Capítulo 3

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Capítulo 3: La primera traición

Parte 1

Llegué al Conalep al día siguiente con el reloj bien ajustado en la muñeca izquierda. Ya no se sentía como un objeto raro; se sentía como parte de mí. El corazón me latía más rápido de lo normal. Apenas bajé del microbús y crucé la entrada, empecé a buscar a Melissa con la mirada. La vi cerca de las escaleras del patio, platicando con Jackie y Camila. Respiré hondo, me acerqué como si nada y le di un beso rápido en los labios.

—Buenos días, amor —le dije, sonriendo.

Ella me devolvió el beso, pero se quedó un segundo más mirándome, como si todavía estuviera procesando lo de anoche.

—Buenos días… te ves diferente hoy —murmuró.

No le contesté. Solo apreté el botón del lateral del reloj. Se escuchó un pitido muy agudo, casi inaudible, como un chirrido que solo yo podía notar bien. Melissa parpadeó fuerte y sacudió un poco la cabeza.

Durante el recreo empecé a probar. Estábamos sentados en las escaleras de siempre. Le di otro comando bajito, casi al oído:

—Melissa, quiero que camines más despacio y muevas más las caderas cuando vayas a comprar algo a la cooperativa.

Ella se levantó para ir por unas tortas. Al principio caminó normal… pero a los pocos pasos empezó a mover el culo de forma más pronunciada, más sensual. El pantalón negro se le ajustaba rico y varias cabezas se voltearon a verla. Hasta Jackie soltó un “¡Órale, Mel! ¿Qué te pasó hoy?” riéndose.

Melissa regresó con las tortas y se sentó de nuevo, con las mejillas un poco rojas.

—No sé… me siento rara caminando —dijo bajito, casi para ella misma.

Yo solo sonreí y apreté el botón otra vez.

Más tarde, en la clase de Contabilidad, me senté dos pupitres atrás de ella. Cuando el profe estaba escribiendo en el pizarrón, activé el reloj y le ordené en voz baja:

—Melissa, siéntate con las piernas más abiertas… y cada vez que me mires, muérdete el labio inferior.

Ella obedeció sin entender por qué. Abrió un poco más las piernas debajo del pupitre. La tela del pantalón se le tensó en los muslos y en el centro. Cada rato volteaba hacia mí, se mordía el labio despacio y luego bajaba la mirada, confundida. Yo sentía la verga medio dura solo de verla.

En un momento le mandé un mensaje por WhatsApp:

“Estás bien puta hoy, amor.”

Ella lo leyó, se puso roja y me contestó casi al instante:

“¿Qué te pasa? 😳 Me estás poniendo nerviosa…”

Sonreí y apreté el botón una vez más.

—Quiero que me contestes algo bien caliente —le susurré.

Su siguiente mensaje llegó dos minutos después:

“Me tienes mojada desde anoche… no sé qué me hiciste.”

No mames. El reloj estaba funcionando mejor que ayer. Todavía no era control total, pero el sonido del botón abría una puerta. Melissa estaba más receptiva, más dispuesta a aceptar las órdenes aunque después se sintiera rara y avergonzada.

En el cambio de clase me crucé con Jackie en el pasillo. Como siempre, me sonrió de esa forma coqueta y me rozó el brazo al pasar.

—Hola, guapo —dijo bajito.

Yo solo la miré y pensé: “Pronto, Jackie… muy pronto”.

El resto del día seguí probando cosas pequeñas con Melissa: que se acomodara el cabello de forma más sensual, que se inclinara un poco más cuando me hablaba, que me mandara otro mensaje diciendo que tenía ganas de que la tocara. Cada vez que activaba el reloj y escuchaba ese pitido, ella se ponía un poco más obediente, aunque seguía resistiendo por dentro. Se notaba en su cara: confusión, excitación y un poco de vergüenza todo mezclado.

Cuando sonó la última campana, Melissa se acercó a mí en la salida.

—Alex… ¿vienes a mi casa? Mis papás llegan tarde hoy. Podemos… platicar un rato.

Me miró a los ojos y se mordió el labio otra vez, sin que yo se lo hubiera ordenado en ese momento.

Yo sonreí.

—Claro, amor. Vamos.

Ya sabía que en su casa iba a subir el nivel.

Parte 2

Llegamos a casa de Melissa como a las tres y media. Sus papás todavía estaban en el trabajo y Lizeth no llegaba hasta la noche, así que teníamos la casa sola. Apenas cerró la puerta principal, Melissa se me pegó y me dio un beso más intenso de lo normal. Yo la correspondí, pero mi cabeza ya estaba en otra cosa.

—Ven, vamos a mi cuarto —dijo ella, tomándome de la mano.

