Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Orgia con mi cuñada, su hijo, mi esposa y mi hija I

Capítulo 1: Bajo el Mismo Techo

La casa se aferraba al acantilado como un secreto a medias contado, un organismo de cemento y madera que latía al ritmo de las olas. Era el refugio donde mi esposa, mi hija y yo habíamos tejido una intimidad tan estrecha, tan saturada de confianza, que a veces las paredes parecían meras sugerencias. Pero ahora, ese espacio íntimo se expandiría para incluir a dos personas cuyos lazos de sangre con nosotros no eran meros hilos, sino cuerdas gruesas que, al tensarse, podían generar una fricción peligrosa y ardiente. Yo, Samuel, de cuarenta y tres años, observaba junto a Esmeralda, mi mujer de cuarenta y cuatro, el camino de gravilla por donde llegarían su hermana y su sobrino. Mi cuñada y mi sobrino. Los términos resonaban en mi cabeza como un mantra perverso, cargados de una electricidad que no había sentido antes.

Esmeralda se ajustó el vestido de lino blanco, que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, delineando cada una de sus prodigiosas formas. A sus cuarenta y cuatro, era un monumento a la sensualidad madura: caderas anchas y poderosas, una cintura de avispa que acentuaba la explosión de sus pechos generosos y altos, que se movían con cada respiración como un mar interior. Su belleza era fogosa, directa, una declaración. Pero pronto vería a su hermana menor, Carla, de cuarenta años, de quien solo guardaba recuerdos de una timidez delgada, casi esquelética. Eso, según Esmeralda, había cambiado de manera radical.

—No te prepares para la mujer que conocías —me había susurrado la noche anterior, sus manos expertas recorriendo mi espalda desnuda mientras el viento marino colaba por la ventana entreabierta—. Los años, el divorcio, y la pura necesidad, le han dado… una confianza que no tenía. Y un cuerpo, Samuel, que no te dejará indiferente, mi amor. Es casi como el mío, pero con un sabor diferente. De la misma sangre, pero con otro temperamento.

El coche viejo, un sedán con la pintura descolorida por el sol, apareció entre los cipreses como un animal exhausto. Del asiento del conductor salió Carla, y mi respiración se cortó por un instante, como si un puño invisible me hubiera apretado el pecho. Esmeralda no había exagerado ni un ápice. Carla había transformado su delgadez juvenil en una voluptuosidad arrolladora, madura, deliberada. Llevaba unos vaqueros negros tan ajustados que parecían pintados sobre sus caderas redondas, poderosas, y su trasero alto y prominente, que se movía con un balanceo hipnótico al caminar. Una blusa sencilla de algodón blanco se abría en un escote que revelaba la hinchazón generosa de sus pechos, que se amontonaban sobre el borde de la tela, prometiendo una profundidad vertiginosa. Su pelo oscuro, ahora más largo que en mis recuerdos, caía en ondas sedosas sobre sus hombros bronceados. Tenía los labios carnosos, pintados de un rojo discreto, y los mismos ojos verdes hechiceros de Esmeralda, pero con una mirada más cautelosa, más calculadora, como midiendo el efecto que causaba en su cuñado. Era, sin duda, casi tan candente como mi esposa. Pero donde Esmeralda irradiaba fuego abierto, Carla emanaba un calor latente, subterráneo, prometedor. Era la hermana de mi mujer, y mi cuerpo reaccionó a esa verdad con una traición instantánea.

A su lado, Fernando, mi sobrino de veintidós años, estiraba sus largas piernas con el ademán cansado del viaje. Era la viva imagen de su madre en la estructura facial —la misma mandíbula fuerte, la misma nariz recta— pero con la complexión atlética y ancha de su padre. Su torso, visible bajo una camiseta ajustada, mostraba el delineado de unos abdominales marcados. Me miró y sonrió, un gesto que recordaba al niño que solía cargar en mis hombros durante las reuniones familiares. Ahora era un hombre, con la sombra de barba en la mandíbula y una presencia física que ocupaba espacio. La idea de que ese hombre, hijo de mi cuñada, viviera bajo mi techo, compartiera mi aire, mi comida, mis baños, despertaba algo retorcido y caliente en mi estómago.

