Capítulo 1
Anabel, los reos y los guardiacárceles
Era una de esas tardes de invierno donde el frío se te mete en los huesos antes de tocarte. Desde la ventanilla empañada del ómnibus, veo a la gente apurarse bajo la lluvia del viernes, una marea de paraguas y pasos cortos, todos desesperados por alcanzar el refugio de sus casas.
Yo, en cambio, viajaba en sentido contrario al deseo general, voy a cubrir mis deberes laborales, cuarenta minutos de micro para llegar al Establecimiento Penitenciario n°2, lugar físico de mi trabajo.
Sí, una cárcel. Es un oficio áspero, carente de cualquier gratitud, pero uno termina por acostumbrarse, como se acostumbra a tantas cosas que jamás eligió en esta vida.
En mi cabeza, como un ruido de fondo que no se apaga, resuenan las voces de mis amigos. ‘Dejalo’, me dicen, advirtiéndome que este lugar me está robando la vida social, que me aísla de la gente que todavía ve el mundo con parámetros normales. Tienen razón, supongo, afuera, la gente planifica el mes, el año, el futuro.
Acá adentro, el tiempo no existe, se detuvo en un presente perpetuo donde lo único que tiene valor es el “ya”. Es una inmediatez voraz, la urgencia de quien no tiene nada que esperar. Y lo peor no es verlo, sino sentir cómo, de a poco, uno también empieza a perder la noción de los días, contagiado por esa pausa obligatoria que imponen los muros.
Este trabajo me ha cobrado facturas que no estaban en el contrato, no solo se llevó mi vida social, sino también dos parejas que no pudieron con el peso de este lugar.
No puedo quejarme, al menos no con otros, fue mi propia mano la que firmó aquel formulario para ser «Asistente en Psicología Social». Lo que entonces parecía una oportunidad, hoy se siente como una sentencia autoimpuesta.
Bajo del ómnibus en la entrada, bajo la misma lluvia que castiga el asfalto, corro hacia la guardia, buscando refugio.
-“Buenas tardes, Srta. Anabel, ¿cómo le va? “ me saluda uno de los guardias que ya me identifica.
Asiento con la mano, un gesto automático, apoyo la tarjeta, escucho el clic del sistema y entro. Ante mí se abre ese pasillo interminable, seccionado por rejas que se cierran a mis espaldas, separándome de la vida cotidiana del resto de los seres libres. Y digo bien, «libres». Porque cuando uno trabaja en un lugar así, la libertad se queda afuera, en el mismo lugar donde la gente corre para no mojarse. Adentro, el encierro es para todos.
Entro en el refugio de mi oficina. Me preparo un café, necesitando que el calor me devuelva un poco de la humanidad que la lluvia me quitó afuera. Sobre el escritorio, la montaña de expedientes parece haber crecido en mi ausencia. Mis ojos caen sobre uno en particular, «Víctor».
Lo entrevisté la semana pasada. Apenas veinticuatro años. Cayó por el robo de un auto, un eslabón en una cadena que pretendía terminar en el asalto a un banco. Un pibe joven, de modales suaves y una educación que desentona con el uniforme. Pero tras esa fachada apacible, se percibe un perfil febrilmente inquieto. Es como si su procesión fuera por dentro, una maquinaria mental que no se detiene nunca, craneando algo, analizando cada palabra mía mientras yo intento analizarlo a él.
Es esa clase de internos que te dejan pensando, incluso cuando ya cerraste la oficina y caminas de vuelta al micro.
Debo admitirlo, Víctor me intriga sobremanera. Es más que curiosidad, es un estremecimiento que me recorre cuando pienso en él, una mezcla de inquietud y una excitación intelectual que me descoloca. Hay algo en su personalidad que no termino de descifrar, una zona ciega donde mis herramientas de psicóloga social no llegan.
En nuestras entrevistas, él juega conmigo. Sabe leer las fisuras de mi uniforme invisible. Me ve vulnerable y, aunque jamás me ha faltado el respeto, logra sacarme de las casillas porque me adivina. Me sabe por dentro. Sin que mediara una sola palabra, supo que estoy sola, que no hay nadie esperándome afuera. Incluso se atrevió a juguetear con esa carencia, presintiendo mi necesidad de piel, de sexo, de contacto. Me lo sugirió sin decirlo, con un silencio cargado, como quien deja una carnada sabiendo que el pez está hambriento.
Cierro su expediente, pero el café ya se enfrió. Víctor no necesita barrotes para encerrarme en su juego.
Me pongo el abrigo, ajustándome la solapa contra el frío que todavía arrastro del micro, y salgo hacia el pabellón. La rutina me reclama poque tengo un par de entrevistas pendientes y el pedido de Juan, uno de los guardiacárceles.
Caminar por los pasillos de los internos de buena conducta tiene algo de engañosa calma. Son muchachos detenidos por hurtos menores, errores de paso corto que no huelen a la peligrosidad de otros sectores. En este tramo, el peligro no es físico, sino el desgaste de la repetición.
