Capítulo 1
Capítulo 1: La vida de siempre
Parte 1
Otro pinche lunes más en el Conalep de Iztapalapa. Bajé del microbús a las siete menos diez, todavía con el sueño pegado en los ojos y el frío de la mañana metiéndose por debajo de la camisa blanca del uniforme. El chofer ni siquiera esperó a que cerrara la puerta bien, arrancó como si lo persiguieran y dejó un chorro de humo negro que me cayó directo en la cara. Típico.
Caminé por la avenida hacia la entrada principal, mochila colgando de un hombro, pantalón chino negro ya medio sucio de tanto usarlo y los tenis Nike que compré en el tianguis ya empezando a deshilacharse. Afuera del plantel siempre era lo mismo: un montón de chavos y chavas amontonados en la banqueta, unos fumando, otros vendiendo tortas de la cooperativa, y las morras del grupo de baile practicando pasos de reggaetón pegadito aunque todavía no sonara la campana.
Entré y el olor a concreto húmedo, desinfectante barato y comida de la mañana me pegó de una. El patio central ya estaba lleno. A un lado, los de mecánica estaban tirados debajo de un coche viejo que usan para prácticas, gritando “¡pásame la llave 14, wey!”. Del otro lado, las chavas de administración se arreglaban el pelo y se quejaban del frío que hacía en los salones porque el director no quiere prender el boiler hasta noviembre.
Subí las escaleras hacia mi salón del tercer semestre y ahí fue cuando empecé a distraerme, como siempre. Primero vi a Jackie bajando del lado contrario. Güerita teñida, pantalón tan ajustado que se le marcaba el hilo de la tanga y una blusa que apenas le cerraba en las tetas. Caminaba como si supiera que todo el mundo la estaba viendo. Me echó una mirada rápida y me sonrió de lado, esa sonrisa que siempre me ha puesto a pensar cosas que no debería.
Un poco más adelante estaba Camila, sentada en la orilla de una maceta con su mochila en las piernas. Las tetas grandes se le notaban incluso con la camisa abotonada hasta arriba; cada vez que respiraba parecía que iban a reventar los botones. Estaba concentrada en su celular, mordiéndose el labio inferior. No mames, esa morra parecía hecha para que alguien le diera un buen trato.
Y luego pasó Andrea, con su carita de niña buena, el cabello castaño claro suelto y el culo respingón que se movía rico dentro del pantalón. Me saludó con la mano y se puso un poco roja. Siempre se pone así cuando me ve. Pinche inocente.
En el pasillo de arriba me crucé de frente con Natalia. Mi ex. Todavía se me hizo un nudo en la garganta. Ocho meses desde que cortamos y seguía igual de cabrona: cabello ondulado negro, cuerpo hecho para pecar y esa mirada que parecía decir “sé exactamente lo que te gusta y ya no lo tienes”. Ni me habló. Solo levantó una ceja y siguió caminando como si yo no existiera. Cabrona.
Llegué al salón, tiré la mochila en el pupitre de siempre y me senté. Mis cuates ya estaban ahí: el Chato contando alguna peda del fin de semana y el Kevin tratando de copiar la tarea de mates que nadie había hecho. El profe de Contabilidad entró cinco minutos tarde, como siempre, y empezó a hablar de balances y no sé qué madres. Yo nomás miraba por la ventana, pensando en lo mismo de siempre.
Otro día igual. Otra semana igual. Clases, recreo, más clases, el olor a milanesa recalentada en el recreo, el sol cabrón pegando en la cancha de concreto cuando salíamos a educación física, y al final del día el mismo microbús de regreso, lleno hasta la madre y con reggaetón a todo volumen.
Cuando sonó la última campana a las dos y media, recogí mis cosas y bajé con la bola de gente. Afuera ya estaba el sol de la tarde cayendo fuerte. Me quedé un rato en la esquina, esperando a ver si Melissa aparecía para irnos juntos, pero me acordé que tenía taller de inglés hasta las tres. Suspiré, me puse los audífonos y empecé a caminar hacia la parada.
Pinche vida de prepa. Todo el día rodeado de culos, tetas y morras que se veían ricas… y yo aquí, con una novia que me quería mucho pero que en la cama era más aburrida que una clase de ética.
Parte 2
Llegué a mi casa como a las tres y media, tiré la mochila en la silla y me tiré en la cama un rato. El cuarto estaba como siempre: posters de Chivas medio despegados, el ventilador dando vueltas lento y el celular cargando. Melissa me mandó mensaje a las cuatro en punto, como cada día: “Ya salí amor, ¿nos vemos en tu casa o en la mía?”.
