Capítulo 2
Capítulo 2: La primera prueba
Parte 1
Habían pasado cuatro días desde que compré ese pinche reloj. Cuatro días en los que no hacía otra cosa que checar el celular cada cinco minutos, esperando la notificación de paquetería. Cada vez que vibraba pensaba “ya llegó”, pero no… solo eran mensajes de Melissa diciendo “te quiero” o notificaciones de Instagram.
El lunes en el Conalep fue igual que siempre, pero yo estaba más distraído que de costumbre. En el recreo, como a las once, me junté con Melissa y sus amigas en las escaleras de siempre, donde siempre se ponían a platicar. Melissa estaba sentada en el segundo escalón, comiéndose una torta de milanesa. A su lado estaba Jackie, con las piernas cruzadas y el pantalón tan apretado que se le marcaba todo.
—Oye, Mel, ¿vas a ir a la fiesta del sábado en casa de la Fer? —preguntó Jackie mientras se acomodaba el cabello teñido—. Dicen que va a haber harto alcohol y que hasta ponen reggaetón bueno.
Melissa se rio bajito y me miró de reojo.
—No sé, Jackie… ya ves que Alex no es muy de fiestas. ¿Verdad, amor?
Yo solo me encogí de hombros, tratando de no parecer tan ansioso.
—Pues depende… si hay buen ambiente, ¿por qué no?
Jackie me sonrió de esa forma que siempre me ponía a pensar cosas. Se inclinó un poco hacia adelante y sus tetas se marcaron más contra la camisa.
—Ay, Alex, no seas aburrido. La última vez que fuiste te la pasaste bien. Además, yo voy a llevar ese short que tanto te gusta —dijo guiñándome un ojo, medio en broma, medio en serio.
Camila, que estaba un poco más abajo revisando su cuaderno de mates, levantó la vista y soltó una risita tímida. Sus tetas grandes se movieron cuando se acomodó mejor en el escalón.
—Jackie, ya déjalo en paz. Pobre Alex, siempre lo están molestando. Aunque… la verdad sí estaría padre que fuéramos todos. Yo llevo las chelas que me sobran de mi casa.
Andrea estaba callada, como siempre, mordiéndose el labio y mirando el piso. Tenía las mejillas un poco rojas. Al final levantó la mirada y habló bajito:
—Yo… yo sí quiero ir. Pero solo si Melissa va. No me gusta llegar sola a esas cosas.
Melissa me apretó la mano y sonrió.
—Pues si Alex quiere, vamos. ¿Verdad?
Yo asentí, pero la verdad es que apenas las estaba escuchando. Mi cabeza estaba en otra cosa. Cada vez que Jackie movía las piernas, cada vez que Camila se inclinaba sobre su cuaderno y sus tetas casi se salían de la camisa, cada vez que Andrea se sonrojaba… pensaba lo mismo: “Si ese reloj funciona, voy a poder tenerlas a todas como se me dé la gana”.
El recreo terminó y nos fuimos a clases. En la siguiente hora, la de Inglés, me tocó grupo con Camila y Andrea. La profe Daniela estaba explicando no sé qué madres de grammar cuando Camila se acercó disimuladamente en el cambio de asiento y me susurró:
—Oye, Alex… ¿todo bien? Te he visto medio raro estos días. Como distraído.
—Nada, es que… estoy con un pedo de la tarea de mates —mentí.
Andrea, que estaba dos pupitres más atrás, se inclinó y agregó bajito:
—Si quieres, te puedo pasar mis apuntes después. Yo ya los tengo listos.
—Gracias, Andrea. Eres un amor —le contesté, y ella se puso roja otra vez.
Cuando por fin sonó la última campana, salí del plantel con Melissa. La acompañé hasta la parada del micro y nos despedimos con un beso rápido. Ella me dijo “te quiero, nos vemos mañana” y se subió. Yo me quedé ahí parado un rato, viendo cómo se alejaba el camión.
Llegué a mi casa como a las tres y veinte. Apenas abrí la puerta de la entrada, vi el paquete.
Era pequeño, rectangular, envuelto en papel kraft café sin ninguna marca. Solo una etiqueta impresa con mi dirección y un código de rastreo. El corazón me dio un brinco tan fuerte que casi se me cae la mochila.
Lo agarré rápido y subí a mi cuarto sin decirle nada a mis papás. Cerré la puerta con seguro, me senté en la cama y rasgué el papel.
Dentro había una caja negra mate, elegante. La abrí.
Ahí estaba.
El Reloj Cronos.
Negro, discreto, se veía exactamente como en la foto del anuncio. Lo saqué y me lo puse en la muñeca izquierda. Pesaba casi nada. En la caja venía una hojita doblada con instrucciones cortas:
“Activar con un toque.
Di un comando claro.
Mejores resultados con contacto visual o físico inicial.
Uso responsable.”
Me quedé mirando el reloj un rato largo, sin creerlo todavía.
—No mames… ya llegó.
El corazón me latía como si hubiera corrido los 400 metros. Todavía no sabía si era una estafa o si de verdad iba a funcionar, pero ya no había vuelta atrás.