A lo lejos, Juan me ve y me hace señas. Es un hombre mayor, con la mirada cansada de quien ya cuenta los días para la jubilación después de una vida entera vigilando sombras. Tiene problemas con un hijo, irónicamente, el hombre que sabe cómo mantener el orden en una prisión no encuentra la llave para ordenar su propia casa. Me acerco a él, dejando por un momento el expediente de Víctor en un rincón oscuro de mi cabeza, aunque sé que ese «ya» que él me sembró sigue ahí, esperando que termine mi turno.
Terminamos el café con Juan. Me da un abrazo apretado, de esos que huelen a gratitud y a cansancio compartido. Es un buen tipo, un hombre que carga con la misma sombra que este lugar proyecta sobre todos nosotros, una marca invisible que nos identifica en la calle.
Al alejarme, Juan me detiene con una frase y un gesto que me dejan helada
-“Doc, usted sabe… cualquier cosa que precise, aunque sea sin reglas, me avisa y lo solucionamos.” Me guiña un ojo.
Es una lealtad forjada en el encierro. Juan sabe que en este microcosmos la ley es una sugerencia y que el favor de un guardia viejo vale más que cualquier resolución judicial.
Camino de vuelta a mi oficina y sus palabras rebotan en las paredes de cemento «sin reglas».
De pronto, el expediente de Víctor sobre mi escritorio parece brillar con una luz distinta. La oferta de Juan acaba de abrir una puerta que yo no sabía que quería cruzar.
Me quedo quieta en medio del pasillo, la frase de Juan «sin reglas» se enreda con la voz de Víctor en mi memoria, esa sugerencia casi imperceptible de que lo probase.
El círculo se cierra. Víctor me ofreció el cuerpo y Juan me acaba de ofrecer la oportunidad.
Vuelvo a mi oficina y cierro la puerta. Me tiemblan un poco las manos mientras abro de nuevo el expediente de Víctor. Ya no veo solo un delincuente de veinticuatro años, veo una salida de emergencia a mi propia soledad, a esa vida social perdida, a las parejas que se fueron.
Es una locura, lo sé, pero acá adentro el tiempo es el «ya», y ese «ya» me está gritando que acepte el juego.
Miro el teléfono interno. Podría llamar a la guardia, podría pedir que traigan a Víctor para una «entrevista técnica» de urgencia, ahora que los pasillos están más vacíos y que Juan está a cargo, creo que mejor es no llamar demasiado la atención y hacer las cosas con algo de reserva.
Pido a la guardia que lo traigan a Víctor, para la “entrevista técnica”, en realidad vamos a hablar, en otros términos.
Escucho los pasos en el corredor.
El sonido metálico de las esposas, el tintineo de las llaves de y, finalmente el golpe seco en la puerta.
Se abre y Víctor entra con esa parsimonia suya, esa elegancia de quien no tiene prisa porque sabe que el tiempo le pertenece.
-“Hola Doc, cómo está?” me pregunta en voz baja “Le queda muy bien ese suéter de lana, le da más seguridad, más presencia” termina la frase dejándome el filo de un cuchillo por donde debo caminar.
Me quedo sentada, con la espalda recta, sintiendo el roce de la lana contra mi piel. Lo que para cualquier otro sería un comentario trivial, en su boca suena a confesión. Él sabe que me puse este suéter para sentirme protegida, para poner una capa más entre su mirada y mi cuerpo.
-“Sentáte, Víctor “ logro decir, intentando que mi voz no me traicione, aunque suena más como una sugerencia que como una orden.
Él se sienta. Mira alrededor, se apoya en el borde de mi mesa, y estira los brazos apoyándolos sobre el escritorio con esa elegancia depredadora, invadiendo mi espacio vital. No me mira, me ignora. Continúa escrutando todo hasta que se detiene justo en mi sueter. Puedo olerlo, no huele a la mugre del pabellón, huele a jabón neutro y a esa intensidad limpia de quien ha pasado el día esperando un momento.
Sus manos, las mismas que robaron aquel auto, están ahora a centímetros de las mías. El silencio de la oficina,
-«Usted me mandó a buscar, Doc, ¿de qué quiere que hablemos hoy?»
Su voz es tranquila, casi suave, pero la pregunta cuelga en el aire como una sentencia. Me quedo mirando sus manos sobre mi escritorio, son manos grandes, de dedos largos y quietos, que contrastan con el desorden de mis expedientes.
El silencio de la oficina, custodiado por el guardia tras la puerta, parece volverse espeso, difícil de respirar.
Siento el calor que emana de su cuerpo, tan cerca del mío. Víctor sigue sin mirarme a los ojos, manteniendo esa distancia psicológica que me descoloca. Se centra en el tejido de mi suéter, como si pudiera contar cada hilo de la lana.
-“Víctor… “ empiezo, pero mi voz suena pequeña, despojada de toda esa «presencia» que él mencionó hace un momento.
Él levanta la vista entonces. Sus ojos son dos cuentas oscuras que me leen el pulso. No hay rastro de la sumisión que se espera de un interno ante una autoridad. Hay otra cosa, una complicidad eléctrica que me hace entender que la «entrevista técnica» murió antes de empezar.