—Hermana —dijo Carla, y su voz era más grave de lo que recordaba, melosa, con un dejo de cansancio que la hacía más atractiva—. Samuel. No saben lo que esto significa para nosotros.

Se abrazaron, y el abrazo fue largo, íntimo, los cuerpos de las dos hermanas presionándose uno contra el otro en un silencioso reconocimiento. Yo no pude evitar notar cómo el trasero de Carla, mi cuñada, se tensaba y redondeaba bajo la tela azulada de sus vaqueros, ni cómo la mano de Esmeralda, mi esposa, se deslizó desde la espalda hasta la cintura de su hermana, un gesto que era a la vez consuelo y posesión. Luego Carla se volvió hacia mí.

—Cuñado —dijo, y la palabra sonó deliberada, pesada, en su boca carnal—. Gracias por abrir tu casa a tu hermana política y a tu sobrino. Por no dejar que la sangre se enfríe.

Al abrazarla, su cuerpo voluptuoso se aplastó contra el mío con una firmeza que no esperaba. Sentí la suavidad y el peso de sus pechos contra mi torso, la firmeza de su vientre bajo la blusa delgada, el perfume embriagador, a jazmín y piel caliente, que llevaba. Fue un contacto breve pero intenso, y al separarme, vi que Esmeralda me observaba con una sonrisa pícara, cómplice, como si hubiera presenciado un pequeño delito que ella misma había orquestado.

—Tío Samuel —dijo Fernando, estrechándome la mano. Su apretón era firme, seguro, de hombre que ya no pide permiso. Mis ojos bajaron inconscientemente hacia el bulto que se formaba en la entrepierna de sus vaqueros, imaginando por un instante prohibido la hombría que ocultaban. Él era mi sobrino, el hijo de mi cuñada, el fruto del vientre de la hermana de mi esposa. Y sin embargo, mi mente, corrupta por la nueva situación, ya comenzaba a despojar a esos términos de su inocencia.

—Fernando. Bienvenido a casa, sobrino —respondí, forzándome a usar el término, a saborear su incongruencia en medio de mi confusión.

Silvia, mi hija de veintidós años, salió disparada de la casa como un rayo de sol encarnado. Se abalanzó sobre Fernando, su primo, en un abrazo que era demasiado estrecho, demasiado largo, demasiado corporal para ser solo familiar. Sus cuerpos jóvenes se acoplaron, y la mano de Silvia, mi hija, se posó en la espalda baja de su primo, los dedos rozando la parte superior de sus vaqueros.

—¡Primo! ¡Por fin tendré con quien meterme en líos aquí —exclamó, y su otra mano le dio una palmada juguetona pero firme en el trasero que hizo que Fernando saltara y soltara una risa nerviosa, viril.

—Sil, por Dios —protestó él, pero no se apartó, y su mirada recorrió rápidamente el cuerpo de su prima, vestido con shorts cortísimos y un top sin mangas—. Ya no somos niños.

—¿Y eso qué importa? Somos primos, no extraños —replicó Silvia, guiñándome un ojo a mí, su padre, como si compartiéramos un chiste privado sobre los límites que pronto se disolverían.

Así comenzó la nueva vida, la gran convivencia. La mudanza de mi cuñada y mi sobrino a nuestra casa no era una visita cortés; era una infiltración lenta, una colonización de nuevos cuerpos, nuevos deseos y parentescos que empezaban a sentirse no como cuerdas que nos unían, sino como ligaduras que nos ataban los unos a los otros de manera peligrosa. El primer baño compartido fue una revelación obscena. A la mañana siguiente de su llegada, entré al baño principal de la planta alta para afeitarme y me encontré con mi sobrino, saliendo de la ducha. El vapor cargado de su gel aromático llenaba el aire. La toalla, anudada floja y descuidadamente en sus caderas, dejaba ver la V profunda y musculada de sus abdominales, las gotas de agua resbalando por el surco que llevaba hacia la sombra oscura y húmeda del vello que se espesaba en su ingle. Él era la sangre de mi esposa, el hijo de la hermana de mi mujer. Y allí estaba, semidesnudo, emanando un calor animal frente a su tío.