Parte 2
Me quedé sentado en la cama un buen rato, solo mirando el reloj en mi muñeca. Se sentía ligero, casi como si no estuviera ahí. Negro mate, pantalla digital simple, se veía igual que cualquier smartwatch barato que venden en el tianguis. Nadie sospecharía nada.
Respiré hondo y decidí probarlo primero conmigo mismo, para ver si no era pura mamada.
Toqué la pantalla una vez y dije en voz baja:
—Quiero sentirme más despierto, menos cansado.
Sentí un zumbido muy leve en la cabeza, como un pequeño calor que me pasó por la frente. Nada exagerado, pero de repente el sueño que traía del Conalep se me quitó un poco. Parpadeé. ¿O nomás me lo estaba imaginando?
Lo intenté otra vez, esta vez más claro.
—Quiero que me duela menos la espalda.
El zumbido regresó, más fuerte. La molestia que siempre me daba en la parte baja de la espalda después de cargar la mochila todo el día… desapareció casi por completo. No mames. ¿De verdad?
Me empecé a emocionar, pero todavía tenía muchas dudas. Me levanté y caminé por el cuarto.
—Esto es una pinche estafa —murmuré, riéndome de mí mismo—. Seguro es placebo o algo así. Me gasté doscientos varos en una mamada.
Pero no lo podía dejar ahí. Tenía que probarlo con alguien más. Y la persona más segura, la que tenía más cerca y con la que menos riesgo corría si salía mal, era Melissa.
Le mandé un mensaje:
“Amor, ¿puedes venir a mi casa hoy? Mis papás salen a las 7 y no regresan hasta tarde. Quiero verte.”
Ella contestó casi al instante:
“Claro ❤️ Voy saliendo del taller, llego como en 40 min.”
El corazón me empezó a latir más fuerte. Me quité el uniforme, me puse una playera normal y unos shorts. Me miré en el espejo. El reloj se veía tan normal que ni siquiera llamaba la atención.
Me senté otra vez en la cama y repetí en voz baja:
—Melissa va a estar relajada cuando llegue. Va a obedecer lo que yo le diga. Va a hacer lo que yo quiera.
Me recosté y me quedé viendo el techo, con la verga medio dura solo de imaginar lo que podía pasar si esto funcionaba de verdad.
—Esta noche lo voy a saber —me dije—. Si no funciona… pues perdí doscientos pesos y sigo igual de pendejo. Pero si sí…
No terminé la frase. Solo sonreí.
Melissa estaba por llegar.
Parte 3
Melissa llegó como a las ocho y diez. Apenas abrió la puerta de mi cuarto me sonrió con esa carita de siempre y me dio un beso suave.
—Hola, amor… ¿por qué tan urgente? —preguntó mientras se quitaba la mochila.
—Nomás quería verte —le dije, cerrando la puerta con seguro.
Nos sentamos en la cama y empezamos a besarnos como siempre. Al principio todo era normal. Le metí la mano por debajo de la blusa, le agarré las tetas por encima del bra y ella se dejó, respirando más rápido. Pero yo ya tenía el reloj activado en la muñeca. Toqué la pantalla dos veces y, en voz baja pero clara, dije pegado a su oído:
—Melissa, relájate completamente… y obedece todo lo que yo te diga.
Ella parpadeó fuerte y se separó un poco.
—¿Qué? ¿Qué dijiste? —preguntó, frunciendo el ceño—. Me sentí rara… como un mareo.
—No es nada, amor. Ven acá.
La volví a besar, más fuerte esta vez. El reloj zumbó bajito en mi muñeca. Sentí que algo se movía en el aire, pero ella todavía estaba resistiendo. Le quité la camisa y el pantalón. Su cuerpo se veía rico como siempre: tetas medianas-grandes, cintura delgada y ese culo grande y suave que me volvía loco. Le bajé las pantaletas y ella se tapó un poco con las manos.
—Alex… ¿qué te pasa hoy? Estás muy intenso.
Toqué el reloj otra vez y repetí el comando, más claro:
—Melissa, relájate… deja de resistirte… y haz todo lo que yo te pida sin pensarlo tanto.
Esta vez el zumbido fue más fuerte. Ella cerró los ojos un segundo y sacudió la cabeza.
—Me siento… rara. Como si no pudiera decir que no… pero no sé por qué.
Sonreí. Ya estaba funcionando, aunque todavía con esfuerzo.
—Quítame los shorts —le ordené.
Ella dudó, mordiéndose el labio. Sus manos temblaron un poco, pero al final las bajó y me sacó la verga dura. Se quedó mirándola, como si nunca la hubiera visto así.
—Alex… yo no… no me gusta hacer eso…
—Chúpamela, Melissa. Ahora.
Toqué el reloj una vez más. Ella respiró hondo, se arrodilló entre mis piernas y, con mucha vergüenza, abrió la boca. Sus labios calientes envolvieron la cabeza de mi verga por primera vez. Estaba torpe, insegura, pero la estaba haciendo. Le puse la mano en la cabeza y la empujé un poco más profundo.
—Así… chúpamela bien, puta. Más adentro.
