la base de su polla. La envolvió con una sola mano. Comenzó a masturbarlo. Lento. Preciso. Como si leyera su cuerpo.

—¿Vas a suplicarme, Muñeco?

—Sí… por favor… Eva…

—Entonces mírame. No cierres los ojos.

Él obedeció. Cada movimiento la acercaba al límite. Todo su cuerpo temblaba. Jadeaba. Sudaba. Estaba a punto, a un segundo.

—Ahora.

Y soltó la polla. Se retiró. Él gimió. Y aun así, eyaculó. Solo. Sin contacto. Un orgasmo arruinado, explosivo, sucio. La leche brotó en ráfagas sobre su abdomen, su pecho, las cuerdas. Eva lo miró satisfecha.

—Perfecto final de la función —murmuró.

Le quitó las pinzas con un tirón. David gritó, bajo. Luego le pasó por el rostro sus bragas usadas y se las puso. Se vistió sin prisa. Él respiraba como si hubiera corrido una maratón. La cuerda seguía tensa. Su cuerpo, expuesto. Su alma, entregada.

—Voy a la cocina —dijo al irse—. No te muevas… je, je, je.

La puerta se cerró. David se quedó solo, atado, empapado en su propia leche, con las cuerdas mordiéndole la piel y el calor aún latiendo en los pezones. El silencio era distinto ahora. Más denso. Se oía un reloj de pared en algún rincón del piso, marcando los segundos con la paciencia de los objetos.

Sentía los músculos tensos, hormigueantes. Las piernas empezaban a dolerle. El cuello se inclinaba apenas hacia delante y, cada vez que tragaba saliva, notaba el sabor rancio del cigarro mezclado con la saliva de ella.

Una parte de él —la que aún intentaba mantener la compostura— buscaba distracciones: contar los nudos, concentrarse en la respiración. Pero no servía. La eyaculación fue lo suficientemente insatisfactoria como para que su polla no terminara de relajarse.

Era como si su cuerpo no hubiera registrado aún que ya había terminado. Escuchó pasos. Eva regresó con una taza de té humeante en una mano. La amplia camiseta le caía sobre un solo hombro. El pelo revuelto y los pies descalzos.

—¿Sigues ahí, Muñeco?

—Qué… ¿qué vas a hacer ahora?

David tenía la boca seca; su voz sonó carrasposa.

—Hueles a cuerda, a sudor y a semen —dijo, ignorando sus palabras, mientras se agachaba junto a él y sorbía el té—.Me gusta.

Se quedó en silencio un rato. Bebía tranquila. Le acarició el pelo con los dedos, sin apuro, sin intención sexual ahora. Más como quien limpia el borde de una escultura.

Luego apoyó la taza en el suelo y se levantó. David creyó por un segundo que iba a desatarlo. Pero no. Eva se colocó detrás de él. Se inclinó. Sus labios rozaron la nuca de David. Le mordió con suavidad.

—¿Sabes qué quiero ahora? Silencio. —Quiero jugar con tu cuerpo.

Le acarició el cuello, bajando los dedos por la clavícula. Fue contorneándolo con los dedos hasta quedar frente a él. Tomó con un dedo una gota de semen ya coagulado de uno de los nudos y lo lamió. David cerró los ojos. Eva se alejó.

Encendió otro cigarrillo y abrió otro cajón de la mesita. Esta vez sacó un vibrador pequeño y lo encendió delante de David. Se arrodilló entre sus piernas y, sin decir palabra, lo apoyó en el perineo, justo entre los huevos y el ano. David dio un respingo. Después de todo lo anterior, la vibración le invadía de una forma extraña.

—Shh. Solo siente —dijo ella, sin mirarlo.

Lo sostuvo ahí durante un minuto largo. Luego lo subió, lentamente, hasta la base del pene y lo mantuvo justo debajo del glande. David apretó los ojos.

Otra erección comenzaba de manera perezosa, como si el cuerpo no quisiera obedecer, pero no pudiera evitarlo. Eva se quedó así, sosteniéndolo, sin mover

más que los dedos. Observaba su cara.

—¿Has visto? Tu polla suplica algo más de lo que ha tenido.

Retiró el vibrador. Se limpió los dedos en su camiseta. Se levantó.

—No voy a desatarte todavía. Me gustas más así: quieto, tenso, vulnerable.

Caminó alrededor de la silla. Tomó un trapo húmedo y comenzó a limpiar su pecho con calma, repasando cada gota seca. Sus manos eran eficaces, sin ternura ni brusquedad. Como si limpiara un objeto valioso. Luego se detuvo en el cuello.

—Tienes saliva seca en la garganta.

Le escupió otra vez. Esta vez despacio. La saliva cayó en línea recta, se deslizó por su barbilla y resbaló hasta su pecho. Eva lo extendió con la palma. No hablaba. Solo respiraba hondo, despacio. Después fue al armario y sacó una cámara de fotos. David la miró, al borde del miedo.

—Tranquilo. No saldrá tu cara.

Se colocó a un lado, enfocó desde abajo. Click. El sonido del disparo fue brutal en medio del silencio. Luego otra. Una toma de los pezones marcados, aún enrojecidos por las pinzas. Luego un plano cerrado del nudo que cruzaba su torso.

—Me gusta registrar lo que hago, para deleite en días solitarios —dijo, como si leyera sus pensamientos—. No te preocupes, son solo para mi mente y mis ojos.

—Eva… eres… eres… —resopló y la miró con pasión—. Nunca me habían hecho sentir así.

—Lo sé. Te dije que confiaras en mí. Hay placeres que no se explican, se hacen.

Se levantó. Se inclinó hacia su oído y susurró con voz cálida y tersa:

—Ahora recréate con lo que ha pasado. Vas a permanecer aquí. Cuando me apetezca, volveré y quizás vuelva a usarte.

Y sin más, apagó la luz de la lámpara. Todo quedó en penumbra. La puerta volvió a cerrarse. Y David, empapado, erecto de nuevo, sin poder moverse, comprendió que el juego aún no había terminado.