-“Podemos hablar de mi legajo “ dice, y una sonrisa mínima, casi imperceptible, asoma en la comisura de sus labios, -“ O podemos hablar de por qué le tiemblan las manos cada vez que trato de adivinar qué es lo que realmente desea cuando me llama?”.
-“Dígame, Anabel. ¿De qué quiere hablar?”
Dice, acortando la distancia apenas unos centímetros, lo suficiente para que su sombra tape la luz de la lámpara sobre mi escritorio.
-“Mirá Victor… a decir verdad quiero saber por qué jugás conmigo en cada entrevista que te hago?”
Víctor suelta una risa seca, casi inaudible, pero cargada de una confianza que me eriza la piel. No se mueve. Se queda ahí, habitando mi sombra.
-“No juego con usted, Anabel, Simplemente la leo. Usted estudia libros, yo estudio personas. Es una cuestión de supervivencia.” dice, y esta vez su voz baja un tono más, volviéndose una vibración que siento en el pecho.
Apoya un poco más de peso sobre sus brazos, invadiendo definitivamente el centro del escritorio. Sus ojos no se despegan de los míos.
-“¿Sabe por qué me busca? Porque acá adentro todos son «números» o «monstruos», y afuera usted es «la psicóloga». Pero conmigo, en este cuartito, usted es solo una mujer muerta de frío y de ganas de que alguien la mire de verdad. Sin el suéter, sin el carnet, sin las rejas de por medio.”
Extiende un dedo y, con una lentitud tortuosa, roza apenas el borde de mi manga de lana. El contacto es mínimo, pero se siente como una descarga eléctrica en medio de la oficina silenciosa.
-“Usted no quiere saber por qué juego. Usted quiere saber si me atrevo a ir más allá de las palabras.” Acotó
Yo me muerdo los labios por no gritarle que tiene razón, el insolente me conoce mejor que si me hubiera parido, me lee con una facilidad que me abruma, me desconcierta, pero a la vez me excita. Me quedo ahí, con el labio atrapado entre los dientes y la mirada fija en ese dedo que roza mi manga. La descarga eléctrica me recorre la columna y se instala en el vientre, recordándome que hace meses, quizás años, no me sentía tan viva.
Él nota el gesto. Nota cómo mi respiración se ha vuelto corta, errática. Víctor no retira la mano, al contrario, desliza ese mismo dedo por el dorso de mi mano, con una suavidad que me resulta insultante y necesaria a la vez.
-“Anabel… “me llama de nuevo, y esta vez su voz no tiene rastro de ironía, solo una urgencia contenida
-“Deje de morderse. Ya no tiene que demostrarle nada a nadie, acá no hay expedientes, no hay cámaras.
Se inclina un poco más, rompiendo la distancia de seguridad. Su rostro está ahora tan cerca que puedo sentir el calor de su piel.
-“Si!, yo soy un insolente por saber lo que usted desea, pero además voy a redoblar la apuesta” susurra, y sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me marea.
-“Ud recuerda a Jorge, el otro muchacho que atraparon conmigo?” “ Bueno, yo le propongo que él también participe si Ud. no lo toma a mal”
La mención de Jorge me deja sin aire. Recuerdo el expediente, un tipo más rudo, menos cerebral que Víctor, pero con una energía física imponente. La propuesta queda flotando en el aire de la pequeña oficina, mezclándose con el olor del café frío y la humedad de la lluvia.
-“¿Jorge? “logro susurrar, y mi propia voz me suena extraña, como si perteneciera a otra persona.
-“ Él también la mira cuando usted cruza el pabellón, Doc. Pero él no tiene mi paciencia. Él es puro impulso, puro «ya». Piénselo… Usted sabe que acá todo se puede arreglar.”
Me mira fijo, esperando mi reacción, sabe que me acaba de empujar al borde de un abismo. Si acepto a Víctor, es una falta, si acepto lo que propone, es una capitulación total ante el sistema que se supone debo controlar. Pero mi cuerpo, traicionero y hambriento tras años de soledad y muros grises, reacciona con un escalofrío que no es de miedo.
-“Sería nuestra pequeña sociedad, Anabel , una tregua bajo la lluvia de un domingo“ susurra suavemente.
-“Ok, acepto, pero veremos cómo se portan” dije como si manejara la situación.
-“Usted manda, Anabel, dígame cuando, y nosotros ponemos el resto.” responde con un susurro cargado de electricidad.
-“Una cosa más, y esto es por Ud. El evento conviene que no sea acá en su oficina Doc, pueden verla o enterarse y no es una buena idea. Háblele a Juan porque en la otra ala hay habitaciones viejas que están vacías y no circula gente”
Salgo de la oficina con el corazón golpeándome las costillas. Afuera, el guardia espera apoyado contra la pared, fumando un cigarrillo que no debería estar encendido.
Tomo el teléfono y llamo a Juan que está en su puesto
-“Juan… necesito el cuarto del fondo del pabellón 4. El que está cerca de las calderas” le digo, bajando la voz.
-“Y necesito que Víctor no vaya solo, sino que Jorge lo acompañe.”
Juan escucha atentamente, el silencio se prolonga un segundo de más, una eternidad donde se mide el peso de lo que estoy pidiendo.
Finalmente, con voz baja dice.