—Perdón, tío —dijo, y no pareció apurado por cubrirse. Al contrario, se secó el pelo con otra toalla, haciendo que los músculos de sus brazos y hombros se tensaran—. Hay que acostumbrarse a los horarios, supongo. Con cinco personas y dos baños…

—No es nada, sobrino —respondí, forzándome a usar el término, a sentirlo en la lengua mientras mis ojos traicioneros registraban la potencia de su físico juvenil—. Esta es tu casa ahora. Los horarios se negocian.

Él sonrió, una sonrisa que no era del todo inocente. —Gracias, tío. Por todo.

Cuando salió, la toalla se le aflojó aún más, y por un instante vi el arco completo de una nalga firme y pálida antes de que la tela volviera a caer. Me quedé frente al espejo, con la navaja en la mano, sintiendo cómo la sangre me subía a la cara y bajaba, con más fuerza, a otra parte.

Más tarde, ese mismo día, fue Silvia, mi hija, quien irrumpió en el baño mientras yo me secaba después de mi propia ducha. Llevaba solo una camiseta larga y desgastada de algodón que le llegaba a mitad de sus muslos tonificados. Al agacharse para recoger una pinza del suelo, la tela se levantó por completo, mostrando sus nalgas redondas, pálidas y perfectas, heredadas directamente de su madre. No se inmutó, no se apresuró a cubrirse. Se enderezó con la pinza en la mano y me miró como si verme de pie, con solo una toalla envuelta en la cintura, fuera lo más normal del mundo. Y lo había sido, durante veintidós años. Pero ahora, con la presencia de los otros, cada desnudez familiar adquiría un nuevo matiz, un nuevo peso.

—Papá, ¿has visto mi crema hidratante? La azul —preguntó, pasando su mirada por mi torso desnudo sin pudor.

—No, cariño —dije, y mi voz me sonó ronca, extraña—. ¿No está en tu habitación?

—La busqué. Bueno, no importa. —Se acercó al lavabo, pasando tan cerca que su brazo desnudo rozó mi costado húmedo. Un escalofrío me recorrió la espalda—. Ah, por cierto, le presté unos pantalones cortos de ciclista a Fer. Los míos, de cuando hacía spinning. Le quedan ajustaditos, se le marca… todo. Está buenísimo el primo, ¿no te parece, papá?

La pregunta, hecha con una inocencia que yo sabía calculada, me dejó sin aire. Mi hija, mi propia hija, comentando el atractivo físico de su propio primo hermano, frente a mí. Asentí, incapaz de articular palabra, mientras una parte enfermiza de mí se preguntaba si ese ‘todo’ que se le marcaba incluía la forma de su verga.

—Sí… Fernando es un chico atlético —logré decir, refugiándome en la formalidad.

—Atlético y más —dijo ella, saliendo del baño con un movimiento de caderas que era pura Esmeralda—. Esto va a estar muy interesante, papi.

El préstamo de ropa se convirtió en un ritual cargado, un intercambio de prendas que era como un intercambio de pieles. Carla, se presentó una tarde en la sala con una blusa de seda color ciruela de Esmeralda. La tela, fina y lustrosa, le quedaba tan ajustada que los botones de perla parecían a punto de saltar sobre el abultamiento monumental de sus pechos. El escote se convertía en un abismo de sombra y carne palpitante. Se había puesto también unos pantalones de lino claros que se ceñían a sus caderas voluptuosas como un segundo pellejo.

—Esme, espero que no te moleste que la use —dijo, y su voz era un susurro seductor, dirigido tanto a su hermana como a mí—. Pero es que tu ropa me queda tan bien… como si fuéramos la misma persona, la misma carne, solo que en dos envoltorios distintos.

—Para mí es un halago, hermana —respondió Esmeralda, y su mirada recorrió el cuerpo de Carla con una aprobación lenta, hambrienta, que no disimuló—. Samuel, ¿no crees que a mi hermana le sienta de maravilla mi ropa? Parece hecha para ella. Como si su cuerpo y el mío estuvieran cortados con el mismo patrón.

Ambas me miraron, esperando mi veredicto. Carla, vestida con la ropa íntima de mi esposa, su cuerpo voluptuoso a punto de desbordar la tela que una vez había cubierto el cuerpo de la mujer con la que me acostaba. Tragué saliva, sintiendo la boca seca.