Entramos y cerré la puerta con seguro. Nos sentamos en la orilla de su cama. Ella todavía traía el uniforme puesto. Yo respiré hondo, acerqué mi muñeca izquierda y apreté el botón del reloj. El pitido agudo casi inaudible cortó el aire.

Melissa parpadeó fuerte y se llevó una mano a la sien.

—Otra vez esa sensación… ¿qué me está pasando, Alex?

No le contesté de inmediato. La miré a los ojos y empecé suave:

—Melissa… quiero que seas completamente honesta conmigo. ¿Tú sabes que Jackie me tiene ganas desde hace rato, verdad?

Ella se quedó callada un segundo. Luego bajó la mirada y apretó los labios.

—Sí… lo sé —admitió casi en un susurro—. Siempre te coquetea, siempre te sonríe así… y cuando tú no estás, me dice que eres guapo y que si yo no fuera tu novia… —se le quebró un poco la voz—. Me da mucha rabia, Alex. Mucha.

Activé el reloj otra vez. El pitido sonó.

—Quiero que me digas exactamente cómo te sientes cuando piensas en eso.

Melissa respiró agitada. Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas, pero las palabras le salían más fáciles que antes.

—Me da celos… me da mucho coraje imaginar que ella te toque, que te bese, que… que te dé lo que yo no te doy en la cama. Sé que soy aburrida, ¿sí? Sé que te frustras conmigo… pero ella es más puta, más atrevida. Y eso me mata.

Le puse una mano en el muslo y subí despacio.

—Shh… está bien. Quiero que imagines algo. Imagina que yo me cojo a Jackie… solo una vez. Imagina que la tengo en cuatro, como te tuve a ti anoche, y que ella gime mi nombre.

Melissa soltó un sollozo pequeño, pero no se apartó. El reloj estaba haciendo su trabajo: la ponía más receptiva, aunque la parte emocional seguía resistiendo.

—No… por favor, Alex… no me hagas pensar en eso —dijo con la voz temblorosa—. Ella es mi mejor amiga… y tú eres mío.

Apreté el botón una vez más. El pitido sonó.

—Dime la verdad, Melissa. ¿Te excita un poco la idea? Aunque te dé celos… ¿te moja imaginarme cogiéndomela?

Ella cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas le corrieron por las mejillas, pero su respiración se volvió más pesada. Se mordió el labio y, casi contra su voluntad, asintió muy despacio.

—Un… un poquito —confesó entre sollozos—. Me da rabia… pero también me pone cachonda pensar que tú por fin puedas tener lo que quieres. Que no tengas que conformarte conmigo nomás.

Me acerqué más y le hablé bajito al oído mientras le metía la mano por debajo de la falda del uniforme.

—Entonces dime lo que quiero oír, amor. Dime que me vas a dejar cogerme a Jackie.

Melissa temblaba. Las lágrimas seguían cayendo, pero el reloj y mi voz la tenían atrapada.

—Yo… yo te voy a dejar… —dijo casi sin voz—. Puedes cogerte a Jackie si quieres… pero prométeme que sigo siendo tu novia principal… que no te vas a enamorar de ella.

Sonreí y la besé en el cuello.

—Te lo prometo. Tú eres mi novia. Esto solo es sexo.

La acosté en la cama y le quité el pantalón. Saqué un condón, me lo puse y me la metí despacio mientras seguía hablándole.

—Repítelo, Melissa. Dime otra vez que me dejas cogérmela.

Entre gemidos y lágrimas, ella obedeció:

—Puedes… puedes cogerte a Jackie… ay, Alex… puedes cogértela cuando quieras.

La cogí más fuerte, agarrándole ese culo grande que tanto me gustaba, mientras ella repetía la frase entre sollozos y gemidos. El reloj pitaba cada vez que yo lo activaba para reforzar la orden.

Cuando terminé y me corrí dentro del condón, me quedé encima de ella, respirando agitado.

Melissa tenía los ojos rojos y la cara mojada de lágrimas, pero también estaba más mojada entre las piernas de lo que la había sentido nunca.

—¿Ya… ya estás contento? —preguntó con voz quebrada.

Yo le acaricié la mejilla.

—Mucho. Y ahora… quiero que le mandes un mensaje a Jackie.

Ella me miró confundida, todavía con la respiración entrecortada.

—¿Para qué?

—Para invitarla a venir. Dile que necesitamos hacer la tarea de Contabilidad… y que yo también voy a estar aquí.

Melissa tragó saliva. Sabía perfectamente lo que eso significaba.

Pero apretó el botón del reloj una vez más y le di la orden.

Ella tomó su celular con manos temblorosas y empezó a escribir.