-“La zona está fuera de los recorridos de guardia este fin de semana Doc. Yo me encargo del traslado y de que nadie se acerque a esa zona. En diez minutos los tiene ahí, quédese tranquila”
Camino por los pasillos húmedos, alejándome de la guardia, internándome en el sector más profundo de la Unidad n° 2. El ruido de las calderas empieza a retumbar, un sonido sordo y rítmico que oculta cualquier otro grito. Llego a la puerta metálica del cuarto, la abro y entro. El aire ahí dentro es pesado, caliente, saturado de vapor y olor a hierro, montones de muebles apilados, camillas y un sinfín de colchonetas en una pila.
Me saco el abrigo de lana y lo dejo sobre una camilla. Me quedo solo con el suéter, esperando que el chirrido de la puerta me avise que mis dos «invitados» han llegado.
El silencio en el cuarto es engañoso, está lleno de crujidos de tuberías y ese siseo constante del vapor. Miro hacia la puerta metálica, la única entrada y salida. Ya no hay vuelta atrás. Juan ya debe estar moviendo las piezas, cruzando pabellones con dos hombres que, en los papeles, son delincuentes, pero que en mi cabeza son ahora el objeto de una transgresión que me hace temblar las piernas.
De repente, el chirrido.
La puerta se abre pesadamente. Primero entra la sombra de Juan, que se queda en el umbral, vigilando el pasillo vacío. Luego, pasan ellos.
Víctor entra primero, manteniendo esa elegancia que ni el uniforme de preso le quita, detrás de él, Jorge.
Es tal como lo recordaba, más macizo, con hombros anchos que parecen ocupar todo el marco de la puerta y una mirada cargada de una urgencia que no conoce de protocolos. Jorge no me mira con la curiosidad intelectual de Víctor, me mira con un hambre física que me deja sin aire.
Juan me guiña el ojo me y cierra la puerta desde afuera. Escucho el sonido de la traba.
Estamos solos.
-“Acá estamos, Anabel” dice Víctor, rompiendo el ritmo de las calderas, habla con una suavidad que exaspera. Mientras
Jorge me recorre de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello, donde el pulso se me nota a simple vista bajo el suéter.
-“Usted nos mandó a llamar, Doc , aquí nos tiene…” dice Jorge con una voz ronca, mucho más profunda que la de Víctor.
El aire del lugar era sofocante, sumado al calor de las calderas, el ambiente había subido en intensidad haciendo crecer el reloj del termómetro.
Me acerco a ambos, los miro de arriba abajo, los veo cual predadores a punto de comerse su mejor presa.
-“Predadores… entonces saben que a una presa no se la hace esperar.“ susurro, y mi voz, por primera vez, no suena a la de una profesional, sino a la de alguien que ha cruzado el espejo.
Me quedo quieta entre los dos, sintiendo cómo el calor de sus cuerpos me envuelve mejor que cualquier abrigo.
A mi izquierda, Víctor desliza su mano por mi brazo con la ligereza de un suspiro, como si estuviera reconociendo el terreno que ya conquistó con su mente. A mi derecha, Jorge contiene su fuerza, sus manos, que podrían romper cualquier cosa, me tocan con una reverencia inesperada, casi con miedo de que me desvanezca entre el vapor de las calderas.
-“No necesitamos violencia, Anabel. La violencia es para los que no tienen permiso. Y usted nos dio las llaves de todo.” Esbozó en un susurro contra mi oído, estremeciéndome.
Siento la mano de Víctor buscando el borde de mi suéter de lana, mientras Jorge me rodea la cintura, atrayéndome hacia él con una lentitud que me quita el aliento. En ese rincón olvidado de la cárcel, el mundo de afuera, las parejas perdidas, la vida social, el micro de vuelta, ha dejado de existir.
-“Usted nos llamó “ repite Jorge, esta vez con una suavidad que me desarma “Y ahora nosotros somos suyos.”
Mis piernas flaquean, pero no caigo porque sus cuerpos son ahora mi único soporte. Cierro los ojos, dejando que la cabeza caiga hacia atrás, rindiéndome finalmente al peso de la atmósfera que ellos han creado. El aire se escapa de mis pulmones en un suspiro que suena a derrota y a liberación al mismo tiempo.
-“Háganlo…” susurro, y mi propia voz me resulta extraña, despojada de toda autoridad, reducida a un ruego que flota en el vapor de las calderas.
Víctor no pierde un segundo, sus dedos, expertos y decididos, terminan de levantar el borde de mi suéter quitándolo. Siento el contacto del aire del cuarto contra mi piel desnuda solo por un instante estremeciéndome, mis pechos desnudos reaccionan exhibiendo mis pezones duros y erguidos.
Él me estudia con una intensidad casi científica, como si estuviera memorizando cada reacción de mi piel bajo su tacto, besa mi cuello mordisqueándome y baja su boca buscando esos timbres que lo desean ansiosos, tomando mis tetas entre sus manos.
Jorge a mi otro lado agarra mi cintura con esas manos, duras, fuertes, capaces de doblarme al medio
-“No tiene idea de cuánto tiempo estuvimos imaginando este momento en la oscuridad de la celda, Anabel” murmura Jorge contra mi oído, su voz ahora ronca, cargada de una urgencia que me estremece
-“Usted era nuestra única luz dentro de este infierno, y ahora que la tenemos cerca, no pensamos dejarla ir.”