—Sí… se ve espectacular —logré decir—. Los… los colores de Esmeralda siempre te fueron bien, Carla.

—Gracias, cuñado —dijo ella, y al pasar junto a mí para ir a la cocina, su mano, con uñas pintadas del mismo rojo de sus labios, rozó la mía. Fue un contacto breve, deliberado, que dejó una estela de fuego en mi piel—. Es reconfortante sentirse… aceptada en el núcleo familiar de esta manera.

La primera conversación que rozó abiertamente lo prohibido, que puso el tema sobre la mesa como un plato más, ocurrió durante una cena de pescado a la parrilla. Fernando, comentó lo extraño, pero no desagradable, que era ducharse sabiendo que los demás podían oír los sonidos del agua, los movimientos.

—Las paredes no son muy gruesas, la verdad —dijo, encogiéndose de hombros mientras desmenuzaba una lubina con sus dedos largos—. Ayer, por ejemplo, estoy casi seguro de que oí a Silvia cantando en la ducha. Algo de Rosalía.

—Y yo oí a Fer tarareando algo de Bad Bunny —respondió Silvia, sonriendo con complicidad—. Es lindo. Hace que se sienta… más cercano. Como si ya no hubiera privacidad, sino… transparencia.

Carla, tomó un sorbo largo de vino blanco y dijo, mirando directamente a Esmeralda: —Es verdad. En esta casa, los sonidos íntimos se comparten, se mezclan. Ayer, por ejemplo, estoy segura de que oí algo… más que tarareos desde el baño principal, bien entrada la noche. Un sonido más… gutural. ¿No, Samuel?

Dejé el tenedor. El clic contra el plato sonó como un disparo en el silencio súbito. Yo recordaba perfectamente esa noche: había sido yo, masturbándome con furia en la ducha después de haber visto a mi cuñada, agacharse en el jardín para recoger unas hierbas, con el escote de su camiseta cayendo hacia adelante y mostrando la totalidad de sus pechos pesados y oscilantes. Me había corrido pensando en esas tetas, en esa boca, en el hecho de que era la hermana de mi mujer. Y ella, al parecer, lo había oído.

Esmeralda rompió el hielo, su voz serena como un lago envenenado.

—Bueno, al menos aquí todos somos familia adulta —dijo, y bajo la mesa, su mano buscó mi muslo y comenzó a acariciarlo con lentitud tortuosa—. Padre, hija, madre, hijo, hermana, cuñado, tío, sobrino… No hay extraños. El deseo es natural, biológico. Incluso cuando surge entre… parientes cercanos. La sangre no anula el instinto. A veces lo intensifica.

La palabra ‘parientes’ colgó en el aire como un humo espeso, dulce y tóxico. Carla asintió lentamente, sus ojos verdes fijos ahora en mí.

—Tienes toda la razón, hermana. La sangre no debería ser una barrera para la honestidad, sino un puente. Debería permitirnos ser más honestos, más crudos, porque, al fin y al cabo, ¿quién nos va a entender mejor que nuestra propia carne? ¿No crees, Samuel? ¿No crees, cuñado?

Todos los ojos se volvieron hacia mí. Mi hija Silvia, con una sonrisa curiosa. Mi sobrino Fernando, con la mirada baja pero las orejas encendidas. Mi cuñada Carla, desafiante. Mi esposa Esmeralda, instigadora. Una red de consanguinidad que de repente se sentía como una telaraña seductora, pegajosa, destinada a envolvernos.

—Sí —murmuré, y la palabra salió como un suspiro rendido—. La confianza… la confianza lo es todo. Y la familia es el único lugar donde puede ser absoluta.

—Exacto —zanjó Esmeralda, apretando mi muslo—. Absoluta.

El incidente que lo cambió todo, que rompió el dique de la prudencia y dejó fluir el deseo crudo, ocurrió una tarde de un calor sofocante, cuando el aire parecía miel espesa. Carla había estado limpiando los ventanales del salón, agachándose y estirándose con una frecuencia que ya me tenía al borde de la locura. Finalmente, dijo que iría a ducharse para quitarse el sudor. Yo, con la excusa de un vaso de agua, bajé a la cocina. Al pasar por el pasillo estrecho que llevaba a los baños, la puerta del baño de la planta baja se abrió de par en par.