Le contesté que mejor en la suya porque sus papás estaban en el trabajo hasta la noche. Quince minutos después ya estaba tocando su puerta. Melissa abrió con esa sonrisa que todavía me gusta, la misma de siempre. Morenita clara, cabello negro lacio que le llegaba hasta media espalda, ojos cafés grandes y una carita que parecía de buena onda. El uniforme le quedaba rico: la camisa blanca se le ajustaba en las tetas medianas-grandes y el pantalón negro le marcaba ese culo grande y suave que a mí me volvía loco cada vez que lo veía.
—Hola, mi amor —me dijo y me dio un beso rápido en los labios.
Entramos, cerramos la puerta y nos fuimos directo a su cuarto. Todo empezó normal. Nos besamos un rato en la cama, yo le metí la mano por debajo de la blusa y le agarré las tetas por encima del bra. Ella se dejaba, pero siempre con esa timidez. Le quité la camisa, luego el pantalón. Su cuerpo estaba bueno, no mames: cintura delgada, caderas anchas y ese culo que se sentía suave cuando lo apretaba. Pero ya sabía cómo iba a terminar todo.
Me puse encima de ella, en misionero como siempre. Saqué un condón de mi cartera, me lo puse con prisa y me la metí despacio. Estaba mojada, eso sí, pero nada más. Empecé a moverme y ella solo me abrazaba la espalda, respirando un poco más rápido pero sin gemir de verdad.
—Más despacio, Alex… —me susurró.
Intenté cambiarla de posición. La agarré de la cintura y traté de ponerla en cuatro para agarrarle bien ese culo.
—No, así no me gusta… ya sabes —dijo ella, casi avergonzada, y se volvió a poner boca arriba.
No insistí. Seguí en misionero, metiendo y sacando sin mucho ritmo. El condón me quitaba casi toda la sensibilidad, pero igual seguía. No me mamaba la verga, nunca. No le gustaba hablar sucio, tampoco. Solo respiraba y de vez en cuando decía “sí, amor” bajito. Yo estaba pensando en todo menos en ella: en cómo Jackie se movería si la tuviera así, en las tetas grandes de Camila rebotando, en el culo de Natalia cuando me cogía como animal hace ocho meses.
A los diez minutos ya no aguanté más. Le di unas cuantas embestidas más fuertes y me corrí dentro del condón. Fue un orgasmo vacío, sin sentir realmente cómo la llenaba. Cuando terminé, me salí, me quité el condón con cuidado, lo anudé y lo tiré en la basura del baño.
Melissa se levantó rápido, se limpió con una toallita húmeda y se puso las pantaletas otra vez.
—Ya, amor… que me da pena —murmuró mientras se acomodaba el cabello.
Yo nomás sonreí y le dije que había estado muy rico, aunque por dentro estaba hirviendo. ¿Rico? No mames. Con Natalia sí era rico. Ella me mamaba hasta el fondo, me dejaba cogérsela sin condón, en cuatro, en el culo, me hablaba sucio y se venía gritando. Melissa era… linda. Me quería. Me mandaba buenos días todos los días, me ayudaba con las tareas de mates, íbamos al cine los fines de semana y me abrazaba cuando estaba estresado. Fuera de la cama éramos una pareja bien. Pero en la cama… era como coger con una muñeca que solo se deja y siempre con protección.
Nos quedamos un rato viendo el techo. Ella me acariciaba el pecho y me decía que me quería. Yo le contestaba lo mismo, pero mi cabeza ya estaba en otro lado. Un mes después de cortar con Natalia por pendejadas de celos, terminé con Melissa porque ella me consoló una tarde en la salida del Conalep. Al principio todo fue emocionante, pero ya llevábamos casi medio año y la verdad es que yo cada día tenía más ganas de algo más fuerte. De cogerme a otras. De que me mamaran como se debe. De hablarle a una morra como puta mientras se la metía. De sentirla de verdad, sin esa pinche lámina de látex en medio.
Pero no me atrevía a engañarla. Todavía no.
Esa noche, cuando llegué a mi casa, me sentía más frustrado que nunca. Me acosté en la cama, saqué el celular y empecé a buscar pornografía bien cabrona para desahogarme. Tríos, creampies, morras pidiendo que las llenaran… y mientras veía eso, no dejaba de pensar en Jackie, en Camila, en Andrea, en Natalia.
Y entonces, casi sin querer, entré en un grupo raro de Telegram que alguien había compartido en un foro de cosas “prohibidas”. Ahí estaba el anuncio.
Parte 3
Esa noche llegué a mi casa como a las ocho y media. Mis papás ya estaban viendo la tele en la sala, así que les dije un “ya vine” rápido y me metí directo a mi cuarto. Cerré la puerta, me quité la camisa del uniforme y me tiré en la cama con el celular en la mano. El cuarto estaba oscuro, solo entraba un poco de luz de la calle por la ventana. El ventilador daba vueltas lento, como siempre.