Víctor tiene mi pecho entre sus manos, tratándome como una pieza de valor incalculable que por fin puede tocar. Siento sus labios húmedos y firmes rodeando mis pezones, succionando con una cadencia que me hace soltar un gemido que se pierde en la boca de Jorge. Es una tortura exquisita, el frío intelectual de Víctor convertido en puro fuego carnal, marcando mi piel con una devoción que roza la locura.
Mientras tanto, Jorge me devora. Su beso no es una invitación, es una toma de posesión. Sus labios gruesos y calientes se mueven contra los míos con una fuerza bruta que me obliga a aferrarme a sus hombros, hundiendo mis uñas en su piel. Siento su lengua reclamando cada rincón de mi boca, una invasión que acepto y devuelvo con una desesperación que me quema por dentro. Sus manos en mi cintura no solo me sostienen, me comprimen contra él, borrando cualquier rastro de aire entre nuestros cuerpos.
-“Muerda, Anabel… marque lo que es suyo, se lo merece. Ya no queda nada de la doctora, solo queda nuestra mujer. ”
gruñe Jorge entre el beso, alentando mi violencia mientras sus dedos se hunden en mi carne, justo por encima de mis caderas, dejando una huella que sé que mañana será un recuerdo oscuro en mi piel.
El peso de esa palabra, “nuestra”, termina de dinamitar mis defensas. Me arqueo, ofreciéndome más, perdida en el contraste de la precisión letal de Víctor sobre mis pechos y la fuerza incontenible de Jorge.
Hoy, en este rincón olvidado por Dios, soy la presa que ha decidido devorar a sus predadores.
Jorge me suelta un instante, toma varias colchonetas de la pila y las desparrama en el suelo, mirándome con una sonrisa las señala y dice suavemente
-“nuestro campo de batalla…”
Víctor, lentamente se separa de mi, quita su remera y comienza a desvestirme con una suavidad y lentitud exasperante, sabe perfectamente que eso me enardece aún más. El tiempo parece dilatarse en ese rincón de sombras y metal. Víctor disfruta de mi impaciencia, sus ojos no se despegan de los míos mientras sus dedos, largos y precisos, desabrochan cada botón, cada cierre, con la parsimonia de quien está desarmando un mecanismo delicado. El roce de sus yemas contra mi piel erizada es una tortura líquida. Sabe que estoy al límite, que el contraste entre su calma exterior y la tormenta que ruge en mis entrañas me está volviendo loca.
Cuando finalmente la última prenda, mi ínfima tanga cae sobre el piso, me siento expuesta, vibrando bajo la luz mortecina. Jorge, ya despojado de su ropa, es una visión de fuerza bruta y deseo contenido, se acerca y juntos me examinan de pies a cabeza, mis nervios penden de un hilo, escucho a Víctor exclamar
-“Doc, es Ud una de las mujeres más hermosas que he visto” lo sigo con la mirada mientras se quita el pantalón y su bóxer.
Para beneplácito mío, veo que su hombría tiene un tamaño más que interesante, le sonrío y con voz suave digo
-“bueno, al menos ya hay algo que no me ha decepcionado, veremos si esto es la regla o la excepción”
Escucho la risa de ambos, mi comentario distiende un poco el ambiente. Se acercan de frente y se arrodillan uno a cada lado, miro sus cuerpos marcados, sus músculos y esas venas por las que fluye ese torrente de deseo
Esa chispa de desafío en mi voz parece ser el combustible que necesitaban,
-“¿La excepción, doctora?” repite Víctor
-” No va a tener tiempo de decepcionarse, Anabel, cuando terminemos Ud no va a recordar ni su nombre”
Ambos me tomaron por mis piernas y me depositaron sobre las colchonetas de espaldas, Víctor buscando mi boca me besa con ganas, mientras siento que Jorge se ubica entre mis piernas separándolas.
Víctor se corre hacia atrás, baja la mano y rodea su propia virilidad, mostrándomela con una confianza desarmante y una presencia que me hace sentir absolutamente pequeña. El aire huele a ozono y a piel excitada, y puedo escuchar entre el siseo de la caldera, mi pecho retumbar en cada latido de un corazón que está por salirse de mí.
-“Elija, doctora…¿Quién de los dos va a demostrarle primero que no somos ninguna excepción?” jadea Víctor contra mi rostro, aunque ambos sabemos que no voy a elegir a uno solo. Un susurro escapa de mi boca
-“no importa el orden, los quiero a ambos”
Ese susurro es la señal que esperaban para desatar el caos, mi rendición total rompe el último dique de contención que les quedaba.
-“Entonces no pida clemencia” sentencia Jorge con una voz que parece salir de las profundidades de la caldera.
Él, que ya estaba posicionado entre mis piernas, sujeta mis muslos con una fuerza que me hace sentir anclada a la tierra, mientras sus ojos clavan una mirada feroz en los míos y bajando lento separa los labios de mi mariposa con su lengua, el tacto áspero de su lengua me estremece arrancándome un gemido profundo.