Ella salió, envuelta en una toalla minúscula, blanca y esponjosa, que apenas cubría sus pechos voluptuosos —la tela se hundía entre ellos, formando un valle profundo— y se detenía a mitad de sus muslos gruesos, torneados y poderosos. Gotas de agua brillaban como diamantes en su clavícula, en la hinchazón pálida y generosa de sus senos que asomaban por encima del borde de la toalla. Su piel, sonrosada por el calor y el agua, parecía de porcelana caliente. Al verme se detuvo en seco, pero no hubo sorpresa real en sus ojos, solo un destello de algo parecido a la satisfacción.

—Ay, Samuel —dijo, y su voz era un hilo de vapor—. No sabía que estabas por aquí. Pensé que todos estaban en la terraza.

—No, yo… el agua —balbucí, incapaz de apartar la mirada del milagro de carne que tenía delante.

En ese momento, ya fuera deliberada o accidentalmente, el nudo de la toalla, que ella sostenía con una mano sobre su pecho, se deshizo. La tela blanca se deslizó por su cuerpo como una cascada y cayó, amontonándose, a sus pies descalzos.

Quedó completamente desnuda frente a mí. El tiempo no solo se detuvo; se reventó. Sus pechos eran grandes, pesados, magníficos, con areolas grandes del color de las cerezas maduras y pezones largos y erectos, punzantes, que se crispaban en el aire fresco del pasillo. Su vientre tenía la suave y sensual curva de una mujer que ha parido, una pendiente suave que llevaba la mirada directamente al vello púbico negro, espeso y exuberante que formaba un triángulo perfecto y selvático entre sus muslos poderosos, que estaban ligeramente separados, como invitando a contemplar el misterio que custodiaban. Sus caderas eran anchas, generosas, esculpidas para ser agarradas. Era una voluptuosidad madura, una carnadura que gritaba fertilidad, experiencia y una lujuria contenida. Y era, repitiéndose como un tambor en mi cráneo, la hermana de mi esposa.

No se apresuró a cubrirse. No gritó. No se avergonzó. Se quedó allí, desnuda como el día en que nació, y me miró. Y en sus ojos verdes, los ojos que compartía con mi mujer, había un desafío claro, una pregunta obscena, y una oferta tácita.

—Perdón, cuñado —dijo finalmente, y su voz era un hilo de seda rasgada—. Qué torpe soy. Parece que la convivencia me tiene… distraída.

Se agachó entonces, con una lentitud exquisita y tortuosa, dándome una vista completa, obscena, gloriosa, de sus nalgas redondas, altas y palpitantes, de la hendidura oscura y profunda que las separaba, de la sombra aún más oscura que sugería el acceso a su sexo. El sonido de su respiración, un poco agitada, llenó el pasillo. Luego se enderezó, recogió la toalla y se la envolvió de nuevo alrededor del cuerpo, apretando el nudo justo bajo la hinchazón de sus pechos, realzándolos y levantándolos aún más contra la tela húmeda.

—No pasa nada, Carla —dije, y mi voz estaba convertida en un gruñido animal, irreconocible—. Entre familia… estos accidentes pasan. No hay por qué… alarmarse.

—Sí —concordó ella, y una sonrisa lenta, cargada de significado, se dibujó en sus labios carnosos—. Entre cuñados, especialmente. Después de todo, ya casi somos de la misma sangre, ¿no?

Pasó junto a mí, su brazo desnudo y húmedo rozando el mío con una presión deliberada, y continuó por el pasillo, su andar balanceándose como una invitación permanente, un anuncio de la carne en movimiento. Me quedé allí, clavado en el suelo, con una erección tan intensa que amenazaba con romper la costura de mis pantalones de lino, oliendo su aroma a jabón de almendras y a mujer madura, caliente, que ahora impregnaba el aire que respiraba.

Esa noche, en la habitación con Esmeralda se lo conté todo mientras ella se cepillaba el largo pelo castaño frente al espejo del armario.