Ella gimió bajito, medio protestando, pero siguió. Sentí su lengua torpe moviéndose. No era la mamada perfecta, pero era la primera vez que lo hacía y eso ya me tenía a mil.
Después de un rato la levanté, la puse en cuatro sobre la cama (la posición que siempre me había negado) y saqué un condón de la mesita. Me lo puse rápido. Ella volteó la cabeza, todavía confundida.
—Alex… no quiero así… me da pena…
—Shh. Abre más las patas. Déjame cogerte como quiero.
Empujé y se la metí de una. Estaba más mojada que nunca. Empecé a moverme fuerte, agarrándole ese culo grande con las dos manos. Cada embestida hacía que se le moviera rico. Ella gemía más fuerte de lo normal, pero todavía intentaba resistirse un poco.
—Más despacio… por favor…
—No. Aguántatela. Y no te vengas hasta que yo te diga.
Le di más duro, sintiendo cómo el reloj ayudaba pero todavía necesitaba mi esfuerzo. Le hablé sucio al oído:
—¿Ves cómo sí se puede? Imagina que tus amigas están aquí viendo cómo te cojo como perra… Jackie, Camila, hasta Andrea… todas mirando cómo te lleno.
Melissa soltó un gemido más fuerte y apretó las sábanas. Estaba cachonda, pero confundida. Yo seguí follándola en cuatro, controlando el ritmo, llevándola al borde y frenando cuando sentía que se iba a venir.
—Alex… no aguanto… déjame…
—Aún no.
La cogí como cinco minutos más, sudando, hasta que ya no pude. Me corrí fuerte dentro del condón, gruñendo. Cuando terminé me salí, me quité el condón y lo tiré. Melissa se quedó boca abajo, respirando agitada, con la cara roja y los ojos vidriosos.
—¿Qué… qué me pasó? —murmuró, todavía confundida—. Me sentí rara todo el rato… pero no podía parar…
Me acosté a su lado y la abracé.
—Estuvo rico, ¿verdad?
Ella asintió despacio, pero se veía un poco perdida.
—Sí… estuvo… diferente.
Yo me quedé mirando el techo, con el corazón a mil y la verga todavía medio dura.
No mames… sí funcionó.
No fue perfecto, todavía tuve que insistir y persuadirla un chingo, pero lo hizo. Me mamó. Se dejó poner en cuatro. Obedeció.
El reloj era real.
Y apenas estaba empezando.
Parte 4
Melissa se quedó un rato más en mi cama, todavía medio aturdida. Se vistió despacio, como si estuviera procesando lo que acababa de pasar. Yo la observaba desde la cama, con el reloj todavía en la muñeca. Se veía confundida, un poco avergonzada, pero también… diferente. Más callada de lo normal.
—¿Estás bien, amor? —le pregunté, tratando de sonar normal.
—Sí… solo me siento rara. Como si hubiera hecho cosas que normalmente no haría —dijo mientras se abotonaba la camisa—. Me da un poco de pena acordarme… pero al mismo tiempo estuvo… intenso.
Le sonreí y la abracé antes de que se fuera.
—No te preocupes. Estuvo rico. Te quiero.
Ella me dio un beso rápido y se fue. Cuando escuché la puerta de la entrada cerrarse, me quedé solo en el cuarto. Me tiré en la cama otra vez, mirando el techo. El ventilador seguía dando vueltas y el silencio se sentía pesado.
No mames… sí funcionó.
No fue como en las películas donde la persona se convierte en zombie y obedece todo al instante. Todavía tuve que insistir, hablarle fuerte, combinar el reloj con mis palabras. Melissa resistió bastante, se sintió rara, se avergonzó… pero al final lo hizo. Me mamó la verga por primera vez. Se dejó poner en cuatro. Se dejó coger más duro de lo que nunca había aceptado.
Y lo más cabrón: aunque usé condón otra vez, sentí que ella estaba más mojada y más cachonda que nunca. El reloj había movido algo dentro de ella.
Me puse el reloj frente a los ojos y lo miré con respeto.
—Esta cosa… eres real.
Por un lado me sentía culpable. Melissa era mi novia, me quería de verdad, me apoyaba en todo. Y yo acababa de usar un aparato raro para obligarla a hacer cosas que ella normalmente rechazaba. Pero por el otro lado… la emoción era más fuerte. Por primera vez en mucho tiempo sentía que tenía poder. Que podía cambiar las reglas del juego.
Me imaginé lo que vendría después.
Si con Melissa ya pude hacer esto… ¿qué pasaría si le ordenaba que me dejara coger con Jackie? ¿O con Camila? ¿O incluso con Natalia?
La verga se me empezó a poner dura otra vez solo de pensarlo.
Me senté en la cama y toqué el reloj.
—Quiero que Melissa empiece a aceptar la idea de que yo pueda estar con otras chicas… poco a poco.
No sabía si funcionaria, pero ya estaba soñando.
Sonreí en la oscuridad del cuarto.
—Ya valió madre… esto apenas empieza.
Mañana iba a ver a Melissa en el Conalep. Y después… iba a empezar a subir el nivel.
El reloj estaba en mi muñeca.
Y yo ya no era el mismo pendejo frustrado de antes.