Víctor mientras tanto me toma del rostro con suavidad y girándome hacia él, apoya su enorme miembro en mi boca, la abro y recibo esa mole de carne de un sabor primitivamente macho.
Jorge, abajo, no tiene piedad. Su lengua es ruda, persistente, y cada movimiento certero contra mi centro me hace clavar los talones en la colchoneta, arqueándome en busca de un aire que no llega. El placer es tan agudo que se siente casi como un dolor eléctrico, una invasión que me obliga a perder el control de mis propios músculos.
Arriba, Víctor me observa con esa calma letal mientras llena mi boca. Siento su mano firme en mi nuca, dictando el ritmo, obligándome a reconocer su tamaño y su poder.
El contraste entre ambos me está volviendo loca, un gemido sordo vibra en mi garganta, un sonido que no puede escapar de mí porque la verga de Víctor lo contiene, mientras mis manos buscan desesperadamente aferrarse a la base de su ser, rodeando su generoso diámetro.
-“Mirála Jorge, decime si no es hermosa?, y ahora así, más que cuando estaba en su escritorio juzgándonos” deslizó Víctor.
Todo fue cuestión de segundos, Jorge tomó mi clítoris pletórico de sangre entre sus labios, apretándolo, y el orgasmo fue instantáneo, exploté en su cara en un mar de jugos y espasmos interminables. El sótano pareció estallar, mis sentidos se desconectaron de la realidad mientras mi cuerpo se arqueaba violentamente, convertido en un cable de alta tensión producto de esa innombrable boca.
El grito que debería haber desgarrado el silencio de la prisión murió sepultado como un quejido ahogado en mi garganta llena de esa hermosa verga, mientras mis dedos se cerraban con fuerza desesperada alrededor de su diámetro.
Jorge no se apartó, bebió de mi colapso con una devoción animal, manteniendo la presión de sus labios mientras mis espasmos lo empapaban, reclamando cada gota de mi rendición. Sentí sus manos grandes enterrarse en mis glúteos, sosteniéndome en medio de la tormenta.
Víctor, desde arriba, dejó escapar un gruñido ronco al sentir la fuerza de mi succión y la presión de mis manos. Sus ojos plateados brillaban con un triunfo absoluto, observando cómo mis pupilas se dilataban y mi piel se cubría de un sudor fino y brillante.
-“Eso es, Anabel… bienvenida al infierno que tanto querías estudiar, y esto es solo el principio..” susurró
Jorge se incorporó lentamente, limpiándose la comisura de los labios con su mano, su mirada inyectada en sangre, fija en mi cuerpo aún vibrante, y sin mediar palabra levantó mis piernas y apoyando firmemente su miembro en mi vulva húmeda, ingresó lentamente sin darme respiro.
El aire se detuvo.
Sentí cómo mis músculos, todavía contraídos por el orgasmo anterior, se veían obligados a ceder ante la invasión cruda y decidida de Jorge. Fue una presión lenta, abrasadora, sus venas marcaban el territorio de mi vagina con una presión tal que me llenó hasta el último rincón, haciéndome jadear mientras mis pulmones luchaban por encontrar oxígeno.
No hubo sutileza, solo la fuerza bruta de un hombre que llevaba años acumulando ese deseo tras muros de cemento.
-“Mírate, Anabel, mira como disfrutas de tus reos” gruñó sonriendo Jorge mientras me penetraba.
Víctor, que no se había movido de mi cabecera, se inclinó y sus manos descendieron hasta mis pechos, apretándolos con una posesividad renovada mientras observaba con fascinación casi clínica cómo el cuerpo de Jorge se fundía con el mío. Su mirada buscó la mía, atrapándome en un duelo silencioso mientras Jorge empezaba a marcar un ritmo profundo, implacable, que hacía que mis caderas golpearan contra las colchonetas con un sonido rítmico y carnal.
-“Siente eso, doctora? yo voy a asegurarme de que no pueda, ni quiera, escapar de lo que Ud. siente hoy aquí dentro.” susurró Víctor mientras su compañero bombeaba dentro mío sin descanso.
Sus vaivenes iban in crescendo y tuve la sensación que otro orgasmo vendría a mi encuentro de manera explosiva, al parecer, Víctor percatándose de los mismo, tocó el hombro de su compañero solicitando cambiar de lugar.
-«Ahora es mi turno de mantener esa promesa, doctora» murmuró Víctor, con una precisión casi quirúrgica, no permitió que el ritmo decayera ni un segundo durante la transición. Mientras Jorge se retiraba lentamente, dejando una estela de calor y fricción, Víctor ya estaba posicionándose, reclamando el espacio que su compañero acababa de liberar.
El cambio de ritmo fue inmediato y asfixiante. Donde Jorge era implacable y profundo, Víctor era metódico y voraz, buscando con cada movimiento el ángulo exacto para empujarme al borde del abismo.
Jorge, lejos de apartarse, se situó ahora a mi cabecera, sus dedos se enredaron en mi pelo y sus pulgares acariciaron mis mejillas húmedas, obligándome a sostener su chorreante miembro mientras presenciaba cómo Víctor ejecutaba su palabra de no dejarme escapar de ese placer explosivo que ya empezaba a sacudirme desde adentro.
