Capítulo 1

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Rita I: Soy una nena

Me llamo Rita y tengo 17 añitos.

Pero primero te voy a describir como soy: tengo estatura mediana, pelo negro y ojos marrones, para mi corta edad tengo pechos muy desarrollados, una carita demasiado infantil y una cola que ejercito dos veces por semana en gimnasia.

Voy a un colegio privado (uso ese uniforme que tanto calienta; falda azul tableada, camisa blanca como las medias, corbatita y zapatos) y aunque me masturbo casi a diario, todavía soy virgen (no quiero iniciarme yo misma ni con un chico cualquiera).

De seis hermanos soy la única mujer y lo peor es que mi mamá me trata como a una nena… pero lo mejor es que tengo mi cuarto propio ¡¡sii!!, lo hice pintar de rosa (mi color favorito) y le puse una traba para que nadie pueda entrar, sobre todo mis hermanos que jugando se pueden llevar una sorpresa sobre su hermanita menor… Me encantan los relatos eróticos desde hace casi un año, cuando mi mejor amiga imprimió uno y me lo dio a la salida del cole.

De ahí empecé a buscar yo los relatos que mas me gustaban y hasta el día de hoy me encantan mas que todo los de masturbación.

Se nos ocurrió con mi amiga que si escribía como soy y que cosas me gustan hacer, chicos de todos lados (yo soy Argentina) me escribirían como lo hacen y juntos podríamos fantasear de manera mas personal vía mail que leyendo textos de desconocidos sin respuesta, pero ahora te voy a calentar un poco contándote mis primeras experiencias.

La primera vez que llevé las manos a mi entrepierna fue casi sin querer… era una tarde cualquiera, cuando tenía 14, estaba tirada boca arriba en el sofá mirando tele y jugando porque estaba sola, cada vez que aparecía en la pantalla un actor que me gustaba ponía dos dedos sobre la bombacha (en la parte de algodón) y dibujaba círculos apretando despacito, pesaron unos minutos y lo que se sentía agradable al principio se empezó a poner mas caliente y me provocaba un placer enorme, mis tetas parecían llenarse de líquido hirviendo que me torcía el cuerpo hacia atrás, me aflojé la ropa íntima y con la palma de la mano entera me frotaba de arriba abajo con frenesí porque el cuerpo me temblaba pidiendo a gritos más y más.

Casi sin poder respirar y con gemidos bien profundos mojé por primera vez una bombacha que parecía infantil pero que al llevarla a la nariz se podía sentir ese olor a mujer que cambió mi vida.

Los días fueron pasando y lo que empezó como un juego se fue volviendo una adicción que hasta el día de hoy no puedo ni quiero frenar.

De ser la nena de mamá me fui convirtiendo en una hembra en el cuerpo de una menor sin que mi familia lo note.

De esos años hasta ahora las formas de masturbarme fueron cambiando de acuerdo a los días y lugares; por ejemplo, los martes y viernes tengo gimnasia en el cole, con esas horas corriendo y saltando me aseguro tener la bombachita bien transpirada para cuando llego a casa y me acuesto, bajarme la prendita y ponerla sobre la cara para poder sentir mis olores mas profundos mientras me descargo con las manos húmedas la tensión de la semana de colegio, pero casi siempre cumplía con la siguiente rutina: salía del colegio, me quedaba hablando con mis amigas de cualquier cosa; pero con mi mejor amiga hablábamos de cómo nos íbamos a masturbar cuando lleguemos a nuestras casas (no quiere que escriba su nombre, pero es mas pajera que yo ¡ja!!) y algo nerviosa llegaba a casa, tomaba la leche (como siempre) parada en la cocina, saludaba a mamá y le decía las palabras mágicas “¡me voy a acostar a dormir un ratito porque estoy cansada!” o sino “duermo un rato y después hago la tarea” y con esa excusa perfecta me aseguraba que nadie golpearía la puerta para interrumpir el mejor momento del día.

