Capítulo 4
Capítulo 4: Alianzas de Carne y Confesiones en la Oscuridad
El amanecer del cuarto día en la casa de campo no trajo consigo la luz pálida y tímida de los días anteriores. Un sol feroz, despiadado, atravesó las ventanas polvorientas del ático, cortando como cuchillas de oro el aire cargado de secretos y sudor seco. La casa, después de la noche de transgresiones escalonadas —Camila en la bodega, Valentina y Diego en el dormitorio, Sebastián acechando en las sombras— parecía contener la respiración, como un organismo vivo que digiere una comida demasiado pesada.
Valentina despertó primero, con el cuerpo de Diego aún enroscado alrededor del suyo como una enredadera posesiva. Su piel olía a sexo, a sueño y a la colonia barata de él. El recuerdo de la noche —sus embestidas furiosas, sus palabras de posesión— la llenó de una calma profunda y perversa. Pero debajo de esa calma, como un gusano en la manzana, retorcía la memoria de la biblioteca: los dedos fríos y expertos de Sebastián, su boca calculadora, la sensación de haber sido diseccionada, no devorada. Abrió los ojos y vio la marca roja y amoratada que Diego le había dejado en el hombro al morderla. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Era suyo. Pero ¿era ella solo suya?
Muy cuidadosamente, se deslizó de entre sus brazos. Diego murmuró algo ininteligible en sueños, su mano buscando su calor ausente. Valentina se vistió en silencio, con un vestido ligero de algodón que la hacía sentir más joven, más vulnerable. Bajó a la cocina, esperando la soledad, pero
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