—Se le cayó la toalla —dije, sentado al borde de la cama, viendo su reflejo—. En el pasillo. Quedó desnuda. Completa. Delante de mí.

Esmeralda se volvió lentamente, dejando el cepillo sobre la cómoda. En sus ojos no había ni un ápice de ira, de celos, de ofensa. Solo una curiosidad intensa, casi hambrienta, y una excitación palpable que erizó el vello de mis brazos.

—¿Y? —preguntó, su voz un susurro ronco—. ¿Mi hermana? ¿Está tan buena como recuerdo? Mejor, quizás.

—Es… increíble —confesé, y fue un alivio decirlo—. Voluptuosa. Madura. Carnal. Tú eres fuego, ella es… tierra fértil. Húmeda. Preparada.

Esa analogía la hizo sonreír, una sonrisa ancha y lujuriosa. Se acercó y me tomó la cara entre sus manos, sus dedos calientes presionando mis mejillas.

—Samuel, mi amor, —dijo, cada palabra un latido contra mi piel—. ¿Sabes que a veces, muchas veces, fantaseo con verte cogiendo a mi hermana? Con ver tus manos, estas manos que me conocen, agarrando esas tetas que son casi como las mías, que salieron del mismo vientre, pero que son diferentes, que tienen su propio peso, su propia textura. Con verte perder la cabeza, tu cordura de padre de familia, con el cuerpo de mi propia sangre.

—Esmeralda… —murmuré, pero ella puso un dedo índice sobre mis labios, silenciándome.

—Y yo —continuó, su aliento caliente en mi cara—, yo, tu esposa, la madre de tu hija, a veces fantaseo con besar a mi hermana. Con chuparle esas tetas que vi crecer, que vi desarrollarse cuando éramos adolescentes. Con hacerla gemir con mi boca, con mis dedos. Soy bisexual, Samuel. Lo he sabido siempre. Y el objeto de mi deseo más prohibido, el que nunca creí posible, está ahora, por fin, bajo nuestro techo. Es mi hermana. Y es tu cuñada.

—¿Y Silvia? —pregunté, y el tabú más grande, el núcleo de toda perversión, salió a flote como un cadáver hinchado—. ¿Nuestra hija?

Esmeralda se encogió de hombros, un gesto de una naturalidad aterradora, como si habláramos del pronóstico del tiempo o de la lista de la compra.

—Silvia es adulta. Es nuestra hija, sí. La niña que sacamos de mi vientre. Y es una mujer sexual, libre, sin prejuicios. Ya nos ha insinuado, más de una vez y sin tapujos, que encuentra atractivo a su primo. ¿Quién sabe hasta dónde puede llegar la confianza entre una hija y sus padres, que son los pilares de su mundo? ¿Entre una sobrina y su tía, que es como una segunda madre? ¿Entre un sobrino y su tío, que es la figura masculina más cercana? —Su mano bajó y me agarró a través del pantalón, encontrando la dureza que no había cedido desde el pasillo—. Dejemos que fluya, Samuel. Sin límites. Sin miedo. Somos una familia. La sangre es más espesa que el agua, y mucho, mucho más caliente que cualquier moralina de gente ajena.

Me besó entonces, y en ese beso no había solo amor conyugal; había un permiso, una conspiración, una puerta abierta de par en par a un jardín de delicias prohibidas. Esa noche, ella me montó con una furia que delataba su propia excitación desbordada por la situación, murmurando entre gemidos ahogados en mi oído: —¿Te gustaría cogerte a mi hermana? ¿Te gustaría que tu hija nos viera, que aprendiera de nosotros, de su padre y su madre, cómo se ama sin límites? ¿Te correrías en la boca de Carla sabiendo que es la hermana de tu mujer?

El clímax fue devastador, una explosión de luz blanca y culpa convertida en placer puro. Me dormí exhausto, con su frase final resonando en el sueño: “Esto solo acaba de empezar.”