Parte 3

Melissa tenía el celular en las manos, todavía desnuda de la cintura para abajo, con las mejillas mojadas y la respiración entrecortada. Me miró una última vez, como pidiendo que le dijera que todo era una broma. Yo solo apreté el botón del reloj otra vez. El pitido agudo sonó.

—Escribe el mensaje, Melissa. Ahora.

Ella tragó saliva y empezó a teclear con dedos temblorosos:

“Jackie, ¿puedes venir a mi casa? Necesitamos hacer la tarea de Contabilidad que nos dejó el profe, la que vale puntos. Alex también va a estar para ayudarnos. ¿Vienes?”

Lo envió. Se quedó mirando la pantalla como si hubiera vendido su alma.

—Listo… —murmuró.

Jackie contestó en menos de un minuto:

“Ya voy 🔥 Llegó en 20 min. ¿Traigo chelas o qué?”

Melissa soltó una risa nerviosa y triste al mismo tiempo.

—Siempre tan puta… —dijo bajito.

Veinte minutos después tocaron a la puerta. Melissa se puso el pantalón rápido y fue a abrir. Yo me quedé sentado en la cama, con el corazón a mil.

Jackie entró al cuarto como si fuera su casa. Güerita teñida, cabello largo con mechas, el uniforme le quedaba como pintado: la blusa medio desabotonada dejando ver el encaje del bra y el pantalón tan apretado que se le marcaba el culo parado de tanto gym. Era la típica morra que sabía exactamente el efecto que causaba.

—Qué onda, ¿qué pedo con esa tarea tan urgente? —preguntó riéndose mientras tiraba la mochila en la silla—. Hola, Alex.

Me miró directo a los ojos y me sonrió de esa forma coqueta que siempre usaba conmigo. Jackie era así: extrovertida, competitiva, le encantaba sentirse deseada y nunca le había importado coquetearle al novio de su mejor amiga. Siempre había tenido ese crush medio oculto, pero nunca había pasado de miradas y roces.

Melissa cerró la puerta y se quedó parada junto a la cama, nerviosa.

—Jackie… siéntate —le dije.

Jackie se sentó en la orilla de la cama, entre nosotros dos. Yo no perdí tiempo. Acerqué mi muñeca y apreté el botón. El pitido sonó fuerte y claro.

Jackie frunció el ceño y se llevó la mano a la oreja.

—¿Qué fue eso? ¿Escucharon un ruido raro?

Activé el reloj otra vez y le hablé claro, mirándola a los ojos:

—Jackie, relájate… y escúchame con atención. Quiero que seas completamente honesta. ¿Tú me tienes ganas desde hace rato, verdad?

Ella soltó una risa nerviosa, pero el reloj ya estaba haciendo efecto. Se mordió el labio y miró de reojo a Melissa.

—Alex… ¿qué estás diciendo? Melissa está aquí, wey…

Apreté el botón de nuevo.

—Dime la verdad, Jackie.

Ella respiró profundo. Su actitud coqueta empezó a mezclarse con algo más vulnerable.

—Pues… sí. Siempre me has gustado. Desde que saliste con Natalia y luego con Melissa… siempre pensé que si ella no estuviera… yo te trataría mejor en la cama. Melissa es muy… correcta.

Melissa se puso roja y bajó la mirada, pero no dijo nada. El reloj la tenía callada.

Yo seguí:

—Entonces quiero que me dejes cogerte ahora. Aquí. Delante de Melissa.

Jackie abrió los ojos grandes.

—¿Estás loco? ¿Qué carajos te pasa?

Apreté el botón dos veces seguidas. El pitido sonó más fuerte.

—Jackie… abre las piernas y quítate el pantalón.

Ella tembló. Se veía confundida, cachonda y asustada al mismo tiempo. Pero sus manos empezaron a moverse solas. Se bajó el cierre del pantalón y se lo quitó junto con las pantaletas. Tenía el coño rasurado, los labios hinchados y ya brillosos.

—No mames… ¿qué me está pasando? —murmuró, pero ya estaba obedeciendo.

Me puse de pie, saqué un condón y me lo puse frente a ella. Melissa estaba sentada al lado, mirando todo con los ojos llenos de lágrimas, pero sin poder moverse.

—Melissa… dile a Jackie que está bien —le ordené.

Melissa tragó saliva y con voz quebrada dijo:

—Está bien, Jackie… déjalo… déjalo que te coja.

Jackie soltó un gemido cuando le metí la verga de una. Estaba más mojada y más apretada que Melissa. Empecé a moverme fuerte, agarrándole ese culo firme que tanto había imaginado.

—Órale, puta… mueve ese culo como siempre lo mueves en el pasillo —le dije.

Jackie gimió fuerte y empezó a empujar hacia atrás, cogiendo rico, sin la timidez de Melissa. Era mucho más puta en la cama: gemía alto, me agarraba del brazo, me hablaba sucio.