Sentí cómo la presión de Víctor iba ganando profundidad, las marcadas venas de su enorme falo estiraban el interior de mi vagina hasta la desesperación, su glande golpeaba el fondo de mi ser dejando cada sensación en un límite donde el borde del abismo dejaba de ser una amenaza para convertirse en una necesidad.
Mi cuerpo, atrapado entre ambos empezó a tensarse en espasmos involuntarios.
-«Míreme, doctora,» sentenció Víctor con voz ronca, sin romper la precisión de su vaivén
-«dije que no iba a poder escapar, y apenas estamos empezando.»
El placer, que ya era una vibración eléctrica recorriendo mi columna, amenazaba con estallar en cualquier momento bajo esa doble exigencia que no daba tregua.
Y en una profunda embestida inicié el camino del infierno, colapsé en un orgasmo demoledor que hizo que mi cuerpo se tense estremeciéndome sin parar.
Víctor captó el instante exacto en que mi cuerpo colapsó, esa vibración que precede al estallido, y abandonó su precisión metódica por un impulso feroz y acelerado.
Sus manos se hundieron en mis caderas, anclándome contra las colchonetas con una fuerza renovada, mientras sus embestidas se volvían cortas, rápidas e implacables, golpeando una y otra vez contra mi núcleo de placer.
-«¡Ahora, doctora! ¡Sienta cómo la reclamo, venga de una vez!» gritó él, perdiendo por fin esa calma clínica mientras su propio deseo lo desbordaba.
El orgasmo me golpeaba sin parar con una fuerza explosiva, recorriendo cada fibra de mi ser, mientras mis músculos internos se contraían rítmicamente alrededor de la gruesa anatomía de Víctor. Él soltó un rugido ahogado, hundiéndose una última vez con una profundidad total mientras se entregaba también al clímax, fundiéndose conmigo en una espesa marea de esperma caliente que inundaba todo mi interior sin parar. Y en una auténtica pérdida de control absoluto abracé a Víctor gritando, y no lo solté más.
Al cabe de un buen rato, Jorge, sintiendo que la vibración del orgasmo aún me sacudía, no perdió ni un segundo.
Con un movimiento ágil y hambriento, intercambió posiciones con su compañero antes de que el calor del clímax se disipara.
Sus manos, grandes y firmes, me sujetaron las rodillas, girando mis piernas hacia el costado, me levantó con fuerzas de las caderas dejándome rápidamente en cuatro patas, separó mis nalgas con sus dedos para exponerme por completo a su mirada encendida. No hubo preámbulos esta vez, Jorge entró con una fuerza bruta e imparable, reclamando el territorio que Víctor acababa de incendiar.
-«Todavía no terminamos, doctora. Quiero que sienta esto hasta la última fibra» susurró él, arando las paredes de mi vagina en un frenesí donde el ritmo galopante hacía que las colchonetas chirriaran bajo nuestro peso.
Víctor, ahora en mi cabecera, miraba con pasividad absoluta como su amigo me sacudía como una marioneta enloquecida. Se acercaba a mi rostro y besando mi cuello con una posesividad renovada y susurraba palabras que alimentaban el fuego. Jorge, enloquecido, arremetía con una cadencia violenta y profunda, buscando ese eco del orgasmo anterior para convertirlo en un incendio nuevo.
Sentí cómo la resistencia de mis músculos cedía ante su avance, hasta que, con un último empuje que pareció tocar el fondo de mi alma, se tensó aquietándose por completo, y pude percibirlo con absoluta claridad liberando toda la carga de sus testículos con firme intensidad dentro mío en una entrega final que me dejó sin aliento. Fundida entre el peso de su cuerpo caí de pecho contra la colchoneta con él sobre mi y así quedamos unos minutos.
El silencio que siguió fue denso, cargado del olor a sexo y el olor a cuero viejo de las colchonetas que aún parecía flotar en el aire. Jorge era un peso muerto y cálido sobre mi espalda, su respiración agitada golpeando mi nuca en breves lapsos. Jorge se retiró con lentitud, un desprendimiento físico que me dejó sintiendo un vacío repentino, el aire fresco del ambiente llenó mis espacios como un golpe seco y gélido. Me quedé inmóvil, con las mejillas encendidas contra el material sintético de la colchoneta, procesando la humillación y el placer que todavía latía en mi interior como una herida abierta.
La transición del caos a la quietud era casi dolorosa, el aire de la habitación, antes asfixiante, ahora se sentía extrañamente ligero sobre mi piel desnuda que temblaba.
Me incorporé sobre los codos, con los movimientos torpes de quien intenta recuperar una dignidad que ya no existe. El silencio no era de paz, sino de evaluación. Ellos me miraban como se mira un territorio conquistado, esperando a ver quién de los tres se atrevería a romper el hechizo de lo que acababa de ocurrir.
Traté de articular una palabra, pero mi garganta estaba seca, cerrada por la adrenalina que empezaba a retirarse y dejaba en su lugar un temblor involuntario. No era solo el cansancio físico, era la realización de que las barreras que tanto tiempo me había costado levantar se habían pulverizado en solo unos instantes.