Los días siguientes fueron un ejercicio de tensión exquisita. La casa, bajo el mismo techo, se convirtió en un campo de pruebas para nuestra nueva moral. Una mañana, encontré a Silvia y a Fernando sentados juntos en el sofá de la terraza, sus piernas desnudas y bronceadas entrelazadas. Ella leía algo en su teléfono apoyada en su hombro, y su mano descansaba sobre su muslo, los dedos dibujando círculos cerca de la costura interior de sus shorts. Él no se movía, pero su respiración era profunda. Me observaron acercarme, y Silvia dijo sin levantar la vista:

—Hola, papá. Fer me estaba contando lo aburrido que está buscando trabajo. Le he dicho que podríamos hacer algún proyecto juntos, para despejar la mente. Algo creativo.

—Eso suena bien —dije, y mi voz sonó tensa.

Fernando me miró directamente. —Sí, tío. Silvia tiene ideas… muy interesantes.

Otra tarde, Carla y Esmeralda, las dos hermanas, se pusieron a limpiar el armario de la ropa de invierno en la habitación de huéspedes. Las oí reír desde el pasillo. Al pasar, la puerta estaba entreabierta. Las vi de rodillas, una frente a la otra, rodeadas de montones de suéteres. Esmeralda tenía en la mano un viejo vestido de noche de Carla. Lo sostuvo contra el cuerpo de su hermana.

—Este aún te queda mortal, hermana —dijo Esmeralda, y su mano, en un gesto que pudo ser casual, acarició el costado del pecho de Carla a través de la tela del vestido—. Deberías usarlo, aunque sea en casa. Para nosotros.

Carla agarró la mano de su hermana y la mantuvo allí, contra su costilla. —Quizá lo haga, Esme. Si tú me lo pides.

Nuestras comidas se volvieron simposios de insinuaciones. Mi sobrino, elogiaba el guiso de su tía Esmeralda diciendo que tenía un “sabor a hogar, pero más picante”. Mi hija, bromeaba sobre lo cómodo que era andar en ropa interior por la casa “porque, al fin y al cabo, todos somos familia”. Carla me servía siempre el vino, inclinándose de manera que yo, sentado, tuviera una vista aérea perfecta de su escote, de la sombra entre sus pechos. Y yo, el padre, el esposo, el cuñado, el tío, comenzaba a aceptar mi nuevo rol: el de patriarca de un clan donde los lazos de sangre no separaban, sino que unían de la manera más primitiva, más visceral.

La gota que colmó el vaso, el punto de no retorno definitivo, llegó en otra noche de insomnio y calor pegajoso. Bajé a la sala, pensando en beber algo fuerte, y la encontré a ella, otra vez, sentada en el sofá grande con solo una camiseta holgada y de algodón fino que debía pertenecer a Esmeralda. La luz azulada de la televisión, muda, bañaba sus curvas, haciendo translúcida la tela en algunos puntos. Se veía el arco oscuro de sus pezones, la sombra de su ombligo.

—¿No duermes, cuñado? —preguntó, y su voz era una caricia áspera en la oscuridad.

—No. El calor… y los pensamientos.

—Ven, siéntate. La noche es larga para estar solo.

Me senté en el extremo opuesto, pero ella deslizó su cuerpo sobre el sofá, acortando la distancia hasta que nuestras piernas casi se tocaban. Hablamos de trivialidades, del mar, del trabajo, pero la tensión era un animal vivo entre nosotros. Luego, ella dijo, mirando al frente, como si hablara con la pantalla:

—Esmeralda me dijo que eres un hombre discreto. Un hombre que sabe guardar secretos de familia. Y que… aprecias la belleza. La belleza familiar, quiero decir.

—Sí —dije, la garganta tan seca que me dolió—. La aprecio mucho.

—¿Quieres ver algo, Samuel? —preguntó, y por fin volvió su cabeza hacia mí. Sus ojos verdes eran dos pozos de oscuridad prometedora—. Algo que solo la familia más cercana, la que comparte techo y sangre, debería ver. Un pequeño secreto entre cuñados.

Asentí, incapaz de articular sonido. Con movimientos lentos, deliberados, como un ritual, tomó el dobladillo de su camiseta. La levantó, centímetro a centímetro, revelando la suavidad de sus muslos gruesos, la curva sensual de su vientre bajo, y luego, el lugar donde sus muslos se unían al torso. Allí, su vello púbico espeso y negro no había sido eliminado, sino recortado y modelado con precisión, formando un triángulo perfecto y pulcro que enmarcaba los labios mayores, carnosos y ligeramente entreabiertos, que asomaban en un destello de piel más rosada. Era un arreglo obsceno, cuidado, destinado a ser visto.