—Así, Alex… cógeme más duro… siempre quise que me dieras verga…

Melissa solo miraba, llorando en silencio, pero con las piernas apretadas. Yo activaba el reloj cada rato para mantenerlas a las dos receptivas.

Saqué el celular y empecé a grabar un video corto: Jackie en cuatro, gimiendo mi nombre mientras yo la cogía. Melissa al fondo, viendo todo.

Cuando me corrí dentro del condón, Jackie se dejó caer en la cama, respirando agitada y con una sonrisa satisfecha.

—Pinche Alex… eso estuvo cabrón —dijo todavía aturdida.

Yo me saqué, me quité el condón y miré a Melissa.

Ella estaba callada, con la cara mojada de lágrimas, pero no se había movido.

El reloj había funcionado.

Y yo ya había cruzado la línea.

Parte 4

Jackie se quedó tirada en la cama un rato, respirando agitada, con el culo todavía en el aire y una sonrisa pendeja en la cara. Se veía satisfecha, casi orgullosa.

—No mames, Alex… eso estuvo bien cabrón —dijo mientras se incorporaba despacio—. Nunca pensé que me fueras a coger así… y menos delante de Melissa.

Se rio bajito, como si todo fuera una broma entre cuates. Esa era Jackie: siempre tratando de hacerse la fuerte, la que no se dejaba intimidar. Se levantó, se puso el pantalón sin prisa y se acomodó el cabello teñido frente al espejo de Melissa.

—Oye… ¿esto se va a repetir o fue nomás hoy? —preguntó mirándome por el espejo, con esa mirada coqueta que siempre me había puesto a mil.

Yo todavía estaba guardando el celular. Había grabado casi todo: Jackie gimiendo, el culo moviéndose, Melissa al fondo viendo todo en silencio. El primer video real.

—Ya veremos —le contesté, sonriendo.

Jackie se acercó a Melissa, que seguía sentada en la orilla de la cama con los ojos rojos y la cara mojada. Le dio un abrazo rápido, casi como si nada hubiera pasado.

—Mel… no te enojes, ¿eh? Fue… intenso. Pero tú sigues siendo su novia. Yo solo… pues ya sabes.

Melissa no le contestó. Solo asintió con la cabeza, muda. Jackie se encogió de hombros, agarró su mochila y se fue hacia la puerta.

—Nos vemos mañana en el Conalep, ¿sale? No se hagan los raros.

Cuando escuchamos la puerta de la entrada cerrarse, el cuarto se quedó en silencio. Solo se oía el ventilador y la respiración de Melissa. Me senté a su lado y le pasé el brazo por los hombros. Ella no se apartó, pero tampoco se recargó en mí.

—¿Estás bien? —le pregunté bajito.

Melissa se quedó mirando el piso un rato largo. Las lágrimas le volvieron a correr.

—No… no estoy bien, Alex. Acabo de ver cómo te cogías a mi mejor amiga… y ella gemía como si llevara años queriéndolo. Y yo… yo te dije que sí. Yo te lo permití. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no pude decir que no?

Activé el reloj una vez más y le hablé suave:

—Porque me quieres y quieres que yo sea feliz. Eso es todo.

Ella cerró los ojos y soltó un sollozo más fuerte, pero asintió.

—Sí… supongo. Pero duele. Duele mucho.}

La abracé más fuerte. Por dentro me sentía como una mezcla rara: poderoso, cachondo, culpable y adicto. Acababa de coger a Jackie delante de mi novia y Melissa no había podido hacer nada más que llorar y aceptar. El reloj estaba funcionando mejor cada vez. Ya no era solo una mamada torpe en mi cuarto… esto ya era otra cosa.

Saqué el celular y le enseñé el video que había grabado. Melissa lo miró en silencio. Se veía a Jackie en cuatro, gimiendo mi nombre, moviendo el culo rico, y ella misma al fondo, viendo todo con la cara descompuesta.

—¿Vas a guardar eso? —preguntó con voz quebrada.

—Sí. Y quizás….

Melissa no dijo nada. Solo se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se recargó en mi pecho.

—Prométeme que sigo siendo la principal, Alex. Por favor.

—Te lo prometo, amor. Tú eres mi novia.

Me quedé un rato más abrazándola, pero mi cabeza ya estaba lejos. Pensaba en Camila y sus tetas grandes, en Andrea y su carita de inocente, en Natalia y lo que le haría ahora que tenía el reloj. Pensaba en cómo iba a subir el nivel.

El reloj estaba en mi muñeca.

Y ya no había vuelta atrás.

Esta había sido solo la primera.

El reloj de los deseos

El reloj de los deseos II