Me senté sobre los talones, ignorando que el cabello me cubría el rostro como una cortina desprolija. Levanté la vista hacia ellos, encontrando sus miradas escrutándome.
-“No… no sé si se siente como una victoria, Uds lograron lo que querían” susurré, y mi voz salió apenas como un hilo quebrado, despojado de cualquier autoridad académica.
-“Y lo peor… lo que no puedo perdonarme… es que me siento más viva así, que en toda mi carrera en este maldito trabajo… Uds me desarmaron” continué, limpiándome las lágrimas que corrían por mi rostro con el dorso de la mano, en un gesto crudo y humano.
Víctor se mantuvo inmóvil un segundo más, dejando que mis palabras flotaran en el aire como una confesión que no esperaba recibir. Entonces, rompiendo esa distancia gélida que había mantenido, se sentó frente a mí.
Pensé que iba a reírse o a soltar otro comentario mordaz sobre mi falta de control, pero lo que sentí fue la calidez de su mano grande y firme acunando mi mejilla. Con el pulgar, secó las lágrimas que me dividían el rostro, obligándome a levantar la barbilla hasta que mis ojos conectaron con los suyos. Ya no había rastro de esa crueldad calculadora, en su lugar, había una intensidad suave, casi protectora.
Sin mediar palabra me abrazó, y automáticamente me largué a llorar sin parar.
-“No te desarmamos para romperte” susurró él, y esta vez su voz sonaba dulce y cariñosa.
-“Solo te quitamos el disfraz, que es distinto. La doctora es solo una etiqueta, lo que está aquí ahora es lo que realmente importa, la mujer ”.
Se inclinó y presionó sus labios contra mi frente en un beso largo y pausado, un gesto tan tierno que me resultó más desarmante que cualquier estocada de Jorge.
Sentí cómo sus dedos se enredaban en mi pelo, apartando los mechones húmedos con una delicadeza que no encajaba con el caos de hace unos minutos.
-“Quédate así un momento “añadió, envolviéndome entre sus brazos permitiéndome esconder el rostro en su pecho.
Ese contacto, despojado de exigencias sexuales, fue el golpe de gracia. Me aferré a sus brazos, permitiéndome finalmente colapsar contra él, mientras Jorge, en silencio, ponía una mano sobre mi espalda, cerrando ese círculo amoroso.
El aire de la habitación comenzó a enfriarse, recordándonos que la vida fuera de esa sala continuaba, Víctor separó su cabeza de mi frente y cuando levanté la mirada hacia él, sin siquiera soltarme, recibí el más dulce beso de lengua que pude haber tenido en mi vida. Sus labios mordieron los míos suavemente, tironeando y jugando y yo me sentí por primera vez en toda la noche, contenida y querida. Antes de separarse susurró un muy tenue “te quiero”, se levantó y comenzó a juntar mis ropas desparramadas en el suelo.
Fue un proceso lento, casi ritual. Ambos se acercaron con mi ropa interior, sus manos, que antes habían sido garras de deseo, ahora se movían con una precisión delicada. Me ayudaron a ponérmelas mientras yo permanecía de pie, todavía un poco inestable, sintiendo el roce de sus dedos contra mi piel como un eco suave de la tormenta pasada.
Cuando terminaron de vestirme, me acomodaron el cabello y me observaron una última vez. Estaba vestida, impecable por fuera, pero por dentro me sentía marcada por una complicidad que el silencio de la ropa no podía ocultar.
Me ofrecieron un brazo cada uno para ayudarme a caminar hacia la salida, transformando el escenario del caos en un espacio de respeto mutuo compartido.
A la mañana siguiente, el cristal de mi escritorio parecía más frío de lo habitual. El sonido del segundero del reloj de la pared, que antes me resultaba relajante por su orden, ahora se sentía como un metrónomo vacío.
Me acomodé las gafas y ajusté el cuello de mi blusa, sintiendo el roce de la tela exactamente sobre el lugar donde los labios de Víctor se habían posado por última vez.
Revisé el historial clínico del paciente de las nueve, pero las palabras bailaban frente a mis ojos. Mi reflejo en la ventana me devolvía la imagen de siempre, la doctora impecable, la profesional imperturbable. Sin embargo, al cruzar las piernas, un leve dolor muscular me recordó la violencia del placer y la paz de aquel abrazo final.
Sonreí para mis adentros, una expresión que mis colegas rara vez veían. La estructura de mi vida seguía en pie, pero los cimientos habían cambiado. Sabía que, en cualquier momento, el teléfono vibraría o una sombra conocida cruzaría la puerta, y la «doctora» volvería a desvanecerse para dejar paso a la mujer que ellos habían descubierto.
Guardé el bolígrafo en el estuche con un gesto pausado.
El juego no había terminado, simplemente se había vuelto invisible para el resto del mundo.
Esta doctora al fin recuperó su máscara frente al mundo, pero con el secreto latente de que, bajo su ropa impecable, ya nada vuelve a ser igual. El orden de la oficina ahora es solo una fachada para la intensidad que descubrí que podía ser yo misma…