—A Fernando, mi hijo, le gusta que lo tenga así —susurró, y mencionar a su hijo, mi sobrino, en ese contexto, con su sexo a la vista, hizo que mi corazón se acelerara hasta doler—. Dice que sabe que es de su madre, que este cuerpo lo parió… pero que eso lo excita más. Le hace sentirse… conectado. Como si al desearme, se deseara a sí mismo, a su propia sangre.

La confesión era tan obscena, tan cargada de implicaciones incestuosas que rozaban lo criminal, que el aire de la sala se espesó, se hizo irrespirable. Yo, el tío, estaba contemplando el sexo depilado de mi cuñada mientras ella me hablaba de cómo excitaba a su propio hijo. Y yo no sentía repulsión. Sentía una lujuria tan profunda, tan negra, que me mareó.

Ella mantuvo la pose, la camiseta recogida bajo los pechos, permitiéndome contemplar la intimidad de mi cuñada, la hermana de mi esposa, la madre de mi sobrino, durante lo que pareció una eternidad.

—Es… de la familia —logré decir, en un suspiro ronco que era casi un gemido—. Como debe ser.

—Exacto —dijo ella, bajando la camiseta con la misma lentitud—. De la familia. Y lo que es de la familia… se comparte. Se cuida. Se disfruta.

Se levantó entonces, y antes de irse, se inclinó sobre mí. Su pelo me rozó la cara, su aliento olió a vino y a mujer. —Buenas noches, cuñado. Que sueñes con… la familia.

Se fue, dejándome solo en la sala, con mi confusión y mi lujuria monstruosa, y una erección que palpitaba con cada latido de mi corazón. Esa noche, cuando volví a la cama, Esmeralda no dormía. Estaba recostada sobre un codo, mirándome entrar.

—¿Lo viste? —preguntó, sin preámbulos.

—Sí.

—¿Y?

—Y… es como dijiste. Es increíble.

—Bien —dijo, y su mano, bajo las sábanas, me encontró aún duro, palpitante, como una verga de adolescente—. El primer paso, el verdadero, está dado. Ahora, mi amor, prepárate. Porque bajo este techo, los deseos de esta familia, de tu familia, van a mezclarse, a revolverse, hasta que no sepamos dónde termina uno y empieza otro. Hasta que padre, hija, madre, hijo, hermana, cuñado, tío, sobrino… sean solo palabras vacías, etiquetas viejas, frente al calor vivo de nuestra sangre compartida. Frente al hecho de que somos, los cinco, un solo cuerpo con cinco corazones latiendo al mismo ritmo prohibido.

Y yo, Samuel, me rendí. Dejé que mi resistencia, ya minúscula, se evaporara. Asentí en la oscuridad, y ella me montó de nuevo, y esta vez gritó mi nombre y el de su hermana en un mismo alarido de éxtasis.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, el mundo no se había acabado. El sol entraba por los ventanales. Silvia bostezaba con su bata abierta, mostrando un cuerpo que era el vivo retrato del de su madre a su edad. Mi sobrino me pasó la mantequera y nuestros dedos se tocaron; él sostuvo la mirada un segundo de más. Carla sirvió el café con una sonrisa tranquila, de dueña de casa, y su pie, descalzo, buscó el mío bajo la mesa y se posó sobre mi empeine. Esmeralda leyó el periódico y dijo, sin levantar la vista:

—Hoy hace un día precioso. Podríamos… abrir la piscina. Y quizá, probar algo nuevo. Algo que requiera menos ropa y más confianza.

Nadie objetó. Nadie preguntó. Solo intercambiamos miradas, una red de miradas cargadas de entendimiento, de anticipación, de un secreto que ya no era tal. La casa ya no era un refugio contra el mundo. Era el útero de algo nuevo y a la vez antiquísimo, algo que nos envolvería, nos penetraría y nos fusionaría a los cinco en una sola carne palpitante, donde el mayor tabú sería nuestra única ley, y el parentesco, nuestro afrodisíaco más potente.

…………………… Continua en capítulo 2 …………………………