Tiraba la mochila en un rincón de mi pieza, me sacaba los zapatitos y la corbata del uniforme, me desabotonaba un poco la camisa y me acostaba en mi cama a darle rienda suelta a mis placeres mas íntimos, boca arriba y con mi ropa de colegiala puesta separaba las piernitas y empezaba acariciándome los muslos de arriba abajo, el ritmo hacía que mi cuerpo entero se arrastrara en la cama, con ambas manos me acercaba cada vez más a la zona acolchadita de mi ropa interior que hacía de toalla secándome las gotas de sudor y placer de mi entrepierna.

Dejando las piernitas abiertas me desabotonaba la camisa y la tiraba por ahí, me sacaba el corpiño raspándolos contra mis pezones que a comparación con el tamaño de mis pechos son chiquitos, pero parecía que querían salirse del calor además de volverse bien sensibles a cualquier cosa que les hacía, sobre todo cuando levantaba mis pechos con ambas manos y con la lengua estirada los lamía todo alrededor acompañada de las yemas de mis dedos… me volvía loca, pero no descuidaba la parte más placentera, de a ratos juntaba los tres dedos del medio y apoyándolos en la bombacha dibujaba mi virginal raya secándome el placer que desbordaba la ropita infantil y se salía por los costados, el movimiento se volvía infernal y el olor que se sentía en mi cuarto dejaba de ser el perfume de una nena para transformarse en olor a mujer que emanaba sexo y más sexo.

También tenía distintas posiciones para acariciarme, a veces me ponía de costado y juntando las piernas, llevaba una mano por debajo de la espalda, me metía la ropa íntima por la raya de la cola, me masajeaba y me detenía en la rayita, o sino me ponía en cuatro patas (una posición que me encanta) y me bajaba la bombachita despacito, despacito, descubriendo mi tesoro húmedo, me terminaba de desnudar bien rápido para pasar a una etapa mas excitante y placentera todavía.

Solo con las medias puestas me metía bajo las sábanas y me tapaba toda, quedando en una semioscuridad lista para las fantasías, lo primero que hacía era ponerme boca arriba y poner sobre mi cara la bombacha recién sacada de mi sudado cuerpito, sentir es mezcla de olores a transpiración y sexo mientras abrazaba entre mis piernas a mi almohada como si fuera la cara de alguien me hacía sentir una mujer entera, disfrutando lo que tengo entre las piernas al máximo, con las manos agarraba la almohada y me la frotaba por el cuerpo como si me estuvieran clavando hasta el fondo, después la acostaba y me montaba yo arriba.

A los saltos mis pechos subían y bajaban rebotando… me frotaba toda la concha en la almohada dando gemiditos como “mmmmm”, no podía gritar cuando en mi casa estaba alguien para no levantar sospechas, pero si en algún momento salían de compras abría la boquita y hasta me gritaba cosas como que “soy tu putita”, “ayy, cógeme asíí!!” “ayyy!!” y terminaba empapándome toda en un orgasmo interminable, pero antes de acabar y siempre que sentía que estaba cerca, me ponía la bombachita de nuevo, para no manchar mucho, aunque una vez mojé toda mi almohada y dormí por varios días oliendo sexo puro, a veces para no usar la almohada como amante muy seguido, me ponía en cuatro, mis dos manos las llevaba a la boca y las llenaba de saliva, una vez que estaban todas mojadas me untaba toda la entrepierna, sea la raya de la cola, el orificio oscurito y toda la concha… de costado y levantando una piernita, me pasaba ambas manos resbalosas por toda mi caliente humanidad hasta llegar a dos o tres orgasmos sublimes en una hora de masajes y placer bajo mis sábanas.

Luego de toda una sesión de placer, a hurtadillas me metía en el baño a lavar mi ropa interior y mi sudado cuerpo para luego hacer la aburrida terea del cole en el comedor, casi siempre me siento con mamá en la mesa y me mira, me cuida y me trata como a su nena, y yo también me comporto como tal, pero si supiera que cuando ésta colegiala queda solita, deja de ser su “nena” por una hora de sexo puro.

El tiempo pasó y la tímida masturbación con la mano o frotándose de los 15 añitos fue quedando atrás para volverse cada vez más intenso y profundo, fantaseando con mis compañeros de clase y metiéndome dedos por mi fuente de placer, pero todo esto te lo voy a contar en el próximo relato, así que ¡muchos besos!! y hasta prontito.

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