Me bajé el pantalón hasta las rodillas y empecé a masturbarme despacio. Primero abrí la galería y puse fotos de Melissa. Ahí estaba ella sonriendo en el cine, en el parque, en una selfie que me mandó hace dos días. Se veía linda… pero no me prendía. Luego cambié a las historias de Instagram. Jackie había subido una story bailando reggaetón en una fiesta del fin de semana, el culo se le movía rico y la blusa se le subía mostrando el ombligo. Me puse más duro. Después busqué a Camila: una foto de hace un mes en la cooperativa, las tetas casi saliéndose de la camisa. Y Andrea, con esa carita de buena que me hacía imaginarla gimiendo bajito. Hasta me atreví a abrir el perfil de Natalia. La última foto que tenía pública era de hace tres días, en shorts y crop top, ese cuerpo que yo conocía de memoria.
Mientras me jalaba la verga más rápido, la frustración me iba subiendo.
«No mames, Alex… tienes una novia que te quiere, que es buena onda, que te ayuda con todo… y aquí estás, pajeándote pensando en sus amigas y en tu ex.»
Pero no podía parar. El condón de hace rato todavía me tenía molesto. Ese orgasmo vacío, esa sensación de no sentir nada de verdad. Quería correrme adentro de alguien sin látex, quería oír a una morra gemir fuerte, quería que me dijera “lléname, Alex” mientras se la metía hasta el fondo.
Abrí el navegador y busqué porno. Empecé con lo de siempre: videos de creampies, tríos, morras que se dejaban coger duro y hablaban bien sucio. Cada video me ponía más caliente y más enojado al mismo tiempo. ¿Por qué Melissa no podía ser así? ¿Por qué yo no me atrevía a buscarme a otra? Tenía miedo de que se enterara, de que todo se fuera a la mierda. Pero la calentura ya me estaba ganando.
Casi sin darme cuenta, entré en un grupo de Telegram que alguien había compartido en un foro de cosas raras. El grupo se llamaba “Cosas que nadie debería saber”. Ahí había de todo: links de deep web, ventas raras, gente pidiendo cosas ilegales. Y entonces lo vi.
Un anuncio pinned en lo más alto.
RELOJ CRONOS – Control total sobre la mente.
Foto de un reloj digital negro, elegante, del tamaño de un smartwatch normal. El texto decía:
“¿Cansado de que no te hagan caso? ¿Quieres que ella haga exactamente lo que tú quieres, cuando tú quieres»
Con el Reloj Cronos puedes controlar cualquier mente. Inhibiciones, deseos, recuerdos, todo.
Resultados visibles en minutos.
Solo $199. Envío discreto desde CDMX.
Garantía real: si no funciona, te devolvemos el doble.
Único en el mercado. No es broma.”
Debajo había comentarios de gente que supuestamente ya lo había comprado:
“Funciona wey, mi vieja ahora hace todo lo que le pido.”
“Compré hace una semana y ya tengo a tres morras haciendo lo que quiero.”
“Cuidado, es adictivo.”
Me empecé a reír solo en el cuarto.
«Esto es una mamada. Seguro me estafan y me mandan una piedra.»
Pero no cerré la publicación. Me quedé viendo la foto del reloj. Negro, discreto, se veía caro pero no tanto. Pensé en Melissa limpiándose con la toallita después de cogernos con condón. Pensé en Jackie sonriéndome en las escaleras. En Camila y sus tetas. En Natalia y cómo me cogía sin miedo. En todas las veces que había querido pedirle a Melissa algo más fuerte y me había quedado callado por no “ser grosero”.
La verga me seguía dura en la mano.
«¿Y si de verdad funciona? Aunque sea una chinga de 200 varos… ¿qué pierdo?»
Abrí el link de pago. Era una página sencilla, nada de logos raros, solo un formulario. Metí mis datos, el número de tarjeta de débito que casi nunca usaba y el domicilio de mi casa. El corazón me latía cabrón. Confirmé la compra.
“Pedido realizado. Envío estimado: 3-5 días hábiles.”
Apagué el celular y me quedé mirando el techo. La verga se me bajó poco a poco.
No mames… ¿en serio acabo de gastar 199 pesos en un reloj mágico de internet?
Me sentí pendejo, pero también… emocionado. Por primera vez en mucho tiempo sentía que algo podía cambiar. Que tal vez, solo tal vez, iba a poder coger como yo quería. Con quien yo quería. Sin condón. Sin “no, así no me gusta”. Sin tener que pedir permiso.
Me acomodé la almohada y cerré los ojos.
—Mañana vemos qué pasa —me dije en voz baja.